Month: May 2015

El culto al mal.

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La cultura popular banaliza la figura de los criminales-PFMS- Start Page Images

Dentro de la cultura popular existe una tendencia a admirar el mal, a considerar fascinante la vileza de algunos personajes, tanto reales como ficticios, porque muchos lo consideran un “ideal”; individuos que hacen lo que quieren sin cohibirse ni sentir remordimiento alguno. Personas incapaces de cuestionar sus propias acciones, quienes arremeten contra todo lo establecido, porque les place perjudicar a los demás. La cultura popular promueve la aceptación de estos comportamientos amparándose en la tesis de querer conocer el punto de vista del otro, lo que es poco conveniente saber a través de esa vía, pero ese interés viene acompañado de una ausencia de objetividad que termina justificando los delitos de ese otro. Los grandes delincuentes -por ejemplo-, no son tratados como tales, sino como “victimas desafortunadas” de una lógica social “que los convierte en tales”, sin tomar en cuenta las motivaciones de por qué decidieron serlo.

Así vemos como antihéroes, criminales, personajes perversos, inadaptados sociales, ciudadanos con convicciones morales cuestionables e individuos marginales incapaces de lograr un equilibrio interno, son glorificados. Su imagen negativa, es trocada para presentar una más “amable” que pueda aceptar el público (¿?), desvirtuando su naturaleza delictiva y minimizando la gravedad de sus acciones punibles. El mensaje que envían a la sociedad es contradictorio: tratan de destruir la estructura moral, imponiendo un olvido de conveniencia sobre sus acciones para ganar indulgencia, hacer creer que sus delitos no tienen importancia porque eso ocurrió en una etapa donde “no sabía lo que hacia”, “porque tuve un arrebato de locura o porque “era muy joven para medir las consecuencias de lo que hacía”.

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The Punisher, individuos renegados y al margen de la ley, pueden distorsionar su inagen para obtener aprobación de la ciudadanía-PFMS-Start Page Images

Tratar de ampararse en estados emocionales desequilibrados con miras a obtener el perdón de los demás, empero sin reconocer sus errores. En caso de admitirlos, no partirá de un auténtico arrepentimiento, sino de una mera conveniencia que le permita algún beneficio, apelando a un hipócrita discurso lleno de lisonja que deliberadamente ignora sus victimas y obtiene la empatía de un público emocionalmente “acondicionado” a disculpar sus faltas, sin sopesar su responsabilidad individual ni la gravedad de sus crímenes.

El mal termina siendo considerado como un conflicto de intereses, que puede arreglarse mediante acuerdos legales, como si fuera un simple acto burocrático donde se ignora deliberadamente el daño causado por quienes lo practican. Pareciera que la humanidad quisiera otorgarle atenuantes a la parte más lamentable de su esencia, como si concluyera que es imposible vencer al mal, terminando por resignarse a verlo como una abstracción. Interpretamos a quienes cometen una infracción no como personas que hacen algo malo, sino que simplemente “rompen la rutina, atentan contra el buen funcionamiento del sistema social por mera disconformidad pasajera”.

La búsqueda del perfeccionamiento interior, es desplazada por la urgente necesidad de conseguir el placer, la satisfacción inmediata de “mis necesidades por encima del respeto que merecen los demás”, quiere ser reducido a un “problema de insatisfacción personal” no como síntoma de estar permitiendo ser corrompido por el mal. Actuar conforme a la moral y las buenas costumbres se entiende como un anacronismo, mientras llevar una vida licenciosa es aprobado; la trastocación de los valores que resalta lo negativo como algo “aceptable”, lo opuesto es considerado ortodoxia.

Las conductas abiertamente inadecuadas, las tendencias sociales perjudiciales que deben ser manejadas de manera seria -sin banalidad, ni complejos de víctimas-, se “perdonan” bajo la excusa de que “los tiempos son otros y hay que aceptar la modernidad”, a pesar de ser promotora de hábitos dañinos. Podría decirse que hubiese un deliberado relajamiento de los controles sociales en beneficio de dichos hábitos, de manera que todos puedan satisfacer sus deseos perturbados, no promoviendo conductas aspirantes a la superación de la conciencia humana sino su progresivo envilecimiento. Así la autoridad, lejos de ser garante de orden y paz, en beneficio del bienestar ciudadano termina siendo un “aprobador” compulsivo de comportamientos perniciosos, mismos a los que le establece “límites” legales para dar una falsa impresión de armonía social.

