La interpretación epopéyica de la historia.

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La historia no debe ser tomada como excusa para mezquindades políticas-PFMS-Start Page Images

La historia no es una recopilación idílica de acontecimientos comprobables, es una fuente de aprendizaje que requiere un estudio cuidadoso en el que debe imperar la objetividad en su análisis. Para la humanidad actual, la historia se anexa a las disciplinas científicas, lo que significa que la lógica de los acontecimientos y el respeto a los contextos de cada etapa que vivió el género humano impera, a fines de obtener una correcta estructuración de nuestro pasado. Lógicamente, el conocimiento de la historia permite saber cuáles son las causas que han conducido a experimentar los acontecimientos del presente, los cuales no son ciclos que les corresponde enfrentar con formulas pasadas, sino aplicando soluciones adecuadas al tiempo que transcurre.

No obstante, todavía existe la absurda tendencia en darle a la historia una interpretación epopéyica, donde se justifica la necesidad de evocar héroes a cuya voluntad hay que someterse -voluntad harto caprichosa y repetida-, al mismo tiempo se cree que los avatares que enfrenta una nación, no son fruto de causas comprobables, sino de una conspiración fraguada por actores externos con cómplices internos. También están los que creen en estériles etiquetas que establecen que por una “herencia gloriosa” comprometida con la libertad, los ciudadanos deben “realizar sacrificios necesarios” para vencer los males del presente, aun cuando estos sean causados por desatención o a causa de una inadecuada aplicación de medidas destinadas a solventarlos.

Evidentemente, la humanidad contemporánea enfrenta dificultades cuyas causas son acumulaciones de errores e inacciones que han desbordado los mecanismo de control existentes, sin embargo, no quiere decir esto que debemos actuar igual que en tiempos pasados, ni invocar a un ungido que milagrosamente salve el mundo. Esa mentalidad es un remanente arcaico de épocas pasadas que no tienen cabida en este siglo, porque las contrariedades presentes se resuelven con la estructuración de organizaciones efectivas y la necesaria renovación de los mecanismos de cooperación internacional.

Si bien, los líderes deben coordinarse con las organizaciones, no deben apoderarse de forma déspota del cargo que desempeñen, ya que perjudican al tejido social que garantiza la estabilidad del orden establecido porque sin él, se corre el riesgo de un colapso absoluto. Los lideres con mentalidad autocrática, que quieren apoderarse de toda la voluntad ciudadana, proyectándose como la única solución en tiempos de incertidumbre, son individuos desfasados que nunca podrán comprender la complejidad del tiempo presente, porque apelan a la manipulación emocional para convencer, no tienen un plan sino un discurso “atractivo”, pero vacío e incoherente que seduce la insatisfacción ciudadana.

Paralelamente, encontramos individuos que han construido una imagen heroica a costa de la influencia mediática en vez de destacarse su trayectoria, éxitos y aprendizajes. Este requisito se omite deliberadamente porque el objetivo es aprovecharse, ya sea del desconocimiento o de circunstancias adversas, para que estos personajes satisfagan una necesidad personal, que nunca se van a presentar al público como tal, sino como correspondiente de los deseos colectivos. El trasfondo de sus motivaciones suelen ser típicos: el ser tomado en cuenta -así haga mal- el querer proteger intereses oscuros, practicar el arribismo, destruir el debate para imponer la confrontación y una desmesurada sed de poder.

La historia así interpretada nos entrega un individuo autoengañado que siempre querrá llamar la atención, un narcisista que vivirá de la imagen más que de presentar resultados concretos y que fácilmente estará involucrado en oscuras conjuras. Tenderá a autodenominarse como depositario de los grandes ideales nacionales y utilizará un falso sentimiento de carencia para conquistar el resentimiento latente en la sociedad, premiará y se rodeará de los individuos más hipócritas que terminarán por adularlo o utilizarle para conquistar su propia cuota de poder, siendo lo más lamentable que nunca querrá conciliar con otros grupos sino que quiere imponer su voluntad y dividir a la ciudadanía. Obviamente una sociedad desunida nunca alcanzará un nivel de bienestar aceptable con este tipo de individuos, vivirá en permanente conflicto.

La gran interrogante que surge entre los estudiosos de la historia es: ¿qué alimenta la interpretación epopéyica? Las causas son muy variadas y dependen de la mentalidad de cada nación pero existen algunos elementos comunes: las sociedades actuales dependen de organizaciones automáticas más que de individuos protagónicos; dichas organizaciones, son pragmáticas por lo que deciden en función a lo que conviene y es necesario, incluso cuando no sea moralmente correcto.

El individuo cuestiona su entorno político, por ello no puede reemplazar dichas organizaciones porque las utopías no tienen posibilidades de apoyo, esto le causa un gran desazón porque interpreta que la moral aceptada es falsa cuando trata de aplicarse coherentemente.

Así mismo, el individuo siente identificación con las figuras que le atribuyen cualidades heroicas y están al margen de la ley. Aquellos personajes que terminan siendo más efectivos que las autoridades y presentan una imagen integra e incorruptible goza del apoyo de muchos ciudadanos. El cine aprovecha las actuales circunstancias para mostrarnos héroes de esta categoría, porque para algunos ciudadanos descontentos la sociedad actual esta inmersa en un grave ciclo de inmoralidad, falta de voluntad para enfrentar la corrupción e ineptitud que provoca el rechazo hacia las figuras de autoridad. El individuo siente que el mundo es más inseguro y esta sugestionado con la idea de que hay una amenaza oculta que le intimida sintiéndose vulnerable.

Al no encontrar ninguna garantía de que las cosas puedan cambiar para bien, siente que su libertad está siendo menoscaba por el medio y las presiones sociales. Incluso aunque viva en una sociedad con amplias libertades, el ambiente conflictivo del presente siglo le hace pensar que sin importar cuanto se esfuerce por mejorar y mantener una conducta recta, siempre el mundo sucumbirá a ciclos de barbarie e incivilidad que no deja espacios para la mesura y las soluciones pacíficas. No obstante, esta percepción es sólo una forma pesimista de ver el mundo que desafortunadamente apelan los arribistas y demagogos, amantes de soluciones heroicas de los conflictos.

Hay que aclarar que la historia no es un objeto que podemos manejar de forma caprichosa. Ella es el receptáculo de la conciencia de la humanidad que exige pulcritud en su estudio, de lo contrario estaría atentándose contra la esencia de la paz y del conocimiento objetivo de la realidad. Los hechos históricos demuestran que las sociedades cambian incluso en circunstancias muy violentas, mientras que las experiencias pasadas sean asimiladas como un aprendizaje para avanzar hacia un futuro mejor. Caso contrario, las naciones sucumben en la anarquía y la tiranía. Si bien, en ello hay ciudadanos destacados y brillantes no podemos cultivar la adulancia hacia su imagen porque no son infalibles.

La tendencia de volver una epopeya la historia, niega la humanidad de los protagonistas de la misma en un afán por resucitar glorias pasadas que no tienen cabida en el presente ni se corresponde con la realidad. Tampoco es fiable quien ve la historia como una lucha épica entre el bien y el mal que juzga a los individuos según el bando que le asignan, no sus ideas o decisiones. Tal interpretación promueve la exclusión social, y alimenta los conflictos, a la vez que falsifica la autenticidad de los hechos e impone un dogma deformante de la identidad ciudadana. Tampoco es aceptable que se tome de la historia una excusa para imponer una forma de liderazgo o de medidas que exijan sacrificios a la ciudadanía, porque eso corresponde al afán egoísta de algunos.

Si algo que enseña, con toda seguridad, la historia es que hay ciudadanos probos para las circunstancias más difíciles pero eso no significa que sean imprescindibles ni es justo que fracciones oscuras impongan un liderazgo acorde a sus intereses, amparándose en que son necesarios, depositarios de la herencia de los grandes héroes de la patria o porque tienen un ficticio linaje con algún personaje histórico específico. Nada de eso se ajusta a la realidad, sino a la mezquindad de esos intereses que creen merecer más de lo que pueden tener aunque no les corresponda, porque no tienen la preparación debida, un apoyo real de la ciudadanía o porque tengan un plan coherente. La historia también es una ciencia, como tal su único interés es mostrar la verdad con evidencias sustentadas, no con ficticios linajes o fantasías heroicas.

Es menester que la historia no sea usada como excusa para la demagogia de algunos, sino como un vehículo donde los ciudadanos encuentren su propia identidad y el aprendizaje necesario que los lleve a futuros provechosos, que enriquezca su sabiduría.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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