Category: Tecnología

El mito del robot asesino.

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Terminator: The Sarah Connor Chronicles, la humanidad tiene una imagen destructiva de un robot-PFMS-Start Page Images.

Popularmente se tiene la creencia de que toda Inteligencia Artificial iniciará una rebelión en contra de la humanidad. Atribuimos una imagen maléfica a esta tecnología, como si fuera el nuevo azote de un futuro próximo. La mayoría de las obras de ciencia ficción -en especial, las cinematográficas- tiende a mostrarnos a ejércitos de autómatas asesinos aniquilando todo ser viviente en la Tierra. Sean creados por los humanos o por otras entidades, ellos parecen estar “poseídos” por un deseo nato de imponer la lógica de lo artificial en detrimento de lo natural, inspirados en un absurdo concepto supremacista, que dicta como “ideal” la perfección, el orden, la replicación monótona y el control. Hemos constituido un culto negativo hacia la tecnología desvinculando sus aspectos destructivos de la susceptibilidad humana al mal.

Como muchos no poseen el suficiente conocimiento técnico o el interés de vertebrar coherentemente la información que recibe del exterior, es fácil que el miedo se adueñe de su buen juicio y forme preconceptos disparatados sobre la Inteligencia Artificial. A veces ni siquiera es miedo, sino falta de seriedad al tratar el tema, frecuentemente el humor le resta credibilidad a esta tecnología manteniendo a muchos en la indiferencia o reducir sus opiniones al mero cotilleo anodino o a lo presentado en películas. Y también están los que mantienen posiciones ultraortodoxas que predican rechazo hacia el progreso, porque implican cambios en todos los modos de vida y algunos no desean eso, dicha posición a veces está mezclado con resentimientos sociales, concepciones apocalípticas sobre el destino humano o pseudociencia.

La causa principal de ver a la automática como un enemigo, radica en la falta de fe en el progreso humano, punto de vista que considera que la tecnología no ha mejorado la vida humana, sino que la ha empeorado. Paralelamente, existe cierto fundamentalismo tecnológico que considera “peligroso” que el desarrollo de la tecnología dependa de grupos reducidos y monolíticos, cuyos intereses económicos están por encima de la ética científica.

Así la desconfianza del ser humano hacia si mismo, conduce a creer que la tecnología se “hartará” de servirnos, porque interpreta como “primitivo” nuestra incapacidad de armonizar con nuestros semejantes. La lógica del chip es maligna, viene a desterrarnos de la Tierra porque no somos capaces de desarraigarnos de nuestro afán por ser dioses en vez de primero aceptar que somos simples mortales, lo que obliga a que un “poder superior” -en este caso la tecnología- “nos castigue por nuestra osadía”. Irónicamente dicho poder es obra de los hombres, darle una connotación seudodivina que tenga como función martirizar a la humanidad por sus yerros, es absurdo y propio de una mentalidad anticientífica. Toda creación humana tiene impreso nuestro talento -con sus limitaciones y omisiones- por lo que si algo falla, no es obra de un “castigo divino” sino de un hecho imprevisto, comprobable, el cual puede remediarse.

La robótica no es inmune al rechazo de posiciones intransigentes. Esta tecnología siempre se ha presentado como el “reemplazo infalible del ser humano”, nosotros somos imperfectos porque no somos ordenados ni coherentes, en cambio ellos, son desarraigados de muchas características que interpretamos como molestas. Dicha postura no entiende que nadie crea una máquina para que sea más humana, sino para que cumpla lo más eficientemente posible una función dentro de la sociedad, sobre si un robot podría obtener una conciencia tan evolucionada como para superarnos o considerarse humano, puede decirse que es un tema más propio de la especulación que un hecho tangible. Generalmente concebimos la superioridad de un robot en aspectos cognitivos, analíticos o de eficiencia para realizar una tarea porque nos interesamos en ello, es creado para desempeñar una función, no de aspirar un reconocimiento de parte de nosotros que lo acredite como ser viviente.

Sin embargo, existe ciertas corrientes de pensamiento científico quienes consideran inevitable el ser sustituidos por nuestras creaciones. Casi todas parten de un precedente robótico, que se fusiona con otros aspectos de la vida biológica o sintética y elimina la “pureza” de lo que se conocía como humano.

Tal consideración parta de cierto cansancio de la existencia por parte de la humanidad, agotada de lidiar consigo misma, incapaz de unirse en un gran proyecto colectivo que realmente lo dignifique como ser, frente a su propia mezquindad prefiere embarcarse en una arriesgada empresa en donde da lo mejor de si misma -a modo de legado- a otra entidad más perfecta y evolucionada internamente que realmente cumpla con la meta de construir un mundo utópico. Depositar en otro lo que no puede lograr. El dotar de algo parecido a humanidad a un robot, no se correspondería ni siquiera a un programa, sino a la aspiración del ser humano de tratar de lograr empatizar con sus creaciones para que éstas no sean reducidas a ser meras herramientas reemplazables por el determinismo tecnológico.

Lograr inventar máquinas capaces de conseguir una intimidad notable con la humanidad es una empresa que no parte necesariamente de postulados científicos, sino existenciales. El gran dilema que tiene el ser humano es que no se siente a gusto consigo mismo, ni confía en sus semejantes, por lo que ser acompañado de robots capaces de lograr una conexión emocional profunda que borre las fronteras de lo funcional y técnico hasta lograr una relación más “auténtica” como la humana, seria un remedio para su soledad en el Universo del Ser. Sería una experiencia cercana a sentirse un Dios quien concibe seres únicos, puros, de emociones cándidas e incapaces de “contaminarse” con el odio o la corrupción moral.

Frecuentemente, olvidamos que un robot es una máquina y debe cumplir funciones propias a su naturaleza de creación. Los autores de ciencia ficción más serios saben eso, pero al humanizar a los robots en sus relatos sólo quieren simbolizar algún aspecto de la humanidad, -el miedo, el odio, las aspiraciones utópicas- siendo necesario entender su visión como un reflejo de nosotros mismos, no como el ideal del ser de un autómata. Desafortunadamente, este simbolismo del robot ha sido desvirtuado y tomamos en serio arquetipos de autómatas que están muy lejos de la realidad, omitiendo la interpretación que cada grupo humano le da a ellos.

