Month: June 2018

El vampiro supremacista.

 

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El vampiro es por naturaleza, una criatura hostil. No tolera la candidez del corazón ni una vida en equilibrio con la naturaleza. Abraza las sombras como modo de vida, careciendo de todo interés por las complejidades humanas.

Recientemente el vampiro regresó con una imagen distorsionada; se le representa como un individuo dotado con habilidades sobrehumanas cuyo único móvil es consumir sangre para alimentarse, así como buscar satisfacer sus impulsos violentos.

Contradictoriamente, es presentado como “víctima” de una estructura social opresiva que lo margina, cuando estos seres son aislacionistas por naturaleza. El vampiro odia cualquier orden social, porque vive de su exclusiva satisfacción y no le interesa los asuntos de los mortales, los cuales considera triviales.

Además, al ser criaturas ocultas en la seguridad de las sombras prefieren cierto anonimato, porque disfrutan del miedo que imprimen en los corazones ante algo desconocido. Totalmente opuesto a la sobrexposición con que se retratan actualmente.

Ciertas producciones tratan de modelarlos como una sociedad secreta que conspira contra la humanidad para dominar el planeta, convencidos de ser superiores e introducen un discurso de supremacía racial.

Visto así,  ya no representa una metáfora de los horrores subconscientes del hombre, sino un ser “vivo”, organizado e inteligente deseoso de rivalizar con otros criaturas, movido por el deseo de dominar y destruir.

De esta forma, el vampiro pasa de ser insociable y aislado a convertirse en un individuo megalománo, carismático y excluyente. Otra visión es modelarlos como criaturas bárbaras, casi carentes de racionalidad, parecidos a una tribu de antropófagos o de pandilleros que vagan por el mundo destruyendo todo a su paso.

Este tipo de vampiro, también predica la superioridad racial aunque sus acciones son próximas de quienes sienten placer con la violencia. Se trata de justificar su conducta, con el endeble argumento de su necesidad de consumir sangre, cuando una lectura más psicológica, nos indica que su actuación es motivada por el irrefrenable impulso de matar.

No alcanza satisfacción alguna movido por una necesidad orgánica, sino psíquica. Disfruta asesinando y destruyendo, porque así reafirma su autoatribuida superioridad. De lado queda, las lecturas sobre su inmortalidad o consideraciones  de su amoralidad.

Interesa dibujar la imagen de que posee un ego próximo al de un mortal, pero negativo hacia donde orienta sus esfuerzos. El poder atribuido a esta nueva interpretación del vampiro radica en que acumula grandes riquezas, influencia social notable, lograr asociarse exitosamente con otros como él y trazarse como meta, la aniquilación de individuos diferentes valiéndose de la fuerza, gracias a la virtual superioridad física que posee.

No estamos ante un símbolo, más bien, tenemos a una criatura tangible que se considera perteneciente a un colectivo reprimido de alguna manera, por los mortales u otras criaturas inteligentes, a las cuales debe aniquilar más por una falaz demostración de poder y supremacía, que por supervivencia.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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La distorsión de la identidad.

 

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La vida moderna esta llena de símbolos con los que identificarse. Las opciones se multiplican constantemente y queda poco tiempo para considerar su significado, o el valor que tienen para el individuo. El aceleramiento de la dinámica moderna, asfixia toda consideración reflexiva de nuestra identidad.

La animación Serial Experiments Lain (Ryūtarō Nakamura, 1998), plantea las consecuencias  de la falta de identidad propia en el individuo. En esta historia, la búsqueda de una se produce a través del ciberespacio considerándose a la tecnología, como la fuente vital de toda la vida humana. A diferencia de épocas pretéritas, la iniciación de quien desea conocer los arcanos del ser no depende de la benevolencia de seres maravillosos, sino de una empresa soliaria. Lain, la protagonista, es víctima de un entorno familiar ajeno, carente de comunicación y de sentimientos auténticos.

La sociedad que la rodea le parece extraña, irreal y desea inconscientemente encontrar su identidad. El ciberespacio se presenta ante ella como el camino para hallarla, a costa de perder todo contacto con el mundo físico. Sus pesquisas iniciales le permiten saciar algunas carencias afectivas, pero estas se tornan pasajeras porque no revelan quien es realmente.

