Month: August 2015

La ilusión de las distopías adolescentes: los tipos (tercera parte).

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En una distopía la familia suele incomunicarse-PFMS-Start Page Images.

Las distopías adolescentes a veces tienden a mostrarnos otro tipo de ambiente: la sociedad existe y se ha trazado un nuevo camino o continúa igual, la descomposición social no es evidente mientras que la familia como núcleo principal se mantiene intacta. Sin embargo, los jóvenes son igualmente reprimidos a través de mecanismos sutiles, nunca de forma directa y se traman engaños elaborados con miras a impedir que la lógica del sistema sea alterada. Los ciudadanos de este orden no tienen mucho interés por el cambio social, porque gozan de seguridad material y están convencidos de que el camino escogido es el correcto. Un camino donde el “dolor” no existe, el “sacrificio” individual tienen valor si este protege los ideales de la sociedad -caso contrario se ignora deliberadamente- y la inocencia del hombre ha sido corrompida por una superficialidad que banaliza la profundidad del pensamiento, dirigiendo la voluntad humana al pragmatismo absoluto.
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Este escenario corresponde a la distopía adolescente utilitarista la cual nos presenta un futuro en donde el individuo sirve en función a los intereses del sistema social, no existe una meritocracia ni un mecanismo humanizado que valore al ciudadano por lo que es, sino por el beneficio que representa para los objetivos de la sociedad. La libertad del individuo no ha sido reducida de forma directa, sino condicionada a someterse a unas exigencias consideradas necesarias para gozar de las “oportunidades” que ofrece el sistema. Evidentemente, dichas exigencias son un medio de coacción pero son presentadas a la ciudadanía como un medio de reconocimiento social y de vía para ascender a mejores posiciones. La principal meta de este sistema social es mantener ocupados a sus miembros en una búsqueda insaciable por satisfacer su ego, el conseguir una mejor posición social en detrimento de los demás.

Puede decirse que la sociedad inculca a los jóvenes a conspirar por lograr el mayor reconocimiento social, de competir sin moral alguna en lograr aquello que desean, aún cuando no les corresponde. En el ambiente social impera una asepsia a cuestionar las decisiones ciudadanas cuando estas exigen un juicio crítico; de haber un desacuerdo es la masa adoctrinada la que se encarga de proscribir a los disidentes. El gobierno de la masa, es quien impone la autoridad y sus representantes se encargan de “administrarla”. La sociedad así constituida reduce a mero objeto al ciudadano. Lo puede sacrificar si este reporta un beneficio colectivo, a cambio este será reconocido, considerado un ciudadano ejemplar por su desprendimiento y valor.

El poder de este gobierno de la masa radica en sugestionar a sus miembros bajo la idea de que todo esfuerzo individual es efímero, el pensamiento disidente que no reporte una mejora para el sistema es peligroso, no se es alguien en la vida ni se considera que exista sino replica la conducta colectiva y no ascender dentro de los distintos niveles convierte al individuo en un ciudadano menor. Quienes no se ajusten a las rígidas normas impuestas, son presionados bajo la idea de que su conducta promueve una anarquía que justifica el dolor, el miedo, la soledad, la inseguridad y el regreso a una pasado indeseable que impedía el progreso.

Es decir, el nuevo contrato social que firman los ciudadanos de estas sociedades no considera humano las emociones -positivas o negativas-, el pensamiento individual, la necesidad de buscarse a si mismo, la profundidad de idea y las necesidades del espíritu. Reconoce como virtudes humanas el materialismo, la crueldad, el pragmatismo, el “sacrificio” con fines propagandistas para defender los valores de la sociedad, la falta de escrúpulos, la manipulación, el chantaje y el ansia de reconocimiento social. Tales contrastes se mantienen enfrentados en esta distopía sin que ningún cambio social modifique significativamente la naturaleza maligna de esta humanidad.

