La ilusión de las distopías adolescentes: conclusiones. (cuarta parte y final).

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El cine puede distorsionar la escencia de la distopía-PFMS-Start Page Images

Las distopías son un reflejo de los temores y excesos en los que puede incurrir la sociedad moderna, sin embargo, el poner de protagonista al adolescente cambia la percepción que se tiene de este género porque tenemos a un protagonista que se ve forzado a sufrir una transformación radical de su concepción del mundo debido a la excesiva presión de los adultos. Ellos lo obligan a tomar un camino que no le satisface, pero tampoco tiene otras opciones y de tenerlas estas no le llevarán a superar sus carencias interiores; se supone que esta distopía debe recrear lo complejo del proceso de adaptación de las mentes juveniles en sociedades estancadas, el conflicto ético y moral que surge cuando el paternalismo social sacrifica a los demás con miras a protegerse y las desastrosas consecuencias de la sublimación del Complejo de Edipo entre la juventud.

La adolescencia, en la sociedad moderna no se considera una etapa de cambios en el individuo sino que se interpreta como un proceso traumático debido a las presiones con las que lidia la juventud; sobre todo cuando se trata de crear una identidad que sentará las bases para su futuro como adulto porque sin ella no sabrá cuales son sus aptitudes o si pertenece a alguna comunidad. El ambiente moderno tiende a saturar a los jóvenes con modas, restricciones, exigencias falaces y mensajes contradictorios que le impulsan a tratar de “disfrutar” de fugaces placeres antes de que su juventud se acabe, a seguir tendencias consideradas “aceptables” a pesar de su inmoralidad y a tratar de condicionar sus instintos en una búsqueda insaciable del gozo mundano.

Es por ello que la típica afirmación “la juventud esta perdida” suele ser una efímera respuesta de los adultos cuando observa que los resultados de los mensajes absurdos que envía a los jóvenes terminan siendo peligrosos para la estabilidad social. Hay pues, una complicidad silente entre adultos y jóvenes que conduce a manejarse en la vida con una doble moral que aprueba una conducta rechazable y condena otra que es razonable.

Los jóvenes disconformes que tratan de desmarcarse de las presiones, modas e imposiciones de las tendencias sociales terminan desarraigándose, y percibir de manera pesimista la realidad social, afiliándose a grupos “transgresores” o “alternativos” para comunicar su desagrado. Los adultos también se preocupan cuando ven estos comportamientos que tratan de censurar, lo que aviva la idea de que la adolescencia en la sociedad moderna es una etapa difícil y se sublima la necesidad de que los jóvenes quieren ser “libres” pero ¿libres de que?, ¿que concepto de libertad han definido?, ¿que clase de influencias le impulsan de desear un mundo independiente de los adultos si igualmente ellos lo serán?

La distopía adolescente evidencia que ante la imposibilidad de uniformar totalmente a los individuos, dada la naturaleza conflictiva del género humano, opta por tratar de crear una inmovilidad de etapa es decir, mantener mentalmente a los ciudadanos en perpetua adolescencia. En la realidad lo vemos reflejado en comportamientos absurdos y destructivos que protagonizan tanto jóvenes como adultos quienes son conscientes de lo perjudicial de sus acciones, pero se niegan a abandonar lo que para ellos es un hábito permanente. Peor aun, es un hábito que promueven como “deseable” y lleva a pensar que la sociedad ya no tiene rumbo ni metas. Este desenfreno conduce a aceptar a quienes exigen orden a renunciar a la libertad, al papel de orientador para darle poder a la represión más brutal. Es el adulto quien promueve una juventud desenfrenada o sumisa y resentida.

Lamentablemente el género distópico a veces es víctima de lo que critica sobre todo cuando se proyecta al gran público a través de los medios de comunicación, especialmente en el cine contemporáneo quien tiende fuertemente ya no a promover arte e ideas, sino entretenimiento y evasión. La asepsia de un discurso moral que una a los ciudadanos de todas las sociedades a aspirar a un mundo mejor, caricaturiza a la distopía mostrándose ante el público como un relato épico, que tiene sus héroes, villanos, penitentes redimidos y hazañas magnificas, cuando este género es totalmente lo opuesto.

