La fascinación por los escenarios apocalípticos.

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El apocalipsis es una fantasía destructiva sin sentido-PFMS-Start Page Images.

Uno de los temores inherentes de la humanidad es que toda su existencia tenga un final trágico; pensar que el esfuerzo de tantos siglos pudiera concluir sin siquiera haber una manera de evitarlo, es algo que aterra. No obstante, la humanidad ha desarrollado una increíble capacidad para sobreponerse a las circunstancias más extremas y su ingenio ha vencido muchos de los peligros que antes parecían insuperables. Actualmente, la posibilidad de que la civilización sufra un gran revés no depende de hechos imprevistos, sino de la misma voluntad humana, el poder de decidir cuál rumbo tomar lo determina la misma especie, pero el miedo fruto de la incertidumbre en que se encuentra el mundo y la desconfianza hacia su propia capacidad de unirse para lograr una sociedad mejor, hace considerar seriamente un destino fatal para si misma.

De allí radica un morboso interés por los escenarios apocalípticos, quizá como un medio inconsciente de “liberarse” de las responsabilidades adquiridas al vivir en sociedad. El individuo desea renunciar a vivir de forma civilizada porque cree sentirse incapaz de controlar su propio destino, piensa que su suerte no depende de sus esfuerzos sino de voluntades ocultas que controlan la realidad social. Si la sociedad desapareciera, si todo ese entramado de normas en las que ya no cree ni entiende no existiera podría ser el mismo, tal como siempre lo ha imaginado, pero no ha podido lograrlo porque siente que las presiones del entorno le inhibe hacerlo.

Ciertamente tal pensamiento es absurdo, históricamente los pioneros de los cambios han sido protagonizados por individuos excepcionales que sortearon obstáculos enormes, así que excusarse en el medio para no actuar de forma diferente es una forma efímera de tratar de escapar de la realidad. Lamentablemente, los individuos alienados prefieren aceptar que es un factor externo la causa de su propia impotencia por no lograr un objetivo en la vida. No se niega que el mundo pasa por momentos complejos e incompresibles, más eso no es sinónimo de que la humanidad sea maligna por naturaleza.

Los individuos que piensan así alimentan una fantasía de la cultura popular que seduce, aterra y fascina aunque carece por completo de un sustento. Los escenarios apocalípticos alimentan la falsa certidumbre de que el mundo concluirá de todas maneras, aunque no sea a corto plazo, promueve la indiferencia hacia el prójimo porque el creyente piensa que es un individuo especial dado a que no teme al futuro, no se aferra a nada ni valora los vínculos afectivos de su vida viendo con desprecio y burla a quienes piensan diferente. Se sublima la idea de que el ser humano es torpe e incapaz de preveer las consecuencias de su progreso el cual, según esta mentalidad, lo condenará a su destrucción porque no existe confianza en él o porque se cree que el avance es un engaño.

El miedo hacia el futuro, hace interpretar la realidad como algo repetitivo. La rutina no es algo que parte de nuestras acciones, sino de una imposición que aceptamos y la vida urbana se torna asfixiante. Si bien, el mundo actual es abrumante no quiere decir que no existan soluciones ni personas dispuestas a hacer la diferencia, en realidad estamos tan obcecados que nos hemos conformado con solo un punto de vista: el que nos dice que todo irá mal y nuestro esfuerzo por muy grande que sea no cambiará nada. Las personas convencidas de ello fantasean con el colapso del orden establecido, como una forma de eximirse de sus responsabilidades ciudadanas y están vulnerables al mal, porque no están dispuestos a escuchar a su conciencia, sino a sus miedos.

Las fantasías sobre el fin del mundo, las distopías post-apocalípticas, el error científico que conduce a la destrucción del planeta, las guerras mundiales o el colapso por fenómenos cósmicos imprevistos… son escenarios harto explotados por los distintos medios de entretenimiento, siendo pocas las historias que promueven una reflexión crítica sobre la realidad contemporánea. Más bien se sublima el temor hacia la misma raza humana, la desconfianza hacia la posibilidad de construir un mundo menos hostil, se promueve un culto a la depravación, y alimenta la seudociencia.

Si vemos el origen sobre la mentalidad apocalíptica, veremos que se sustenta en el miedo hacia el futuro y la visión pesimista del género humano. Los cambios sociales drásticos que suscitan “choques” entre los valores tradicionales y las nuevos modos de vida tendientes a un individualismo carente de una moral al servicio de la sociedad, sino a defender la satisfacción personal, pueden avivar deseos destructivos de quienes sienten amenazados su modo de vida. La hostilidad de ambas posiciones bien podría polarizar a una sociedad hasta agotar el talento de sus integrantes, que hartos de la falta de soluciones, prefieren entregarse a una suerte de inercia colectiva que dicta dejar que todo se dirija hacia el caos.

De suceder ese acontecimiento, la moral no tiene importancia sino la fuerza y las conductas desinhibidas, afortunadamente esta posibilidad se torna más lejana porque las tendencias apuntan a que las sociedades prefieran solucionar sus conflictos sin llegar a la autodestrucción. Desafortunadamente, la sociedad global no renuncia al hábito de avivar las conductas irracionales y alimentar los temores de la ciudadanía, quienes se sumergen en el ostracismo individual, porque siente una enorme impotencia que no saben canalizar, que paraliza e impide pensar coherentemente. Tal promoción de esas conductas, son producto de decisiones irresponsables que a la larga acentúan los conflictos sociales porque se ha perdido la fe en la conducta civilizada.

La fascinación por los escenarios apocalípticos, es otra expresión preocupante de irracionalidad humana que revela las intenciones subconscientes de una colectividad perturbada y confundida, una colectividad que no desea vivir porque se siente incapaz de actuar para cambiar su situación interna. Sobre todo, es una colectividad que desea desinhibirse, entregarse a la autodestrucción y no tener que preocuparse más por sí mismo, sino sumergirse en la más grotesca decadencia al considerar que todo lo que creía ha perdido sentido.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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