Pareciera que el ser humano contemporáneo, no le importa el bien ni aspirar a la grandeza de ser un ciudadano digno, un promotor de la bondad humana sino convertirse en un hipócrita obsesionado en practicar el hedonismo atropellando al inocente, los valores humanos y el respeto. Los desequilibrios sociales, ya no son solo materiales sino morales; de nada servirá que una sociedad tenga o no calidad de vida si se tolera al mal y se niega la promoción del bien entre los ciudadanos. Tarde o temprano creerán que “pueden hacer lo que quieran”, apelaran a sus bajas pasiones para imponer no un orden sino un ambiente de anarquía que trastoque el sentido de las palabras, amparándose en absurdos complejos de victimas, insatisfacciones personales y sentimientos negativos.

El mal -dentro de una definición sociológica- aspira al caos, a la desintegración de la hermandad entre los seres humanos, perturbar los valores de la sociedad, permitir la violencia y el crimen e imponer un régimen de oscuridad. La indiferencia hacia el mal, no es exclusivamente, no hacer nada cuando se debe obrar conforme al bien, también comprende la falta de constancia en predicar el bien sin caer en dogmatismo, y el ignorar deliberadamente sus efectos sobre la sociedad.

Bien podemos creer que, una sociedad más “libre” no es propensa a ser permeada por el mal más no es así; el mal podría actuar en ella camuflado en conductas interpretadas como “inofensivas” hasta destruir las bases mismas de su equilibrio, un ejemplo está en la actual industria del entretenimiento, en muchos de sus productos podemos encontrar bastantes mensajes negativos, pero no son sancionados debidamente porque sus creadores se amparan en un interpretación licenciosa de la libertad de expresión y creación, a proteger sus intereses económicos y la apelación del apoyo de masas de consumidores fanatizados. Ese fanatismo es una muestra evidente de que estamos siendo permisivos, sin admitir lo peligroso de los contenidos difundidos en un empeño absurdo de obtener un beneficio aprovechando la falta de juicio de los demás. Eso es actuar conforme al mal.

Sin embargo, ¿de dónde surge esa devoción por el mal? La primera razón radica en la interioridad de cada ser humano, si bien no podemos establecer una definición global de cómo o por qué cada persona es distinta, si podríamos identificarse algunos patrones comunes: la humanidad contemporánea vive presionada por torrentes de mensajes que buscan su aprobación, son sintetizados y acondicionados para que ella “actúe” conforme una voluntad superior que ni siquiera siente cercana. Tales mensajes le condicionan el cómo interpretar la realidad física, una virtualidad le dice cómo debe ver lo que ella misma puede conocer con su propia experiencia determinándola para su futura interpretación. Ante la falta de una referencia física sólida, las personas pueden dejarse seducir por tales mensajes, siendo muy fácil para el mal camuflarse a través de ellos.

La segunda razón esta en el sentimiento de desamparo que tiene el ciudadano actual, siente que la corrupción se está apoderando del ambiente social y no hay discurso ni ideología a la cual aferrarse para constituir -o reconstruir- una moral superior con la cual vencerla. El desgaste de la política deviene en nihilismo, impera la desconfianza hacia las instituciones depositarias de los valores que el aceptó por lo que interpreta que no vale la pena seguir creyendo en ellos, convirtiéndose en un amoral de conciencia, susceptible de sucumbir ante el mal.

La tercera razón, es la distorsión deliberada de los valores humanos, está imponiéndose los antivalores como un modo de vida “aceptable”, al mismo tiempo se construyen barreras hacia las generaciones pasadas, a rechazar conocer el pasado -desprovisto de manipulaciones- para aprender de él. Seguir un comportamiento decoroso, es interpretado como “pacatería”, sinónimo de inhibición o de ser ultraortodoxo aun cuando no es así. Los antivalores promueven el desenfreno, la irresponsabilidad y la actuación antisocial, dicta que la mesura y una vida bien organizada no es viable. Convence, a quien los abraza, de ver libertad en donde solo existe esclavitud, por lo tanto, ciertas tendencias que son interpretadas como sinónimos de “conquistas sociales” pueden ser una forma solapada de permitir el triunfo del mal y conducirnos a la decadencia.

La ciudadanía no puede estancarse con la idea de que la práctica del bien es algo arcaico, sin el bien el progreso humano no sería posible, la especie viviría en un estado de absoluto primitivismo. La distinción del bien y el mal dependen de nuestro libre albedrío, pero también debemos saber que nuestra conducta refleja hacia dónde se inclina nuestra voluntad y qué tan sólida es la moral que poseemos para no ser corrompidos por el mal.

Rendir culto al mal es permitir la aniquilación de la conciencia humana.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

¿Por que tiene éxito el cine de superhéroes?

