Análisis de un Vigilante.

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El Vigilante surge de la descomposición social-PFMS-Start Page Images.

El Vigilante nace del desgaste social. La decepción profunda que tiene la ciudadanía hacia su entorno, le hace desear un individuo que le devuelva sentido a la existencia dentro de la urbe porque la vida en ella se ha tornado insoportable. La falta de justicia, la apatía de los ciudadanos de obrar bien y la excesiva acumulación de Poder en manos de unos pocos, terminan por socavar los cimientos de la sociedad y facilitar el ascenso de un Vigilante, quien regido por su propio concepto de justicia y métodos cuestionables pretende imponerla. No es un individuo fácil de reconocer porque parece una persona cualquiera, con las mismas preocupaciones e intereses de los demás y sumido en la misma impotencia de sentirse disgustado viendo como la corrupción se adueña de su entorno, sin que la autoridad pueda detenerla ni los hombres de bien exponerla.

Se atribuye el papel de ser el representante del interés colectivo, imponiendo una justicia en la que no importa los medios ni métodos para lograrlo, sembrado el terror entre los infractores y debilitando la influencia de quienes abusan del Poder. Sus acciones son temerarias y directas, pueden ser desastrosas para las autoridades quienes quedan en ridículo ante su osadía, mientras la ciudadanía apoya sus actuaciones, porque ha sido el único capaz de “hacer lo que todos quieren pero no se atreven”; a la interpretación de la ciudadanía ha logrado librarse de la impotencia y tomado acciones realmente contundentes contra el mal.

Es un individuo insatisfecho con su existencia, consciente de las debilidades que asechan en su entorno pero incapaz de mejorarlo con formas menos drásticas, prefiere enfrentar con sus propios medios a quienes considera enemigos de la paz social y desprenderse del temor a ser condenado por las leyes en las que no cree por resultar -a su juicio- ineficaces, ya que ante ellas siempre habrá desigualdad, serán los poderosos y pícaros los únicos que nadie se atreverá a tocar.

Amparado en esa interpretación de la realidad actúa al margen de la ley, siendo brutal e implacable, no importándole que tampoco mejorará la situación, porque si bien siembra el terror entre los individuos corrompidos, también aviva su resentimiento y deseo de hacer el mal; algo que olvida el Vigilante es que quienes delinquen lo hacen para satisfacer una necesidad personal y harán lo que sea para defender esta postura ante cualquiera, aun cuando sucumban ante el terror impuesto por el Vigilante, nunca olvidará “esa afrenta”; no porque haya tenido un momento de debilidad en donde se da cuenta que su poder y maldad no es capaz de corromperlo o destruirlo significa que acepte la derrota y se regenere, más bien le aviva el deseo de vengarse.

A pesar de ello el Vigilante trata de mantenerse en el imaginario colectivo como un símbolo de justicia, bastante peculiar porque se trata de una visión que invita al ciudadano a tomarse la justicia por sus propias manos si nota que las autoridades y los hombres de bien no son capaces de hacerle frente al mal, a librarse de la impotencia que sume al ciudadano que quiere que prevalezca el bien, pero no desea violar la ley. A su juicio la ley sirve de poco si ésta no logra ser cumplida, no tiene la influencia que invita al ciudadano a respetarla aunque sea tentado a violarla e interpreta a las autoridades como incompetentes para enfrentar al mal.

Los ciudadanos depositan su fe en él porque sienten que logran recuperar el sentido de hacer el bien aunque toleren que sus acciones sean opuestas y contrarias al orden, es un anarquista que se burla de la autoridad, pero sin aspirar a una utopía social sino moral que consiste en una lucha implacable contra el mal, a pesar de que se tenga que romper las leyes que tratan de garantizar la equidad dentro de la comunidad, incluyendo el derecho que tiene cada uno de defenderse ante un tribunal legítimamente constituido con la aprobación de los ciudadanos.

Para un Vigilante no existe un límite entre respetar la ley o romperla porque no se rige por ella sino por su propio “código moral”, que varía según su concepto de justicia, reduce la realidad a un maniqueísmo que impone “el bien más absoluto” o la aplicación de un severo castigo directo y sin derecho a defensa, a menos que el infractor se arrepienta sinceramente de sus actos o colabore con él revelando información de su interés. El bien debe prevalecer a como de lugar, incluso si es necesario usar el miedo y la violencia como medio para obligar a todos a practicarlo. El terrorismo psicológico es su arma más efectiva porque sugestiona a todos los ciudadanos de que él está en todas partes, conoce tus debilidades y crímenes así que mejor abstente de hacer el mal porque sino vendrá por ti.

Sus acciones a la larga terminan por paralizar a los ciudadanos quienes practicaran el bien por miedo, no porque les nazca un deseo profundo de no perjudicar a sus semejantes, hasta podría avivar otras formas de delinquir motivadas por ese sentimiento, ya que nadie querrá estar frente al Vigilante si éste se entera de que alguien cometió un delito. La autoridad queda inutilizada porque los ciudadanos no la sentirán necesaria, el Vigilante luce más eficaz porque “puede entrar a donde ella no puede” obligándola a considerar dos posibilidades: si persigue al Vigilante tendría que ser más implacable que él para demostrar ante la opinión pública que si es eficaz o tolerarlo y hasta hacer una alianza de conveniencia para luchar contra amenazas comunes.

La sociedad regida por la influencia del Vigilante no es libre ni justa, vive extorsionada con la idea de que si no hay alguien extraordinario que le diga cómo hacer el bien entonces nadie hará nada, se estanca en el mesianismo que inspira su figura y vive dependiendo de que no hay maneras legales de sancionar a los infractores, sino que debe recurrirse a alguien más severo para castigarles más aun si éstos tienen mucho poder. El que use el miedo para obligar a los demás a hacer el bien, es una forma también de coartar su libertad porque ser libre implica poder decidir sin temor alguno.

Al carecer de libre albedrío la sociedad será esclava del concepto del bien que tiene el Vigilante, jamás podrá tener un definición propia, será una comunidad sin identidad ni capacidad para actuar sin depender de su figura.

Ha divinizado a un individuo que sin su presencia todo se derrumbará. Ha engrandecido a un individuo retorcido y no han buscado una forma de hacer el bien como valor humano.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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