Category: Sociedad

¿Por qué atraen los antihéroes?

 

 

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El antihéroe vive en un submundo social donde impera el mal-PFMS-Lukol.com

 

 

La figura del héroe está en una etapa de desgaste, la gente perdió la fe en ellos en la medida en que los grandes ideales y valores morales fueron siendo reemplazados por un pragmatismo que exige eficiencia y planeación; no acciones impulsivas ni individualistas que le dieran protagonismo a un individuo considerado excepcional. La moral y la ética no han desaparecido, sino que han tenido que adaptarse a una sociedad preocupada por los excesos de la enorme rapidez con que avanza, alejándose de las utopías. Urgida de encontrar normas adecuadas que puedan acoplarse a la inmediatez con que se desarrolla el siglo actual.

No generan interés las figuras magnificas que encarnan unos ideales, porque el discurso altruista llamando a la unión de la humanidad cayó en el desgaste, fue secuestrado por intereses mezquinos de unos pocos y no se percibe resultados concretos en esas aspiraciones de un mundo idealizado, de una sociedad en que todos los seres humanos puedan vivir como iguales. Los héroes han caído. Ya no son modelos atractivos en que la gente depositaba sus esperanzas.

Ante el vacío de no tener una figura que encarne un ideal, la falta de un discurso y una praxis que permita alcanzar una meta superior a la misma obra humana sobre la Tierra, la constante dependencia de grupos reducidos de especialistas, quienes puedan resolver los conflictos y necesidades de la sociedad, así como la celeridad de la dinámica moderna, provoca que algunos individuos confundidos se sientan “perdidos” porque creen que las historias sobre hazañas inspiradoras fueron una mentira. Interpretan que no hay héroes a quienes recurrir, pero si intereses que satisfacer sin importar el medio para lograrlo.

Estos individuos se identifican con el arquetipo del antihéroe para quien no existe ni el bien ni el mal, sino el medio más práctico que permita lograr un objetivo -así sea el más inmoral- satisfaciendo su necesidad de hacer algo que cree extraordinario incluso sin motivo alguno, e involucrarse en cualquier situación difícil no para resolverlas de la manera más ingeniosa sino para obtener un beneficio concreto. El antihéroe atrae porque actúa al margen de todo, llega a los extremos de la miserableza humana, que también puede resultar atractivo para personas resentidas o que ceden en la búsqueda de nuevos placeres; tiene un ego muy grande y lo único que le importa son sus propias necesidades, empero es un personaje lamentable porque nunca sienten una satisfacción plena sin hacer daño.

Al antihéroe le motiva el interés no un ideal, cree que la ley no aplica para él y es hábil para negociar su situación legal de manera que pueda evadirla tratando de convencer a las autoridades de que él puede entrar donde los otros no. A veces logra acuerdos con la autoridad y obtienen beneficios, no obstante su naturaleza anarquista hace que siempre sea perseguido. Se rigen por un “código moral” que cumple a medias, porque su desprecio a las normas les hace desconfiar de él, dado que vive en inframundos sociales donde imperan el mal y el vicio.

Tiende en ocasiones a tratar de redimirse de sus faltas, fracasando en la mayoría de las veces porque su naturaleza egoísta lo vuelve incorregible. Ha perdido la fe en todo lo bueno de su humanidad estando vacío, disconforme con el mundo sin conocer la causa de ello. Para el antihéroe su interpretación de la libertad es que pueda actuar como quiera, sin meditar si lo que hacen es correcto o no, en vivir al margen de la sociedad y atentar contra ella, hostilizar contra lo que significa orden. Se regodea con la anarquía y la venganza.

Los individuos disconformes encuentran en el antihéroe una excusa con la cual desconfiar de su propia bondad, de cuestionar sin argumentos sólidos los valores humanos y renunciar a su identidad original para convertirse en quimeras humanas, amparándose en circunstancias exóticas para optar por actuar de una manera opaca. Les seduce el Complejo de Víctima que desarrolla el antihéroe como falso argumento para justificarse porque entiende que el ser así es algo circunstancial, no por decisión propia. Sin embargo, el antihéroe es un hábil manipulador, experto en exagerar la historia de su vida con tal de recibir la aprobación de los otros, un charlatán individualista que convenientemente trata de eximirse de sus culpas, acusando a sucesos extraordinarios ajenos a su voluntad.

A estos individuos disconformes, les atrae el comportamiento miserable e inhumano del antihéroe, la falta de conciencia de sus actos, de claridad mental que le permita decidir cuál camino tomar en la vida, el desprecio que siente a tener una conducta decente prefiriendo, en cambio, la vulgaridad. No tiene remordimiento ni culpa porque lo que hace le parece acorde con lo que quiere: una vida sin límites, ni moral, ni ética y leyes que sancionen sus delitos, se ha autoexcluido de la sociedad así que ésta no tiene porqué ocuparse por él.