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El cine a incrementado la popularidad de los superhéroes-PFMS-Start Page Images

Los superhéroes son un referente cultural de la sociedad moderna, que continúa la tradición de depositar los ideales heroicos predominantes en el momento. Si bien, estos personajes poseen habilidades ficticias, siguen siendo los mismos individuos excepcionales invocados por los ciudadanos en momentos apremiantes. Continúa presente la necesidad de los miembros de la sociedad de depositar su fe en alguien capaz de salvar la integridad del orden establecido; el cual, representa los éxitos de la especie humana al empezar el camino de formar una civilización estable. Aunque la realidad de la vida moderna es más compleja de lo que un superhéroe puede reflejar, el mismo representa las fantasías altruistas de una ciudadanía que se siente agobiada por la impersonalidad de las urbes.

El ambiente metropolitano siempre ha sido objeto de duros cuestionamientos, principalmente porque la rutinización en la que sumerge a sus miembros, según algunos puntos de vista, hace distante su relación, les crea la sensación de sentirse “separados o aislados”, de no sentir que pertenecen realmente a esa comunidad en la que conviven. El proceso parece agravarse conforme avanza el desarrollo técnico de la sociedad, a la vista de ciertos críticos, por lo que debe recurrirse a elementos afines que recuperen el espíritu comunitario, y así evitar la incomunicación e indiferencia entre los integrantes de la sociedad. Los superhéroes cumplen perfectamente esta función de afinidad, porque crean vínculos emocionales intensos, ya que parte de una fantasía que muchos poseen desde la infancia y puede compartirse sin reservas.

Los personajes más antiguos que todavía permanecen, rompen las brechas generacionales y es una experiencia gratificante, es una ilusión que parte del mismo deseo de vivir en una realidad paralela en donde no existe lo imposible: el superhéroe ha eliminado las limitaciones humanas.

El mayor deseo de toda persona, aún en la infancia, es no verse paralizada por esas limitaciones que, a su modo de ver, “impiden disfrutar de la vida”. Los desafíos que tiene que enfrentar una persona normal son formas de adquirir experiencias, para tomar mejores decisiones pero, no todas soportan la responsabilidad de enfrentar dichos desafíos porque no creen tener capacidad de asumirlos o porque ciertas inhibiciones le impiden aceptar que los mismos forman parte de la vida social, sobre todo si se trata de experiencias dolorosas. Las aventuras de los superhéroes no son sólo un escape, representa el ideal del ciudadano común de romper con la rutina, de cumplir con un rol establecido, que tiene metas que todos aspiran y pocos alcanzan.

La disconformidad de no poder cumplir con las metas establecidas por el rol escogido, propicia desear otro distinto, que no exija un gran esfuerzo y logre la aprobación de los miembros de la comunidad así como el conquistar metas que permita al ciudadano sentirse satisfecho con su existencia. Ese ha sido el mayor dilema del hombre moderno: lograr alcanzar un nivel de satisfacción personal que le haga sentir que su esfuerzo no es en vano; que pueda transcender y ser didáctico para el futuro, condición popularmente reservado para personas “extraordinarias”. Los superhéroes siempre forman un vínculo poderoso con la colectividad: depositan en ellos la esperanza de vencer al mal.

Tal consideración, se aviva con la cinematografía superheroica que aparece en un período histórico bastante controvertido: surge cuando la confianza de la ciudadanía hacia la autoridad está mermada, los ciudadanos no creen en ella ante su poca transparencia y no disculpan sus errores. Para el ciudadano contemporáneo, los gobernantes no parecen dispuestos a servir, sino a proteger sus propios intereses empeñando las libertades, amparándose en que las medidas que toman garantizan su seguridad.

Ante ello, el rechazo hacia la autoridad les hace anhelar individuos realmente comprometidos con la colectividad, dispuestos a servirle sin exigirles “sacrificios” ni mermar sus libertades. Individuos que obren conforme a los valores humanos, libres de mezquindad e inmunes a ser permeados por intereses crípticos, capaces de vencer las más peligrosas amenazas sin arriesgar al inocente. Nuevamente la invocación tradicional del héroe vuelve a renovarse, empero a través de la ficción, en un momento donde la ciudadanía aspira a una sociedad más participativa y respetuosa de sus derechos.

La fe depositada en el superhéroe, actúa como un mecanismo defensivo de la ciudadanía, ante su impotencia frente a las condiciones deshumanizantes de la sociedad contemporánea. Un esfuerzo casi desesperado por tratar de recuperar el papel central del ser humano en la vida social, es decir, lograr que la humanidad no sea inmolada por el egoísmo y pueda conquistar un entorno amigable para ella.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

El vampiro es una criatura de horror.