Los jóvenes descontentos o conformes con este orden siempre serán presionados en que deben encajar en la sociedad, deben ser útiles para el sistema aún cuando tenga que renunciar a lo que aman o a hacer lo correcto, deben ser “importantes” para ser reconocidos, deben poseer aquello que proyecte buen gusto o estatus, resignarse a aceptar que es prescindible si es útil para el bien colectivo, deben priorizar lo estético antes que lo auténtico y considerar la superficialidad como una sinónimo de refinamiento. La familia tampoco puede decirse que es totalmente libre, más bien reproduce las exigencias sociales en su seno a cambio de tener un futuro seguro que garantiza un estado paternalista quien domina con la astucia en vez de la fuerza. Tanto es así que la familia “ama” a sus miembros siempre que estos se ajusten a dichas exigencias, de lo contrario, puede prescindir de ellos para proteger su imagen.

Hay algunas historias que tratan de hacer creer que los jóvenes son auténticos protagonistas y los adultos sus enemigos. Los adultos son presentados como seres mezquinos y arcaicos mientras que los jóvenes son creativos y sensibles, pero en el fondo la realidad es más dura: los jóvenes son utilizados por otros adultos incapaces de actuar de forma abierta, así que los engañan explotando su disconformidad, deseo de independencia y ansias de aventuras. Terminan siendo sacrificados para construir el mundo de otro más cruel y calculador, es decir, en este futuro si hay “jóvenes rebeldes” será por creación de una voluntad adulta, no necesariamente será un acto espontáneo de ellos.

También en estas distopías es más evidente la incomunicación entre los adultos y los jóvenes producto de las presiones sociales. Los padres parecen preferir el criterio externo para educar a sus hijos antes de escucharlos y decidir. Para las familias de estos futuros criar un hijo no es visto como una responsabilidad, sino que es un medio para lograr un fin supremo que es el ser aceptado por una comunidad materialista que valora las apariencias antes que la sinceridad y la verdad.

Los errores y conflictos se ocultan, no se enfrentan con tal de conservar una imagen de perfección familiar que no perturbe a la comunidad porque ella es una extensión del gobierno de la masa y no tolera la anarquía de un individuo que no se ajuste a las pautas de comportamiento que impone. Ante la falta de comunicación, el joven se resigna porque no tiene otras opciones o trata de alcanzar roles de adulto sin tener todavía madurez para asumirlas. Lo hace porque cree que de esta manera podrá escapar de las presiones comunitarias y familiares, cree que si es reconocido tempranamente como “adulto” no será subestimado. No obstante el sistema vuelve a triunfar porque obliga a quienes no tienen opciones a aceptar solo lo que él le ofrece.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La ilusión de las distopías adolescentes: los tipos. (Segunda parte).

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Los jóvenes desorientados son individuos desarraigados-PFMS-Start Page Images.

Las distopías adolescentes suelen tener elementos comunes, se podría decir que nos ofrecen poca variedad en sus argumentos y conflictos. No obstante esos nexos comunes, permite clasificarlas en dos tipos específicos: la distopía de supervivencia y la distopía utilitarista. De momento, desarrollaremos la del primer tipo para lograr comprender mejor este género.

La distopía adolescente de supervivencia, plantea una trama donde los jóvenes son llevados a vivir situaciones extremas con miras a reducir su voluntad y humanidad, pero no se les dice directamente, se les envuelve en una conveniente mentira de heroísmo. El objetivo de los adultos es destruir su identidad como seres humanos, obligándolos a subsistir con recursos mínimos en ambientes hostiles, monótonos y carentes de esperanzas. El sistema social será siempre indiferente a su suerte y los adultos proyectarán una imagen negativa de sí mismos; los jóvenes no tienen en quien apoyarse ni a quien recurrir porque ya han sido condicionados a desconfiar de los adultos. El consuelo que les queda es la amistad con otros individuos de su edad, pero sus relaciones no serán del todo sinceras, sobre ellas siempre pesará la sombra de la vigilancia del sistema a quien le conviene mantener la desconfianza entre ellos para garantizar el control.

