Los rebeldes cinematográficos.

Los juegos del hambre 1
The Hunger Games, el cine actual inculca un absurdo modelo de rebelde-PFMS-StarPage Images.

La imagen del rebelde es objeto de idealización, que se torna enrevesada con los cambios sufridos por las sociedades, no obstante ciertos elementos comunes perviven sobre este personaje y siempre serán el punto de partida para su construcción colectiva: es un personaje inadaptado, no está conforme con lo establecido, en algunos casos trata de organizar una insurrección, es influyente y nunca pierde la ocasión para comunicar su punto de vista, tiende al extremismo, y siempre confronta con la autoridad. Obviamente, el ser considerado un rebelde es más bien un término peyorativo, utilizado irresponsablemente para catalogar a cualquier pensamiento disidente o comportamiento díscolo, aún cuando sus causas sean reversibles y comprobables.

La rebeldía, es un fenómeno pasajero producto del rechazo hacia algo externo, mismo que no admite concesiones, pero los ciudadanos junto con la cultura popular siempre deidifican esa postura porque los impulsa la irracionalidad y la falta de una correcta canalización de su descontento hacia el entorno social. En la figura del rebelde, se excusa el ciudadano para no admitir su responsabilidad en los conflictos sociales, simplemente considera que es una “víctima” de una forma de gobernar o pensar enajenante y por ello debe sublevarse contra todo. Irónicamente en etapas previas, la ciudadanía vive ensimismada e indiferente a su entorno, no le interesa participar ni opinar, sino cuando alguna “calamidad” la obliga a despertar violentamente del “letargo”, cuando eso sucede no invoca a los más sabios sino a los más apasionados y virulentos quienes los llevarán al fracaso.

Esta conducta es algo meramente emocional, puede organizarse, sustentar un discurso convincente para influir. Sin embargo, siempre lo hará desde la emoción no desde el pensamiento, la racionalidad, desde donde realmente se debe juzgar cómo interpretar la realidad. Sí domina la emoción, el pensamiento será sometido por la fuerza y la violencia será aprobada por la ciudadanía bajo la falsa creencia de que así será reivindicada. Un grave error, porque la civilidad no puede ejercerse donde prospera la barbarie, no podemos considerarnos civilizados si aprobamos la destrucción como medio de “lucha reivindicativa”, porque sería contrario al respeto que merece todo individuo.

Erróneamente, la cultura popular sigue empecinada en habilitar al rebelde para alcanzar falsos ideales superiores de una sociedad mejor, el vivo ejemplo de ello es la proliferación de una cinematografía seudo política -dirigida especialmente a los jóvenes- que invita a luchar contra la opresión e interesarse por la lucha social, a través de la mera protesta sin objetivos claros, sin un plan a mediano plazo ni establecer una línea de acción para el futuro. Se perpetúa la idea de que una supuesta mayoría -víctima-, debe sublevarse por inspiración de un rebelde -casi mártir- para imponer la voluntad de un pueblo “engañado, oprimido y estafado”, sin contestar una preguntar: ¿por qué no hay un análisis sociológico, que determine cual aspecto de la mentalidad de ese pueblo sometido lo condujo a la etapa de incertidumbre?

Difícilmente en sus tramas encontraremos explicaciones coherentes, porque todo es encausado a convertir al rebelde en un símbolo de inspiración, a otorgarle un discurso épico -no crítico- sobre vencer la tiranía y justificar la lucha violenta con una falsa libertad, porque la define en que los oprimidos deben destruir a sus opresores. No hay diálogo, tampoco interés por aplicar justicia de forma transparente, sino venganza, destrucción y combate frontal contra una opresión caricaturesca. La subversión es inspirada bajo la prédica del belicismo, la contradicción y la falta de una preparación política convincente; ni siquiera hay un conocimiento integral del pasado para contrastar con el presente y sacar conclusiones, muy al contrario lo utilizan como “argumento y ejemplo” a seguir, aún cuando los tiempos sean muy diferentes y donde “aplicar” métodos del pasado sería incongruente. Y en otras ocasiones, simplemente actúa como una “revelación mística” quien señala a los culpables e inocentes e invita a la insurrección.

Al mismo tiempo, las tramas se complican con intereses individuales que pueden coincidir con los colectivos, pero alejados de una verdadera lucha política, son incluidos como recurso dramático en un intento de sustentar los ideales de la causa. Estas motivaciones interiores no son originadas por una convicción moral profunda, parten del revanchismo, la venganza, de una mojigatería patética empeñada “en levantar la moral” de los sublevados. Acepta el desconocimiento de los derechos del otro, el opuesto es cosificado y no se muestra su sufrimiento, porque para un rebelde quienes no concuerdan con él no son humanos, sino objetivos.

Pero, como el público puede percibir la obra simplona y cruel, trata de equilibrarse su carga deshumanizante con elementos románticos melindrosos -muy efectistas- que quieren revelar el “lado humano” del insurrecto, quien siempre pone en riesgo al ser amado por mero egoísmo. Un recurso superfluo e inconexo con la naturaleza compleja de la política, integrado a la trama para generar empatía con el espectador, no porque desarrolle sólidamente la naturaleza síquica de los personajes, además de sobrecargar con un aura trágica la historia. El rebelde termina siendo modelado bajo una peligrosa alquimia de pasiones exacerbadas, discursos seudo políticos, tramas románticas superfluas y glorificación a la destrucción.

Desgraciadamente, la rebeldía es considerada erróneamente como una característica juvenil, cuando la juventud representa la innovación, las nuevas ideas. El ser rebelde es falsamente considerado una “virtud” exclusiva de quienes están realmente comprometidos con la libertad, (¿?) cuando ésta conducta es sinónimo de que algo no esta bien en el individuo o está empleado como término despectivo en ambientes dominados por la intolerancia y la violencia. Asimismo la imagen más explotada del rebelde, es de mostrarlo como un incendiario, un individuo belicoso y gamberro, quien se atribuye la misión histórica de vencer al mal.

Un rebelde no es garantía de conquista de la libertad, sino el triunfo de la barbarie.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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