El imaginario popular ya sugestionado con humanizar a los robots, toma en serio posibilidades irreales carentes de un adecuado respaldo científico. Como somos propensos a aceptar más rápido emociones negativas, la predica catastrofista sobre los robots es fácilmente asimilable por los ciudadanos siendo incapaces de juzgar objetivamente quien es responsable durante un incidente que involucre a un robot o de cuando se están mal empleando. Habría que estudiar la robótica no nada más con la óptica humanizada que tenemos de ellos, debería incluirse la parte científica, social, funcional y técnica para desarrollar una visión más acorde a lo real contrastándolo con la ficción para darnos cuenta de las ideas erróneas que tenemos.

El fantasioso ejército de autómatas asesinos destruyendo a la humanidad, recorriendo las ruinas de nuestras ciudades, deseosos de satisfacer sus instintos destructivos no pasa de ser una metáfora -mal interpretada- de como el mal uso de la tecnología podría conducirnos a nuestra autodestrucción. Una tecnología sin ética ni moral, irrespetuosa de la vida humana no sería obra de unos robots enloquecidos que se creen dueños de la Tierra, sino de una humanidad envilecida, incapaz de enfrentar la vida con sinceridad.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

El panoptismo como instrumento de castigo.

 

 

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Nuestra vida virtual y real están tan unidas que pueden ser modeladas por el juicio de otros-PFMS-Google Images

El poder de la tecnología nos brinda la posibilidad de acercarnos a otras realidades sin grandes esfuerzos; podemos “comprender” mucho mejor lo que sucede a nuestro alrededor y del mismo modo incidir en la realidad. Los efectos de esa influencia pueden variar según nuestras intenciones, pero la sobreexposición a la que estamos sujetos actualmente hace que sea imposible determinar si dichos efectos parten de algo real o falso; la compleja maraña del origen de las informaciones puede confundir al más acucioso al mismo tiempo que la libertad personal se encuentra bastante vulnerada si tal vorágine informativa escoge como objetivo a un individuo. Las personas y las autoridades pueden fácilmente definir nuestro rol con tan sólo un estímulo concreto.

La maquinaria que mueve al llamado Social Web -en parte- es completamente lúdica. Aunque convergen otros intereses más serios, la frivolidad alimenta esta maquinaria; compartimos demasiado de nosotros en este ambiente sin medir las consecuencias… todos sus miembros tienen preconceptos arraigados de quienes podrimos ser por ese ambiente y sin darnos cuenta nuestra identidad real ya está harto mezclada con la virtual. Si algo rompe con esa rutina veremos el rostro no muy agradable de esa maquinaria. Los “otros” juzgan en tiempo real lo que somos y que decidimos afectando nuestro modo de ser, constantemente nuestra cotidianidad esta evaluada por terceros que buscan satisfacer algún interés, gracias a que hemos cedido parte de lo que somos.

Y también está el caso contrario de que algunos prefieren alimentar sus egos con ese juicio en tiempo real. La provocación, las ansias de ser reconocidos y el escándalo así como la deliberada “exposición de los trofeos” para buscar en la aprobación de los otros un sentido -reflejo de una incapacidad en encontrar un equilibrio en sus vidas- termina siendo objeto de evaluaciones nimias de los demás. El ambiente social pareciera no tener limites, la creatividad para captar la atención y propagarlo se convierte en un juego donde buscamos atención como sea… hasta que ese juicio en tiempo real termina dando un veredicto. La última palabra que puede aprobar o desaprobar puede ser muy dañina.

Cuando el veredicto desaprueba nuestros actos vemos como quedamos definidos ante los demás. Sin importar la naturaleza de los hechos, todos pueden decirnos qué somos y recordárnoslos por qué la red no olvida. La “fama” no la podemos controlar llegando a límites insospechados. Argumentar contra ese veredicto termina siendo inútil porque ya todos creen tener definido cómo somos por nuestra acciones y nada podrá cambiar el rumbo de esa estampida de opiniones. Así la libertad de ser como se desee queda destruida, el individuo no podrá tomar una decisión con seguridad porque el juicio ajeno condicionará su actuación en la vida; quizá por prudencia prefiera esperar hasta “que se olvide el asunto” más no podrá tener una certeza de que al pasar toda ese escándalo no será señalada por los hechos pasados.

Nuestra identidad en estos tiempos -si aceptamos formar parte del ambiente social- estaría más expuesta que nunca a los demás. La presión que ejerce el mal uso de la tecnología social sobre el individuo socava su derecho de ser como desee y hasta podría coartar la libertad de expresión misma, porque los otros con el poder del número serían aliciente para abstenerse de hacer comentarios si este es identificado. Nos damos cuenta que el ambiente social está -en parte- compuesta por una mentalidad depredadora que siempre se encuentra dispuesta a arremeter contra quien sea por motivos pueriles.

Esta estructura represiva no lo constituye un sistema ni un grupo, un simple estímulo basta para que una multitud se autoorganice y exponga lo peor de si mismo. Todo un ejército de “eruditos” procede a subemplear el poder de la palabra en ofender a quien sea y a quien quiera, a definir los hechos por la voluntad de una mayoría desenfrenada que no conoce de objetividad. Sobre todo es una mayoría donde no necesariamente caben comentarios edificantes sino frívolos, destructivos y hasta grotescos. La vida individual no pertenece a una persona, sino a la mayoría enloquecida que espera de ella un comportamiento determinado ¿pero cual conducta es la socialmente aceptable para esa mayoría? ninguna porque todo es objeto de juicio, todo puede ser cuestionado y sometido al escarnio público.

