El culto al mal.

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La cultura popular banaliza la figura de los criminales-PFMS- Start Page Images

Dentro de la cultura popular existe una tendencia a admirar el mal, a considerar fascinante la vileza de algunos personajes, tanto reales como ficticios, porque muchos lo consideran un “ideal”; individuos que hacen lo que quieren sin cohibirse ni sentir remordimiento alguno. Personas incapaces de cuestionar sus propias acciones, quienes arremeten contra todo lo establecido, porque les place perjudicar a los demás. La cultura popular promueve la aceptación de estos comportamientos amparándose en la tesis de querer conocer el punto de vista del otro, lo que es poco conveniente saber a través de esa vía, pero ese interés viene acompañado de una ausencia de objetividad que termina justificando los delitos de ese otro. Los grandes delincuentes -por ejemplo-, no son tratados como tales, sino como “victimas desafortunadas” de una lógica social “que los convierte en tales”, sin tomar en cuenta las motivaciones de por qué decidieron serlo.

Así vemos como antihéroes, criminales, personajes perversos, inadaptados sociales, ciudadanos con convicciones morales cuestionables e individuos marginales incapaces de lograr un equilibrio interno, son glorificados. Su imagen negativa, es trocada para presentar una más “amable” que pueda aceptar el público (¿?), desvirtuando su naturaleza delictiva y minimizando la gravedad de sus acciones punibles. El mensaje que envían a la sociedad es contradictorio: tratan de destruir la estructura moral, imponiendo un olvido de conveniencia sobre sus acciones para ganar indulgencia, hacer creer que sus delitos no tienen importancia porque eso ocurrió en una etapa donde “no sabía lo que hacia”, “porque tuve un arrebato de locura o porque “era muy joven para medir las consecuencias de lo que hacía”.

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The Punisher, individuos renegados y al margen de la ley, pueden distorsionar su inagen para obtener aprobación de la ciudadanía-PFMS-Start Page Images

Tratar de ampararse en estados emocionales desequilibrados con miras a obtener el perdón de los demás, empero sin reconocer sus errores. En caso de admitirlos, no partirá de un auténtico arrepentimiento, sino de una mera conveniencia que le permita algún beneficio, apelando a un hipócrita discurso lleno de lisonja que deliberadamente ignora sus victimas y obtiene la empatía de un público emocionalmente “acondicionado” a disculpar sus faltas, sin sopesar su responsabilidad individual ni la gravedad de sus crímenes.

El mal termina siendo considerado como un conflicto de intereses, que puede arreglarse mediante acuerdos legales, como si fuera un simple acto burocrático donde se ignora deliberadamente el daño causado por quienes lo practican. Pareciera que la humanidad quisiera otorgarle atenuantes a la parte más lamentable de su esencia, como si concluyera que es imposible vencer al mal, terminando por resignarse a verlo como una abstracción. Interpretamos a quienes cometen una infracción no como personas que hacen algo malo, sino que simplemente “rompen la rutina, atentan contra el buen funcionamiento del sistema social por mera disconformidad pasajera”.

La búsqueda del perfeccionamiento interior, es desplazada por la urgente necesidad de conseguir el placer, la satisfacción inmediata de “mis necesidades por encima del respeto que merecen los demás”, quiere ser reducido a un “problema de insatisfacción personal” no como síntoma de estar permitiendo ser corrompido por el mal. Actuar conforme a la moral y las buenas costumbres se entiende como un anacronismo, mientras llevar una vida licenciosa es aprobado; la trastocación de los valores que resalta lo negativo como algo “aceptable”, lo opuesto es considerado ortodoxia.

Las conductas abiertamente inadecuadas, las tendencias sociales perjudiciales que deben ser manejadas de manera seria -sin banalidad, ni complejos de víctimas-, se “perdonan” bajo la excusa de que “los tiempos son otros y hay que aceptar la modernidad”, a pesar de ser promotora de hábitos dañinos. Podría decirse que hubiese un deliberado relajamiento de los controles sociales en beneficio de dichos hábitos, de manera que todos puedan satisfacer sus deseos perturbados, no promoviendo conductas aspirantes a la superación de la conciencia humana sino su progresivo envilecimiento. Así la autoridad, lejos de ser garante de orden y paz, en beneficio del bienestar ciudadano termina siendo un “aprobador” compulsivo de comportamientos perniciosos, mismos a los que le establece “límites” legales para dar una falsa impresión de armonía social.

