¿Cómo la sociedad contemporánea moldea un rebelde?

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Las sociedades incuban redeldes ante la incapacidad de resolver sus propias contradicciones-PFMS-StartPage Images

El ser rebelde es solamente una etapa temporal, un momento de disconformidad pasajera, que puede racionalmente solventarse una vez identificada la causa de tal actitud. No obstante, las sociedades tienden a alimentar la necesidad de sublevarse cuando no son capaces de resolver contradicciones evidentes, porque existe una alta polarización social, para discriminar a otros considerados distintos o por simple moda. Crear una falsa imagen subversiva, conductual y estéticamente transgresora, que haga sentir en sus simpatizantes la sensación de poder vivir al margen de la sociedad sin temor a las consecuencias, porque según el ethos del rebelde: aceptar un modo de vida estable es aceptar “ser esclavizado por el sistema”. Pues, creen que: “Quien es rebelde debe estar en constante conflicto con el orden y contra cualquier rol establecido, el que piensa de forma distinta debe confrontar radicalmente contra la autoridad”.

Las opciones pacíficas no son de su agrado, las consideran absurdas, como síntoma de ser “blando”, cuando la rebeldía predica el ser fuertes para ser libres (¿?). El culto a la fuerza es una constante en su discurso. A pesar de que nació en la sociedad, aspira a vivir fuera de ella, su utopía es eliminar su existencia porque cree que ella lo quiere controlar para anular su voluntad individual; nunca presenta una alternativa social viable para mejorar su entorno, lo único que quiere es hacer lo que le plazca y no desaprovecha la oportunidad de hacerlo notar con su actitud. Pero, a quien odia más es a las figuras de autoridad, no cree ni confía en ellas, tampoco considera que sean personas quienes ejercen dicho rol, para él son estorbos en la búsqueda de la libertad individual y elementos represivos que temen a la innovación, al cambio que dice encarnar en su figura.

Los jóvenes pueden sentirse muy identificados con ellos, porque coinciden en su “rechazo a la autoridad”. Erróneamente la cultura popular considera que los jóvenes al ser garantes de la innovación y de las nuevas ideas, deben sublevarse contra el conformismo impuesto por los que consideran “unos adultos ortodoxos, amorales, incapaces de actuar conforme a una ética respetuosa”.

Según este postulado: “los jóvenes crecen en un mundo hostil y violento, porque los adultos que lo dirigen son crueles e incapaces. Han impuesto dogmas históricos que deben ser suprimidos, para ello deben rebelarse frontalmente contra lo establecido de forma destructiva y anárquica”, vivir en permanente cuestionamiento a todo sin presentar argumentos sólidos y ver en la realidad cotidiana una conspiración. Tal posición parte de la disconformidad interna del ser humano contemporáneo quien siente asfixiante la realidad cotidiana: la monotonía, la necesidad de ocupar un rol, la falta de fe en el progreso y la sensación de sentirse estafado por la dirigencia política le hacen sentir impotente, angustiado porque a su juicio no tiene una certeza de que las cosas mejorarán. La percepción pesimista de la realidad, empuja de forma subconsciente al ciudadano a desear un “salvador”, alguien extraordinario que le devuelva el sentido a su existencia y los hace a su vez, confundir la decisión ideal para elegir un cambio en su entorno o sociedad.

Tal aspiración a un mesías, sumado al sentimiento de disconformidad, fácilmente implosionan, cuando existen circunstancias específicas pero transitorias, porque explota sentimientos reprimidos, los cuales el individuo desea liberar para alcanzar su satisfacción. Lamentablemente apoyar a un rebelde implica renunciar a obrar conforme a los valores humanos universales, regirse por un “código moral” simplón, difuso y ambiguo el cual privilegia la necesidad de exteriorizar sentimientos negativos, más que ideas concretas. La imagen popular que se tiene de una rebelión es creer equivocamente, que el triunfo de una nueva corriente de pensamiento debe ser a costa del sacrificio de muchas vidas, así como de la destrucción inmisericorde de todo lo que represente el “viejo orden”, nunca existe el interés de preservar el pasado para conocer la objetividad de los hechos, sino de tomarlos como excusa seudo moral para derrocar una “estructura social caduca”, según el juicio de unos pocos.

Falsificando las etapas de la historia humana, el llamado a la rebelión insta a actuar como individuos de otra época, completamente alejados del presente que aspira a solucionar los conflictos mediante el diálogo. La revuelta tratan de mostrarla siempre como una gesta heroica, una suerte de lucha de clases, donde los que están “abajo” deben castigar a los de “arriba”.

Los de “abajo” son: “el futuro soñado de un “mundo mejor”, son la vanguardia moral destinada a salvar a la humanidad de la esclavitud y la opresión de una élite corrupta, críptica, dispuesta a comentar los más abominables crímenes para preservar sus intereses”-según sus conceptos-. La realidad para los rebeldes consiste en una lucha sin descanso -de corte maniqueísta- contra todo lo que signifique opresión, encarnada en la figura del orden establecido, al que consideran la causa de todos los males humanos. Son expertos en la propaganda directa que explota los ideales humanos con fines políticos, sembrando una falsa expectativa de éxito. Jamás admiten que la naturaleza humana es compleja y difícil de comprender, aunque mediante el conocimiento y la cultura puede tratar de llegar a una aproximación sobre ella. Todo lo contrario es el pensamiento rebelde, considera al ser humano como una víctima que debe ser reivindicada mediante la insurrección.

Fácilmente, podemos encontrar la causa de dicho pensamiento dentro del entorno social: el ser humano no asume la responsabilidad histórica de sus actos, sino que prefiere buscar a un culpable para desviar la atención de sus propios errores; ese culpable siempre está afuera y mejor aún, sí éste no tiene características humanas, porque así convence a sus semejantes de que un Demiurgo maléfico es responsable de todas sus tragedias. Los ciudadanos contemporáneos consideran trágico su presente, porque ven severos retrocesos en su calidad de vida y libertades políticas, sublimando la oscura fantasía de futuros distópicos donde la individualidad y el libre pensamiento es reprimido por fuerzas colectivas uniformantes.

Así, la percepción de pérdida de libertad puede ser un detonante para idealizar rebeliones populares que aspiran a conquistar una libertad difusa, en realidad tal acción provocaría mayores conflictos y aunque triunfase, solamente eliminaría a aquellos elementos que coartan la libertad en ese momento, facilitando así, el paso a nuevas formas de opresión e incertidumbre.

Las acciones colectivas precipitadas nunca significan que tengan la razón ni menos que estén comprometidas con el respeto al individuo, por ello la política ha evolucionado del mero culto a la fuerza a una diplomacia que privilegia el diálogo. Por lo tanto, la cultura popular se aferra a un rebelde, porque no se siente segura ni confía en la autoridad, no cree en sus propios valores, porque interpreta que serán empleados a conveniencia, y al ser incapaz de saber encausar su desencanto hacia la realidad social, prefiere alimentar fantasías épicas con tintes seudo políticos que siempre degeneran en violencia, caos, destrucción y atraso social.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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