Category: Sociedad

El miedo como mecanismo de control.

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Las sociedades caen en un abismo cuando emplean el miedo para mantener su equilibrio interno; esta emoción al volverse un pernicioso hábito, construye una narrativa colectiva capaz de anular la apreciación objetiva de la realidad. Va exacerbando el pensamiento mágico y magnificando fenómenos carentes de solidez física, pero creíbles para quien acepta su influencia.

La película The village, (M. Night Shyamalan, 2004) nos lleva a una comunidad aparentemente perfecta, donde los males y hábitos dañinos presentes en la sociedad han sido desterrados. Todos sus miembros viven en un mundo ideal, una reproducción de un período pasado inmerso en una atmósfera idílica. Ninguno de sus miembros tiene interés ni curiosidad por conocer el mundo más allá de lo conocido.

Tras ese aparente orden, existe un fuerte mecanismo represor constituido para preservar el equilibrio de la comunidad a costa de anular a los individuos. Los líderes recurren al mito, configuran su imagen y apelan a la sugestión, para que los miembros de la comunidad lo hagan parten de él. Toda iniciativa de cambiar este orden es frustrado, mediante el chantaje y la repetición constante de una amenaza externa retratada en la ciudad o en los misteriosos seres que acechan a sus integrantes.

Para la comunidad, su mundo es único y su preservación depende de la entrega ciega de sus miembros al dogma del miedo impuesto. Este dogma es confundido con sumisión a una providencia magnánima, que promete protegerles siempre que se respete el trato realizado con los seres que los amenazan.

El costo de este dogma es, una vida sumida en la ignorancia de la auténtica realidad, la reproducción de una estructura que impone el aferrarse a un microcosmo irreal y frágil. Esta estructura niega el mal en vez de iluminarlo, creyéndose que con el temor puede anularse su influencia.

En la trama, el equilibrio se desbarata cuando una serie de acontecimientos insólitos, obligan a los líderes de la comunidad, a tener que enfrentar las causas que condujeron a la construcción de este microcosmos. La razón radica en la negación de cada uno de superar hechos trágicos en sus vidas y su desencanto ante la descomposición de la sociedad. Esos acontecimientos, marcan a cada uno, haciéndoles sentirse perdidos, sin lugar en un mundo cada vez más hostil.

Sin embargo, aunque su interés de tratar de regenerar al hombre con un mundo simple y sometido a un aislamiento ficticio, parte de buenas intenciones, estas terminan contradiciéndose cuando el mal manifiesta su presencia a través de la violencia.

En los momentos finales de la película, se admite la presencia del amor como único medio para vencer al mal; diluyendo las brumas del miedo impuesto por la comunidad.

El amor es depositado en un individuo capaz de aceptarlo, transmitiendo al resto de la comunidad su esencia para liberarla.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Los monstruos espaciales.

 

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Desde que la humanidad se hizo consciente de la existencia de otros mundos, lejos de las fronteras de la Tierra, la inquietud sobre la existencia de vida en dichos mundos ha tomado otra vertiente bastante curiosa.

La fértil imaginación humana, plantea un desastroso contacto, no con seres inteligentes, sino con criaturas primitivas y salvajes próximas al reino animal. Son engendros cuyo único propósito es destruir o alimentarse de la humanidad. En el peor de los escenarios, aprovecharse de nuestra especie para su evolución mediante el parasitismo.

Estas curiosas criaturas, a pesar de su falta de inteligencia superior, logran rebazar fácilmente nuestra racionalidad y herramientas, como si conocieran previamente nuestras debilidades. Otras veces se le atribuyen “poderes” sobrenaturales capaces de inutilizar los conocimientos científicos.

Cual sea su génesis, estos seres podrían clasificarse como especies invasoras porque constituyen una amenaza para otras formas de vida y desequilibran ecosistemas ajenos a los que conocen. Sin embargo, la febril fantasía popular los entiende como azotes de la humanidad, abominaciones de una naturaleza retorcida enviada por una providencia maligna para desbaratar nuestra confianza.