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Los vampiros son criaturas relegadas al mundo de las sombras-PFMS-Start Page Images

Somos milagros o espantos -comentó él (Armand) sin alzar la voz- depende de lo que se quiera ver en nosotros.

                                                            Anne Rice. Lestat, el vampiro

El vampiro es un claro reflejo de la maldad humana, es una criatura maliciosa y astuta que deambula por las noches en búsqueda de una víctima. Cazadores natos, expertos en el arte de fraguar ardides para sobrevivir a la persecución de los mortales. Dentro del imaginario colectivo, un vampiro es el deseo de poseer la inmortalidad, de gozar sin límite de la vida material, pero a costa de perder la inocencia. La candidez que contiene la humanidad se marchita por la obsesión a negar la muerte como parte de la vida, el rechazo a admitir que nuestro tiempo en la Tierra es finito y nuestras rutinas algo pasajero; es una forma vana de zafarse de cualquier responsabilidad moral ante los horrores protagonizados por el hombre contra sí mismo. Nadie cree que un llamado “ente sobrenatural” sea culpable de un crimen, sin embargo tampoco, puede aceptar que su origen sea humano; tal contradicción hace al vampiro un ser esquivo para la justicia terrenal.

La falta de espiritualidad en la sociedad contemporánea provoca la caída de la humanidad en el materialismo: no hay evidencia de nada más allá de la conciencia material, la muerte es un “error de la naturaleza” (¿?) que equivocadamente trata de suprimirse mediante la indiferencia hacia ella. No obstante, la vida debe renovarse, nada permanece incólume al paso del tiempo, todo sufre transformaciones en el Universo y por eso la presencia de la muerte en la humanidad es trágica, porque no poseemos conciencia de nuestro espíritu. Quienes han elevado su conciencia a la dimensión del espíritu, nunca es dominado por el miedo, acepta el ciclo vital de la vida material y concreta su meta en lograr la perfección del alma legándola a sus semejantes.

Empero, al sucumbir a las sombras, a la mentira de creer en una existencia exclusivamente material, estamos negando nuestra naturaleza espiritual. Perdemos el rumbo de nuestro destino magnífico, cambiándolo por una vida errante, vacía de esperanzas, sin alma e insustancial, donde abusaremos de todos los placeres mundanos, sin encontrar nunca una autentica satisfacción.

Volviéndonos prisioneros del miedo y éste evolucionará en odio, creando un ser autodestructivo que hará del crimen su ideal. Este ideal ordena negar la vida en todos sus aspectos -incluido la muerte-, sacralizar la carne mediante la ritualización del asesinato y del placer mundano para alcanzar un falso estado de éxtasis, estimular los sentidos hasta fronteras desconocidas de la mente humana, siendo esta experiencia una acto estrictamente sensorial y transitorio, nunca espiritual. Al sucumbir a la oscuridad, el vampiro emerge en nosotros hasta el punto que aniquila nuestra identidad como ser, como criatura consciente del bien y el mal. El vampiro no mata exclusivamente por mera necesidad fisiológica como lo plantean ciertos relatos actuales. que tratan de explicar científicamente su existencia, lo hace para reafirmar el dominio de la existencia material sobre la espiritual, del egoísmo sobre la solidaridad.

La inmortalidad del vampiro es un acto egoísta, no piensa en sus semejantes sólo en su propia vida confirmándolo al asesinarlos y consumirles la sangre. La sangre -simbólicamente- es la confirmación de la vida, sin ella ninguna criatura viviría, en este fluido suceden todas las funciones vitales y es gracias a él que nuestro cuerpo funciona. No obstante, el vampiro es un ser corrompido por una falsa inmortalidad, en su sangre no circula vida sino muerte, una muerte que glorifica la violencia, el envilecimiento del alma humana y la sacralización de la amoralidad, porque para él las normas sociales o la distinción entre el bien y el mal no aplican. Es inmortal, nadie conoce su pasado porque nació en la sombras, en ellas dejó su mortalidad. Su identidad. Por eso no se siente intimidado por la ley o quienes la hacen cumplir.

Los mortales nacen en la luz, mientras que los vampiros nacen en la oscuridad, no tiene lazos afectivos sinceros, su único interés es errar y matar. Es un anarquista, un desadaptado imposible de corregir. Se mofa de la sociedad, considerándola obra de los mortales y contradictoriamente los envidia: ellos pueden construir, mientras él sólo saber destruir; así que se pregunta: ¿cuál es la obra de un vampiro?, se responde: El crimen y el horror, nada más eso lo inspira y siempre prosperará su presencia donde reine las tinieblas.

