Month: September 2015

La conspiranoia en la política contemporánea.

WCENTER 0XMKCDSNNL                L'aula della Camera in una foto d'archivio.  ANSA/GIUSEPPE LAMI
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En la historia humana, los acontecimientos políticos suelen tener personajes perfectamente identificados, quienes son los motivadores de los mismos; no obstante, las investigaciones posteriores a la época que protagonizaron demuestran que hay otros personajes o acontecimientos considerados “menores” que nos da una visión más amplia de los sucesos. Permite entender la magnitud del cambio que suscitó para una sociedad esos personajes o acontecimientos “menores” y apreciar con otra óptica los valores que la rigen, también demuestra la necesidad de identificar con precisión las causas de mentalidades retrógradas que impidan el desarrollo de la ciudadanía.

La ciudadanía es el primer elemento que sustenta la sociedad, es quien puede orientar los esfuerzos colectivos a través de su participación política e indicar a sus gobernantes qué considera necesario para el bien común. Tener representatividad en el gobierno es una expresión de su voluntad y sí ella no llega a satisfacer sus aspiraciones no es responsabilidad exclusiva de los gobernantes o de sus organizaciones políticas, sino también de la ciudadanía quien debe reflexionar en qué falló. A medida que avanza la humanidad, empieza a evidenciarse un peligroso alejamiento de la ciudadanía y sus representantes; ambos toman decisiones alejadas de sus propias aspiraciones y mantienen una relación de tensión constante.

Los modernos medios de comunicación permiten disminuir distancias, sin embargo pensar que eso puede contribuir al acercamiento es sensato y al mismo tiempo ingenuo, porque los ciudadanos siguen sintiendo que sus representantes no piensan en ellos, deciden valorando más sus propios intereses que respetar la confianza depositada en su figura; podemos decir que la política más que ser un medio para servir lo mejor posible a la ciudadanía, ha retrocedido hasta convertirse en una lucha permanente entre los grupos políticos para hacerse con el Poder y satisfacer sus propios deseos, el cargo ocupado por un representante político no se interpreta como un privilegio otorgado por los ciudadanos, sino como un “premio” por vencer a sus rivales.

Ese esfuerzo que realiza un representante político -a la vista de los ciudadanos- es efímero, pues no interpreta el Poder como un medio para servir sino para dominar y castigar a quienes disientan, un medio para satisfacer los egos de unos pocos deseosos de calmar sus carencias, creyendo que dirigir es mandar y obedecer, cerrados a desarrollar los potenciales de la nación. Con tal práctica se llega a la amarga conclusión de que la política es una profesión mafiosa donde es imposible ser honesto y tener una carrera impecable, ya que el político es definido como un criminal dispuesto a sacrificar todo con tal de no separarse del Poder. No entienden el Poder como un instrumento para servir a su nación, sino un modo de vida adictivo, inseparable de la esencia del político.

Al agotarse la confianza, los valores morales se diluyen y las bases que sustentan a la sociedad son socavadas para dar paso a la supervivencia más violenta, que se traduce en indiferencia, todos enfocan sus esfuerzos en sus propios intereses en detrimento de la sociedad. Se acepta que el Poder no es para servir a una nación sino para beneficio propio, un objeto codiciado obtenido por los más pícaros y desalmados, no es nadie quien no crea que el Poder lo es todo para vivir “seguro” de los peligros del mundo y se trata de imponer que el uso del Poder es invariable de la agrupación política que se apoye, es decir, no hay cambio en la forma de ejercerlo todo es aparente.

Los individuos más disconformes prefieren desentenderse de la acción política (participación en elecciones, conformación de partidos políticos, organizar a los ciudadanos en torno a temas comunes…) optando por la radicalización. Definen al Estado como una instrumento creado por el gobierno para obligar a la gente a depender de él, en vez de como una entidad formada por mutuo acuerdo de los ciudadanos -incluidos los representantes políticos- por ende consideran que éstos les están negando la posibilidad de vivir de forma distinta a lo establecido, no se cree que los partidos políticos sean autónomos en su acción sino que son controlados por cofradías poderosas ocultas, siempre se ponen en duda la verdad oficial aun cuando haya sido contrastada y predican la desconfianza más extrema a toda forma de gobierno.