Podríamos considerarlos como un remanente de esos vetustos temores a seres extraños, abundantes en épocas anteriores de la civilización, sustentado en los logros obtenidos por la ciencia. El mundo moderno, parece agotar a los individuos con su inseguridad y volubilidad quienes recrean en estas morbosas criaturas, algún deseo destructivo. Hasta podría ser una forma de autocastigo, motivado por sentimientos reprimidos o una catarsis para recuperar el intéres en la vida.

Pero los monstruos provenientes del espacio, representan un temor más evidente: el miedo al extranjero, a aquel desconocido, carente de referencias en el entorno receptor. Ese temor vuelve incapaz nuestra inteligencia, que cede ante los instintos e inutiliza cualquier tentativa ingeniosa de resolver el conflicto.

Las sombras de la naturaleza humana emergen, impelidas por la presencia de la extraña criatura. Cada individuo encuentra una forma de externalizar, sentimientos reprimidos que afloran de manera inevitable, planteando dudas sobre la solidez de nuestras creencias cuando estas parecen diluirse ante “amenzas” extraordinarias.

El monstruo, en la mayoría de los casos, es derrotado por la temeridad de unos pocos pero deja una sensación de desconfianza, de vacuidad que consume la fe y expone la fragilidad del ser.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El vampiro supremacista.

 

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El vampiro es por naturaleza, una criatura hostil. No tolera la candidez del corazón ni una vida en equilibrio con la naturaleza. Abraza las sombras como modo de vida, careciendo de todo interés por las complejidades humanas.

Recientemente el vampiro regresó con una imagen distorsionada; se le representa como un individuo dotado con habilidades sobrehumanas cuyo único móvil es consumir sangre para alimentarse, así como buscar satisfacer sus impulsos violentos.

Contradictoriamente, es presentado como “víctima” de una estructura social opresiva que lo margina, cuando estos seres son aislacionistas por naturaleza. El vampiro odia cualquier orden social, porque vive de su exclusiva satisfacción y no le interesa los asuntos de los mortales, los cuales considera triviales.

Además, al ser criaturas ocultas en la seguridad de las sombras prefieren cierto anonimato, porque disfrutan del miedo que imprimen en los corazones ante algo desconocido. Totalmente opuesto a la sobrexposición con que se retratan actualmente.

Ciertas producciones tratan de modelarlos como una sociedad secreta que conspira contra la humanidad para dominar el planeta, convencidos de ser superiores e introducen un discurso de supremacía racial.

Visto así,  ya no representa una metáfora de los horrores subconscientes del hombre, sino un ser “vivo”, organizado e inteligente deseoso de rivalizar con otros criaturas, movido por el deseo de dominar y destruir.

De esta forma, el vampiro pasa de ser insociable y aislado a convertirse en un individuo megalománo, carismático y excluyente. Otra visión es modelarlos como criaturas bárbaras, casi carentes de racionalidad, parecidos a una tribu de antropófagos o de pandilleros que vagan por el mundo destruyendo todo a su paso.

Este tipo de vampiro, también predica la superioridad racial aunque sus acciones son próximas de quienes sienten placer con la violencia. Se trata de justificar su conducta, con el endeble argumento de su necesidad de consumir sangre, cuando una lectura más psicológica, nos indica que su actuación es motivada por el irrefrenable impulso de matar.

No alcanza satisfacción alguna movido por una necesidad orgánica, sino psíquica. Disfruta asesinando y destruyendo, porque así reafirma su autoatribuida superioridad. De lado queda, las lecturas sobre su inmortalidad o consideraciones  de su amoralidad.

Interesa dibujar la imagen de que posee un ego próximo al de un mortal, pero negativo hacia donde orienta sus esfuerzos. El poder atribuido a esta nueva interpretación del vampiro radica en que acumula grandes riquezas, influencia social notable, lograr asociarse exitosamente con otros como él y trazarse como meta, la aniquilación de individuos diferentes valiéndose de la fuerza, gracias a la virtual superioridad física que posee.

No estamos ante un símbolo, más bien, tenemos a una criatura tangible que se considera perteneciente a un colectivo reprimido de alguna manera, por los mortales u otras criaturas inteligentes, a las cuales debe aniquilar más por una falaz demostración de poder y supremacía, que por supervivencia.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El cine de nostalgia.