Los dogmas cristianos modelan al vampiro como el avance del mal sobre la Tierra, la pérdida de la fe en la salvación del espíritu y por consiguiente del hombre. Simbólicamente, los vampiros son fuertes en los ambientes penumbrosos, laberínticos donde el miedo puede actuar como aliado a la hora de cazar y vencer a sus persecutores. Usa su gran habilidad para empatizar con quienes están corrompidos moralmente, es un hábil manipulador que disfruta de engañar a virtuosos y corruptos nada más para presumir de su astucia. Sin embargo, el vampiro es un amante de la soledad, sus intentos de ajustar a una sociedad o de aceptar de la compañía de otros seres humanos fracasan por su naturaleza maligna. La humanidad, según su punto de vista, no es más que su alimento y un recuerdo molesto de lo que fue: un simple mortal sometido a las mismas leyes de la naturaleza que los demás.

El temor a la luz solar no es nada más fisiológico, es también psicológico, al ser una criatura de las sombras no tiene caso vivir al amparo de la claridad del día, sería estar en igualdad de condiciones que los mortales: los seres humanos podemos vivir tanto en la luz como en la oscuridad, pero siempre preferiremos la primera, esa es nuestra esencia es un símbolo de nuestro origen divino y espiritual. El hombre rechaza la oscuridad porque no puede ver envuelto en ella -ni aun con la luz de la Luna-, es por ello que crea medios artificiales de iluminación para someter a la oscuridad, vencer los misterios, el olvido y la ignorancia. El vampiro abraza las sombras porque no se acepta como mortal y aprueba la peor forma de ignorancia: el no saber quién es.

La interpretación “sobrenatural” del vampiro es culpa de los mortales: nadie puede concebir la inmortalidad, ya que todos somos conscientes de nuestro fugaz paso por este mundo, el que exista alguien que no pueda morir es algo inconcebible para la razón, es algo propio de los mitos. El vampiro usa el mito a su favor para aterrorizar a los más débiles y consumirlos, ante la impotencia de un mortal incapaz de comprender cómo alguien puede paralizar el tiempo para vivir eternamente.

Sin embargo, el hombre cuenta con su inteligencia para vencer al mal y la superstición: la emplea para conocer la génesis de su enemigo -saber su pasado-, encontrar un punto débil y vencer su inmortalidad. Cuando lucha contra los vampiros emplea varios objetos como totéms para derrotarlos, los más comunes son la cruz y el agua bendita representan la fe y la religión, medios por los cuales el hombre se vincula con Dios, su naturaleza celestial. La plata es un metal, símbolo de civilización, del progreso obtenido por el hombre cuando aprendió la metalurgia, aunque también representa las herramientas de las cuales se vale para construir o destruir. La estaca es la madera, también representa la civilización y el progreso, el complemento del metal para construir herramientas y también el vinculo del hombre con la naturaleza e instrumento de castigo (al usarse contra un vampiro recuerda a la practica del empalamiento)

El ajo, simboliza el aspecto curativo y reactivo de la naturaleza, este vegetal puede usarse como repelente, antiséptico, para tratar enfermedades o antídoto en caso de envenenamiento. En un vampiro actúa como lo primero porque es inmortal, la naturaleza no puede sanar a quien no muere, porque la niega así que no lo necesita, además el inmortal puede regenerarse así mismo gracias al poder de las sombras presente en su sangre. Todo lo contrario en un mortal, es benéfico porque está consciente de la muerte y en su sangre hay vida. Así mismo, el ajo -al igual que los mortales- necesitan de la luz solar para vivir. El martillo, si bien es un complemento de la estaca, comparten los mismos aspectos simbólicos y están hechos del mismo material, sin embargo, difiere en forma y función: el martillo es sinónimo de fuerza, un golpe contundente de este instrumento incrementa la letalidad de la estaca.

Al mismo tiempo simboliza la justicia, el golpe del martillo contra la estaca recuerda cuando un juez dicta sentencia. Para los mortales un vampiro es culpable por consumir la vida de otros seres, así, al golpear el martillo contra la estaca es una forma de dictar sentencia y castigar. Otro simbolismo que posee es la ambigüedad de los instrumentos cotidianos, pues pueden ser útiles para resolver problemas caseros, pero también ser peligrosas armas.

Al cambiar el tiempo, los totéms de los mortales variaron debido a que la mentalidad humana sufrió transformaciones: la ciencia y la tecnología, la universalización del conocimiento y la organización supertribal*, así como la descentralización del gobierno hace impensable la existencia de vampiros. Los hombres no tienen interés en mitos ni cree en fenómenos sobrenaturales; su inteligencia tan desarrollada dominó el mundo. Ha vencido la inmortalidad del vampiro al despojarlo de su principal soporte: el miedo a lo inexplicable. Para el hombre contemporáneo ningún fenómeno es indescifrable, todos son gobernados por principios que pueden ser cognoscible mediante la investigación rigurosa.

