El mito del robot asesino.

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Terminator: The Sarah Connor Chronicles, la humanidad tiene una imagen destructiva de un robot-PFMS-Start Page Images.

Popularmente se tiene la creencia de que toda Inteligencia Artificial iniciará una rebelión en contra de la humanidad. Atribuimos una imagen maléfica a esta tecnología, como si fuera el nuevo azote de un futuro próximo. La mayoría de las obras de ciencia ficción -en especial, las cinematográficas- tiende a mostrarnos a ejércitos de autómatas asesinos aniquilando todo ser viviente en la Tierra. Sean creados por los humanos o por otras entidades, ellos parecen estar “poseídos” por un deseo nato de imponer la lógica de lo artificial en detrimento de lo natural, inspirados en un absurdo concepto supremacista, que dicta como “ideal” la perfección, el orden, la replicación monótona y el control. Hemos constituido un culto negativo hacia la tecnología desvinculando sus aspectos destructivos de la susceptibilidad humana al mal.

Como muchos no poseen el suficiente conocimiento técnico o el interés de vertebrar coherentemente la información que recibe del exterior, es fácil que el miedo se adueñe de su buen juicio y forme preconceptos disparatados sobre la Inteligencia Artificial. A veces ni siquiera es miedo, sino falta de seriedad al tratar el tema, frecuentemente el humor le resta credibilidad a esta tecnología manteniendo a muchos en la indiferencia o reducir sus opiniones al mero cotilleo anodino o a lo presentado en películas. Y también están los que mantienen posiciones ultraortodoxas que predican rechazo hacia el progreso, porque implican cambios en todos los modos de vida y algunos no desean eso, dicha posición a veces está mezclado con resentimientos sociales, concepciones apocalípticas sobre el destino humano o pseudociencia.

La causa principal de ver a la automática como un enemigo, radica en la falta de fe en el progreso humano, punto de vista que considera que la tecnología no ha mejorado la vida humana, sino que la ha empeorado. Paralelamente, existe cierto fundamentalismo tecnológico que considera “peligroso” que el desarrollo de la tecnología dependa de grupos reducidos y monolíticos, cuyos intereses económicos están por encima de la ética científica.

Así la desconfianza del ser humano hacia si mismo, conduce a creer que la tecnología se “hartará” de servirnos, porque interpreta como “primitivo” nuestra incapacidad de armonizar con nuestros semejantes. La lógica del chip es maligna, viene a desterrarnos de la Tierra porque no somos capaces de desarraigarnos de nuestro afán por ser dioses en vez de primero aceptar que somos simples mortales, lo que obliga a que un “poder superior” -en este caso la tecnología- “nos castigue por nuestra osadía”. Irónicamente dicho poder es obra de los hombres, darle una connotación seudodivina que tenga como función martirizar a la humanidad por sus yerros, es absurdo y propio de una mentalidad anticientífica. Toda creación humana tiene impreso nuestro talento -con sus limitaciones y omisiones- por lo que si algo falla, no es obra de un “castigo divino” sino de un hecho imprevisto, comprobable, el cual puede remediarse.

La robótica no es inmune al rechazo de posiciones intransigentes. Esta tecnología siempre se ha presentado como el “reemplazo infalible del ser humano”, nosotros somos imperfectos porque no somos ordenados ni coherentes, en cambio ellos, son desarraigados de muchas características que interpretamos como molestas. Dicha postura no entiende que nadie crea una máquina para que sea más humana, sino para que cumpla lo más eficientemente posible una función dentro de la sociedad, sobre si un robot podría obtener una conciencia tan evolucionada como para superarnos o considerarse humano, puede decirse que es un tema más propio de la especulación que un hecho tangible. Generalmente concebimos la superioridad de un robot en aspectos cognitivos, analíticos o de eficiencia para realizar una tarea porque nos interesamos en ello, es creado para desempeñar una función, no de aspirar un reconocimiento de parte de nosotros que lo acredite como ser viviente.

Sin embargo, existe ciertas corrientes de pensamiento científico quienes consideran inevitable el ser sustituidos por nuestras creaciones. Casi todas parten de un precedente robótico, que se fusiona con otros aspectos de la vida biológica o sintética y elimina la “pureza” de lo que se conocía como humano.

Tal consideración parta de cierto cansancio de la existencia por parte de la humanidad, agotada de lidiar consigo misma, incapaz de unirse en un gran proyecto colectivo que realmente lo dignifique como ser, frente a su propia mezquindad prefiere embarcarse en una arriesgada empresa en donde da lo mejor de si misma -a modo de legado- a otra entidad más perfecta y evolucionada internamente que realmente cumpla con la meta de construir un mundo utópico. Depositar en otro lo que no puede lograr. El dotar de algo parecido a humanidad a un robot, no se correspondería ni siquiera a un programa, sino a la aspiración del ser humano de tratar de lograr empatizar con sus creaciones para que éstas no sean reducidas a ser meras herramientas reemplazables por el determinismo tecnológico.

Lograr inventar máquinas capaces de conseguir una intimidad notable con la humanidad es una empresa que no parte necesariamente de postulados científicos, sino existenciales. El gran dilema que tiene el ser humano es que no se siente a gusto consigo mismo, ni confía en sus semejantes, por lo que ser acompañado de robots capaces de lograr una conexión emocional profunda que borre las fronteras de lo funcional y técnico hasta lograr una relación más “auténtica” como la humana, seria un remedio para su soledad en el Universo del Ser. Sería una experiencia cercana a sentirse un Dios quien concibe seres únicos, puros, de emociones cándidas e incapaces de “contaminarse” con el odio o la corrupción moral.

Frecuentemente, olvidamos que un robot es una máquina y debe cumplir funciones propias a su naturaleza de creación. Los autores de ciencia ficción más serios saben eso, pero al humanizar a los robots en sus relatos sólo quieren simbolizar algún aspecto de la humanidad, -el miedo, el odio, las aspiraciones utópicas- siendo necesario entender su visión como un reflejo de nosotros mismos, no como el ideal del ser de un autómata. Desafortunadamente, este simbolismo del robot ha sido desvirtuado y tomamos en serio arquetipos de autómatas que están muy lejos de la realidad, omitiendo la interpretación que cada grupo humano le da a ellos.

El imaginario popular ya sugestionado con humanizar a los robots, toma en serio posibilidades irreales carentes de un adecuado respaldo científico. Como somos propensos a aceptar más rápido emociones negativas, la predica catastrofista sobre los robots es fácilmente asimilable por los ciudadanos siendo incapaces de juzgar objetivamente quien es responsable durante un incidente que involucre a un robot o de cuando se están mal empleando. Habría que estudiar la robótica no nada más con la óptica humanizada que tenemos de ellos, debería incluirse la parte científica, social, funcional y técnica para desarrollar una visión más acorde a lo real contrastándolo con la ficción para darnos cuenta de las ideas erróneas que tenemos.

El fantasioso ejército de autómatas asesinos destruyendo a la humanidad, recorriendo las ruinas de nuestras ciudades, deseosos de satisfacer sus instintos destructivos no pasa de ser una metáfora -mal interpretada- de como el mal uso de la tecnología podría conducirnos a nuestra autodestrucción. Una tecnología sin ética ni moral, irrespetuosa de la vida humana no sería obra de unos robots enloquecidos que se creen dueños de la Tierra, sino de una humanidad envilecida, incapaz de enfrentar la vida con sinceridad.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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