Estas mayorías que se formaron en esta era de la información, simplemente, representa lo opuesto a una sociedad del conocimiento: es un colectivo que erróneamente cree poseer una libertad ilimitada por dominar ciertas tecnologías sociales, no le interesa la objetividad sino actuar, cree siempre poseer la razón aunque se le demuestre lo contrario, le causa placer el despedazar la imagen de los demás y ni le interesa desentrañar la verosimilitud de las tendencias más populares sino participar en esa suerte de “barahúnda” en abierta actitud pendenciera. Lejos de opinar para generar un debate equilibrado sobre los hechos que le conciernen, prefieren el alboroto, el insulto, y la imposición.

Nuevamente es necesario que cada quien reflexione cómo debe proceder en el uso de la tecnología social de forma responsable. Es fácil culpar al servicio por no hacer lo suficiente en impedir que sea objeto de burlas, pero nunca pensamos en nuestras propias acciones, evitar hacerse cómplice de los frecuentes escarnios públicos, podría ir sofocando la conformación de esas mayorías que saturan las redes de comentarios inapropiados. Sobre todo hay que estar más consciente de lo sencillo que resulta sacar de contexto un hecho, sólo para terminar siendo objeto de grotesca diversión de esas mayorías perturbadoras.

Nuestra identidad está todos los días expuesta al acecho de éstas mayorías depredadoras, hay que evitar convertirnos en uno de ellos o ser próximas sus víctimas.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

 

Los drones, ¿amenaza o avance tecnológico?

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Los drones son más conocido por su uso militar-PFM-Google Images

La tecnología hace poderoso al hombre”

                                      Gendo Ikari, Neo Genesis Evangelion

Los célebres drones se han vuelto la tecnología predilecta para labores difíciles y que conllevarían grandes esfuerzos. También han podido agilizar muchas labores de vigilancia de sectores claves que en otras épocas resultaban complejas por la logística que requería, lo cual provocaba que algunos detalles pasaran desapercibidos. No obstante, cada día vemos que estos artilugios van dominando demasiado la cotidianidad de las ciudades y crece la preocupación de los ciudadanos ante la posibilidad de estar siendo vigilados todo el día por ellos. Aunque muchas de las unidades que sobrevuelan los cielos no necesariamente tienen como fin dar seguimiento a alguien específico, es comprensible que exista entre las personas una sensación de angustia ante una máquina cuyas funciones reales pueden ser desconocidas.

El principal problema que esta tecnología enfrenta es el prejuicio. Debido a las múltiples guerras y operaciones antiterroristas que se han ejecutado a lo largo de este siglo hay un pleno convencimiento de que dichos aparatos no pueden tener nada bueno. La ciudadanía esta convencida de que son máquinas exclusivas para militares, fuerzas policiales o grupos privados de seguridad por lo que si no se usan para “neutralizar una amenaza”, entonces se le destinará para facilitar el mantenimiento del orden o la protección de grupos socialmente importantes. Es decir, existe una interpretación de que quienes se benefician de esta tecnología son los grupos de poder que podrían ser objetivos de elementos hostiles, por lo tanto, la gente ve en éste punto el típico conflicto entre quienes tienen poder y quienes no.

En esta interpretación las personas recelan, porque creen que los “poderosos” desean dominar aún más el mundo social circundante con un fin represivo. Paralelamente vemos en los años recientes como la relación de los grupos de poder y la ciudadanía se ha deteriorado considerablemente, reforzando la opinión de que los drones son un medio de vigilancia masivo que cuarta las libertades civiles porque con ellos puede identificarse a cualquier persona, sobre todo sí se tiene el apoyo de avanzados sistemas informáticos.

Pero la imagen negativa de estas máquinas se alimenta todavía más al hacerse públicos las operaciones militares que se realizan con ellos. La precisión y letalidad de estos aparatos, así como el hermetismo de dichas operaciones, avivan el temor entre los ciudadanos. Una máquina sigilosa, casi indetectable, como un drone puede destruir cualquier objetivo impunemente, sin que pueda reaccionarse a tiempo, arrastrando también a personas inocentes, como ha pasado en muchos ataques. Para los militares los fallecidos pueden ser bajas o daños colaterales, pero para el público, son personas independientemente de quienes sean. Muchos se preguntan si su gobierno -siempre que cuente con esta tecnología- no cedería a la tentación de eliminar a alguien “indeseable” mediante estas invenciones…

Podría parecer paranoico, pero el siglo pasado nos muestra como una amplia gama de máquinas destinadas a la “defensa de la nación” también fueron empleados contra sus propios ciudadanos, especialmente contra quienes piensan distinto o con personas inocentes -sin posturas políticas reconocibles- que accidentalmente terminan siendo envueltos por los acontecimientos. No se puede negar que existen elementos violentos cuya peligrosidad, y amparados por el apoyo de algunos grupos de poder, deben ser combatidos mediante la fuerza ante su negativa de abandonar las armas, empero no está demás establecer limites éticos, morales y legales a las invenciones destinadas a la defensa, principalmente cuando se lucha en ambientes donde es fácil eximirse de responsabilidades y protegerse con el silencio de ciertos políticos.

La ciencia es arrastrada -nuevamente- en esta polémica, se acusa a los inventores de asesinos o de cómplices en una siniestra conspiración para construir un estado totalitario, semejante al concebido en la novela 1984. La fe en la ciencia para mejorar el mundo está diluida y los pocos optimistas que quieren cambiar el ambiente se les catalogan de ingenuos. Mientras los científicos deliberan junto con los militares y políticos el cómo remediar este problema ético, la tecnología de los drones ya está disponible para todo el mundo, incluso para el que guste experimentar puede construirse uno y usarlo a su antojo, creándose otro escenario de controversia: las individualidades que emplean drones, ¿podrían cometer delitos con ellos?

Tenemos ejemplos de como personas talentosas, pero ociosas y malintencionadas usan la tecnología para incomodar a los demás. Con un drone cualquier persona indolente puede invadir la privacidad, sin necesidad de estar presente, y transmitir todo por la red o realizar un ataque para controlar otros drones o derribarlos. La imaginación no tiene límites, cada tecnología que se crea la tomamos como normal en nuestra cotidianidad y no muchos piensan que algo puede salir mal, nadie que siga con su rutina está creyendo que una máquina con quien comparte su espacio social podría estar manipulada para perjudicarle. Nuevamente entramos en el dilema del “como se usan las cosas será el juicio que le daremos”, quizá el problema no sea las máquinas como tal, sino la falta de sensatez de la humanidad actual.