Junto a esa estrecha vigilancia, se encuentra la falta de afecto de las familias quienes son absorbidos por sus responsabilidades laborales o sociales que les impide educar a sus hijos. Ese tiempo esencial de compartir en familia, se lo roba las obligaciones contraídas por el rol que ocupan los padres en la sociedad. Los padres que tienen estos jóvenes son personas deshechas, agotadas e impotentes que terminan por incomunicarse con sus hijos o verlos como una carga. El sistema social aniquila los nexos familiares para formar individuos vacíos y carentes de ideales, incapaces de lograr un acto solidario o desarrollar unos sentimientos puros. Con los lazos familiares rotos, los adultos pasan a crear circunstancias aun más terribles imponiéndoles pruebas mortales o llevándolos a participar en situaciones límite.

La idea es convencer a la juventud de que no tienen valor alguno, por lo tanto debe habituarse a vivir en la estrechez, porque es prescindible. La relación con esta sociedad resulta aún más difícil para aquellos individuos huérfanos, ellos están más vulnerables y tienen menos opciones por lo que suelen ser los más recurridos para satisfacer los objetivos del sistema. Para los adultos, ellos son una “carga administrativa”, “un problema ajeno” y excelente medio con el cual realizar experimentos sociales con miras a imponer su voluntad. Los huérfanos, en este tipo de sociedad, son fáciles de convencer porque están solos en un ambiente donde impera la supervivencia más que la racionalidad, ellos estarán más preocupados por sí mismos, ya que nadie velará por ellos ni los cuidará. Sin embargo, sus pares con familia pueden ser mucho peores, pueden utilizar a los demás miembros para conseguir lo que desean. El egoísmo adulto es inculcado a los más jóvenes y ellos lo practican hasta sus últimas consecuencias.

El éxito de estas medidas es casi absoluto, aunque no en todas las circunstancias porque la naturaleza gregaria del ser humano todavía pervive, empero mal orientada. Los individuos se agrupan en función a intereses de conveniencias, la falta de otras opciones, la presión de circunstancias extremas, por maquinaciones de algún personaje persuasivo o por imposición de los adultos. No importa si los miembros del grupo se agraden o tengan alguna afinidad, lo que interesa es cumplir el objetivo que se trazan a pesar de que el mismo es una ilusión, una trampa más para mantener desunidos a los ciudadanos.

A veces se da el caso de que los protagonistas son los únicos sobrevivientes de algún cataclismo y están solos. No hay adultos experimentados que los orienten, se tienen a sí mismos y los pocos recuerdos felices de su vida anterior. Podría creerse que en este escenario el adulto no tienen la culpa, sin embargo, su ausencia es una metáfora de dos deseos contradictorios: la necesidad de los jóvenes de independizarse, de tener un espacio propio y probarse que no necesita de los demás para conquistar sus metas dentro de una óptica destructiva. Los jóvenes consideran asfixiante su entorno y desean hacerlo desaparecer de alguna manera.

Esto se contrasta con el deseo de atención del joven, abrumado por la falta de un contacto afectuoso con el adulto interpreta de forma magnificada que está siendo abandonado, y teme perder a quienes ama. Un mundo destruido es un símbolo de ese temor. En escenarios distintos, los adultos lo manipulan jugando con su percepción de la realidad para que cumpla una serie de objetivos sin cuestionar, razonar, quejar…

Los jóvenes de este tipo de distopía son lo más próximo a una bestia y al mismo tiempo, a un niño abandonado; sufre debido a la falta de sinceridad del adulto quien parece disfrutar atormentándolos de una forma sádica. Los adultos parecen más interesados en impedirles desarrollarse, que cultiven el pensamiento y la racionalidad conduciéndolos a un camino de autodestrucción.