El no sentirse incluidos es un problema interno con el que el antihéroe no sabe cómo manejar, evadiendo este conflicto viviendo como un nómada, buscando aventuras y retos para alcanzar cierta satisfacción.

El antihéroe puede representar en algún momento, los dilemas que enfrentan aquellas personas decepcionadas de la vida, de los valores humanos y frustradas que prefieren desarraigarse que integrarse e intentar reconciliarse con los demás para hacer la diferencia y corregir las cosas que sean necesarias. Optan por refugiarse en la autodestrucción, la aventura y la búsqueda de su propio placer, desdeñando de los otros; piensan que no forma parte de la humanidad y esa es suficiente razón para crear un inframundo en el cuál vivir.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Análisis de un villano.

 

 

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Popularmente, el villano es una persona maléfica-PFMS-Star Page Images

El villano es, un personaje maléfico dotado de un genio muy peculiar, es un personaje antagónico que tiende a tener una relación muy personal con el héroe, desarrollándose una co-dependencia psicológica entre ellos. Representa una metáfora sobre la rivalidad entre el bien y el mal, la dualidad que mantiene al ser humano en constante confrontación con sí mismo, haciéndole reflexionar sobre su propia condición ética y moral. Aunque no necesariamente algunos individuos son villanos, se tiende a atribuir ese rol a ciertas personas cuyas conductas nos parecen peligrosas o anormales, personas que toman decisiones drásticas que pueden no ser aprobadas por otros. También solemos considerar así, a quienes temen del talento de otros y tratan de imponer sus dogmas a los demás, aunque no sean efectivos.

Para la mayoría, el villano no tiene nada de humano, personifica la mayor irracionalidad concebible, a pesar de que no sufra ningún desequilibro psíquico evidente, pero sus ambiciones son exageradas, superan todos los límites y nunca declina en su empeño en satisfacerlas. Es un vivo ejemplo de cómo las carencias interiores que sufre un individuo a lo largo de su vida, terminan por corroerlo, considerando insignificante otras motivaciones distintas a las suyas. Su individualismo es peculiar, puede flexibilizarse para trabajar con otros pero siempre que éstos se amolden a sus metas. Para un villano los demás no son importantes, salvo para cumplir sus objetivos, siendo frecuente que no lamente la pérdida de un aliado.

Pocas veces el villano se da cuenta de lo errado de sus ambiciones y aunque se arrepintiera de sus actos, nunca renunciaría a su hábito de intrigar. Cree ciegamente que debe conquistar algo, una meta superior, un objetivo supremo que le dé sentido a sus esfuerzos, si no se sentirá vacío, volviéndolo irritable y extremadamente competitivo, porque piensa que los otros tratan de controlarlo.

No cree en otra cosa más que, en su propia ambición. Puede justificarla amparado en un ideal, una venganza o algún resentimiento hacia la sociedad, pero lo que realmente desea es sentirse superior a los demás, demostrar que los otros son inferiores porque no tienen su misma agudeza mental, volviéndose arrogante e insensible. Esa falta de empatía hacia sus semejantes lo torna frío, calculador, hipócrita, manipulador y hasta sádico, puesto que nunca piensa que sus acciones sean dañinas, sino que todas tienen un propósito superior y de las cuales hay un beneficiario -el villano-, quien lo merece, porque “es más listo que los otros que no piensan en grandes objetivos”.

Hay ocasiones en las que el villano no es una persona abiertamente maléfica sino que alguien toma una decisión considerada injusta o tiene una actitud retrograda, lo que lo hace ser considerado como tal. Consideramos que sus acciones son amorales o su conducta desagradable, por lo que nos resulta imposible no pensar que es un egoísta o un demente, nuestro juicio de la forma de ser de otro, crea un villano, a pesar de que no exista como tal. Sólo se trata de un desacuerdo de cómo otro entiende la realidad, mas eso no indica que sea un potencial villano, sin embargo para nuestro juicio lo es, porque creemos que coincide con ese rol; esa percepción crea villanos virtuales que ponen en duda nuestra interpretación de cómo nos relacionamos con otras personas.

Curiosamente la gente detesta al villano, mas no puede evitar sentir una morbosa curiosidad por conocerlos, idolatrarlos, hasta sentir simpatía por su “causa” llegando a justificarla. Desde hace algún tiempo se ha inculcado erróneamente que el villano es una encarnación del mal y como el ser humano no ha derrotado el mal, entonces él debe seguir existiendo hasta que el bien absoluto triunfe; estableciéndose como una utopía el alcanzar ese bien absoluto, porque pareciera que queremos seguir viviendo con el temor de la amenaza del villano, generando la ilusión de que el bien tiene que reafirmar su existencia sólo con la presencia del mal, encarnado en un villano.

El clima social actual promueve una atmósfera negativa que prevé un futuro nefasto para la humanidad, el concebir que pueda existir un compromiso auténtico con el bien nos resulta absurdo, por lo que se nos quiere convencer de que el villano es una “medida de control” para equilibrar el orden social -así como es necesario el bien lo es el mal-, siendo imposible escapar de ese dualismo.