La virtualidad se adueña de su alma y le provoca un conflicto al dividirla en dos partes irreconciliables: una aferrada al mundo físico (de carácter inseguro, ignorante de su identidad) y otra arrogante (dominante, con un egoísmo notable). Ambas posiciones tratan de poseer su cuerpo, el único referente de la chica entre el mundo físico y el mundo virtual.

En cierto punto de la trama, Lain trata de armonizar ambas posiciones recurriendo a la resolución de algunos enigmas sobre su origen. Se establece múltiples explicaciones, cada una relacionada con ella sin que ninguna satisfaga su inquietud principal: ¿Quién es Lain?

Disconforme, decide entregarse totalmente al ciberespacio. Un acto egoísta porque pierde todo contacto con el mundo físico con desastrosas consecuencias, arrasando con su presencia en él y adueñandose del lugar que cree suyo dentro del ciberespacio. Tal decisión la hace irremediablemente obsesa del mundo virtual.

Al desapegarse del mundo físico, Lain entra en contacto con el rostro divino del ciberespacio. Este parece calmar su aflicción, resuelve parte de sus dudas y le otorga habilidades propias de una deidad. Sin embargo, lo encuentra falso porque le exige “morir” (en un sentido simbólico) si desea morar definitivamente en el mundo virtual.

Para Lain, un Dios no concibe la muerte. Eso es propio de alguien profano, próximo a la vida mortal. La vida divina consiste en la inmortalidad, en librarse del miedo a perecer, de controlar todas las posibilidades infinitas del Universo. Comprende que no sabría quien es realmente, si no es capaz de armonizar el mundo físico con el mundo virtual.

Toda su búsqueda consistió en tratar de renunciar a pertenecer a un mundo para habitar en otro, cuando su verdadero fin era encontrar su escencia, sin que provocara su destrucción como ser. Siendo una deidad, consciente de su verdadera naturaleza, decide crear una nueva realidad respetuosa del equilibrio que destruyó.

Prescindiendo de sus apegos profanos, puede habitar en una morada digna de un Dios. Ya obtuvo una conciencia sagrada, permitiéndole viajar por múltiples realidades y alterarlas a su antojo, otorgánle a la obra diversas interpretaciones.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El cine de nostalgia.

 

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En la dilatada historia del cine, hay momentos claves que definieron la forma como este arte se desarrollaría en el futuro. Producciones memorables que sirven de inspiración a las mentes creativas, deseosas de impresionar al público. Son ocasiones especiales, imposibles de replicar en épocas posteriores, dado que la mentalidad artística de ese tiempo proporcionó las ideas adecuadas para su materialización.

Actualmente, el séptimo arte pareciera estar en un estancamiento creativo. A pesar de contar con medios más sofisticados, otras prioridades se consideran en una producción. Una de ellas es mantener al público «entretenido» no con una trama ingeniosa, sino con un sobreestimulo constante que inhibe la apreciación objetiva de la obra.

Permea el reutilizar recursos y argumentos arquetípicos o muy presentes en el imaginario colectivo, pero sin tomar un punto de vista nuevo sino cautivar al espectador con imágenes atractivas, disparadoras de emociones explosivas. Esa exitación constante deja un agotamiento marcado en el espectador, quien recurre al pasado en busca de una obra que narre una historia atractiva sin cansarlo y le haga sentir ese momento especial, ese instante mágico producido por el cine.

La nostalgia se adueña del espectador, empieza a realizar comparaciones entre épocas y producciones anteriores con las actuales, dejándole una sensación de insatisfacción porque no siente un nexo con lo que ve. Para él, son imágenes sin significado o lógica sólida aunque puede estar estableciendo un juicio demasiado drástico, ya que debe entender que los recursos creativos e inquietudes son disímiles entre épocas.

Por esa necesidad de revivir ese nexo, las grandes productoras cinematográficas apuestan a recrear esos sentimientos, esas experiencias gratificantes que reposan en la mente del público. Casi no existen producciones propias, guiones pensados para el cine, sino adaptaciones o continuaciones de historias muy queridas por el público.