En la distopía adolescente de supervivencia, está sublimado el instinto, la instantaneidad, la violencia y el abandono. El conflicto no es algo circunstancial, es introducido deliberadamente por los adultos para empobrecer su relación con los más jóvenes de manera que éstos terminen por humillarse, condenados a ser individuos perturbados e inmaduros, garantizando así el eterno ciclo -cuando los hoy adolescentes sean adultos, deben comportarse igual con las generaciones adolescentes de su futuro-. Las sociedades de este tipo carecen de un plan, meta o transformación radical que aspire a una realidad mejor, es indiferente a su suerte.

Puede que en apariencia quiera perpetuarse un sistema social inhumado, sin embargo al estar sustentado en la mentira y la indiferencia, éste se derrumbará por su propia inercia. Las rebeliones, los errores de los funcionarios o un acontecimiento imprevisto no hacen sino acelerar la destrucción del sistema sin ser esto garantía de que sus ciudadanos serán libres; todo lo contrario, ellos han sido adoctrinados en el egoísmo y la humillación llevando a sus miembros a luchar unos contra otros con miras a conquistar lo que creen les pertenece de las ruinas de ese sistema. Un circulo vicioso difícil de romper.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La ilusión de las distopías adolescentes: El escenario. (Primera parte).

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El sentimiento de fracaso del hombre moderno conduce a la incomunicación con sus semejantes-PFMS-Start Page Images.

El género distópico ha encontrado un nuevo protagonista: el adolescente; un personaje de acciones compulsivas e impredecibles, quien debe enfrentar un mundo adulto oscuro y terrible que trata de someterlo usando el miedo, la violencia y la represión. El objetivo del adulto es esclavizarlo porque lo percibe como una “amenaza” para el orden social que él ya ha establecido, lo trata como un gamberro que puede ser desechado. La idea de considerar a los jóvenes como víctimas de la cosificación social por los adultos parte del sentimiento de fracaso que agobia al hombre moderno, quien temeroso de su futuro no sabe como dirigirse a los jóvenes, está sumido en una profunda impotencia de no tener respuestas de por qué el mundo que creó y heredó “funciona” de una manera tan absurda. Teme incluso, a los cuestionamientos que harían sobre él y prefiere evadir su responsabilidad en el proceso de formación de los mismos.

Adultos irresponsables e incapaces, llevan a los jóvenes a un estado de desencanto que les impide explorar de forma racional la realidad que le rodea, manteniendo a ambas partes en una constante hostilidad. El trasfondo de una distopía adolescente -si se trata con seriedad-, es reflejar la necesidad de mejorar las basas morales y educativas que hagan sentir a los jóvenes integrados a la sociedad, denunciar su utilización con fines perversos, y exponer la situación de aquellos que se encuentran desocupados y desprotegidos por las instituciones. Hay que notar que en estas historias, los adolescentes protagonistas son individuos inseguros, vulnerables y con poca idea de cómo enfrentar la vida. Quizá sean personas excepcionales, pero vacías internamente, porque no se sienten integrados ni comprenden la rigidez de las normas impuestas por los adultos dado que los mismos, le han enseñado a temer a todo.

En este tipo de distopía queda evidente un elemento fundamental: la sociedad se sumerge en una vorágine autodestructiva que le lleva a sacrificar su propio futuro -encarnado en los jóvenes- ya que no tiene ni metas ni objetivos concretos, tampoco desea avanzar y arrastra a todos sus miembros a la decadencia. Para ello se crean gobiernos represivos, retos de supervivencia extrema, espectáculos televisivos violentos, se sobrevolara el materialismo, se fomenta el uso de drogas o se obliga a los jóvenes a participar en terribles guerras. Recrea sociedades que imponen un utilitarismo social donde todo es aparente y el auténtico móvil está oculto: la represión, la violencia y el odio hacia la juventud forma parte de un mecanismo externo que esconde el desinterés de la sociedad por cambiar.

