El culto a la venganza.

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La venganza nunca es sinónimo de justicia-PFMS-Start Page Images

Aunque la mayoría de las sociedades constituidas tienen sistemas judiciales que garantizan el orden, todavía impera en la mentalidad popular el aprobar la venganza como un medio “reivindicativo” para resarcir un agravio. Existe la errónea creencia de que aun cuando se aceptan leyes que garantizan la justicia, las mismas no son necesarias en momentos concretos de la vida social. Son momentos donde la ira más profunda se adueña del alma del individuo hasta límites insospechados y busca proyectar su rencor hacia la fuente que estimuló ese sentimiento destructivo. A pesar de que sabemos de la futilidad de la venganza, siempre encontramos un contradictorio mensaje que invita a su práctica partiendo de la premisa de “devolverle al otro lo que se merece, a causa de un agravio ocasionado por una acción maliciosa en mi contra”.

En la idea de “cobrarle” al otro por dicho agravio, confluye otros errados pensamientos y sentimientos como un perverso Complejo de Víctima que manipula la opinión de otros para contar con su respaldo aun cuando la veracidad de los hechos no se ha comprobado. La insatisfacción personal que a veces invita a cierto tipo de personas a desahogar su descontento y frustraciones hacia los demás o se hace cómplice de actos punibles por simpatías morbosas hacia quien interpreta como “víctima” de otros. Las convicciones morales erróneas que amparándose en ideales utopistas, la corrupción e ineficacia de las instituciones o la efervescencia social considera “correcto” la toma de la justicia por parte de los ciudadanos, porque se cree que no existe otra opción para impartirla de forma equitativa para todos.

Así vemos como individuos cuestionables reducen la sociedad al barbarismo, llegando a limitar la actuación de las instituciones encargadas de impartir justicia y negándose a aceptar la necesidad de que los hechos punibles sean investigados y sancionados metódicamente. Simplemente se acepta una “denuncia” y supuestas pruebas -muchas veces falsas y mal sustentadas- para castigar desproporcionadamente a quienes “violen la ley”.

Tales acciones al ser sistematizadas permiten que cualquiera pueda “castigar” como desee a otro y no ser sancionado por sus actos ni cuestionado si se equivoca, porque a satisfecho su necesidad de demostrar a los demás “que él no es un tonto ni se deja intimidar ante un desadaptado”. Por supuesto, muchas veces quienes se vengan pueden aprovechar la laxitud social para conquistar otros fines, la mayoría de las veces, el objetivo es el Poder Absoluto. Ese escenario podemos encontrarlo en los discursos de lucha de clases y de grupos antagónicos que culpabilizan de todo sus males al contrario, se les deshumanizan y atribuyen falsos crímenes, no hay posibilidades de reconciliación ni convivencia concluyéndose necesario su destrucción como un “acto justo”. En el peor de los casos, patriótico.

A veces la cohesión de grupos es tan fuerte que, se consiente la venganza porque los afectados no son elementos aislados, sino que le pertenecen al colectivo que integran; interpretando un agravio como un acto que perturba de forma funesta su equilibrio interno por lo que se considera permitido reprender severamente a quien lo cometió. Hay ocasiones en que las sociedades ceden ante la venganza, y quienes deben hacer cumplir la ley actúan como si no estuvieran sometidos por ella porque se amparan en el permiso implícito que le otorgan la sociedad. Por ejemplo, cuando toda la ciudadanía se siente vulnerable ante una “amenaza común”, que se cree puede poner en peligro los cimientos mismos de la sociedad está vulnerable a volverse cómplice de hechos cuestionables hasta el punto de callar. Su silencio es menester para mantenerse a salvo de esa amenaza, aun cuando los métodos para aplacarla sean amorales.

Claro es, que siempre se recurre a comparar la desgracia propia con la ajena -el que es afectado por la venganza-, siendo testigos de una vorágine de justificaciones que nunca contemplan los hechos de forma localizada, sino como una confrontación total entre dos opuestos irreconciliables. Una batalla que concluirá cuando el contrario -o alguien parecido- sea exterminado definitivamente, porque ambas partes nunca reconocen que son victimas de ideas erradas que les impulsa a tomar decisiones equivocadas ni creen que sus motivos sean incorrectos, solamente quieren cumplir sus metas sin importar cuanto daño hacen.

Este escenario tan complejo suele ser simplificado en las tramas de muchos relatos de ficción, pero -según el contexto cultural de cada país- no actúan como medio para explorar la psique humana y conocernos mejor como individuos -meta lógica del arte-, sino que actúa como un “manual” para que los afligidos encuentren una falsa inspiración moral con la cual “cobrarse una afrenta”. La ficción ha creado -justificando la permanencia de la venganza- las figuras como: el antihéroe, el justiciero, el vengador o vigilante, los policías “rebeldes” o extraños individuos pertenecientes a organizaciones paragubernamentales quienes se atribuyen la misión de erradicar de la sociedad todos aquellos individuos que consideran “indeseables”. Individuos al que se creen moralmente superiores y eficaces para proteger al inocente.

Las motivaciones personales de estas figuras parten de la pérdida, el sufrir un agravio, un pasado traumático, la percepción de que las instituciones no son capaces de impartir justicia de manera contundente, la necesidad de superar el sentimiento de indefensión al que es sometido el ciudadano ante las presiones sociales o por querer “cobrarle” a la sociedad alguna frustración. Aunque los personajes son disímiles, comparten varios aspectos comunes: un total rechazo hacia las instituciones, no creen ni confían en la autoridad y tampoco creen que ellas sean necesarias, son faltos de piedad y de respetar los derechos de los demás, son negados a aceptar que no hacen lo correcto, siempre se justifican en que lo sufrido por ellos es irreparable y por eso deben vengarse, son violentos y gustan de presumir de su brutalidad.

Buscan el apoyo de otras personas vulnerables emocionalmente, que hayan sufrido algún agravio de manera que cuenten con su colaboración mediante la manipulación. Las tramas siempre tienden a exacerbar su efectividad matando a quienes les han hecho daño y así magnificar su violencia. Muchos autores se explayan en justificar la crueldad de los protagonistas mostrando a las autoridades como entes corruptos, ineficientes, exageradamente burocratizados, incapaces de imponer el orden conforme a la ley.

Puede llegarse al extremo de presentarlas como entidades molestas, que estorban. Otras veces las autoridades cooperan con ellos consintiendo los métodos inhumanos de estos personajes, apoyándose en que pueden entrar en lugares en los que la autoridad no puede, pero presentando su colaboración como un “pacto” en donde se acuerda su libertad a cambio de sus servicios. Muestran la incapacidad de las instituciones en tan altos niveles que deben pactar con individuos amorales para frenar las actividades ilícitas. No está muy claro porqué la venganza, planteada de esa manera, ha evolucionado hasta parecer un tema político o por lo menos de propaganda política, empero es evidente que ya parece una especie de manifiesto de tintes anarquistas: la glorificación de la barbarie.

La venganza no es un tema banal, es algo muy serio que merece un análisis concienzudo, donde no se justifique a quienes se dejan arrastrar por ella, sino que se explore sus orígenes para desarrollar estrategias con miras a prevenirla.

Sobre todo, es necesario que los ciudadanos comprendan la falsedad inherente con que a veces se quiere convencer de aceptar la venganza como el “último recurso”, jamás la venganza debe tan siquiera ser considerada como un recurso.

Debe enfatizarse que la venganza es otro camino hacia la perdición…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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