Esa falta de sensatez es lo que incuba el miedo en la gente, que se transforma en reactividad generando una creencia equivocada del progreso: que éste está dominado por -y para- “el mal”. Muchos empiezan a buscar medios para defenderse de lo que interpretan como una amenaza puesta al servicio de nefastos intereses. Sin embargo, los drones no necesariamente deben usarse para hacer daño, existen muchos de estos aparatos destinados a labores altruistas y otros que buscan crear nuevos servicios. El cine es otro beneficiado por los drones porque con ellos se puede realizar tomas áreas impactantes que anteriormente eran imposibles de realizar. Las investigaciones científicas que se realizan en terrenos intricados pueden facilitarse con estos ingenios. Todo depende de cómo los seres humanos queremos usar la tecnología.

Los drones, como cualquier máquina de alto impacto social, no estarán lejos de las controversias, serán denostados por muchos y apreciados por otros. No obstante, el rechazo que hoy se le tiene es parte de la descomposición moral que tenemos actualmente; que enfrenta a ciudadanos y grupos de poder. La brecha creciente entre ambos provoca que la tecnología se parcialice, ya que se interpreta como si ella estuviera escapando del control de la sociedad, y poniéndose de parte de intereses poco transparentes. Aparte de eso todavía persiste un asombro paralizante entre las personas ante los acelerados cambios de la tecnología que simplemente les impide opinar.

Pero existe los individuos opacos quienes no sienten que el progreso deba ser sometido a un análisis ético, porque subestiman los efectos que tienen en sus vidas o se limitan a beneficiarse de ello… hasta que es demasiado tarde para reaccionar. En este grupo se incluye aquellos demagógicos personajes políticos que creen que la tecnología esta limitada a funciones concretas, descartando cualquier estudio profundo del tema. Esta visión simplista es proclive a ser incapaz de solucionar eficazmente cualquier conflicto ético producto del avance tecnológico, lo que contraria, aún más, a las personas.

No podemos seguir creyendo que la tecnología -especialmente los drones- es un fenómeno aislado, que sólo puede ser entendido por una casta de especialistas, si todos los días nos beneficiamos de ella de alguna manera. Tampoco podemos creer que sólo los países más avanzados pueden exclusivamente opinar sobre ella porque la crean y la venden a los demás, es necesario prepararse más sobre la materia, dejando a un lado los prejuicios e ideas erróneas. Los drones no son nada más máquinas para destruir. Pueden ser útiles elementos para el desarrollo social de la humanidad, pero es la misma humanidad la que debe aclarar el cómo desea progresar con sus inventos: si en un progreso a costa de inmolar vidas humanas o en un que promueva la cooperación entre los ciudadanos…

Solo el tiempo lo dirá.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

Reflexiones sobre la tecnología militar.

 

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Keloid, otorgar excesivas responsabilidades en materia bélica a un autómata, podría tener consecuencias éticas desastrosas- PFM-Bing Images-

 

“…no pensamos siquiera que todas las batallas de hoy, son causas de las omisiones de ayer. Peleamos por excusas pasadas, creyendo que son nuevas.”

” Principalmente, debemos dejar de estar aprobando que se nos niegue el legítimo derecho de resolver los conflictos sin violencia.”

                                                            Pedro Felipe Marcano Salazar.

En los tiempos actuales pareciera que se avecina una “nueva Guerra Fría”. Los imparables avances técnicos también son considerados como medio para mantener el delicado equilibrio de poderes existentes entre las naciones. Cada vez son más los ejércitos que entienden que su poder ya no sólo radica en alianzas estratégicas y buena organización, ahora es necesario producir y entender la tecnología para poder estar a nivel de potenciales enemigos y rivales, si no se quiere perder la ventaja. Sobre todo, las viejas contiendas entre las potencias occidentales con Rusia y China han sido retomadas con claras demostraciones de su respectivo poderío bélico con fines disuasivos y propagandísticos. El temor de una Tercera Guerra Mundial empieza a tomar formas dramáticas.

Pero, mientras los temores de un nuevo enfrentamiento mundial están reducidos a un sentimiento colectivo otra preocupante realidad empieza a aparecer: la urgente necesidad de establecer límites contundentes a la misma tecnología que nos facilita la vida. Entre científicos y activistas son más frecuentes la exigencia de establecer controles a los sistemas de armas actuales, los cuales se quieren que posean mayor autonomía. Otorgar un poder omnipotente a una máquina es una forma demasiado peligrosa de eximirse de la responsabilidad de actos reprochables, actos que nacen de las complejas decisiones políticas que toma la humanidad. Bien sea para debilitar o destruir totalmente a un enemigo, una máquina podría ser el soldado perfecto si nadie le delimita sus acciones.

Nadie se opone al legítimo derecho de cada nación de tener los recursos más avanzados para protegerse así misma; empero es notorio que dentro de la gente empieza a prosperar un rechazo hacia la letalidad y sofisticación de las armas utilizadas en este siglo. Sí la guerra es considerada como algo antinatural, también esta incluido en esta consideración los medios empleados para hacerla. A medida que transcurre la historia humana, dichos medios han borrado al hombre como responsable absoluto de las tragedias producidas por la guerra.

Las armas son cada vez menos complejas de usar, se han vuelto impersonales y los ejércitos ya no requieren enfrentarse directamente, hasta el Ciberespacio ya es un arma y al mismo tiempo un campo de batalla que cumple con esta última condición. No obstante la ganancia de mejores medios diplomáticos para resolver los conflictos, así como el auge del activismo ciudadano que promueve la lucha no violenta, terminan de convencer de lo innecesario de la violencia, a parte de que los avances técnicos implican una mejora de la calidad de vida, privilegio que nadie quiere perder por inmolar su conciencia en destruir a los demás. Sobre todo, la sociedad civil ya se convenció que la tecnología en manos de los grupos de poder -político, militar y científico- no garantiza la neutralidad que requiere para un correcto uso, es decir, no está comprometida con la PAZ.