Dentro de esta mentalidad la autoridad es molesta, un enemigo que se sostiene porque engaña a una masa idiotizada que debe ser “despertada”, se le culpa de cualquier calamidad y de practicar el engaño. Nunca puede aceptarse que las organizaciones mundiales puedan alcanzar acuerdos justos con las naciones o grupos antagónicos sino que conspiraran para provocar el caos, tampoco las creencias establecidas se consideran escogidas sino impuestas por grupos hegemónicos que no quieren perder su influencia. La conspiranoia política aprueba a grupos afines que se mantengan al margen de la política reconocida, esgrimen la antipolítica para enfrentar el “autoritarismo de una dirigencia decadente y viciosa” y disfrazan sus acciones con otros nombres, definiciones…

Define la realidad como una lucha perpetua entre ciudadanos y “poderosos” en el que los primeros debe destruir a los segundos para conquistar la libertad absoluta (sin especificar a cuál clase de libertad se refiere o qué hacer luego de llegar a “obtenerla”), no cree en el activismo político sin confrontación más bien aprueban un activismo reactivo, hostil y tendiente a la clandestinidad -pero bien difundida en medios de comunicación tradicionales y/o alternativos-. La posición conspiranoica acepta que el Poder al ser un objeto codiciado es causante de intrigas que merman la voluntad humana, el origen de la degeneración moral del presente y estará siempre dominado por unos pocos que nunca rendirán cuentas de sus nefastas acciones sobre la humanidad.

Constantemente predica que las naciones o grupos de ciudadanos organizados que quieren vivir de manera diferente, “conforme a modelos no ajustados a lo establecido”, serán atacados por conspiradores que impedirán el éxito de su empresa porque -según esta mentalidad- el modelo que defienden es el “verdadero” puesto que no sacrifica al ser humano y si está comprometido con lo social; en cambio el modelo de los conspiradores encarna el mal, corrompe a la humanidad, aliena, confunde y defiende el odio disfrazándolo de amor, la sociedad creada por ellos está destinada a implosionar así que mientras se espera ese “cataclismo inevitable”, “los ciudadanos realmente comprometidos deben prepararse para una batalla épica contra un enemigo moribundo”.(¿?)

La política vista de esta forma no cree que las transformaciones sociales partan de la toma de conciencia de los ciudadanos y sus líderes, sino que ambos son marionetas de grupos crípticos, consideran la información como instrumento de guerra que debe emplearse para exponer a los conspiradores y a quienes controlan el Poder de modo que pueda detenerse sus oscuros planes; acepta que la única manera de vencer al Poder es desde la clandestinidad y de ser necesario actuar de forma directa sobre él para abortar sus intrigas, los creyentes de esta mentalidad predican la necesidad de destruir el sistema para “liberar” a los ciudadanos.

Resulta lamentable que la interpretación conspiranoica de la política penetre en los planes de muchos gobernantes, quienes la usan para sus discursos y ejercicio del Poder porque creen que con esto protegerán a la nación de sus enemigos o porque piensan que con este medio podrán distraer a la ciudadanía de los temas que deben interesarles, de manera que terminen desgastándose. Son una clase particular de dirigentes políticos que piensan que la intriga es la mejor manera de controlar el Poder y la credulidad de la ciudadanía es su principal objetivo, porque si ella permanece confundida no podrá discernir de cuales son las verdaderas causas de las crisis que sufre la sociedad, no creerá que su opinión será importante y que el Poder que le otorga a los dirigentes políticos parte de sus decisiones, no de un acto predestinado o controlado por cofradías ocultas.

Las causas de esta mentalidad no pueden negarse que tienen cierto respaldo en la realidad una de ellas es la falta de transparencia en la práctica política que merma la confianza ciudadana, la influencia de nuevos grupos casi monolíticos que despiertan la desconfianza, el pesimismo causado por la aparente falta de rumbo en la sociedad actual y sobre todo, la indolencia de quienes corresponde tomar decisiones importantes ante las grandes tragedias provocadas por el ser humano.

Pero la conspiranoia no es una solución, es un mero sentimiento de hastío ante la falta de resultados de la política contemporánea que se alimenta del resentimiento y la desconfianza, subestima la inteligencia de los demás, no cree que cada decisión que tomamos es consciente independientemente de nuestro estado mental y emocional, promueve la suspicacia hacia los valores humanos.

Nunca admite que sus ideas parten de mitos e ideas erróneas sobre las dinámicas sociales, y tienden a desviar en otro lo que es entera responsabilidad de cada ciudadano.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

El mito de los “padres fundadores”.