No obstante, hay un aspecto donde los vampiros todavía tienen la victoria asegurada: en la permanencia del mal en el corazón del hombre, esa parte de si mismo que lo hace sucumbir a la influencia de las sombras, para emerger como un monstruo. Aún el vampiro sigue existiendo.

*Término utilizado por el antrópologo Desmond Morris en su libro El Zoo Humano para definir a la sociedad moderna.

Nota: el autor recomienda la siguiente bibliografía para profundizar en este tema:

  • Una fiesta que acaba con la salida del sol. El inmortal Drácula cumple cien años. Verbigracia, cuerpo del diario El Universal. Caracas, domingo 25 de mayo de 1997

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

¿Cómo la sociedad contemporánea moldea un rebelde?

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Las sociedades incuban redeldes ante la incapacidad de resolver sus propias contradicciones-PFMS-StartPage Images

El ser rebelde es solamente una etapa temporal, un momento de disconformidad pasajera, que puede racionalmente solventarse una vez identificada la causa de tal actitud. No obstante, las sociedades tienden a alimentar la necesidad de sublevarse cuando no son capaces de resolver contradicciones evidentes, porque existe una alta polarización social, para discriminar a otros considerados distintos o por simple moda. Crear una falsa imagen subversiva, conductual y estéticamente transgresora, que haga sentir en sus simpatizantes la sensación de poder vivir al margen de la sociedad sin temor a las consecuencias, porque según el ethos del rebelde: aceptar un modo de vida estable es aceptar “ser esclavizado por el sistema”. Pues, creen que: “Quien es rebelde debe estar en constante conflicto con el orden y contra cualquier rol establecido, el que piensa de forma distinta debe confrontar radicalmente contra la autoridad”.

Las opciones pacíficas no son de su agrado, las consideran absurdas, como síntoma de ser “blando”, cuando la rebeldía predica el ser fuertes para ser libres (¿?). El culto a la fuerza es una constante en su discurso. A pesar de que nació en la sociedad, aspira a vivir fuera de ella, su utopía es eliminar su existencia porque cree que ella lo quiere controlar para anular su voluntad individual; nunca presenta una alternativa social viable para mejorar su entorno, lo único que quiere es hacer lo que le plazca y no desaprovecha la oportunidad de hacerlo notar con su actitud. Pero, a quien odia más es a las figuras de autoridad, no cree ni confía en ellas, tampoco considera que sean personas quienes ejercen dicho rol, para él son estorbos en la búsqueda de la libertad individual y elementos represivos que temen a la innovación, al cambio que dice encarnar en su figura.

Los jóvenes pueden sentirse muy identificados con ellos, porque coinciden en su “rechazo a la autoridad”. Erróneamente la cultura popular considera que los jóvenes al ser garantes de la innovación y de las nuevas ideas, deben sublevarse contra el conformismo impuesto por los que consideran “unos adultos ortodoxos, amorales, incapaces de actuar conforme a una ética respetuosa”.

Según este postulado: “los jóvenes crecen en un mundo hostil y violento, porque los adultos que lo dirigen son crueles e incapaces. Han impuesto dogmas históricos que deben ser suprimidos, para ello deben rebelarse frontalmente contra lo establecido de forma destructiva y anárquica”, vivir en permanente cuestionamiento a todo sin presentar argumentos sólidos y ver en la realidad cotidiana una conspiración. Tal posición parte de la disconformidad interna del ser humano contemporáneo quien siente asfixiante la realidad cotidiana: la monotonía, la necesidad de ocupar un rol, la falta de fe en el progreso y la sensación de sentirse estafado por la dirigencia política le hacen sentir impotente, angustiado porque a su juicio no tiene una certeza de que las cosas mejorarán. La percepción pesimista de la realidad, empuja de forma subconsciente al ciudadano a desear un “salvador”, alguien extraordinario que le devuelva el sentido a su existencia y los hace a su vez, confundir la decisión ideal para elegir un cambio en su entorno o sociedad.

Tal aspiración a un mesías, sumado al sentimiento de disconformidad, fácilmente implosionan, cuando existen circunstancias específicas pero transitorias, porque explota sentimientos reprimidos, los cuales el individuo desea liberar para alcanzar su satisfacción. Lamentablemente apoyar a un rebelde implica renunciar a obrar conforme a los valores humanos universales, regirse por un “código moral” simplón, difuso y ambiguo el cual privilegia la necesidad de exteriorizar sentimientos negativos, más que ideas concretas. La imagen popular que se tiene de una rebelión es creer equivocamente, que el triunfo de una nueva corriente de pensamiento debe ser a costa del sacrificio de muchas vidas, así como de la destrucción inmisericorde de todo lo que represente el “viejo orden”, nunca existe el interés de preservar el pasado para conocer la objetividad de los hechos, sino de tomarlos como excusa seudo moral para derrocar una “estructura social caduca”, según el juicio de unos pocos.