En pocas palabras, el rechazo hacia las acciones bélicas por parte de la sociedad civil complica un accionar holgado por parte de las Fuerzas Armadas, aún cuando la Guerra contra el Terrorismo justifica el empleo de medios más directos y sigilosos, ya que se combate contra organizaciones impredecibles; la ciudadanía ha tenido que pagar unas consecuencias intolerables por ello, la más relevante es la merma del respeto de los Derechos Humanos. Ante éste reto los poderes políticos han tenido que realizar dos movimientos fundamentales para cubrir los movimientos de sus pares militares: el primero, justificar el hermetismo más absoluto sobre ciertas operaciones, llegando al límite de la complicidad y el segundo consentir que dichas operaciones se hagan sobre terrenos donde la ciudadanía no puede influir.

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La ciudadanía rechaza el uso de “drones” para la guerra-PFM-Google Images-

No obstante las actuales convulsiones sociales han puesto al descubierto tales movimientos, con lo cual la simple disconformidad hacia la autoridad evoluciona a un desprecio frontal hacia el sistema imperante. La falta de fe en las instituciones va de la mano con la desconfianza creciente hacia los usos de la tecnología. El progreso esta siendo recelado, y quienes tienen la difícil responsabilidad de la defensa militar de su país ven más complejo hacer su trabajo sin enfrentar el juicio moral y ético de la ciudadanía. Aunque muchos conflictos pudieran resolverse por vías civilizadas, hay -lamentablemente- que admitir que no todos los bandos quieren negociar sino imponerse por la armas.

Desgraciadamente, y aunque los poderes militares tuvieran razón, el radicalismo de la ciudadanía hace caso omiso de sus argumentos. La opacidad gubernamental no es algo perdonable y las causas de la guerra están en duda constante, los más extremos ya hasta predican que todos los conflictos son culpa del gobierno que enseña a matar. En parte se admiten que los grupos de poder provocan las guerras, estén o no dentro del gobierno, pero también existen momentos donde la gente cegada consiente la guerra haciéndose cómplice de ella, bien lo ejemplifica la tenebrosa colaboración del pueblo alemán durante el régimen de Adolfo Hitler, así como de las brillantes mentes científicas de la época quienes concibieron la maquinaria militar nazi. Viéndolo así, habría que autoexaminarse antes de condenar al gobierno cuando de conflictos bélicos se trata.

La ciencia es arrastrada a una encrucijada, se le plantea el más intrincado de los retos: si trabaja para el mayor bienestar posible o colaborar con la destrucción de vidas humanas. Las voces conscientes se levantan -no exentas de polémicas- sobre la urgente necesidad de detener el mal uso de la tecnología. Es necesario debatir, analizar los escenarios posibles. Mantener fuera los apasionamientos, y buscar resoluciones justas que eviten la autodestrucción de la humanidad por sus invenciones. Para muchos científicos, la ciencia ficción bélica ya es realidad, por ello hay que buscar caminos éticos que aborten el desplazamiento de la responsabilidad humana hacia entidades artificiales cuando hay que tomar decisiones en casos de guerra. El consentir que sean las máquinas las que dispongan ante la complacencia de una dirigencia militar insensible, seria una cruel forma de “lavarse las manos” que pondría en duda los supremos valores humanos y el mismo equilibrio social.

El otro temor derivado del desarrollo de la tecnología militar son las consecuencias que tendría para la paz, si algo fallara. En el siglo pasado, los misiles nucleares sembraron el terror, una simple provocación terminaría en catástrofe y se cometieron muchos errores que afortunadamente no tuvieron grandes consecuencias. La mesura salvo al mundo, se comprobó que los aparentemente infalibles sistemas de defensa podrían fallar.

Pero, si una máquina puede tener falencias, ¿cuán dañina seria la situación sí fuera el ser humano el que falla, interpretando erradamente la realidad? Hemos vistos como los mejores hombres -los más capacitados- se equivocan fatalmente en momentos críticos, el precio a pagar por ello ha sido alto. La civilización todavía sufre las consecuencias. Por ello, podríamos decir que es un error grave disponer tan holgados recursos en desarrollar máquinas cada vez más conscientes para destruir. Desafortunadamente el irrenunciable deseo de pocos de luchar justifica medios más letales, quedamos en un dilema de difícil resolución. De algo podemos estar seguros: resulta más aterrador construir engendros bélicos automatizados para matar a otros seres humanos, que una rebelión de estos en contra de sus creadores.

En ambos casos el hombre sigue siendo culpable de las vidas que se pierdan y los daños que sufra el planeta. La guerra es un medio de incompresible adopción que en etapas de adelantos técnicos como los actuales debería ser, la última prioridad. Desgraciadamente la enfermiza rivalidad entre naciones, las paranoias de facinerosos fanatizados y la poca voluntad de grupos antagónicos por encontrar maneras adecuadas para convivir pacíficamente parecen la excusa predilecta que justifica más inútiles derramamientos de sangre. Y si nadie lo hace, empezamos a transitar por una temporada de aparente calma no aprovechamos para prolongarla, sino para perturbarla con más enfrentamientos, no pensamos siquiera que todas las batallas de hoy, son causas de las omisiones de ayer. Peleamos por excusas pasadas, creyendo que son nuevas.

La humanidad debe entender que cada instrumento que crea, tiene que ser sometido a los dictámenes del bien común y el respeto ciudadano. Ninguna nación puede ampararse en excusas nacionalistas, para desarrollar engendros bélicos que tarde o temprano le arrebatará la vida al más inocente, por muy sofisticados que sean, el inocente es quién termina sufriendo más. Hay que entender que los grupos irregulares que hoy abrazan la lucha armada, fueron víctimas del odio y la indiferencia de los líderes. Perdieron la paciencia…

Para prevenir que otros inocentes, terminen enfermos de odio es menester que los esfuerzos colectivos estén al servicio de la PAZ. Hay que hacer grandes esfuerzos para convencer a todos los pueblos de la Tierra, -especialmente los más belicosos- de lo fútil de la guerra, sobre todo tenemos que convencernos que las máquinas que creamos debemos usarlas para brindar bienestar a quienes más sufren. No podemos quedarnos en el buscar culpables, es necesario actuar en favor de la paz. Debemos renunciar culturalmente, a esa costumbre de rendir culto a los héroes de guerra, en exaltar las “virtudes” guerreras que se desvanecen cuando la sangría de un conflicto se torna inocultable. Principalmente, debemos dejar de estar aprobando que se nos niegue el legítimo derecho de resolver los conflictos sin violencia.