Pareciera que el ser humano contemporáneo, no le importa el bien ni aspirar a la grandeza de ser un ciudadano digno, un promotor de la bondad humana sino convertirse en un hipócrita obsesionado en practicar el hedonismo atropellando al inocente, los valores humanos y el respeto. Los desequilibrios sociales, ya no son solo materiales sino morales; de nada servirá que una sociedad tenga o no calidad de vida si se tolera al mal y se niega la promoción del bien entre los ciudadanos. Tarde o temprano creerán que “pueden hacer lo que quieran”, apelaran a sus bajas pasiones para imponer no un orden sino un ambiente de anarquía que trastoque el sentido de las palabras, amparándose en absurdos complejos de victimas, insatisfacciones personales y sentimientos negativos.

El mal -dentro de una definición sociológica- aspira al caos, a la desintegración de la hermandad entre los seres humanos, perturbar los valores de la sociedad, permitir la violencia y el crimen e imponer un régimen de oscuridad. La indiferencia hacia el mal, no es exclusivamente, no hacer nada cuando se debe obrar conforme al bien, también comprende la falta de constancia en predicar el bien sin caer en dogmatismo, y el ignorar deliberadamente sus efectos sobre la sociedad.

Bien podemos creer que, una sociedad más “libre” no es propensa a ser permeada por el mal más no es así; el mal podría actuar en ella camuflado en conductas interpretadas como “inofensivas” hasta destruir las bases mismas de su equilibrio, un ejemplo está en la actual industria del entretenimiento, en muchos de sus productos podemos encontrar bastantes mensajes negativos, pero no son sancionados debidamente porque sus creadores se amparan en un interpretación licenciosa de la libertad de expresión y creación, a proteger sus intereses económicos y la apelación del apoyo de masas de consumidores fanatizados. Ese fanatismo es una muestra evidente de que estamos siendo permisivos, sin admitir lo peligroso de los contenidos difundidos en un empeño absurdo de obtener un beneficio aprovechando la falta de juicio de los demás. Eso es actuar conforme al mal.

Sin embargo, ¿de dónde surge esa devoción por el mal? La primera razón radica en la interioridad de cada ser humano, si bien no podemos establecer una definición global de cómo o por qué cada persona es distinta, si podríamos identificarse algunos patrones comunes: la humanidad contemporánea vive presionada por torrentes de mensajes que buscan su aprobación, son sintetizados y acondicionados para que ella “actúe” conforme una voluntad superior que ni siquiera siente cercana. Tales mensajes le condicionan el cómo interpretar la realidad física, una virtualidad le dice cómo debe ver lo que ella misma puede conocer con su propia experiencia determinándola para su futura interpretación. Ante la falta de una referencia física sólida, las personas pueden dejarse seducir por tales mensajes, siendo muy fácil para el mal camuflarse a través de ellos.

La segunda razón esta en el sentimiento de desamparo que tiene el ciudadano actual, siente que la corrupción se está apoderando del ambiente social y no hay discurso ni ideología a la cual aferrarse para constituir -o reconstruir- una moral superior con la cual vencerla. El desgaste de la política deviene en nihilismo, impera la desconfianza hacia las instituciones depositarias de los valores que el aceptó por lo que interpreta que no vale la pena seguir creyendo en ellos, convirtiéndose en un amoral de conciencia, susceptible de sucumbir ante el mal.

La tercera razón, es la distorsión deliberada de los valores humanos, está imponiéndose los antivalores como un modo de vida “aceptable”, al mismo tiempo se construyen barreras hacia las generaciones pasadas, a rechazar conocer el pasado -desprovisto de manipulaciones- para aprender de él. Seguir un comportamiento decoroso, es interpretado como “pacatería”, sinónimo de inhibición o de ser ultraortodoxo aun cuando no es así. Los antivalores promueven el desenfreno, la irresponsabilidad y la actuación antisocial, dicta que la mesura y una vida bien organizada no es viable. Convence, a quien los abraza, de ver libertad en donde solo existe esclavitud, por lo tanto, ciertas tendencias que son interpretadas como sinónimos de “conquistas sociales” pueden ser una forma solapada de permitir el triunfo del mal y conducirnos a la decadencia.

La ciudadanía no puede estancarse con la idea de que la práctica del bien es algo arcaico, sin el bien el progreso humano no sería posible, la especie viviría en un estado de absoluto primitivismo. La distinción del bien y el mal dependen de nuestro libre albedrío, pero también debemos saber que nuestra conducta refleja hacia dónde se inclina nuestra voluntad y qué tan sólida es la moral que poseemos para no ser corrompidos por el mal.

Rendir culto al mal es permitir la aniquilación de la conciencia humana.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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