Falsificando las etapas de la historia humana, el llamado a la rebelión insta a actuar como individuos de otra época, completamente alejados del presente que aspira a solucionar los conflictos mediante el diálogo. La revuelta tratan de mostrarla siempre como una gesta heroica, una suerte de lucha de clases, donde los que están “abajo” deben castigar a los de “arriba”.

Los de “abajo” son: “el futuro soñado de un “mundo mejor”, son la vanguardia moral destinada a salvar a la humanidad de la esclavitud y la opresión de una élite corrupta, críptica, dispuesta a comentar los más abominables crímenes para preservar sus intereses”-según sus conceptos-. La realidad para los rebeldes consiste en una lucha sin descanso -de corte maniqueísta- contra todo lo que signifique opresión, encarnada en la figura del orden establecido, al que consideran la causa de todos los males humanos. Son expertos en la propaganda directa que explota los ideales humanos con fines políticos, sembrando una falsa expectativa de éxito. Jamás admiten que la naturaleza humana es compleja y difícil de comprender, aunque mediante el conocimiento y la cultura puede tratar de llegar a una aproximación sobre ella. Todo lo contrario es el pensamiento rebelde, considera al ser humano como una víctima que debe ser reivindicada mediante la insurrección.

Fácilmente, podemos encontrar la causa de dicho pensamiento dentro del entorno social: el ser humano no asume la responsabilidad histórica de sus actos, sino que prefiere buscar a un culpable para desviar la atención de sus propios errores; ese culpable siempre está afuera y mejor aún, sí éste no tiene características humanas, porque así convence a sus semejantes de que un Demiurgo maléfico es responsable de todas sus tragedias. Los ciudadanos contemporáneos consideran trágico su presente, porque ven severos retrocesos en su calidad de vida y libertades políticas, sublimando la oscura fantasía de futuros distópicos donde la individualidad y el libre pensamiento es reprimido por fuerzas colectivas uniformantes.

Así, la percepción de pérdida de libertad puede ser un detonante para idealizar rebeliones populares que aspiran a conquistar una libertad difusa, en realidad tal acción provocaría mayores conflictos y aunque triunfase, solamente eliminaría a aquellos elementos que coartan la libertad en ese momento, facilitando así, el paso a nuevas formas de opresión e incertidumbre.

Las acciones colectivas precipitadas nunca significan que tengan la razón ni menos que estén comprometidas con el respeto al individuo, por ello la política ha evolucionado del mero culto a la fuerza a una diplomacia que privilegia el diálogo. Por lo tanto, la cultura popular se aferra a un rebelde, porque no se siente segura ni confía en la autoridad, no cree en sus propios valores, porque interpreta que serán empleados a conveniencia, y al ser incapaz de saber encausar su desencanto hacia la realidad social, prefiere alimentar fantasías épicas con tintes seudo políticos que siempre degeneran en violencia, caos, destrucción y atraso social.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

Los rebeldes cinematográficos.

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The Hunger Games, el cine actual inculca un absurdo modelo de rebelde-PFMS-StarPage Images.

La imagen del rebelde es objeto de idealización, que se torna enrevesada con los cambios sufridos por las sociedades, no obstante ciertos elementos comunes perviven sobre este personaje y siempre serán el punto de partida para su construcción colectiva: es un personaje inadaptado, no está conforme con lo establecido, en algunos casos trata de organizar una insurrección, es influyente y nunca pierde la ocasión para comunicar su punto de vista, tiende al extremismo, y siempre confronta con la autoridad. Obviamente, el ser considerado un rebelde es más bien un término peyorativo, utilizado irresponsablemente para catalogar a cualquier pensamiento disidente o comportamiento díscolo, aún cuando sus causas sean reversibles y comprobables.

La rebeldía, es un fenómeno pasajero producto del rechazo hacia algo externo, mismo que no admite concesiones, pero los ciudadanos junto con la cultura popular siempre deidifican esa postura porque los impulsa la irracionalidad y la falta de una correcta canalización de su descontento hacia el entorno social. En la figura del rebelde, se excusa el ciudadano para no admitir su responsabilidad en los conflictos sociales, simplemente considera que es una “víctima” de una forma de gobernar o pensar enajenante y por ello debe sublevarse contra todo. Irónicamente en etapas previas, la ciudadanía vive ensimismada e indiferente a su entorno, no le interesa participar ni opinar, sino cuando alguna “calamidad” la obliga a despertar violentamente del “letargo”, cuando eso sucede no invoca a los más sabios sino a los más apasionados y virulentos quienes los llevarán al fracaso.