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Frecuentemente se tiende a atribuir el nacimiento de una nueva república o civilización a un reducido grupo de individuos “extraordinarios” en detrimento del protagonismo colectivo; es un hábito que ha sido disminuido en los análisis históricos pero todavía pervive en la mentalidad de muchas naciones. Una costumbre perniciosa de no admitir que el progreso social no es obra exclusiva de un hombre, sino del esfuerzo mancomunado de una ciudadanía dispuesta a conquistar metas superiores en donde destaca el genio de ciertos individuos con los cuales se mantiene una relación de gratitud; desafortunadamente la interpretación personalista de la historia justifica el que una colectividad viva dependiendo de la necesidad de invocar un personaje mesiánico que pueda llevarla hacia una nueva era de “paz, progreso y felicidad para todos” al convencerse de que no es posible lograrlo por si misma.

La realidad muestra que este personalismo ha sido peor para el bienestar social y solo un gran acuerdo compartido entre lideres serios y ciudadanos conscientes puede lograr una transformación radical; lamentablemente persiste una mentalidad recalcitrante que quiere seguir imponiendo la tesis de que sin grandes hombres nunca se alcanzará una era de esplendor, cuando resulta de que esos hombres son modelados bajos unos conceptos e ideas ajenas al resto de la sociedad, no existe en ellos participación del resto de la ciudadanía. El Poder termina siendo monopolizado por un grupo reducido que se protege tras una figura mesiánica para justificar sus actos los cuales son contrarios a las aspiraciones ciudadanas.

Para esta mentalidad el sistema imperante no puede transformarse, debe ser destruido para reemplazarlo por otro con tintes utópicos y la ciudadanía, vivir esclavizada con la consigna de que sin esos hombres excepcionales nunca alcanzaríamos esta era dorada, es decir, deben estar dependiendo de unos ungidos que creen tener las claves para formar una sociedad mejor.

Así quienes controlan el Poder alienan a la ciudadanía y le imponen la tesis de que solo sometiéndose al dictamen de ellos podrán alcanzar mejor calidad de vida, se priva el derecho de que lideres de ideas distintas puedan lograr cambios benéficos o que la ciudadanía pueda autoorganizarse para proteger sus derechos. Niega la inteligencia de los ciudadanos en como pensar y decidir de forma responsable o que puedan presentar propuestas serias; la vida comunitaria solo sirve para rendirle culto a unos seres casi sobrehumanos, excluir e imponer un modo de vida definido por lo que el Poder cree “correcto” e ir confundiendo a los miembros de la comunidad sobre su propósito. La meta es mantener dividido a los distintos grupos que conforman la sociedad para que dependan del Poder.

La gratitud que debe existir entre la colectividad con sus miembros más notables se sustituye por un enfermizo culto a la personalidad, a negar los logros pasados y a discriminar a los personajes históricos entre “auténticos patriotas” y traidores; la historia para ellos no es un aprendizaje sino una confrontación constante entre un sistema desgastado y una casta de personajes prodigiosos que traerán la renovación. Tales personajes son presentados como héroes que nunca se equivocan, que “el pueblo pedía a gritos” ante la incapacidad del sistema imperante y son los únicos que pueden traer la paz a la sociedad, nunca admiten que su modelo de sociedad puede tener límites o puede que no sea práctico. Todo su proyecto político parte de su juicio, no de acuerdos con los demás miembros de la sociedad ni de un estudio profundo de la mentalidad popular.

Estos personajes aspiran al Poder Absoluto explotando el desencanto, vertebrando un discurso supuestamente reivindicativo que capta a los resentidos, tratan los errores pasados como justificaciones para su postura revanchista, no les interesa rodearse de los mejores lideres sino de los individuos más genuflexos, corrompibles y fanatizados. Para ellos la única manera de superar los males de la sociedad es mediante la destrucción total de la institucionalidad y purgarla de quienes consideran “enemigos de la patria” porque representan el “fracaso” de la sociedad anterior.

Curiosamente en la cultura popular contemporánea empieza a permear la idea de una sociedad ideal, de considerar necesario anteponer la utopía frente al desgaste de la institucionalidad actual pero invocando a personajes demagógicos, pintorescos, sin un plan ni un proyecto, con discursos antipolítico y antisistema, no cree en la representatividad sino en la “acción directa del pueblo”, y siempre culpan al pasado de todo lo malo del presente. Tratan a las personas no como ciudadanos sino como un público enervado que hay que entretener, no ven la política con seriedad sino como un espectáculo, siempre descalifican e insultan a sus opuestos y apelan al chantaje de que si ellos no están en el Poder entonces todo colapsará.