La originalidad propia del séptimo arte, cede ante el empuje de asegurar la atención del espectador, con aparentes nuevos puntos de vista de tramas ya narradas o adaptaciones de historias exitosas en otros medios. Y aunque el espectador sepa que esta viendo una prolongación de algo ya visto, no puede resistir el embrujo de la nostalgia que le reaviva en la mente los buenos recuerdos de su primer contacto con esa historia.

La creatividad cede a encajar el discurso narrativo de la obra con el tiempo actual, de manera que una a todas las generaciones en un mismo espectáculo colectivo. No hay esfuerzos encaminados a crear nuevos mundos, universos y tramas electrizantes.

Se apuesta a la aparente seguridad de un universo preexistente, del que se extrae todo el beneficio posible. Van rastreandose cualquier vacío de la trama original o se construye una, a partir de algún personaje o hecho memorable con miras a mantener cautivado al espectador, porque parte de una inquietud que pensó o imaginó.

Esas subtramas y continuaciones alimentan la vida de la obra. Permite que trascienda y garantice su permanencia en la memoria del público, a costa de perder originalidad.

La temeridad característica del arte, que busca un nuevo camino para expresarse, construir un mundo único que le permita manifestar las posiblidades creativas del ser humano, es sustituida por una seguridad narrativa sustentada en los sobreestimulos y el sentimiento.

Esa búsqueda de contactar al público con una realidad diferente, se atrofia, reemplazándola por la reproducción y mejora de un universo ya existente.

 

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El gran olvido de Venezuela.

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La gran contrariedad que enfrentamos, no radica en sí tenemos un mal gobierno, sino en la clase de ciudadanos que somos. Nos hemos habituado a aceptar sin reparo, que lo opuesto al bienestar se considere “normal” y relegamos el buen uso de nuestros potenciales a tareas nimias.

Nos amoldamos al deterioro y caemos en la autosugestión de: “siempre fuimos así”. Convertimos nuestros desacuerdos en un acto circense, en vez de tomar con la seriedad merecida cada uno de ellos. El ciudadano venezolano, lejos de sentirse integrante de un orden social estable, funcional, en el cual puede confiar, se encuentra rodeado de una estructura corroída a causa de su desinterés.

Ha tomado como bandera la queja, la chanza y el insulto. Ha relegado a otros las responsabilidades que son exclusivamente suyas para, posteriormente, lamentarse. Tanto se ha arraigado el deterioro en su alma que ve lejano una patria opuesta a la actual, no por falta de talento, sino de una voluntad diáfana comprometida con la grandeza, con tener arraigado el objetivo de conquistar un país superior.

Los venezolanos han dejado de creer en si mismos y ven con sorna, cualquier voluntad que cuestione su situación interna. Han preferido rendirse al fatuo brillo de aquello que brinde poder sobre los demás, no para servir, sino para esclavizar.

Parece que nos hemos convencido que el único rol merecedor de todos los beneficios es el ser prepontente, es decir, un individuo obsesionado con el poder absoluto que dilapida en lo efímero.

Habría de realizar un hercúleo ejercicio mnenotécnico, para considerar que la grandeza de una nación está en la calidad moral de sus ciudadanos, porque de ellos depende hacia donde se dirige un país. El ciudadano no puede aceptar el deterioro, debe superarlo con una voluntad implacable. No huir de él o dejárselo a otro.

El ciudadano debe recordar que ni mártires ni héroes salvan de la destrucción a un país. Sólo su determinación de rechazar la degradación moral allana el camino al bienestar. Debe ser indiferente a los charlatanes, despreciar a los arribistas que obstaculizan el progreso.

Evitar identificarse con lo mediocre, con modelos que encarnan la miseria moral. Ha de aspirar siempre a lo superior e identificarse con ello. Abandonar toda destructiva creencia de “sacrificios” o de “baños de sangre” para renovar a la nación, porque es injusta con los inocentes y ensombrece su futuro.

Dejar de aprobar los hábitos perniciosos, de admitirlos como parte de nuestra identidad. Somos aquello que aceptamos y si nuestro mayor deseo es un destino magnífico, es menester prescindir de aquello que nos debilita.

 

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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