Las ambigüedades morales, le permitan al villano tener cierta impunidad pero los resultados de sus acciones no escapan del juicio del bien y el mal; así que la sociedad está obligada a evitar que se desborde el mal, aunque tenga que recurrir a él para preservar el bien, es decir, “se vale consentir recurrir al mal sí se puede contener una amenaza mayor.”

Con ésta premisa se pretende justificar la imposibilidad de que en algún momento de la historia humana, el bien absoluto logre vencer el mal, que el ser humano se reivindique consigo mismo y construya un mundo realmente justo.

Por eso el mayor triunfo del villano y su permanencia en la cultura popular está en, que hemos dejado de creer en la candidez del bien.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El significado social del fantasma.

 

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El fantasma es una entidad vinculada popularmente a lo sobrenatural, a la vida después de la muerte y a las fuerzas del mal. Aunque no existen pruebas concretas sobre su presencia en el mundo físico, los seres humanos desean creer que hay algo más en la realidad circundante que todavía desconocemos; una certidumbre de que la vida no es nada más el mundo material que nos rodea. Para muchos, el fantasma no es ni siquiera de este mundo sino que es una entidad maléfica que atormenta a los vivos por placer como recordánles la transitoriedad de la vida humana en la Tierra o también la prueba de que tenemos un alma y que esta al morir, se libera del cuerpo.

Sin embargo, los diversos relatos sobre fantasmas han dado una imagen negativa de ellos los muestran como entes agresivos, de emociones bajas y con un fuerte complejo de territorialidad que les hace creer que los vivos son un peligro, mientras en su fuero interno viven acongojados por no encontrar su camino “hacia el otro mundo”. Pareciera que ellos no tuvieran pasado, sino un perpetuo presente del que no se pueden liberar, a menos que les muestren el camino pero ¿a donde conduce ese camino? Eso es algo que solo los fantasmas saben, por eso algunos tienen tanto interés en comprobar la existencia de mundos que convergen con el nuestro como evidencia de que la muerte no es tan terrible como creemos.

Pero el fantasma, así como tiene que lidiar con encontrar el camino “hacia el otro mundo”, también debe enfrentar la indiferencia de los vivos, de aquellos que no creen que existan, o que están tan concentrados en el mundo material que les resulta inconcebible que sea real; en este aspecto el fantasma actúa como una metáfora, sobre como la indiferencia social de las grandes urbes y de sociedades corrompidas termina por invisibilizar a los individuos.

Esa invisibilidad es un terrible peligro porque nos volvemos distantes de nuestros semejantes y las relaciones humanas se vuelven una monotonía, un tedio del que para escapar se recurre a artificios dañinos. El fantasma aparece en ocasiones para advertirnos de las consecuencias de no resolver situaciones pasadas que preferimos olvidar, aquellos asuntos pendientes que en su momento creímos superados pero que en realidad solo postergamos porque no nos sentimos en capacidad de solucionarlos. Por eso él aparece como un aviso que nos invita a enfrentar dichos asuntos antes de que dañe nuestro presente; dichos asuntos son comunes y humanos empero tienen onda resonancia en nuestras vidas.

Generalmente el fantasma tiene una imagen tenebrosa, triste y maligna, a veces se le ve aliado con seres destructivos que representan una amenaza para los seres humanos convirtiéndose en su sirviente o como catalizador para aumentar su poder gracias al aporte de su energía vital. Otras veces se le atribuye una imagen vengativa, como el azote de aquellos que obran mal o tienen culpas que no saben manejar, dedicándose a perseguirlos hasta enloquecerlos incluso ajusticiarlos para que “paguen penitencia” vagando como seres desencarnados en el mundo de los vivos o siendo enviados a mundos infernales.

Este ente representa el temor a la muerte pero, en la circunstancia donde el alma no descansa en paz quedando errante en el mundo físico sin poder reunirse con Dios, sin lograr resolver sus asuntos pendientes ni lograr comunicarse con quienes aprecia porque estos ignoran que todavía esta atrapado en el mundo físico.

Sin poder lograr resolver su situación, el alma se convierte en una entidad triste, ajena y perdida que queda atrapada en un ciclo donde se mezcla la realidad física -el presente- con los recuerdos del pasado para terminar siendo un fantasma.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El monstruo como azote de la humanidad.

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Los monstruos suelen ser vistos como peligrosos-PFMS-StartPage Images

La imagen más frecuente que se tiene de un monstruo es de un ser destructivo que amenaza la vida humana. Aunque los seres humanos pueden mostrarse indefensos e impotentes ante el empuje de esta criatura, estos no tienen otra opción que enfrentarla para poder sobrevivir; en ese el ingenio humano se impone ante la intimidante figura del monstruo hasta someterlo. Nunca claro porque esta criatura se ensaña tanto con los seres humanos y aunque se introduce motivaciones razonables o demasiado fantasiosas para justificar su conducta sigue siendo un misterio el porqué de su acoso.