Lejos quedaron los arquetipos de utopistas “románticos”, ahora surgen personajes que aprovechan los momentos de crisis para conquistar el Poder y fundar una falsa Nueva Era de Esplendor partiendo de la nada. Enemigos acérrimos de la alternancia política lo único que pueden ofrecer es una ilusión, una meta lejana que nunca se alcanzará porque nunca existió y su único interés es usar el Poder para atacar a quienes cree enemigos o interpreta como tales.

Únicamente las sociedades pueden aspirar a un futuro mejor, cuando todos las partes involucradas puedan llegar a acuerdos sólidos y duraderos, cuando exista una verdadera voluntad comprometida con el bienestar colectivo libre del personalismo y los absurdos cultos a individuos mesiánicos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La ilusión de las distopías adolescentes: conclusiones. (cuarta parte y final).

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El cine puede distorsionar la escencia de la distopía-PFMS-Start Page Images

Las distopías son un reflejo de los temores y excesos en los que puede incurrir la sociedad moderna, sin embargo, el poner de protagonista al adolescente cambia la percepción que se tiene de este género porque tenemos a un protagonista que se ve forzado a sufrir una transformación radical de su concepción del mundo debido a la excesiva presión de los adultos. Ellos lo obligan a tomar un camino que no le satisface, pero tampoco tiene otras opciones y de tenerlas estas no le llevarán a superar sus carencias interiores; se supone que esta distopía debe recrear lo complejo del proceso de adaptación de las mentes juveniles en sociedades estancadas, el conflicto ético y moral que surge cuando el paternalismo social sacrifica a los demás con miras a protegerse y las desastrosas consecuencias de la sublimación del Complejo de Edipo entre la juventud.

La adolescencia, en la sociedad moderna no se considera una etapa de cambios en el individuo sino que se interpreta como un proceso traumático debido a las presiones con las que lidia la juventud; sobre todo cuando se trata de crear una identidad que sentará las bases para su futuro como adulto porque sin ella no sabrá cuales son sus aptitudes o si pertenece a alguna comunidad. El ambiente moderno tiende a saturar a los jóvenes con modas, restricciones, exigencias falaces y mensajes contradictorios que le impulsan a tratar de “disfrutar” de fugaces placeres antes de que su juventud se acabe, a seguir tendencias consideradas “aceptables” a pesar de su inmoralidad y a tratar de condicionar sus instintos en una búsqueda insaciable del gozo mundano.

Es por ello que la típica afirmación “la juventud esta perdida” suele ser una efímera respuesta de los adultos cuando observa que los resultados de los mensajes absurdos que envía a los jóvenes terminan siendo peligrosos para la estabilidad social. Hay pues, una complicidad silente entre adultos y jóvenes que conduce a manejarse en la vida con una doble moral que aprueba una conducta rechazable y condena otra que es razonable.

Los jóvenes disconformes que tratan de desmarcarse de las presiones, modas e imposiciones de las tendencias sociales terminan desarraigándose, y percibir de manera pesimista la realidad social, afiliándose a grupos “transgresores” o “alternativos” para comunicar su desagrado. Los adultos también se preocupan cuando ven estos comportamientos que tratan de censurar, lo que aviva la idea de que la adolescencia en la sociedad moderna es una etapa difícil y se sublima la necesidad de que los jóvenes quieren ser “libres” pero ¿libres de que?, ¿que concepto de libertad han definido?, ¿que clase de influencias le impulsan de desear un mundo independiente de los adultos si igualmente ellos lo serán?

La distopía adolescente evidencia que ante la imposibilidad de uniformar totalmente a los individuos, dada la naturaleza conflictiva del género humano, opta por tratar de crear una inmovilidad de etapa es decir, mantener mentalmente a los ciudadanos en perpetua adolescencia. En la realidad lo vemos reflejado en comportamientos absurdos y destructivos que protagonizan tanto jóvenes como adultos quienes son conscientes de lo perjudicial de sus acciones, pero se niegan a abandonar lo que para ellos es un hábito permanente. Peor aun, es un hábito que promueven como “deseable” y lleva a pensar que la sociedad ya no tiene rumbo ni metas. Este desenfreno conduce a aceptar a quienes exigen orden a renunciar a la libertad, al papel de orientador para darle poder a la represión más brutal. Es el adulto quien promueve una juventud desenfrenada o sumisa y resentida.