Quienes cumplieron con su país, se les reconoce sus servicios en su tiempo y su generación, sin embargo cada época enseña que es necesario superar la violencia a favor de la diplomacia justa y los acuerdos mesurados. Cada héroe de guerra -en el fondo- no desea matar, quiere “regresar a casa” y olvidar la lucha.

De algo podemos estar convencidos, es que la Madre Tierra no desea seguir recibiendo más cadáveres en sus entrañas producto de la violencia…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

La tecnología debe ir de la mano con el desarrollo social.

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La tecnología no debe alejarse de su función social- DevianArt.com

La sofisticación de la tecnología actual, ha logrado brindarnos maravillosas formas de entender el mundo y expandir nuestro entendimiento de las cosas. Años de dedicación intelectual y experimentación nos ha permitido avanzar con mucha rapidez; sin embargo seguimos sin resolver un punto fundamental: ¿a quién debe beneficiar la tecnología? La respuesta lógica seria a la humanidad, pero si miramos un poco la realidad actual nos daremos cuenta de la enorme desigualdad -en cuanto al acceso de la tecnología- que existe en el mundo, dicha discrepancia puede localizarse en un aspecto sencillo: si la técnica es para servir a la humanidad, entonces ella debe crear el mayor bienestar social posible a todos los seres humanos, no obstante, el monopolio de la misma aborta la posibilidad de “universalizar” su acceso.

Este monopolio no es causa de una deliberada conspiración de intereses egoístas; como argumentan algunos, sino de que hemos reducido el papel de las máquinas a cumplir funciones limitadas y rutinarias lo cuál termina por encasillarlas y así impedir entender su papel social. Como las hemos reducido a cumplir una función específica, hemos olvidado que con su ayuda, también podemos simplificar la búsqueda de soluciones a los problemas más complejos. El otro detalle está en que tenemos una cultura de desconfiar de la tecnología que parte de mitos, fantasías y temores absurdos, más que de hechos plausibles. Esa mentalidad paranoica nos hace pensar erróneamente que hay algo maléfico en el progreso, y juzgar el avance dentro de una óptica de sospecha constante.

Cierto es que existe dentro de nuestra especie un lamentable antecedente de uso no ético de la tecnología, pero no podemos caer en esa premisa simplista, de que cada invento se va a usar para “hacer maldades” o repetir la tediosa predica, de que a largo plazo, descubriremos que determinada herramienta era dañina. Esta última evaluación siempre deja por fuera las limitaciones científicas y mentalidad de la época en que se desarrollo una máquina. Por  supuesto, los más radicales buscarán siempre los más increíbles culpables en vez de analizar los hechos con objetividad. El miedo a lo que no entendemos, nos paraliza, y no vemos las posibilidades de hacer el bien en nada; nos conduce a un estancamiento innecesario.

También hay que considerar que, contradictoriamente, tenemos una mentalidad anticientífica. Quiérase o no nuestra cultura -todavía- promueva la apatía hacia la ciencia y buena parte de la gente desconoce como funciona realmente las cosas, siendo presa fácil de charlatanes. Se supone que la educación debe evitar ese desinterés, sin embargo, la mentalidad predominante sobre las ciencias entre los estudiantes es “que las ciencias son muy difíciles” o “son materias para genios y superdotados”, es así como el entendimiento objetivo de la ciencia se reduce a grupos reducido de individuos especializados -que posteriormente-, sufre la incomprensión del resto de los miembros de la sociedad porque esa apatía cultural crea una brecha insondable entre científicos y ciudadanos.

La cuestión de la rentabilidad económica, también ensombrece el tener un verdadero acceso universal a la tecnología. En sociedades donde pareciera que se premia lo banal e intrascendente, se cree que toda investigación para desarrollar nuevas tecnologías debe estar ajustada a un presupuesto, por encima de lograr las metas que dicha investigación desea cumplir. No nos permitimos dejarnos llevar por una creatividad responsable y didáctica, sino en satisfacer a quienes inviertan en dicha investigación. Hay que considerar que dichos inversores, le interesan los resultados inmediatos y su juicio no muchas veces se ajusta a la realidad de la laboriosidad que implica una investigación seria. Otras veces los inversores, toman en cuenta proyectos que no necesariamente implican respeto a la ética científica y suelen ser frecuentes escándalos de fraudes, de prácticas inhumanas o el apoyo de programas destructivos.

El otro aspecto que sigue sin resolverse, es hacia donde orientar los recursos tecnológicos. Es evidente que la realidad social humana, es muy divergente, pero existe asuntos comunes que debidamente atendidos podrían aliviar las cargas de muchos grupos humanos. Sin embargo, los radicalismos políticos, la corrupción de ciertos gobernantes y el excesivo interés de destinar los recursos científicos en materia militar; refuerza la idea que las capacidades tecnológicas humanas no están para servir a la humanidad sino para crear nuevas formas de esclavizarla y dominarla. Demás esta decir, que no existe un acuerdo concreto entre todas las sociedades sobre que es una prioridad y que no lo es; definir claramente esto, es un tema que muchas veces no depende de criterios científicos, sino de tener delimitado como ajustar en cada cultura un uso productivo de la tecnología sin que exista exclusiones. El identificar las pautas culturales comunes de cada grupo humano, podría permitir contactos no conflictivos con la tecnología… pero todo depende que tan dispuesto esta un país en avanzar.