Esta conducta es algo meramente emocional, puede organizarse, sustentar un discurso convincente para influir. Sin embargo, siempre lo hará desde la emoción no desde el pensamiento, la racionalidad, desde donde realmente se debe juzgar cómo interpretar la realidad. Sí domina la emoción, el pensamiento será sometido por la fuerza y la violencia será aprobada por la ciudadanía bajo la falsa creencia de que así será reivindicada. Un grave error, porque la civilidad no puede ejercerse donde prospera la barbarie, no podemos considerarnos civilizados si aprobamos la destrucción como medio de “lucha reivindicativa”, porque sería contrario al respeto que merece todo individuo.

Erróneamente, la cultura popular sigue empecinada en habilitar al rebelde para alcanzar falsos ideales superiores de una sociedad mejor, el vivo ejemplo de ello es la proliferación de una cinematografía seudo política -dirigida especialmente a los jóvenes- que invita a luchar contra la opresión e interesarse por la lucha social, a través de la mera protesta sin objetivos claros, sin un plan a mediano plazo ni establecer una línea de acción para el futuro. Se perpetúa la idea de que una supuesta mayoría -víctima-, debe sublevarse por inspiración de un rebelde -casi mártir- para imponer la voluntad de un pueblo “engañado, oprimido y estafado”, sin contestar una preguntar: ¿por qué no hay un análisis sociológico, que determine cual aspecto de la mentalidad de ese pueblo sometido lo condujo a la etapa de incertidumbre?

Difícilmente en sus tramas encontraremos explicaciones coherentes, porque todo es encausado a convertir al rebelde en un símbolo de inspiración, a otorgarle un discurso épico -no crítico- sobre vencer la tiranía y justificar la lucha violenta con una falsa libertad, porque la define en que los oprimidos deben destruir a sus opresores. No hay diálogo, tampoco interés por aplicar justicia de forma transparente, sino venganza, destrucción y combate frontal contra una opresión caricaturesca. La subversión es inspirada bajo la prédica del belicismo, la contradicción y la falta de una preparación política convincente; ni siquiera hay un conocimiento integral del pasado para contrastar con el presente y sacar conclusiones, muy al contrario lo utilizan como “argumento y ejemplo” a seguir, aún cuando los tiempos sean muy diferentes y donde “aplicar” métodos del pasado sería incongruente. Y en otras ocasiones, simplemente actúa como una “revelación mística” quien señala a los culpables e inocentes e invita a la insurrección.

Al mismo tiempo, las tramas se complican con intereses individuales que pueden coincidir con los colectivos, pero alejados de una verdadera lucha política, son incluidos como recurso dramático en un intento de sustentar los ideales de la causa. Estas motivaciones interiores no son originadas por una convicción moral profunda, parten del revanchismo, la venganza, de una mojigatería patética empeñada “en levantar la moral” de los sublevados. Acepta el desconocimiento de los derechos del otro, el opuesto es cosificado y no se muestra su sufrimiento, porque para un rebelde quienes no concuerdan con él no son humanos, sino objetivos.

Pero, como el público puede percibir la obra simplona y cruel, trata de equilibrarse su carga deshumanizante con elementos románticos melindrosos -muy efectistas- que quieren revelar el “lado humano” del insurrecto, quien siempre pone en riesgo al ser amado por mero egoísmo. Un recurso superfluo e inconexo con la naturaleza compleja de la política, integrado a la trama para generar empatía con el espectador, no porque desarrolle sólidamente la naturaleza síquica de los personajes, además de sobrecargar con un aura trágica la historia. El rebelde termina siendo modelado bajo una peligrosa alquimia de pasiones exacerbadas, discursos seudo políticos, tramas románticas superfluas y glorificación a la destrucción.

Desgraciadamente, la rebeldía es considerada erróneamente como una característica juvenil, cuando la juventud representa la innovación, las nuevas ideas. El ser rebelde es falsamente considerado una “virtud” exclusiva de quienes están realmente comprometidos con la libertad, (¿?) cuando ésta conducta es sinónimo de que algo no esta bien en el individuo o está empleado como término despectivo en ambientes dominados por la intolerancia y la violencia. Asimismo la imagen más explotada del rebelde, es de mostrarlo como un incendiario, un individuo belicoso y gamberro, quien se atribuye la misión histórica de vencer al mal.

Un rebelde no es garantía de conquista de la libertad, sino el triunfo de la barbarie.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x