 

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En la dilatada historia del cine, hay momentos claves que definieron la forma como este arte se desarrollaría en el futuro. Producciones memorables que sirven de inspiración a las mentes creativas, deseosas de impresionar al público. Son ocasiones especiales, imposibles de replicar en épocas posteriores, dado que la mentalidad artística de ese tiempo proporcionó las ideas adecuadas para su materialización.

Actualmente, el séptimo arte pareciera estar en un estancamiento creativo. A pesar de contar con medios más sofisticados, otras prioridades se consideran en una producción. Una de ellas es mantener al público «entretenido» no con una trama ingeniosa, sino con un sobreestimulo constante que inhibe la apreciación objetiva de la obra.

Permea el reutilizar recursos y argumentos arquetípicos o muy presentes en el imaginario colectivo, pero sin tomar un punto de vista nuevo sino cautivar al espectador con imágenes atractivas, disparadoras de emociones explosivas. Esa exitación constante deja un agotamiento marcado en el espectador, quien recurre al pasado en busca de una obra que narre una historia atractiva sin cansarlo y le haga sentir ese momento especial, ese instante mágico producido por el cine.

La nostalgia se adueña del espectador, empieza a realizar comparaciones entre épocas y producciones anteriores con las actuales, dejándole una sensación de insatisfacción porque no siente un nexo con lo que ve. Para él, son imágenes sin significado o lógica sólida aunque puede estar estableciendo un juicio demasiado drástico, ya que debe entender que los recursos creativos e inquietudes son disímiles entre épocas.

Por esa necesidad de revivir ese nexo, las grandes productoras cinematográficas apuestan a recrear esos sentimientos, esas experiencias gratificantes que reposan en la mente del público. Casi no existen producciones propias, guiones pensados para el cine, sino adaptaciones o continuaciones de historias muy queridas por el público.

La originalidad propia del séptimo arte, cede ante el empuje de asegurar la atención del espectador, con aparentes nuevos puntos de vista de tramas ya narradas o adaptaciones de historias exitosas en otros medios. Y aunque el espectador sepa que esta viendo una prolongación de algo ya visto, no puede resistir el embrujo de la nostalgia que le reaviva en la mente los buenos recuerdos de su primer contacto con esa historia.

La creatividad cede a encajar el discurso narrativo de la obra con el tiempo actual, de manera que una a todas las generaciones en un mismo espectáculo colectivo. No hay esfuerzos encaminados a crear nuevos mundos, universos y tramas electrizantes.

Se apuesta a la aparente seguridad de un universo preexistente, del que se extrae todo el beneficio posible. Van rastreandose cualquier vacío de la trama original o se construye una, a partir de algún personaje o hecho memorable con miras a mantener cautivado al espectador, porque parte de una inquietud que pensó o imaginó.

Esas subtramas y continuaciones alimentan la vida de la obra. Permite que trascienda y garantice su permanencia en la memoria del público, a costa de perder originalidad.

La temeridad característica del arte, que busca un nuevo camino para expresarse, construir un mundo único que le permita manifestar las posiblidades creativas del ser humano, es sustituida por una seguridad narrativa sustentada en los sobreestimulos y el sentimiento.

Esa búsqueda de contactar al público con una realidad diferente, se atrofia, reemplazándola por la reproducción y mejora de un universo ya existente.

 

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El gran olvido de Venezuela.

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La gran contrariedad que enfrentamos, no radica en sí tenemos un mal gobierno, sino en la clase de ciudadanos que somos. Nos hemos habituado a aceptar sin reparo, que lo opuesto al bienestar se considere “normal” y relegamos el buen uso de nuestros potenciales a tareas nimias.

Nos amoldamos al deterioro y caemos en la autosugestión de: “siempre fuimos así”. Convertimos nuestros desacuerdos en un acto circense, en vez de tomar con la seriedad merecida cada uno de ellos. El ciudadano venezolano, lejos de sentirse integrante de un orden social estable, funcional, en el cual puede confiar, se encuentra rodeado de una estructura corroída a causa de su desinterés.