Lamentablemente el género distópico a veces es víctima de lo que critica sobre todo cuando se proyecta al gran público a través de los medios de comunicación, especialmente en el cine contemporáneo quien tiende fuertemente ya no a promover arte e ideas, sino entretenimiento y evasión. La asepsia de un discurso moral que una a los ciudadanos de todas las sociedades a aspirar a un mundo mejor, caricaturiza a la distopía mostrándose ante el público como un relato épico, que tiene sus héroes, villanos, penitentes redimidos y hazañas magnificas, cuando este género es totalmente lo opuesto.

Las distopías adolescentes son fáciles de vender porque el gran público quiere sentirse seguro de que la juventud siempre encarnará su concepto de cambio común, un proyecto social construido desde el pueblo fundido con un caudillo que no quiere -teóricamente- el Poder sino coadyuvar a conquistar ese cambio. La ciudadanía cree imposible alcanzar un acuerdo con el sistema o con grupos opuestos por lo que se justifica la necesidad de invocar la autoorganización, tener un líder que inspire e identificar a un enemigo contra el cual conspirar; ese líder ya no es un adulto experimentado y hábil, sino un joven complejo e inseguro que se apropia de la lucha porque es tomado en cuenta, ya no es deliberadamente incomunicado y excluido se le ha entregado una “responsabilidad” de adulto.

Estas historias construidas de esta manera, son aceptadas fácilmente porque los jóvenes se han vertebrado una imagen negativa de ser adulto, no tienen un “modelo” que les resulte atractivo e inspirador ni creen que exista alguno que logre comunicarse de forma sincera con ellos; así la incomunicación latente entre los jóvenes y los adultos es aprovechada en los medios de comunicación para ofrecer personajes que encajen con los deseos de los jóvenes y sean radicales opositores de los adultos. Son mostrado como sensibles, víctimas de la mezquindad de unos adultos enfermos, inseguros e impulsivos, con una fuerte tendencia a la autosuficiencia y tener una urgente necesidad de encontrar un sentido a la vida que le permita encontrar un espacio en el mundo.

Con este modelo juvenil se crea un falso héroe que no tiene un programa político, un plan para construir una mejor sociedad ni mucho menos interés en ofrecer justicia de forma transparente. Tenemos más bien a un joven envalentonado, que le es útil a otros quienes prefieren sacrificarlo antes de ellos arriesgarse, una trama seudoromántica cursi y forzada con énfasis en la carnalidad, un final feliz donde los “buenos” han triunfado sobre los “malos” y el protagonista tiene cierto dominio de la tecnología.

La distopía adolescente termina siendo sobrecargada con personajes fáciles de penetrar en el imaginario colectivo pero vacíos de conceptos críticos y reflexivos, rimbombante en secuencias de acción que apoyan su concepción épica pero los aleja de la tragedia personal que significa para los protagonistas sucumbir ante la violencia promovida por el ambiente social. La violencia se banaliza hasta el punto de que la muerte termina siendo algo decorativo y los gobernantes lejos de parecer seres humanos que han sucumbido al mal, son convertidos en extraños individuos, villanos anodinos; imposible de tomar en serio sus decisiones porque están construidos sin ninguna humanidad, son solo símbolos pasajeros de maldad.

El aspecto distópico termina siendo decorativo, un relato de aventuras que se disfruta momentáneamente y quiere aparentar ser un manual de política con miras a inspirar a los jóvenes a insurreccionarse contra la opresión, pero ¿cuál opresión?, ¿la del relato o la que creen encarna la autoridad de la realidad? La mediatización de la distopía anula su aspecto crítico y termina siendo una fantasía para estimular los sentidos, no para ejercitar el pensamiento.

El gran problema que enfrenta el género distópico es que ya esta estigmatizado como historias pesimistas y se le niega su carácter didáctico. La profundidad que tiene muchas de estas obras puede resultar incomprensible para el gran público que no esta habituada a ellas y que llevado por el prejuicio o el desconocimiento, ignoran estos relatos. Erróneamente se considera que la única función de las distopías es criticar todo, cuando no necesariamente es así ni es obligatorio que para cuestionar o reflejar lo que se considera malo en la sociedad, hay que apelar a ellas.

Existe la incomprensible tendencia del público a subestimarse y termina convenciéndose de que solo podrá comprender un relato distópico “simplificado”, con un discurso maniqueísta que no promueve la reflexión sino la reactividad.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

Nota: el autor recomienda los siguientes enlaces para profundizar en el tema: