Category: Sociedad

El próposito de la crítica.

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El buen uso de la crítica, tiene como objetivo revelar aquellos aspectos ocultos de la realidad que se desea estudiar. La crítica parte del análisis desapasionado del objeto de estudio, busca alcanzar la honestidad y desvelar la verdad de forma diáfana.

La claridad que aspira a obtenerse con el análisis crítico, tiene que servir de guía para superar los defectos, proponer nuevos caminos que conduzcan a la perfección o al descubrimiento de valiosos conocimientos.

Ese sería el próposito de una crítica bien orientada, sin embargo, cuando ésta se emplea de forma desordenada e irresponsable, conduce a la aniquilación del entendimiento.

Actualmente se torna preocupante el surgimiento de una crítica destructiva, entiéndase, una forma de abordar la realidad sin reflexión ni análisis, con ausencia de fundamentos sólidos para apoyar el punto de vista defendido.

La crítica destructiva, no le interesa revelar los aspectos ocultos de la realidad para mejorar, sino imponer su voluntad y repetir mensajes viciados. Carece de capacidad investigativa, -medio escencial para el análisis crítico-, prefiriendo la reactividad.

La crítica destructiva, no busca soluciones, prefiere destrozar aquello que desprecia, se mofa de la meditación profunda de lo que se desea evaluar. Rechaza cualquier alternativa a su cerrazón característica y valora la opinión sectaria.

No aspira a la verdad, porque implica renunciar a su limitada capacidad de juicio, desdeña de la objetividad y acepta sin miramientos, cualquier seudoargumento pobremente hilvanado que soporte su endeble lógica.

Lo único diáfano de la crítica destructiva, es su marcada mala intención, su evidente interés de dañar aquello que cuestiona. Jámas retrocede en su empeño de zaherir al opuesto, porque carece de la noción de las consecuencias.

Apoya todo aquello que corresponda con sus trastornadas emociones y la falta del buen uso del pensamiento. La crítica destructiva llega al límite de banalizar la virulencia de su proceder, llegando a recurrir al chascarrillo obsceno.

La facultad de la crítica se emplea para explorar la realidad de manera profunda con la finalidad de, lograr su comprensión y encontrar la auténtica escencia que la sustenta.

La verdad sólo libera a las almas que respetan un metódo, que aceptan la introspección y sobretodo la prudencia como pilares fundamentales de un uso equilibrado de la crítica.

Un verdadero juicio crítico, siempre debe aspirar a una valoración objetiva en su estudio de aquello que le interese; desdeñando todo apasionamiento o deseo destructivo.

Jámas la crítica destructiva podría ser útil, ya que mantiene en permanente queja a la mente y la sume en una aguda impotencia, alejándola de resolver de forma ingeniosa caulquier situación.

El correcto uso de la crítica aspira a trascender el velo de lo evidente.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Recuperemos a Simón Bolívar.


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Simón Bolívar, ese descollante ciudadano que tuvo el privilegio, junto con otros ilustres venezolanos, de materializar esta patria llamada Venezuela, yace en un estado depauperado. Su legado vital, entiéndase, la construcción de una nación grandiosa y justa luce arrruinada, vencida, carente del brillo que le caracterizaba.

Hace tiempo que tan importante personaje, dejó de ser considerado un hombre, para ser grotescamente trocado en una burda deidad con patéticos creyentes -no compatriotas agradecidos- quienes se adueñaron de su imagen.

El ciudadano Simón Bolívar, el hombre educado, correcto, soñador, con sus virtudes y defectos, aciertos y errores, es lo que ansiosamente reclaman sus compatriotas del presente siglo. Ya el culto al Libertador esta agotado porque tiende a justificar la imposición de una deformada visión de tan ilustre personaje.

Vemos como líderes, caudillos y políticos malgastan esfuerzos en autoatribuirse el inmerecido rol de “herederos” del Libertador, de ser los “verdaderos” depositarios de sus ideales, cuando su actuación se aleja de los grandes sueños bolivarianos.

Esos sofocantes discursos, ese palabrerío inintelegible, carente de sustancia, que profanamente tratan de compatibilizar al Libertador con personajes históricos lejanos a su época, ideológicamente inconexos y de categoría inferior en algunos casos, constituye una afrenta a su dignidad y al honor de la nación.

El ciudadano venezolano ya está ahíto de la narrativa epopéyica, quijotesca de su vida, le harta esa historia maniquea, donde el Libertador es un astro centralizado omnipotente y todopoderoso en el cual orbitan los demás próceres como satélites menores e insignificantes.

Resulta agotador la datación de la historia venezolana en “antes de Bolívar y después de él”, como si la nación fuera incapaz de entregar más ciudadanos geniales, como si no existiera otra realidad; sino, el desfigurado “tiempo bolivariano” impuesto por esos blasfemos seudoherederos que desde la independencia, intrigan contra el engrandecimiento de Venezuela.

Los ciudadanos venezolanos, quieren escuchar la voz del Libertador, no de sus ventrilocuos, con ansias de poder, quieren a un Simón Bolívar cercano, no totenizado y ornamentado para rendirle culto.

Quiere un Simón Bolivar cabalgando en compañía de sus camaradas, de todos sus contemporáneos que lucharon por la independencia, juntos, sin jerarquías ni calificativos o distinciones entre patriotas y traidores.

Quiere internalizar su pensamiento, comprender su obra escrita, sus angustias y aflicciones, sus reflexiones e intereses en encontrar el camino más seguro para el progreso nacional.

Al ciudadano venezolano le horroriza el secuestro malévolo de su majestad, del adoctrinamiento mediático que proyecta a un Libertador inalcanzable e imponente, incapaz de expresar un sentimiento sincero o una palabra afectuosa.

Le abochorna las trasgresiones cometidas en su nombre, el uso de sus nobles ideales para perpetrar venganzas, crímenes y felonías destructoras del bienestar nacional. El Libertador fue un hombre honrado y jámas se le podría vincular con actividad delictiva alguna.

Es momento de que el ciudadano venezolano, honrado, solidario, cumplidor de la ley y admirador -no fanático- del Libertador reclame para sí su escencia, desprovista de máculas y ornamentos superfluos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

 

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La influencia de la arquitectura en una distopía.

 

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Cuando se trata un futuro distópico, lo primero que descuella es la uniformidad y decadencia de sus urbes. Las edificaciones son creadas para oprimir, exacerbando el sentimiento de impotencia del individuo o inician una etapa de declive que refleja la vacuidad interior de sus habitantes.

A pesar de la presencia de tecnología sofisticada y fuentes de estímulos artificiales, las urbes distópicas lucen falsas, carentes de una identidad propia, siendo repetitivas, monótonas, produciendo la sensación de incertidumbre.

Son entornos sucios, faltos de vida o sentimientos que van sumergiéndose en la desidia. Otras veces son asépticas, sin color, tendientes a reproducir la unidimensionalidad de su estructura global.

La urbe distópica suele ser extremadamente recargada, unicolor, con una extensión interminable que borra las fronteras del tiempo, configurando la noción de vivir en un esclavizante presente perenne. Es un entorno asfixiante, encerrado, que distancia a las personas y les impide expresarse.

Casi no existe espacios abiertos, porque su constante sensación de limitación le hace reducir los espacios a lo estrictamente esencial, reproduciéndose la idea de escasez y conduciendo a sus habitantes a la miseria física.

La naturaleza está casi extinta o de haberla, no tiene un papel preponderante ni hay certidumbre de que sea real, puesto que estas ciudades son una ilusión, una gran farsa colectiva, reflejo del estado de irracionalidad de sus habitantes.

Los distintos sectores de las ciudades distópicas, dejan en evidencia las clases sociales que la habitan y su marcada estructura excluyente, pero sin romper con el uniformismo global característico.

La estructuras colosales, a veces saturadas de ornamentos o de superficies límpidas, impersonales, suelen ocupar buena parte del espacio físico dentro de una urbe distópica. Son una contradicción, porque mientras se trata de abaratar espacio para el resto de la población, no se limitan recursos para otras estructuras de importancia variables

Las urbes distópicas son confusas, enmarañadas en opuestos irreconciliables que conducen a la inestabilidad y resaltan su personalidad absurda.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Cuando la oscuridad acecha.

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Las sociedades han conjurado en torno a la oscuridad, una representación del mal. Al imperar su dominio, la irracionalidad se adueña de las voluntades, las pasiones más violentas inician un período de anarquía, desembocando en una inevitable decadencia.

La oscuridad también representa lo oculto, aquello que esta reservado en nuestro interior e ignoramos su existencia. Es una forma de retratar la subconsciencia, sus aspectos reprimidos o rechazados por los individuos.

La subconsciencia, es el depositario de todos aquellos sentimientos o deseos profundos, incapaces de externalizarse. La animación Night Warriors: Darkstalkers’ Revenge (Masashi Ikeda, 1997-1998), nos lleva a un lóbrego mundo, dominado por la barbarie y la supervivencia. Un escenario donde la civilización va languideciendo a causa de la violencia.

En esta realidad, los seres inteligentes son incapaces de coexistir en armonía, rivalizando por el dominio del planeta sin reparar en el daño que se ocasionan. El odio profesado entre las distintas facciones, condena a muerte la vida en la Tierra. La ausencia de luz solar mostrada al inicio de la producción, es una metáfora del alejamiento del hombre de la consciencia espiritual, para aceptar una realidad sometida por el materialismo.

El materialismo crea la noción de escasez, de finitud de recursos; alimentando el combate. La lucha ya no es por sobrevivir o vencer la opresión, sino por el placer de destruir. La oscuridad sojuzga la consciencia espiritual, contituyendo un mundo exclusivamente mental, de pensamientos disonantes.

Los héroes en la trama, son individuos que desean desterrar a la oscuridad, vagan solitarios, sin apoyo ni convocatoria de la gente. Regidos por su propio código de conducta, que contempla un desapego a la riqueza material y rechazo a ceder a bajas pasiones. Toman esta cruzada como una vía de autoconocimiento para vencer su propia oscuridad, y alcanzar la luz que servirá de revelación.

La intervención de seres extraordinarios, a la vez terribles y sanquinarios, son símbolos de esos sentimientos desconocidos ocultos en el interior del ser humano. Cada uno representa una emoción trastornada que aviva el poder de la oscuridad.

Al mismo tiempo, inhibe a los seres inocentes a manifestar sus afectos. La inocencia no puede expresarse por temor a ser corrompida, ocultándose en una aparente indiferencia para sobrevivir. La oscuridad no sólo corrompe, también reprime manifestaciones luminosas del alma para imponerse.

En el desenlance de la historia, las distintas facciones en conflicto junto a interese ocultos, empujan los acontecimientos a una etapa de destrucción definitiva. Todos los impulsos agresivos, son externalizados, trayendo el caos.

Los combatientes son derrotados por un solo interés (Pyron); este personaje encarna la consciencia material sacralizada inspiradora de una falsa luz que proclama el espíritu del combate como próposito fundamental del individuo. Pero cada victoria que conquista, lo deja insatisfecho, tornándose vanidoso.

Los héroes entablan combate con la criatura, pero no consiguen derrotarla porque todavía no han purgado definitivamente sus almas de la influencia de la oscuridad.

Cuando la inocencia descubre su poder, abandona su indiferencia, para manifestarse en el mundo. Este acontecimiento le da un propósito a los héroes, les muestra el camino hacia la paz interior y permite el acceso al mundo de la auténtica luz: la luz del alma.

 

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Recuperemos la decencia.

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En los tiempos actuales, estamos siendo testigos de conductas miserables que se imponen como “normas”. Son aceptadas o convertidas en medio de dominación mental, para subyugar la honradez en los actos individuales.

Ha surgido una corriente censuradora de la honestidad, que trata de sugestionarnos con la idea de aceptar comportamientos dañinos como si éstos fueran “postivos” o como medios legítimos para alcanzar un placer pasajero, efímero.

Son fuerzas reaccionarias, encubiertas hábilmente, que desprecian la diafanidad de los ciudadanos probos. Para estas fuerzas, la solicitud de decencia es una petición “arcaica”, evocadora de posturas “conservadoras” que impiden la búsqueda del placer.

Tratan de distorsionar la realidad, condenando el decoro y haciéndolo ver como “debilidad” o incapacidad para “disfrutar de la vida”. Odian la mesura, el apasionamiento es su hábito, están interesados en que despilfarremos nuestra vitalidad en dolorosas disputas que nunca aspiran a un acuerdo justo.

La putrefacción moral que horroriza al ciudadano actual, es por una marcada ausencia de límites que impidan replicar malos ejemplos. Esos límites no deben ocultar la realidad, sino revelarla y orientar los esfuerzos en educar para comprender su naturaleza dañina.

Hay que evitar caer en el engaño de que ser decoroso, equilibrado o no aceptar determinadas tendencias es sinónimo de ser “anticuado”. Porque la falta de autoobservación ha provocado un ambiente desarmonioso en el presente siglo.

Ha soliviantado a los seres más mediocres, vulgares personalidades, a atribuirse el patético rol de redentores o ejemplos a seguir, siendo evidente su falta de genio y desprecio por la probidad.

Hay que recordar que la decencia no es ser anticuado, conformista, o peor aún, reprimido. Decencia implica ser transpararente en nuestros actos, no replicar la discordia sino la armonía, saber establecer límites a aquello que no está bien y expresar nuestra opinión de manera respetuosa.

La decencia siempre dará voz a quienes poseen autoridad moral y callará a las voluntades corrompidas.

Los ciudadanos decentes son los únicos que destacará la historia y pueden determinar un buen destino.

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El Dios destructor.

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Tienden a ser llamativos aquellos individuos, inclinados a atribuirse el ser una manifestación de la voluntad de Dios. Peculiares personajes que creen tener un contacto “privilegiado” con al divinidad, quien les autoriza actuar en su nombre.