Ha tomado como bandera la queja, la chanza y el insulto. Ha relegado a otros las responsabilidades que son exclusivamente suyas para, posteriormente, lamentarse. Tanto se ha arraigado el deterioro en su alma que ve lejano una patria opuesta a la actual, no por falta de talento, sino de una voluntad diáfana comprometida con la grandeza, con tener arraigado el objetivo de conquistar un país superior.

Los venezolanos han dejado de creer en si mismos y ven con sorna, cualquier voluntad que cuestione su situación interna. Han preferido rendirse al fatuo brillo de aquello que brinde poder sobre los demás, no para servir, sino para esclavizar.

Parece que nos hemos convencido que el único rol merecedor de todos los beneficios es el ser prepontente, es decir, un individuo obsesionado con el poder absoluto que dilapida en lo efímero.

Habría de realizar un hercúleo ejercicio mnenotécnico, para considerar que la grandeza de una nación está en la calidad moral de sus ciudadanos, porque de ellos depende hacia donde se dirige un país. El ciudadano no puede aceptar el deterioro, debe superarlo con una voluntad implacable. No huir de él o dejárselo a otro.

El ciudadano debe recordar que ni mártires ni héroes salvan de la destrucción a un país. Sólo su determinación de rechazar la degradación moral allana el camino al bienestar. Debe ser indiferente a los charlatanes, despreciar a los arribistas que obstaculizan el progreso.

Evitar identificarse con lo mediocre, con modelos que encarnan la miseria moral. Ha de aspirar siempre a lo superior e identificarse con ello. Abandonar toda destructiva creencia de “sacrificios” o de “baños de sangre” para renovar a la nación, porque es injusta con los inocentes y ensombrece su futuro.

Dejar de aprobar los hábitos perniciosos, de admitirlos como parte de nuestra identidad. Somos aquello que aceptamos y si nuestro mayor deseo es un destino magnífico, es menester prescindir de aquello que nos debilita.

 

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Cuando el abuso se convierte en un derecho.

 

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En toda sociedad organizada, existen normas de convivencia previamente aceptadas, destinadas a garantizar la armonía entre sus miembros. Incluso las sanciones que reprimen el incumplimiento de dichas normas o de aquellas conductas consideradas inadecuadas, son vertebradas para su cumplimiento.

El conflicto más complejo que enfrenta las normas, es el lograr imponerse a los aspectos negativos de la mentalidad imperante en la comunidad. Ellos podrían dejar impráctica su aplicación y crear un ambiente ambiguo, donde los excesos sean normalizados.

La ley, en ambientes tolerantes al abuso, termina siendo decorativa o funcionando según ciertas conveniencias insólitamente “reglamentadas”, para beneficio de algunos caracteres muy particulares. De permanecer esta situación, las leyes terminan siendo “negociadas»” y dirigidas a proteger los intereses más notables.

Va dejando pasar las infracciones que deben castigarse, materializando un estado anárquico, no de destrucción física sino de mengua moral. La cultura popular suele alimentar mitos sobre el funcionamiento de una sociedad, formando prejuicios y arquetipos en los roles importantes cuya función es la preservación del equilibrio social.

Esa cultura popular deliberadamente deforma la misión original de esos roles, otorgándole características maléficas, pero creando una morbosa simpatía a esa imagen negativa. Va aprobandose los excesos cometidos por quienes deben velar por el cumplimiento de las leyes, considerándose (para algunos) ejemplos a seguir.

El modelado de un servidor público, si está corrupto desde su origen, resultará en un individuo ávido de poder, indiferente a cualquier límite legal. Empleará la manipulación para proteger sus intereses y procurará cuidar de su exclusiva existencia.

Los ciudadanos son responsables de sus acciones, incluyendo sobre que aceptan, siendo una notable contradicción querer el cumplimiento de la ley y en paralelo, confabularse para infringirla. En la cotidianidad, las personas enfrentan pequeñas pruebas cuyas consecuencias determinan su calidad moral. Si se toma el pernicioso hábito de tolerar la corrupción moral, de nada servirá exigir protección de la ley aceptando algún delito

O se condena toda forma de delito o se sucumbe a él. No existe infracciones “cómodas”, “aprobables” ni picardía inocente, menos aun justificable. Toda omisión y aprobación de actividades dañinas, terminará perjudicando hasta el que cree estar inmune a ella porque la practica.