La sociedad se hunde junto a sus miembros a la extinción, porque el hombre ha perdido todo interés en la vida, así que prefiere inmolar al futuro -los jóvenes- antes de admitir que tiene un gran problema interno. Erróneamente, los gobernantes empujan a sus miembros a la utopía en un intento por recuperar el sentido a la existencia con consecuencias desastrosas para el desarrollo mental de los ciudadanos, a quienes sumerge en la más agobiante paranoia o en un estado histérico inquietante. Los jóvenes terminan siendo unos desheredados, no tienen conocimiento del pasado o sí lo tienen está tergiversado, no saben desarrollar sus talentos de forma constructiva, viven temerosos o se ven obligados a rebelarse sin darse cuenta de que son utilizados, y su estabilidad mental es poca, volviéndolos incapaces para ocupar un puesto en la sociedad sin considerar la responsabilidad que conlleva.

Los adultos “forman” jóvenes desarraigados, con escasos vínculos familiares, hostiles, tendientes a tribalizar, a ser sugestionados con antivalores, proclives a la violencia, mentalmente perturbados e irresponsables y propensos a victimizarse, a quienes visten con el traje de héroes para justificar las acciones a las que los impulsan. En el fondo estos jóvenes mantienen severos problemas de comunicación con los adultos, no tienen una identidad propia y tratan de buscarla en el exterior, carecen de visiones constructivas del futuro, y en caso de rebelarse el único punto de vista que valoran es el suyo. La sabiduría que otorga la experiencia del adulto no les interesa.

La distopía adolescente debe tratar de reflejar la incomunicación del adulto con el joven, más que mostrar meras aventuras banales. Estas historias recrean el enfrentamiento entre el paternalismo social y una juventud descontenta que se autoatribuye una misión redentora, cuando en realidad está abandonada y desea el afecto -y atención- del adulto quien lo trata como un incordio. En las tramas podemos encontrar dos personajes importantes, que actúan como metáforas, de la mitología griega: Cronos representaría el paternalismo social violento, que odia a sus miembros y que temeroso de ser derrocado los “devora” mediante la represión, la corrupción del individuo y abandonando su responsabilidades como educador.

El adulto retratado es un ser vil quien valora más su propia existencia y ve a los demás como “inferiores”, empero en el fondo su forma de ser es consecuencia del descuido de otros adultos. No tiene sentimientos nobles, y gusta que le adulen. Es consciente de la vaciedad de la existencia que lleva aunque se niega a renunciar a ella. El otro personaje que podemos encontrar es Edipo simboliza la juventud de una distopía adolescente, ignora todo sobre si mismo y mantiene una relación conflictiva con los adultos caracterizada por los secretos, la violencia, la ignorancia y el rechazo. Desea tener una identidad, pero carece de un referente adulto y una educación concreta que le otorgue las herramientas para desarrollarla. No tiene claro cuál es su papel dentro de la sociedad, teniendo que volverse un errante o un imitador de los poco roles adultos que llega a conocer.

Termina por odiar a los adultos porque lo han dejado solo y sin recursos en el mundo, así que planifica destruirlos para construir su propio mundo que vanamente ocultará sus frustraciones. Dicho mundo no será muy diferente del que ya conoce, aunque lo niegue. Es un niño abandonado que imitará lo que considera puede ayudarle a cubrir sus necesidades, extrayéndolo siempre de la conducta de los adultos. Es inmaduro, porque no tuvo ni afecto ni educación suficiente por lo que su rebeldía será un intento de exigirle a los adultos su atención; si llega a obtener el Poder su destino será trágico porque toda su vida se sustenta en la soledad y la ausencia de relaciones sinceras, actuando de la misma forma que los gobernantes déspotas que derrocó, convirtiéndose en un Cronos aún peor que el anterior y temeroso de ser derrocado. Un ciclo pernicioso de maltrato que nunca tiene fin.