El monstruo parece tener alguna fascinación extraña con el ser humano, como si en él existiera algo atractivo que le impide resistirse a irrumpir en su existencia y trastocar toda sus creencias, pero de forma destructiva; llega destrozando su obra (sus ciudades, rutinas, relaciones…), la seguridad que le brinda la sociedad y poniendo en duda su conocimiento de la realidad. Más que matar al ser humano trata de reafirmarse en su mundo, trata de cuestionar sus conceptos exponiendo su fragilidad porque la humanidad no sabe como lidiar contra algo que escapa de su entendimiento, empujándola a la supervivencia, la cual revela lo mejor y lo peor de si misma.

En las intenciones de cada monstruo pareciera que no existiera nada civilizado, solo irracionalidad y un irrefrenable impulso por destruir, o una eficiente capacidad de camuflarse en la monotonía de la cotidianidad para sorprender al ser humano. Quizá su mayor placer es obligarlo a que se haga consciente de una realidad distinta que linda entre la locura y lo fantástico como si considerara un juego el atormentarlo.

Para el ser humano un monstruo es una confirmación de que su parte maléfica no es exclusivo de él, existen criaturas que también están regidas por el bien y el mal aunque por conveniencia solo ve la parte maligna de ellas. Son pocas las ocasiones en donde el monstruo muestra su parte benigna y logra tocar la humanidad de las personas, confirmando que si una criatura es “peligrosa” para otros no es nada más por su decisión sino también por como lo miran los demás seres, porque el miedo a lo que no conocemos o a lo que no es común nos incapacita actuar equilibradamente. Esta tan arraigado el orden y la rutina, que nadie sabe como actuar ante algo que no se comprende en el momento.

La humanidad hasta parece tener una interpretación masoquista del monstruo, porque es más frecuente aceptar una imagen negativa de él, siempre le atribuye una función destructiva, de ser enemigo de su obra o de considerar molesta su presencia, sintiéndose con derecho de aniquilarla resaltándose que debido a su presencia la humanidad se ha estancado, ha perdido su papel protagónico en la Tierra y ha tenido que enfrentar la nada cómoda situación de ver su mundo -el orden social- derrumbarse. Contradictoriamente parte de la humanidad considera al monstruo como un castigo merecido porque cree que esta perdida y degenerada, el hombre arruinó la tarea de elevarse a si mismo construyendo una sociedad insostenible y amoral que debe ser aniquilada para que “despierte”.

Esa sensación de verse rodeado de un entorno social asfixiante, que sucumbe a la monotonía y las contradicciones e incapacita para actuar termina por convencerla de que es cómplice de un sistema miserable el cual no puede seguir existiendo; por ello, invoca inconscientemente a un monstruo como una forma de autocastigo y medio de falsa liberación ante la impotencia que carcome la bondad humana, esa incapacidad de comprender un mundo que no se parece a los valores que le han inculcado.

Los individuos interpretan que los valores languidecen frente a los intereses creados volviéndolos crueles y deseando una voluntad superior, -casi divina- que destroce lo que creen es la causa de todas las flaquezas humanas -la sociedad imperante- porque no consideran que la humanidad pueda reivindicarse, reaccionar a tiempo para reconciliarse consigo misma o lograr sinceramente acordar un gran proyecto de progreso común. Más bien, existe un convencimiento pleno de que un apocalipsis deseable será la única medida para detener lo que consideran un proceso irreversible de degeneración social.

El monstruo aparece invocado por esta necesidad psicológica de autocastigo creando un vínculo muy personal con el ser humano, porque el puede percibir dimensiones supramentales que le revelan el interior de cada uno, facultad que no esta evidente pero se infiere por la facilidad con que puede rastrear a sus víctimas. Empero el monstruo también representa no solo los temores arraigados del ser humano sino aquello que el mundo moderno es incapaz de aceptar: la bestialidad, un comportamiento que no conoce límites, no es capaz de negociar y se regocija del horror más obsceno, una forma de conducirse en la vida que parece no amilanarse ante cualquier medida represiva.

La bestialidad ha sido algo característico en la humanidad, la protagonista de episodios trágicos en la historia pero que nadie termina por reconocer que existe porque estamos tan absortos en que el pensamiento puede explicar todo que cuando nos sentimos incapaces de resolver un enigma de nuestros más bajos comportamientos, preferimos callar y negar su existencia; nuestra falta de referentes o pistas para resolver esta parte de nuestra conducta es algo que todo monstruo aprovecha para aventajar al ser humano reduciéndolo a ser una criatura indefensa, que pierde la fe en si mismo y puede ser sometida fácilmente.

Por ello la única forma de derrotar a un monstruo no es nada más enfrentándolo, sino evitando convertirse en uno si no se deja abierta la posibilidad de que otro venga a atormentar al ser humano dado que el monstruo puede percibir la bestialidad inherente de cada uno.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Análisis de un Vigilante.

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El Vigilante surge de la descomposición social-PFMS-Start Page Images.