Ante el exceso, se debe tener una feroz contundencia para aplacarlo, eso incluye aquellos factores culturales que alientan el aprobar hábitos inmorales, dañinos para el bienestar social.

 

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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La nefasta influencia del mártir.

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Históricamente se ha concebido al mártir como un individuo de extraordinaria capacidad de entrega. Un personaje capaz de despreciar su propia vida, con tal de inmortalizar sus ideas y redimir a un colectivo deprimido. Pareciera albergar un convencimiento absoluto de que su sacrificio, trastocará las bases de la historia y la voluntad del ser humano.

Desafortunadamente, este peculiar personaje termina siendo una figura dañina para moldear la identidad de un colectivo. El mártir proyecta la idea de que sometido a incontables suplicios, el hombre alcanzará la libertad espiritual y la inmortalidad moral para regenerarse y hacer prosperar su causa. Niega rotundamente que el genio humano, pueda vertebrar una voluntad altruista, sin caer en conflictos.

El mártir aparece en ambientes de pasiones agitadas, de evidente falta de voluntad de conciliación, siéndole fácil influir en las personas para fanatizarlas. Predica la idea de que la muerte y los tormentos son necesarios para la supervivencia de un ideal, e inspirar a sus adeptos. Crea una enfermiza dependencia con el colectivo, porque este no se siente capaz de actuar o pensar sin su influencia, ya que se entendería como “traición” (¿?)

Nunca establece la conquista de sus objetivos en el presente sino en un futuro idílico, lejano, con aires utópicos. Jámas llegará al éxito porque el futuro es algo mutable, pero prefiere mantener en el inmovilismo mental de sus adeptos antes que claudicar.

Es un chantajista que sugestiona a sus simpatizantes con una deuda impagable que mantiene con ellos. De esta forma mortifica a sus adeptos y previene cualquier tentativa de cuestionamiento, inculcando un sentimiento de culpa si tratan de rechazar sus ideas.

Recurre con frecuencia al papel de víctima para ocultar sus propias debilidades, justificando la miseria material de sus adeptos como consecuencia de factores externos o causado por “comportamientos desviados” dentro de la comunidad. Prefiere la pasión, nunca la mesura. Los instintos son su ambiente natural, las emociones agitadas son su instrumento predilecto de control.

No busca el engrandecimiento de la comunidad, sino su propia gloria, porque él gozará de una “recompensa ulterior a la vida terrenal”, mientras la comunidad esta “obligada” a perpetuar su legado en unas condiciones desfavorables.

La comunidad adepta al mártir deja de concebir la vida como un regalo, interpretándola como un perpetúo suplicio que concluirá con un “acto de contrición” colectivo. No acepta un equilibrio entre el placer y el dolor, sino que debe resignarse a períodos de grandes torturas y tragedias para llegar a un inalcanzable estado de perfección.

En ocasiones, los mártires son creados deliberadamente por la comunidad para ocultar sus propios descuidos e irresponsabilidades. Interpreta las circunstancias difíciles como “castigos” que concluirán con la presencia de una figura redentora, no porque deba cambiar la forma de dirigir sus acciones. Confunde fácilmente a una víctima con un mártir, evidenciando sus contradicciones internas.

El mártir abunda en el verbo incendiario de arribistas con ínfulas de “salvadores”, autoatribuyéndose el papel de redentores. Predican el sacrificio, la renuncia a toda comodidad y la vergüenza a quien apoye la prudencia.

Están firmemente convencidos de que entregarse en la defensa de un ideal, es sinónimo de inmolación. Se contentan con predicar la infausta idea de que bañando de sangre una nación, se podrá reivindicarla. Rechazan las vías pacifícas para la resolución de un conflicto, le satisface el martirio colectivo.

El mártir surge de un estado delirante, de irracionalidad, que nubla el juicio e impide evaluar los hechos de forma objetiva.

Este personaje prefiere someter al género humano, a un horroroso sufrimiento, antes de permitirle alcanzar un bienestar sin dolor.

 

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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