La ciencia y la filosofía deben reconciliarse.

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Aunque estas dos ramas del saber tienen una historia común y un nexo irrenunciable, con el pasar del tiempo se han distanciado. El enorme progreso científico hace pensar que no existen otras realidades que no se puedan comprobar y cuantificar, al mismo tiempo la dinámica social ha focalizado la atención de las personas en otros aspectos de la cotidianidad más triviales e individuales. Las grandes interrogantes parecen estar relegadas a areópagos de sabios aislados que quieren desentrañar los misterios del Universo, pero parecen olvidar aquellos relacionados al hombre, al papel trascendente de su existencia y su futuro no únicamente como ser inteligente, sino como espíritu. La humanidad frecuentemente olvida su naturaleza espiritual al sucumbir ante la vorágine del materialismo contemporáneo, lo que acarrea dolorosos aprendizajes.

La filosofía es una forma de desentrañar en los misterios del Ser, de mantener a la humanidad centrada en que su esencia es infinita, por lo que debe comprender que el mundo material es un reflejo de esa infinitud. Mientras que la realidad social es fruto del empleo que le da ha dado a dicha infinitud; el ser humano enfrenta el dilema de no ser una criatura perfecta, para que lo sea debe realizar grandes esfuerzos que incluso pueden llevar mucho tiempo. La construcción de sociedades más complejas y difíciles de entender nos ha llevado a reducir nuestra conciencia a completar metas finitas, en tanto consideramos la existencia como angustiosa porque hemos atrofiado nuestro interés por saber más de nosotros mismos. Siempre creemos que conocerlo es ponernos a superar pruebas, cuando lo único que tenemos que hacer es preguntar.

La ciencia nos ha servido para resolver muchos enigmas, ha permitido vencer la ignorancia y ha ampliado nuestros horizontes. Ya estamos en un momento donde podemos afirmar con seguridad todo es posible; sin embargo los descubrimientos científicos han deslumbrado a la humanidad y la han obligado a confrontar con su propia naturaleza infinita pero imperfecta. Ese todo es posible puede tener un trasfondo aterrador, porque la humanidad atrapada en el materialismo no dará un uso trascendente a ese saber, sino que se perderá en la alienación y la ilusión.

No sería culpa del conocimiento -sea filosófico o científico- tal situación, al contrario sería a la tendencia del ser humano de considerar que lo que descubre es una verdad absoluta cuando es un camino para llegar a la naturaleza de un enigma. Es cuando confronta la innovación y los dogmas, lucha que no está exenta de dolorosos episodios, incluso pudiendo evitar el dolor los individuos se dejan arrastrar por las pasiones más violentas. Las mezquindades humanas nos confrontan con nosotros mismos, situación que podría ser utilizada para superarnos como especie más no siempre se mira así, preferimos creer que es un mal causado por las tentaciones de un Demiurgo maléfico. En este punto la filosofía y la ciencia rivalizan ferozmente, cuando se trata de resolver el por qué la humanidad sucumbe a la tentación de la ilusión, siendo necesario que trabajen juntas en resolver tan complejo acertijo.

Ambos saberes reclaman un papel protagónico, en la que cada una ofrece una visión razonable de la realidad sin embargo, tal rivalidad no necesariamente busca crear nuevos paradigmas para comprender y resolver los acertijos de la existencia humana; al contrario algunos de sus protagonistas parecieran aspirar en imponer un punto de vista, y dominar a los demás -situación que nos devuelve al escenario del dogma-. La pluralidad hace al mundo, porque la creatividad humana no es limitable. La imposición de dogmas no se reduce al pensamiento, también comprende el modo de vida de los individuos que inevitablemente provocan enfrentamientos y disconformidades violentas; ya que estamos demasiados convencidos de que nuestro existencia es exclusivamente mental y material, omitiendo la espiritual.

En este último aspecto han surgidos dogmas que se apoderan del necesario debate sobre el espíritu: la creencia excesivamente religiosa sobre su naturaleza, la visión mesiánica que la define como signo de audacia y valentía y la concepción contracultural que la mayoría de las veces deviene en charlatanería. Dichas tendencias, si bien muy opuestas, coinciden en que el espíritu esta en abierta confrontación con el excesivo dominio de la razón y la técnica, siendo su autoatribuida tarea “despertarlo”, pero inevitablemente sucumben a la falacia de concebir de que no pueden existir una armonía entre razón, técnica y espíritu, sino que es necesario confrontar con el orden establecido.

Es aquí cuando la filosofía termina siendo mal utilizada por intereses mezquinos y mercenarios que aprovechan tal controversia para vender una utopía, que como ha demostrado la experiencia, degenera en tiranía. Por ello, es lógico pensar que la humanidad prefiera una vida acomodada y segura -renuncia de la profundidad de su pensamiento-, mientras aumenta sus posibilidades creativas con la ciencia, sin embargo esta consideración responde al miedo de perder su libertad personal. Paradójicamente son muchos los individuos que sienten su entorno agobiante, contradictorio y hostil, aunque se tengan amplias libertades, es curioso que la humanidad tenga una visión pesimista de su propia existencia, que no recae nada más sobre su propio destino, también sobre si realmente es lo suficientemente sabia para asumirlo.

Ante este desafío, la humanidad tiene una gran desazón, siente que sus posibilidades para reconciliarse con el mundo y su interior son finitas, alejándose más del espíritu que contiene las posibilidades de lo infinito. En este escenario, el ser humano termina comprendiendo la necesidad de encontrar una nueva inspiración que le devuelva la profundidad a su pensamiento, conduciéndolo a la senda del espíritu que le llevará a la infinitud. El alcanzar esta cima es una de las tareas pendientes de la humanidad.

La sensación de vaciedad y disconformidad que poseen muchos individuos hacia el mundo, no será resulta ni con el placer estrictamente material -esto nos lleva a la ilusión- ni entregándose a la irracionalidad más grotesca, tales opciones tan comunes en el mundo moderno, son meros consuelos pasajeros -muy lucrativos para ciertos intereses- que terminaran destruyendo la identidad del individuo y alejándolo del Ser.

Resulta necesario alejarnos de los elementos que nos llevan a la corrupción del espíritu y nos hacen sucumbir en la ignorancia. La ignorancia de quienes somos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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