De todo lo anterior, surge la lógica interrogante: ¿Cómo reformulamos nuestro concepto de tecnología  de forma que no se aleje de su papel social? en primer lugar, habría que identificar plenamente cuales son los factores sociales que ocasionan apatía hacia la ciencia, cada sociedad es única, y si cada una logra reconocer dichos factores podrá introducir cambios significativos. Estos cambios deben hacer énfasis, en que la tecnología esta para servirnos y ayudar –para bien- a la humanidad, que todo lo que mueve una máquina esta gobernado por una serie de principios y leyes explicables. Hay que hacer ver que todo lo logrado por la humanidad en esta materia, no es solo fruto de la tenacidad de un puñado de hombres, sino de la buena disposición de la gente por querer avanzar. Hay que desterrar, la mentalidad anticientífica, dejar de hacer creer que el papel de todo progreso es siniestro y peligroso.

El ir convenciendo que los errores y éxitos de la ciencia son fruto de la misma voluntad humana, no de una fuerza extraordinaria que está por encima de todos, pueden incentivar a cambiar la percepción equivocada que se tiene de la tecnología y abrirla a la sociedad.

Saque usted sus conclusiones.      

Pedro Felipe Marcano Salazar

@C1udadan0x.

    

 

 

         

La tecnoeducación es un hecho.

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La educación debe evolucionar junto a la tecnología-Google Images

“La tecnología no es una opción”

                                           Dolors Reig, Psicóloga, formadora y consultora TIC

Es evidente que con los recientes avances tecnológicos, los conceptos que se tienen sobre la educación deben ser modificados. No aceptarlos, implica condenar al atraso a los educandos que ingresen a las aulas; lo cuál podría crear un clima conflictivo que en nada beneficiará al progreso social. Es por ello que lo primero que habría que definir es, cuáles son las metas que desea alcanzar la sociedad a través de la tecnología para poder traducirlo en cambios efectivos en la educación. El éxito de muchas naciones radica en saber adaptarse a los cambios, sin perder de vista sus metas.

Tendiendo en cuenta lo anterior, cada nación debería ajustar sus recursos para realizar los cambios pertinentes y mantenerlos con el tiempo, así, adaptarse a los cambios no será una contrariedad. Sin embargo, las transformaciones que se hagan también deben incluir a aquellos actores que dominan la tecnología e incluirlos, será sinónimo de beneficios para todos los involucrados  siempre que se resuelva las posibles discordias que todavía se mantienen en ciertos círculos del mundo de la tecnología. Un ejemplo de ello, es el enfrentamiento que existe entre el software libre y su par privado.

Una política de transformación educativa no será efectiva si no existe un consenso entre dichos círculos. Cierto es, que cada uno se maneja bajo “filosofías” opuestas, pero la diversidad que presenta la realidad tecnológica obliga a tener que formar alumnos capaces de entender entornos distintos entre si; sin que le ocasione retrasos. Los jóvenes pueden dominar con rapidez las funciones más elementales de la tecnología y hasta incrementarlas gracias a la información disponible en Internet, al margen del sistema educativo.

Ante esto, ¿Qué debe hacer la educación para no quedarse rezagada? Debe guiar a los alumnos para que encuentren un “sentido” a su aprendizaje, hacerles ver que la tecnología puede servir para su desarrollo individual y colectivo. El alumno debe convencerse, sin imposiciones, que la tecnología es un medio para lograr fines elevados y si ellos profundizan en su funcionamiento podrán lograr desarrollar un pensamiento enfocado a solucionar problemas concretos. La educación debe persuadir, que la tecnología, no es algo lúdico ni una distracción efímera sino es una herramienta que se emplea con responsabilidad, es decir,  hay que trasmitir valores con respecto a su correcto uso.

Esta misma “conciencia” que se le inculca al alumno, ha de trasmitirse a los docentes para poder equilibrar la estructura educativa con miras ha superar las resistencias que puedan existir. Los docentes no necesariamente deben convertirse en “sabelotodos de la tecnología”, porque podría ser interpretado como un “competidor” por los alumnos, más bien, su rol será el de un “aliado” que le hará ver las maravillas que se puede apreciar a través del conocimiento. Si bien, ninguna realidad educativa es igual a otra, solo una metódica formación del buen uso de la tecnología podrá ayudar al docente a adoptar las herramientas más efectivas en sus clases.

El cambio que supone para cualquier sociedad, puede encontrar obstáculos internos considerables, empero la realidad actual, ya no conoce de esperas. Las naciones deben superar sus conflictos interiores e involucrarse activamente en el desarrolla de una educación acorde a los retos del mundo actual. Está evidenciado que el progreso de una sociedad, depende más de los resultados obtenidos de su educación que la exclusiva inversión económica, el “capital humano” nacional debe ser “desarrollado” si una nación quiere alcanzar su bienestar.

El correcto equilibrio tecnología-educación es la clave del éxito.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

Reflexiones sobre los videojuegos.

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                           ¿Son los videojuegos peligrosos?- Google Images.

Los videojuegos, siempre han sido objeto de incontables controversias: se les acusa de distraer a los jóvenes, de anular la creatividad, de servir de estímulo a comportamientos antisociales o de incluso de destruir la comunicación verbal.  En parte, la recriminación hacia esta forma de entretenimiento, tiene verosimilitud en muchos aspectos y puede extenderse hacia otros campos del mundo digital; sin embargo el tema no se debe limitar a lo meramente técnico sino al humano, que es de donde parte toda la polémica.

 El formato de los nuevos videojuegos, no quiere limitarse a ser un entretenimiento pasajero como lo sería en épocas pasadas; han evolucionado a ser “realidades alternativas” casi palpables con el fin de sugestionar al videojugador, de ponerlo en un trance hipnótico imposibles de resistir. En esa realidad virtual en la cual se sumerge, las reglas y responsabilidades adquiridas por el individuo pierden toda importancia con tal de superar los retos que impone el juego.  Podríamos sospechar, que los videojuegos se crean más para diluir todo interés por la vida fuera de esa realidad virtual; aunque suene extremista.

Teniendo en cuenta lo anterior, ¿dónde radica lo polémico? en sus contenidos. Los videojuegos más exitosos actualmente son los que oscilan en la violencia y el militarismo. Son los que más buscan los videojugadores, sus personajes son harto imitados por ellos y cuentan con interminables secuelas cada una más increíbles. En pocas palabras, los que reflejan una característica rechazable del ser humano son los más populares; si a eso le agregamos otros contenidos –igual de reprobables- como sexo, erotismo y un humor chabacano junto con una buena estrategia de mercadeo, es muy seguro tener el éxito deseado.

Todo eso se ha incluido en los videojuegos y muchas familias -aparentemente- lo han aceptado, se ha subestimado –e ignorado- que este tipo de entretenimiento debe ser supervisado y orientado. No obstante, la aparente letárgia  de muchos padres y el no superado “asombro” por el desbordante progreso de nuestra tecnología, han facilitado el paso para que algunos videojuegos sean vectores de antivalores y mensajes negativos, más que una inofensiva distracción. Los jóvenes ya no valoran los videojuegos como una afición sino como una obligación esclavizante que deben cumplir sin excepción. De allí parte la polémica y la alerta tardía de la sociedad.

Los videojuegos, también es otro reflejo de las contradicciones en que se encuentran la sociedad digital: hemos proclamado el conocimiento y la cultura como medio de progreso pero nos distraemos con los más exóticos placeres, para también premiarlos. Dichos placeres no permiten el avance interno del individuo sino su empobrecimiento mental, relegándolo a la adicción y la dependencia; subcapacitamos al individuo al forzarlo –sutilmente- aislarse en una realidad virtual, donde solo podrá ser reconocido en ese medio más que en el mundo real. El individuo será, inevitablemente, un deshecho humano puesto que solo será socialmente útil en lo virtual; si es apartado de esa fuente no sabrá que hacer.

Si usted tiene dudas, solo consulte la cantidad de jóvenes que han ingresados a centros de rehabilitación porque son diagnosticados como ciberadictos­­­*  causado por el abuso de los videojuegos o los incontables estudios que demuestran alarmantes porcentajes de potenciales adictos de estos mundos irreales. Sobra decir, que muchos de los jóvenes ingresados a centro de rehabilitación admiten que eran empedernidos jugadores de videojuegos violentos o de otros no violentos cuya dinámica tan intensa no evita volverlos adictos; ¿podemos seguir creyendo entonces que este entretenimiento es “inofensivo”?.

No podemos excluir de esta situación, a aquellos adultos que sucumben a este hipnótico placer. Es demasiado frecuente  muchos casos de irresponsabilidad familiar, todo porque los adultos han abandonado su rol de dirigir con sabiduría sus hogares, quieren experimentar otros papeles distintos a los reales y los videojuegos les ofrecen eso, pero sin medir la consecuencias. Muchas familias se han desmembrado por causa de esto y cada día las autoridades atienden más casos de este tipo, sin que los esfuerzos para contrarrestarlos sean efectivos y no lo son porque tenemos una sociedad que se dedica a hacer culto al placer;  a un placer virtual que quiere desplazar a lo real.

Si los videojugadores y sus familias son responsables, también los que crean los juegos. Parecieran tener más en mente las ganancias que su responsabilidad social, no evalúan las posibles consecuencias que podrían tener sus productos en la mente de las personas y se mofan de cualquier advertencia que se haga del contenido de sus videojuegos. El poder tan relevante que tienen las compañías creadoras, les ha permitido convencer a legiones de videojugadores para que sean sus más abyectos “protectores” de cualquier intento de corrección. Desde el hogar, el videojugador presiona al resto de la familia con tal de satisfacer sus demandas de entrenimiento lo cuál se traduce en beneficios para las compañías.

Pero lo más llamativo del caso, es que en este siglo nuestro culto al placer virtual nos ha llevado a darle a las compañías creadoras de videojuegos atribuciones casi divinas y estas nos exigen construirles altares para invocar sus dones cibernéticos: tenemos torneos de videojugadores, locales ultramodernos para jugar sin descanso, canales de televisión dedicados exclusivamente a los videojuegos y los videojugadores más capaces se han vuelto celebridades dignas de ser imitadas.

Nadie evalúa que el costo de tan “alto honor” es de sacrificar su tiempo, esfuerzo, salud, relaciones, e incluso sus estudios con tal de ser el mejor videojugador…la vida se transforma en un mero ludismo y se le paga a estos jóvenes como premio por mantener esta maquinaria virtual en funcionamiento. Si esto continúa así, ¿a qué joven le importará concluir sus estudios o colaborar con alguna idea brillante para mejorar la calidad de vida de los demás; teniendo sólo que autohipnotizarse durante horas para tener “todo en la vida”?, simplemente hay que creer ser el mejor videojugador para ser reconocido socialmente… todo por satisfacer unas irracionales ansias de fantasía.

Ahora, la sociedad despierta violentamente: los más recientes tiroteos en escuelas y lugares públicos han arrojado dudas si los videojuegos son “inofensivos”, los asesinatos más crueles tienen como causa o fuente de inspiración un videojuego, muchos cometarios machistas y sexistas provienen de algún bizarro personaje de videojuego, y los ciberadictos aumentan cada día por el abuso de los videojuegos…Pero ¿qué hacemos? Buscar culpables donde no los hay, en vez de asumir responsabilidades. No vamos a lograr nada culpabilizando o prohibiendo los videojuegos es menester que todas las partes involucradas deben establecer límites incluso antes de que un videojuego salga al mercado.

Nadie en este asunto puede seguir amparándose en interpretaciones licenciosas de la libertad de expresión para mantener esta maquinaria virtual del placer; que empieza a mostrar síntomas de ser peligrosa para la sociedad. Tampoco podemos creer erróneamente que los videojuegos son culpables de todo, eso es una exageración. Menos aún podemos utilizar una controversia como esta para eximirnos de nuestras responsabilidades. Es necesario plantearnos ¿qué queremos como sociedad?, ¿qué vale la pena enseñar a los jóvenes: los vicios o las virtudes?

El debate está abierto solo falta empezar a hablar y escuchar.

Nota: podríamos definir como ciberadicto a toda persona que no puede estar sin conexión a Ia red o a cualquier tecnología digital.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.