Las distopías adolescentes son fáciles de vender porque el gran público quiere sentirse seguro de que la juventud siempre encarnará su concepto de cambio común, un proyecto social construido desde el pueblo fundido con un caudillo que no quiere -teóricamente- el Poder sino coadyuvar a conquistar ese cambio. La ciudadanía cree imposible alcanzar un acuerdo con el sistema o con grupos opuestos por lo que se justifica la necesidad de invocar la autoorganización, tener un líder que inspire e identificar a un enemigo contra el cual conspirar; ese líder ya no es un adulto experimentado y hábil, sino un joven complejo e inseguro que se apropia de la lucha porque es tomado en cuenta, ya no es deliberadamente incomunicado y excluido se le ha entregado una “responsabilidad” de adulto.

Estas historias construidas de esta manera, son aceptadas fácilmente porque los jóvenes se han vertebrado una imagen negativa de ser adulto, no tienen un “modelo” que les resulte atractivo e inspirador ni creen que exista alguno que logre comunicarse de forma sincera con ellos; así la incomunicación latente entre los jóvenes y los adultos es aprovechada en los medios de comunicación para ofrecer personajes que encajen con los deseos de los jóvenes y sean radicales opositores de los adultos. Son mostrado como sensibles, víctimas de la mezquindad de unos adultos enfermos, inseguros e impulsivos, con una fuerte tendencia a la autosuficiencia y tener una urgente necesidad de encontrar un sentido a la vida que le permita encontrar un espacio en el mundo.

Con este modelo juvenil se crea un falso héroe que no tiene un programa político, un plan para construir una mejor sociedad ni mucho menos interés en ofrecer justicia de forma transparente. Tenemos más bien a un joven envalentonado, que le es útil a otros quienes prefieren sacrificarlo antes de ellos arriesgarse, una trama seudoromántica cursi y forzada con énfasis en la carnalidad, un final feliz donde los “buenos” han triunfado sobre los “malos” y el protagonista tiene cierto dominio de la tecnología.

La distopía adolescente termina siendo sobrecargada con personajes fáciles de penetrar en el imaginario colectivo pero vacíos de conceptos críticos y reflexivos, rimbombante en secuencias de acción que apoyan su concepción épica pero los aleja de la tragedia personal que significa para los protagonistas sucumbir ante la violencia promovida por el ambiente social. La violencia se banaliza hasta el punto de que la muerte termina siendo algo decorativo y los gobernantes lejos de parecer seres humanos que han sucumbido al mal, son convertidos en extraños individuos, villanos anodinos; imposible de tomar en serio sus decisiones porque están construidos sin ninguna humanidad, son solo símbolos pasajeros de maldad.

El aspecto distópico termina siendo decorativo, un relato de aventuras que se disfruta momentáneamente y quiere aparentar ser un manual de política con miras a inspirar a los jóvenes a insurreccionarse contra la opresión, pero ¿cuál opresión?, ¿la del relato o la que creen encarna la autoridad de la realidad? La mediatización de la distopía anula su aspecto crítico y termina siendo una fantasía para estimular los sentidos, no para ejercitar el pensamiento.

El gran problema que enfrenta el género distópico es que ya esta estigmatizado como historias pesimistas y se le niega su carácter didáctico. La profundidad que tiene muchas de estas obras puede resultar incomprensible para el gran público que no esta habituada a ellas y que llevado por el prejuicio o el desconocimiento, ignoran estos relatos. Erróneamente se considera que la única función de las distopías es criticar todo, cuando no necesariamente es así ni es obligatorio que para cuestionar o reflejar lo que se considera malo en la sociedad, hay que apelar a ellas.

Existe la incomprensible tendencia del público a subestimarse y termina convenciéndose de que solo podrá comprender un relato distópico “simplificado”, con un discurso maniqueísta que no promueve la reflexión sino la reactividad.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

Nota: el autor recomienda los siguientes enlaces para profundizar en el tema:

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