La raíz de este comportamiento puede hallarse en una interpretación errada de Dios, porque prefieren quedarse con la imagen de una divinidad castigadora, vengativa, que posee una autoridad absoluta sobre el Universo y puede disponer a su antojo de él.

Estos carácteres desechan una cara opuesta de Dios, y concluyen ser portadores de su voluntad, ante el envilecimiento del ser humano. Por ello, entienden el Poder como un medio purificador, empleado para arrasar con lo existente, y construir “un mundo integro.”

Este razonamiento no admite cambios específicos, no cree en reformas puntuales en el orden de las cosas. Se toma para sí, el deber de ejecutar una voluntad suprema que debe salvaguardar la integridad del mundo, aniquilando estructuras consideradas “corruptas” para heredarlo a una selecta casta de ungidos.

Esos ungidos se presumen incorruptibles y merecen un espacio vital “libre de amenazas”. No se trata de un acto megalómano aislado, hay toda una estructura mental que establece un peculiar maniqueísmo de, si se considera corrupto debe ser “castigado” con su destrucción (no hay opción de arrepentimientos o de modificación voluntaria de la conducta). En cambio, si se es “puro”, se le premia con un mundo límpido pero sin libertad, regido por el temor a descarriarse.

Ni siquiera la sumisión es garantía de supervivencia en un mundo así, ésta podría entenderse como debilidad y facilitaría el acceso al mal. Tampoco la esclavitud, porque existirá siempre el temor a la rebelión, que también es daniña para la pureza que se exige.

El error no sería admitir a Dios en la vida del hombre, si no emplear su inspiración para edificar una perfección dependiente de una voluntad inflexible y poco fiable, que basa sus decisiones en un juicio moral extremista. Eso es un acto de arrogancia.

El hombre es una expresión de Dios, pero la corrupción es una abominación humana que se contiene con entereza moral superior. El hombre justo para oponerse a ella, puede recurrir a Dios, evitando decaer. Sin embargo, no está facultado para que en su nombre modele un mundo utópico, sometido al capricho de la amenaza constante de aniquilación.

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El miedo como mecanismo de control.

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Las sociedades caen en un abismo cuando emplean el miedo para mantener su equilibrio interno; esta emoción al volverse un pernicioso hábito, construye una narrativa colectiva capaz de anular la apreciación objetiva de la realidad. Va exacerbando el pensamiento mágico y magnificando fenómenos carentes de solidez física, pero creíbles para quien acepta su influencia.

La película The village, (M. Night Shyamalan, 2004) nos lleva a una comunidad aparentemente perfecta, donde los males y hábitos dañinos presentes en la sociedad han sido desterrados. Todos sus miembros viven en un mundo ideal, una reproducción de un período pasado inmerso en una atmósfera idílica. Ninguno de sus miembros tiene interés ni curiosidad por conocer el mundo más allá de lo conocido.

Tras ese aparente orden, existe un fuerte mecanismo represor constituido para preservar el equilibrio de la comunidad a costa de anular a los individuos. Los líderes recurren al mito, configuran su imagen y apelan a la sugestión, para que los miembros de la comunidad lo hagan parten de él. Toda iniciativa de cambiar este orden es frustrado, mediante el chantaje y la repetición constante de una amenaza externa retratada en la ciudad o en los misteriosos seres que acechan a sus integrantes.

Para la comunidad, su mundo es único y su preservación depende de la entrega ciega de sus miembros al dogma del miedo impuesto. Este dogma es confundido con sumisión a una providencia magnánima, que promete protegerles siempre que se respete el trato realizado con los seres que los amenazan.

El costo de este dogma es, una vida sumida en la ignorancia de la auténtica realidad, la reproducción de una estructura que impone el aferrarse a un microcosmo irreal y frágil. Esta estructura niega el mal en vez de iluminarlo, creyéndose que con el temor puede anularse su influencia.

En la trama, el equilibrio se desbarata cuando una serie de acontecimientos insólitos, obligan a los líderes de la comunidad, a tener que enfrentar las causas que condujeron a la construcción de este microcosmos. La razón radica en la negación de cada uno de superar hechos trágicos en sus vidas y su desencanto ante la descomposición de la sociedad. Esos acontecimientos, marcan a cada uno, haciéndoles sentirse perdidos, sin lugar en un mundo cada vez más hostil.

Sin embargo, aunque su interés de tratar de regenerar al hombre con un mundo simple y sometido a un aislamiento ficticio, parte de buenas intenciones, estas terminan contradiciéndose cuando el mal manifiesta su presencia a través de la violencia.

En los momentos finales de la película, se admite la presencia del amor como único medio para vencer al mal; diluyendo las brumas del miedo impuesto por la comunidad.

El amor es depositado en un individuo capaz de aceptarlo, transmitiendo al resto de la comunidad su esencia para liberarla.

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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