La distopía adolescente trata dentro de una dimensión futurista pesimista, el fracaso de la sociedad en educar a sus miembros más jóvenes a quienes intenta “corregir” mediante el maltrato para obtener su sumisión, más que su respeto. Los jóvenes que crecen en ambientes carentes de afecto y valores, se convierten en verdugos de sí mismos. Sin embargo, ciertos autores pretenden justificar sus rebeliones con un discurso pseudopolítico que trata de presentarlas como “un acto reivindicativo ante la indolencia gubernamental”, quien los reprime porque ellos representan el cambio, la vanguardia ante una sociedad cruel, son los depositarios de la esperanza de un mundo más justo.

En realidad, los jóvenes de los futuros distópicos son esclavos de los adultos aunque se rebelen y harán exactamente lo que ellos ya planificaron previamente. El paternalismo social nunca será humano, sino más cruel y sanguinario, su derrocamiento confirma que los adultos han triunfado nuevamente sobre una juventud abandonada, sin experiencia en la vida y alienada. Hay que recordar que los adultos de estos mundos crearon un sistema que sacrifica a los individuos, creando circunstancias extremas para lograr la mayor cantidad de muertes y mantener su lógica inalterable.

Con nuevos gobernantes, quizá se suavicen ciertas condiciones “molestas”, pero el odio de los jóvenes hacia el rol de adulto que conocen -indolente y violento- será dirigido hacia otro individuo que encaje con ese perfil. Así el sistema preserva su lógica inmoladora, con otras autoridades, pero inmutable en su crueldad. Además tenemos una juventud condicionada a destruir sin ninguna referencia de un mundo distinto al que conoce ¿como podrían ellos crear un mundo diferente? No es posible.

Sencillamente, son individuos convencidos de que su juventud será eterna y que podrán vivir con esa misma mentalidad toda la vida. Tratarán de recuperar su inocencia perdida con actividades propias de un adulto sin tener una madurez mental para comprender ese rol, condenándolos a vivir en el autoengaño.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La fascinación por los escenarios apocalípticos.

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El apocalipsis es una fantasía destructiva sin sentido-PFMS-Start Page Images.

Uno de los temores inherentes de la humanidad es que toda su existencia tenga un final trágico; pensar que el esfuerzo de tantos siglos pudiera concluir sin siquiera haber una manera de evitarlo, es algo que aterra. No obstante, la humanidad ha desarrollado una increíble capacidad para sobreponerse a las circunstancias más extremas y su ingenio ha vencido muchos de los peligros que antes parecían insuperables. Actualmente, la posibilidad de que la civilización sufra un gran revés no depende de hechos imprevistos, sino de la misma voluntad humana, el poder de decidir cuál rumbo tomar lo determina la misma especie, pero el miedo fruto de la incertidumbre en que se encuentra el mundo y la desconfianza hacia su propia capacidad de unirse para lograr una sociedad mejor, hace considerar seriamente un destino fatal para si misma.

De allí radica un morboso interés por los escenarios apocalípticos, quizá como un medio inconsciente de “liberarse” de las responsabilidades adquiridas al vivir en sociedad. El individuo desea renunciar a vivir de forma civilizada porque cree sentirse incapaz de controlar su propio destino, piensa que su suerte no depende de sus esfuerzos sino de voluntades ocultas que controlan la realidad social. Si la sociedad desapareciera, si todo ese entramado de normas en las que ya no cree ni entiende no existiera podría ser el mismo, tal como siempre lo ha imaginado, pero no ha podido lograrlo porque siente que las presiones del entorno le inhibe hacerlo.

Ciertamente tal pensamiento es absurdo, históricamente los pioneros de los cambios han sido protagonizados por individuos excepcionales que sortearon obstáculos enormes, así que excusarse en el medio para no actuar de forma diferente es una forma efímera de tratar de escapar de la realidad. Lamentablemente, los individuos alienados prefieren aceptar que es un factor externo la causa de su propia impotencia por no lograr un objetivo en la vida. No se niega que el mundo pasa por momentos complejos e incompresibles, más eso no es sinónimo de que la humanidad sea maligna por naturaleza.