El Vigilante nace del desgaste social. La decepción profunda que tiene la ciudadanía hacia su entorno, le hace desear un individuo que le devuelva sentido a la existencia dentro de la urbe porque la vida en ella se ha tornado insoportable. La falta de justicia, la apatía de los ciudadanos de obrar bien y la excesiva acumulación de Poder en manos de unos pocos, terminan por socavar los cimientos de la sociedad y facilitar el ascenso de un Vigilante, quien regido por su propio concepto de justicia y métodos cuestionables pretende imponerla. No es un individuo fácil de reconocer porque parece una persona cualquiera, con las mismas preocupaciones e intereses de los demás y sumido en la misma impotencia de sentirse disgustado viendo como la corrupción se adueña de su entorno, sin que la autoridad pueda detenerla ni los hombres de bien exponerla.

Se atribuye el papel de ser el representante del interés colectivo, imponiendo una justicia en la que no importa los medios ni métodos para lograrlo, sembrado el terror entre los infractores y debilitando la influencia de quienes abusan del Poder. Sus acciones son temerarias y directas, pueden ser desastrosas para las autoridades quienes quedan en ridículo ante su osadía, mientras la ciudadanía apoya sus actuaciones, porque ha sido el único capaz de “hacer lo que todos quieren pero no se atreven”; a la interpretación de la ciudadanía ha logrado librarse de la impotencia y tomado acciones realmente contundentes contra el mal.

Es un individuo insatisfecho con su existencia, consciente de las debilidades que asechan en su entorno pero incapaz de mejorarlo con formas menos drásticas, prefiere enfrentar con sus propios medios a quienes considera enemigos de la paz social y desprenderse del temor a ser condenado por las leyes en las que no cree por resultar -a su juicio- ineficaces, ya que ante ellas siempre habrá desigualdad, serán los poderosos y pícaros los únicos que nadie se atreverá a tocar.

Amparado en esa interpretación de la realidad actúa al margen de la ley, siendo brutal e implacable, no importándole que tampoco mejorará la situación, porque si bien siembra el terror entre los individuos corrompidos, también aviva su resentimiento y deseo de hacer el mal; algo que olvida el Vigilante es que quienes delinquen lo hacen para satisfacer una necesidad personal y harán lo que sea para defender esta postura ante cualquiera, aun cuando sucumban ante el terror impuesto por el Vigilante, nunca olvidará “esa afrenta”; no porque haya tenido un momento de debilidad en donde se da cuenta que su poder y maldad no es capaz de corromperlo o destruirlo significa que acepte la derrota y se regenere, más bien le aviva el deseo de vengarse.

A pesar de ello el Vigilante trata de mantenerse en el imaginario colectivo como un símbolo de justicia, bastante peculiar porque se trata de una visión que invita al ciudadano a tomarse la justicia por sus propias manos si nota que las autoridades y los hombres de bien no son capaces de hacerle frente al mal, a librarse de la impotencia que sume al ciudadano que quiere que prevalezca el bien, pero no desea violar la ley. A su juicio la ley sirve de poco si ésta no logra ser cumplida, no tiene la influencia que invita al ciudadano a respetarla aunque sea tentado a violarla e interpreta a las autoridades como incompetentes para enfrentar al mal.

Los ciudadanos depositan su fe en él porque sienten que logran recuperar el sentido de hacer el bien aunque toleren que sus acciones sean opuestas y contrarias al orden, es un anarquista que se burla de la autoridad, pero sin aspirar a una utopía social sino moral que consiste en una lucha implacable contra el mal, a pesar de que se tenga que romper las leyes que tratan de garantizar la equidad dentro de la comunidad, incluyendo el derecho que tiene cada uno de defenderse ante un tribunal legítimamente constituido con la aprobación de los ciudadanos.

Para un Vigilante no existe un límite entre respetar la ley o romperla porque no se rige por ella sino por su propio “código moral”, que varía según su concepto de justicia, reduce la realidad a un maniqueísmo que impone “el bien más absoluto” o la aplicación de un severo castigo directo y sin derecho a defensa, a menos que el infractor se arrepienta sinceramente de sus actos o colabore con él revelando información de su interés. El bien debe prevalecer a como de lugar, incluso si es necesario usar el miedo y la violencia como medio para obligar a todos a practicarlo. El terrorismo psicológico es su arma más efectiva porque sugestiona a todos los ciudadanos de que él está en todas partes, conoce tus debilidades y crímenes así que mejor abstente de hacer el mal porque sino vendrá por ti.

Sus acciones a la larga terminan por paralizar a los ciudadanos quienes practicaran el bien por miedo, no porque les nazca un deseo profundo de no perjudicar a sus semejantes, hasta podría avivar otras formas de delinquir motivadas por ese sentimiento, ya que nadie querrá estar frente al Vigilante si éste se entera de que alguien cometió un delito. La autoridad queda inutilizada porque los ciudadanos no la sentirán necesaria, el Vigilante luce más eficaz porque “puede entrar a donde ella no puede” obligándola a considerar dos posibilidades: si persigue al Vigilante tendría que ser más implacable que él para demostrar ante la opinión pública que si es eficaz o tolerarlo y hasta hacer una alianza de conveniencia para luchar contra amenazas comunes.

La sociedad regida por la influencia del Vigilante no es libre ni justa, vive extorsionada con la idea de que si no hay alguien extraordinario que le diga cómo hacer el bien entonces nadie hará nada, se estanca en el mesianismo que inspira su figura y vive dependiendo de que no hay maneras legales de sancionar a los infractores, sino que debe recurrirse a alguien más severo para castigarles más aun si éstos tienen mucho poder. El que use el miedo para obligar a los demás a hacer el bien, es una forma también de coartar su libertad porque ser libre implica poder decidir sin temor alguno.

Al carecer de libre albedrío la sociedad será esclava del concepto del bien que tiene el Vigilante, jamás podrá tener un definición propia, será una comunidad sin identidad ni capacidad para actuar sin depender de su figura.

Ha divinizado a un individuo que sin su presencia todo se derrumbará. Ha engrandecido a un individuo retorcido y no han buscado una forma de hacer el bien como valor humano.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Análisis de la mentalidad conspiranoica

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La interpretación conspiranoica cree que la realidad cotidiana es una manipulación-PFMS-Start Page.

En la vida moderna suele crearse historias a partir de sucesos reales en donde muchas cosas no quedan aclaradas; hay misterios cuyas respuestas no existen o no se consideran comprensibles para el público, optándose por el silencio. La opacidad gubernamental ha mermado la confianza de la ciudadanía y afectado al resto de las instituciones, lo que lleva a algunos individuos a buscar nuevas creencias al margen del sistema social, como guía ante el desgaste que sufren las creencias aceptadas, es en esta etapa donde la mente de estas personas son susceptibles a aceptar ideas fantásticas que revelan una “verdad oculta”, que “explica” las causas de la inestabilidad presente en el mundo.

Esta “revelación” muestra que el mundo no es lo que parece, unos pocos son el “poder real” y que todo lo que creemos es falso. Quienes manejan dicho poder son los auténticos culpables del envilecimiento de la humanidad, viven al margen de la ley y están muy bien protegidos. La humanidad es esclava de estos personajes y todo la sociedad que nos rodea no es más que una medida de control diseñada para mantenernos ignorantes, los acontecimientos mundiales no suceden por explicaciones razonables, sino por obra de esa élite críptica quienes deciden provocarlos; paralelamente existen también grupos opuestos que “han despertado del letargo” impuesto y se atribuyen el papel de “libertadores de la humanidad”, siendo la contrainformación su principal herramienta para exponer a ese poder oculto.

La realidad así tratada nos muestra un submundo de bajas pasiones donde todo vale para perjudicar a los demás, obtener el poder, imponer un punto de vista y mantener una estructura mundial injusta. La humanidad no es dueña de su propio destino, sino que oscuros mecanismos y conspiradores tratan de mantenerla sometida siendo las instituciones gubernamentales, los medios de comunicación, los grupos de presión conocidos e incluso los partidos políticos marionetas de voluntades maléficas.

Una acción de masas que los detenga no es factible, porque estarían manipuladas y responderían a la influencia de esas voluntades siniestras; siendo imposible conquistar una libertad auténtica que garantice un mundo realmente justo, así se justifica una posición nihilista hacia todo. Este nihilismo duda de todo, desconfía de cualquier explicación oficial y siempre está en constante conflicto con el entorno, prefiere mantenerse en una suerte de clandestinidad social que evita exponerse ante opiniones que considera sesgadas y aprobar aquellas que cuestionen a los grupos de poder más influyentes. La mentalidad conspiranoica no cree que las causas de los problemas de la sociedad sean fruto de sus hábitos, mentalidades y creencias erróneas arraigadas en la colectividad, sino que han sido deliberadamente introducidos por agentes externos para obtener un beneficio.

Es evidente que el mayor problema de la modernidad está, en que creer cuándo la mutabilidad de nuestros pensamientos es cada vez más acelerado ante la vorágine de información y la rapidez con que se desgasta los conceptos que se consideraban inmutables; las contradicciones evidentes y el desencanto generalizado hacia una cultura considerada empobrecida por unos influencia mediática impaciente, sedienta de nuevas audiencias a quienes entretener hace dudar sobre la objetividad con que se difunden las informaciones. Contrastar con puntos de vista menos apasionados en la actualidad no es responsabilidad exclusiva de profesionales, sino que se comparte con el público que debería ser más cauto pero que tiende a la reactividad e inmediatez.

Para ciertas personas, ambas actitudes demuestran que el ser humano está perdido, no tiene rumbo y es fácil de manipular, como si ellos mismos no fueran vulnerables a ello aunque como lo notan piensan que son superiores, sin darse cuenta que todo es causa de un fuerte descontento ante lo externo; ese rechazo hacia seguir las tendencias y la falta de una explicación más simple que defina las causas de todos los comportamientos irracionales humanos posibilita el aceptar supuestas “verdades ocultas”.

Tales verdades repiten el manido discurso de culpar a algo externo, a atribuirle ser la causa de todos los males de la humanidad e invitan a rebelarse contra ello, nunca admiten que los males de la humanidad responden a motivaciones más complejas y depende de la suma de voluntades individuales, así como de lo difuso que puede resultar la naturaleza humana. El deseo de llenar ese vacío, ese espacio que impide encontrar conclusiones más sólidas sobre las contradicciones del funcionamiento del mundo actual, desespera a almas que no saben cuál lugar ocupan en el mundo, cuando sienten que no forman parte de él, que prefieren mantenerse al margen de pasiones que ya carecen de sentido y lucen desgastadas, mentes que muestran signos de hastío ante la unidimensionalidad de puntos de vistas repetitivos y a su juicio alienantes.

Son individualidades que se aventuran a explorar otras posibilidades, pero comenten el error de pensar que todavía es necesario una nueva confrontación -esta vez silenciosa- entre individuos “despiertos” contra una casta de tiranos crípticos quienes “programan” a la humanidad para que sea esclava. Piensan que el egoísmo humano terminará cuando el sistema sea extinguido, porque a él le atribuyen su origen cuando la realidad nos muestra que dicha característica es interna, fruto de una decisión, no necesariamente de una influencia externa además que tienden a conservar dos pensamientos contradictorios: por un lado presagian un futuro de esclavitud y miedo al mismo dicen que la humanidad presente esta despertando para liberarse de sus opresores.

La mentalidad conspiranoica prospera porque no sabemos en que creer ni en quien confiar , conocemos demasiado de los demás que nos horrorizamos ante la posibilidad de convertirnos en ellos especialmente si se comportan de forma destructiva; es una evidencia de negarse a admitir que el único punto de vista que no queremos abandonar -independientemente de que creamos- es el excusarnos en no admitir nuestros propios errores y flaquezas, en rechazar pensar cuáles son nuestras verdaderas prioridades y el no reconocer que somos criaturas que nos sentimos impotentes ante un mundo que quisiéramos cambiar, pero no sabemos cómo hacerlo sin dañar a nuestros semejantes.

Esa impotencia, no nos impulsa a ser creativos sino a aislarnos en nuestras propias consideraciones, a rechazar que a pesar de todo sí podemos hacer algo diferente en beneficio de los demás y nos burlamos de esos pequeños detalles que hacen especial el compartir con nuestros semejantes. La angustia de creer sentirse apartado de los otros, de pensar que si hacen las cosas de manera distinta significa que debemos luchar contra presiones sociales, que nos considerarían una amenaza es propio de una percepción autoexcluyente que desafortunadamente aceptamos y territorializa las relaciones sociales.

Vemos la realidad, no como algo mutable sino como un engaño y que debemos ser “despertados” para luchar contra un enemigo que nos esclavizo porque nos odia; una visión simplista que muchos emplean como excusa para ocultar sus resentimientos, insatisfacciones, miedos y falta de confianza en que las cosas puedan cambiar. Puede decirse que la mentalidad conspiranoica adolece de arrogancia porque piensa que su verdad es auténtica o porque si vive de forma diferente se es mejor que los demás, tal postura subestima la inteligencia de los otros y hasta niega que exista otras personas que piensen distinto.

Desafortunadamente, la mentalidad conspiranoica forma parte de ese cúmulo de distracciones que agotan al ser humano y le impiden pensar con claridad en como alcanzar una vida plena, cómo hacer las cosas sin necesidad de menospreciar la inteligencia de los demás ni hacerles daño. Otra forma sublimada de dar por ciertos temores fantasiosos con base a hechos mal interpretados, una desesperada tendencia a aferrarse a una creencia que haga pensar que jamás seremos como los demás que consideramos “esclavos de un sistema explotador.”

Esta mentalidad niega que haya soluciones, voluntades sinceras que quieran hacer el bien y un empeño absurdo de negar que lo bueno y lo malo de la raza humana sea su entera responsabilidad, no de una voluntad extraña e invisible.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El mito del superviviente.

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El superviviente solo vive para si mismo-PFMS-Start Page Images.

Popularmente se tiene al superviviente como un personaje prodigioso, como una suerte de ungido que pudo burlar a la muerte en diversos desafíos impuestos por circunstancias ajenas a su voluntad; un individuo que nadie esperaba ni imaginaba que poseía habilidades tan excepcionales para momentos en donde se requiere tenacidad y frialdad para tomar decisiones. El superviviente no necesariamente es una persona adiestrada previamente, puede ser cualquiera, pero se distingue del resto porque es capaz de acometer acciones que nadie puede realizar. Nunca duda y aunque pueda que tenga miedo ese sentimiento no lo paraliza, sino le impulsa a tomar seriamente ideas que la mente racional consideraría, en otras circunstancias, como absurdas.

El superviviente es el resultado puro del instinto, lo único que le importa es su propia integridad, aferrándose a su vida como lo único que vale la pena salvar; aún cuando tome decisiones moralmente cuestionables, se le disculpa y justifica por las circunstancias en que se encuentra: ese es el arquetipo más fácil de aceptar públicamente dado que cuenta solo con opciones que siempre le impulsarán hacia el instinto. Los pocos espacios de reflexión sirven para justificar su amoralidad y planificar su siguiente movimiento, lograr vencer los retos que hay en el camino, es la meta más importante.

En torno al superviviente se crea un oscuro ideal de persona renegada que goza de una libertad absoluta para hacer lo que desee, sin miedo a la represión y libre de inhibiciones, aflora lo que oculta en su interior -frecuentemente, lo peor de sí mismo- con una marcada despreocupación por las consecuencias de sus actos. Para él, los demás son prescindibles porque su utilitarismo es exacerbado y tiende a trivializar las relaciones con otras personas, salvo ciertas excepciones, mantiene con muy pocas interacciones auténticas aunque todas ellas están condenadas a languidecer por su afán de preservarse.

La imagen más común de este personaje, es la de un individuo desarraigado, extraño, egoísta y pragmático, que poco a poco va transformándose en una persona muy opuesta a lo que era hasta el punto de ser un completo desconocido, tanto para sí mismo como para quienes creían conocerle antes de su cambio. Es como si todas las circunstancias se confabularán para demostrar que nadie es lo que aparenta ser, que toda nuestra existencia y creencias son frágiles dando lugar a los instintos más primarios para comprobarlo, como una especie de metáfora que interpreta a la civilización como una ilusión perfecta que oculta lo subconsciente, quien está a la espera de esas circunstancias para liberarse y mostrar al individuo tal como “realmente es”.

Las circunstancias que rodean a un superviviente no necesariamente son un colapso físico, del entorno o de su existencia, incluso teniendo una vida ordenada se enfrenta a situaciones que lo llevan a una estado de desesperación que pone a prueba su racionalidad. Vemos este comportamiento en ciertos entornos laborales, oficios, zonas urbanas, círculos familiares o en la política, allí imperan relaciones instintivas donde lasasociaciones sólo persiguen un beneficio propio o en caso contrario las “enemistades”, son producto de que se percibe al otro como una amenaza, por lo que se vale cualquier estratagema para destruirlo.

Así las relaciones humanas se alejan de la cordialidad y el respeto, dando paso a la hipocresía y la violencia, esto último no se limita a una agresión física sino también a la manipulación de las voluntades ajenas que producen un desenlace fatal, es decir, usar la persuasión para impulsar a otros a destruirse o ser aniquilados de manera que se pueda conquistar lo que se desee sin necesidad de grandes esfuerzos; el superviviente apela a la picaresca como herramienta y avanza en lograr sus metas. Las personas son cosificadas, no se consideran valiosas y únicas, sino útiles o prescindibles según sea el caso y su necesidad.

La mentalidad popular ha privilegiado al superviviente, le reverencia y perdona sus omisiones, lo tiene como una élite por su desprendimiento y falta de juicio, se le admira su supuesto ingenio para superar las circunstancias más adversas. Es muy apreciado su falta de sentimientos, su desinterés por someterse a la razón, su actitud desinhibida y cínica hacia la vida, se le toma como excusa para justificar decisiones amorales, pero que traen satisfacción como si fuera la encarnación del hedonismo. Se admira su falta de fe en las reglas porque no la percibe necesaria, simplemente actúa y ve los resultados, su pensamiento es inmediatista, entiende el mundo como si fuera una lucha constante donde sólo él puede salir adelante.

Sin embargo, detrás del superviviente se esconde una realidad trágica: la ausencia de unos valores morales sólidos, una irrefrenable necesidad de saciar los instintos, el considerar válido el hacer daño o ejercer la coacción sobre los otros, el interpretarse más importante que los demás, la búsqueda de adulación y una enorme impotencia ante su incapacidad de actuar de manera distinta. El superviviente no cree que el controla su vida, sino que serán factores externos quienes lo obliguen a actuar de esa forma, cree que el instinto es su último recurso para no colapsar, se siente desesperado porque no sabe como controlar sus propios deseos.

Para él lo único importante serán sus necesidades y cree que nadie puede juzgarle por ello, usa las circunstancias difíciles como excusa para protegerse de cualquier crítica o juicio moral hacia sus decisiones, quiere manipular las normas de manera que éstas no lo condenen sino que lo premien por haber superado los retos que enfrentó en la vida, quiere que se le reconozca como un individuo extraordinario porque no tiene dudas ni remordimientos, sino una gran capacidad de reaccionar ante la adversidad de manera firme y contundente.

Quiere ponerse como evidencia de que existe la supervivencia del más apto, en vez de aspirar a buscar maneras más humanas de vivir.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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