Los individuos que piensan así alimentan una fantasía de la cultura popular que seduce, aterra y fascina aunque carece por completo de un sustento. Los escenarios apocalípticos alimentan la falsa certidumbre de que el mundo concluirá de todas maneras, aunque no sea a corto plazo, promueve la indiferencia hacia el prójimo porque el creyente piensa que es un individuo especial dado a que no teme al futuro, no se aferra a nada ni valora los vínculos afectivos de su vida viendo con desprecio y burla a quienes piensan diferente. Se sublima la idea de que el ser humano es torpe e incapaz de preveer las consecuencias de su progreso el cual, según esta mentalidad, lo condenará a su destrucción porque no existe confianza en él o porque se cree que el avance es un engaño.

El miedo hacia el futuro, hace interpretar la realidad como algo repetitivo. La rutina no es algo que parte de nuestras acciones, sino de una imposición que aceptamos y la vida urbana se torna asfixiante. Si bien, el mundo actual es abrumante no quiere decir que no existan soluciones ni personas dispuestas a hacer la diferencia, en realidad estamos tan obcecados que nos hemos conformado con solo un punto de vista: el que nos dice que todo irá mal y nuestro esfuerzo por muy grande que sea no cambiará nada. Las personas convencidas de ello fantasean con el colapso del orden establecido, como una forma de eximirse de sus responsabilidades ciudadanas y están vulnerables al mal, porque no están dispuestos a escuchar a su conciencia, sino a sus miedos.

Las fantasías sobre el fin del mundo, las distopías post-apocalípticas, el error científico que conduce a la destrucción del planeta, las guerras mundiales o el colapso por fenómenos cósmicos imprevistos… son escenarios harto explotados por los distintos medios de entretenimiento, siendo pocas las historias que promueven una reflexión crítica sobre la realidad contemporánea. Más bien se sublima el temor hacia la misma raza humana, la desconfianza hacia la posibilidad de construir un mundo menos hostil, se promueve un culto a la depravación, y alimenta la seudociencia.

Si vemos el origen sobre la mentalidad apocalíptica, veremos que se sustenta en el miedo hacia el futuro y la visión pesimista del género humano. Los cambios sociales drásticos que suscitan “choques” entre los valores tradicionales y las nuevos modos de vida tendientes a un individualismo carente de una moral al servicio de la sociedad, sino a defender la satisfacción personal, pueden avivar deseos destructivos de quienes sienten amenazados su modo de vida. La hostilidad de ambas posiciones bien podría polarizar a una sociedad hasta agotar el talento de sus integrantes, que hartos de la falta de soluciones, prefieren entregarse a una suerte de inercia colectiva que dicta dejar que todo se dirija hacia el caos.

De suceder ese acontecimiento, la moral no tiene importancia sino la fuerza y las conductas desinhibidas, afortunadamente esta posibilidad se torna más lejana porque las tendencias apuntan a que las sociedades prefieran solucionar sus conflictos sin llegar a la autodestrucción. Desafortunadamente, la sociedad global no renuncia al hábito de avivar las conductas irracionales y alimentar los temores de la ciudadanía, quienes se sumergen en el ostracismo individual, porque siente una enorme impotencia que no saben canalizar, que paraliza e impide pensar coherentemente. Tal promoción de esas conductas, son producto de decisiones irresponsables que a la larga acentúan los conflictos sociales porque se ha perdido la fe en la conducta civilizada.

La fascinación por los escenarios apocalípticos, es otra expresión preocupante de irracionalidad humana que revela las intenciones subconscientes de una colectividad perturbada y confundida, una colectividad que no desea vivir porque se siente incapaz de actuar para cambiar su situación interna. Sobre todo, es una colectividad que desea desinhibirse, entregarse a la autodestrucción y no tener que preocuparse más por sí mismo, sino sumergirse en la más grotesca decadencia al considerar que todo lo que creía ha perdido sentido.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x