Month: March 2015

¿Qué representa el monstruo en la cultura juvenil contemporánea?

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Los jóvenes viven constantemente presionados-PFMS-StartPage Images.

La juventud contemporánea tiene la peculiaridad de vivir más presionada, las tendencias apuntan a conquistar su atención sin importar las consecuencias. Tenemos una vorágine mediática empecinada en buscar su atención para ganar su fidelidad, hacerlo sentirse incluido y sobre todo identificado, más que entendido. Toda una maquinaria que le dice cómo actuar en su mundo social y qué debe aceptar como normal, sobre todo establece modelos excesivamente idealizados de aquellas cosas -o personas- deseables, sin importar si no se corresponde con la realidad, moralmente irrespetuosa de su persona. El mundo adulto no pareciera aceptar que los jóvenes tienen sus etapas a superar sin presiones, respetando el tiempo que dura la juventud y haciendo ver éste período como un aprendizaje, no obstante el adulto se ha vuelto contradictorio y trata de obligar al joven a que sea un “adulto”, sin orientación ni herramientas morales adecuadas.

En este escenario surgen los desencantos, la “percepción oscura” de la realidad circundante, no comprenden ni logran identificarse con ella. Jóvenes que prefieren pasar desapercibidos y no encuentran atractivas las “ofertas de madurez” del mundo adulto; algunos con argumentos válidos, otros inspirados por el resentimiento y otros más por mera “rebeldía” sin encausar, confrontan con el mundo adulto sin aspirar a un cambio hacia un ambiente flexible y moderno, sino para deshacer el vínculo con la fuente de las presiones. Los monstruos coinciden un poco con ésta situación, no encuentran en un mundo ordenado y lógico un espacio en el cual desarrollarse, sin sentirse arrasados por el mismo funcionamiento de una sociedad inconmovible que impone sus conceptos y entrega individuos mediocres, quienes no están listos para los misterios de la vida, sino para asumir un rol con una moral cuestionable.

Los monstruos pueden ser destructivos, empero también lamentables; su presencia en el mundo es obra de la misma humanidad, la obra trastocada en donde el género humano ha vuelto al mundo, motiva a estos seres a luchar violentamente por un espacio, el cual nunca tendrán, más bien lo único que los ubica en el mundo es su cuerpo y su mente. Tenemos pues, una ambigua relación víctima-victimario, cuya causa es la enorme presión que recae sobre el individuo, presión que necesita “liberarse”, sin reconocerse sus causas ni exista el interés por resolverlas. Para jóvenes con preferencia -según su punto de vista- a ser “distintos”, la tendencia uniformarte de las sociedades contemporáneas hace imposible prosperar sentimientos auténticamente humanos, porque todo parte de un dogma exigente de un compromiso ciego por preservar un orden incapaz de resolver y cuyas alternativas son utopías que incurrirán en los mismos yerros.

El presente siglo, con su vorágine mediática, ha perfeccionado la confusión, la multiplicidad de discursos vacíos, impiden captar la verdadera naturaleza de una situación en concreto. Todos quieren hablar sin prestar atención, quieren participar sin existir una correcta evaluación de los hechos y lo más lamentable todos creen poseer la razón absoluta de aquello que le interese. El comportamiento reactivo y de confrontación, se impone desdeñando la mesura, la sensibilidad es considerada una debilidad peligrosa, condenando la objetividad al ostracismo. Tal estado de cosas causa impotencia, destinada a convencer de la no existencia de más salidas, sino las impuestas por la mayoría de turno, y es utilizada por esa mayoría para excluir directamente a quienes disientan o sean vistos como diferentes.

Los monstruos siempre son victimas de una mayoría y sus presiones terminan obligándolo a actuar de forma destructiva, en otras ocasiones ya viene predispuesto a tener una actitud hostil, pero la causa es la misma: una mayoría que se impone sin miramientos, de esa manera queda en duda quién realmente es el monstruo: ¿un ser considerado distinto y ajeno a nuestra naturaleza o una mayoría belicosa?

Agobiado por tales presiones, los individuos interpretan al mundo como cruel por naturaleza, no está construido sobre bases sinceras de paz y armonía, sino de contradicción y locura cuyas decisiones irracionales son disculpadas en nombre de la libertad, aunque no sean moralmente correctas. Se va incubando una sensación de hipocresía como la norma, si se quiere vivir en sociedad y no existen referentes morales alternativos que permitan superar la falta de sinceridad; la impresión de que el mundo “seguirá igual, pero peor”, hace sucumbir a cualquiera en banales romanticismos. Los empuja a escapar a mundos de ensueño donde pueda liberar su auténtica forma de ser, siempre oculta a los demás. El vivo reflejo de ello está en el cine: vemos más producciones de ficción en abierta oposición a la realidad.

La necesidad de un escape es una forma de aliviar la presión, un consuelo pasajero incapaz de solucionar el auténtico conflicto latente en la interioridad del ser humano, sin embargo la misma lógica social ha preferido mantenerlo para garantizar el control y su funcionamiento. De esa manera evita la destrucción de la cohesión de los individuos por la presión, garantizando la existencia del orden establecido. Desmantelar ese mecanismo no es una acción que depende de algo externo, sino de una metamorfosis interior, la cual se encuentra en manos de una minoría de individuos, quienes han hecho un gran esfuerzo por lograr transmitirla, aunque la realidad parece indicar que todavía la humanidad está en fase de aprendizaje como para lograr una perfección razonable.

Queda en evidencia que el monstruo para algunos jóvenes, es una forma de protesta simbólica hacia las presiones de un mundo adulto no comprometido con el futuro, irracional, amoral y arcaico, que trata de confundirlos e introduce falsos modelos de rebeldía para mantener su influencia. Una forma de rechazar la odiosa necesidad de clasificar a los individuos sin respetar su individualidad y juega con su percepción de la realidad, a su vez es un duro cuestionamiento a la deshumanización, porque la hostilidad evidente entre los monstruos y la sociedad hace que ambas partes justifiquen las medidas más crueles para destruirse, dejando de lado la razón.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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El significado social del “monstruo”.

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Por lo general, la cultura popular modela imágenes tenebrosas de los mostruos-PFMS-Devianart.com

Dentro de la cultura popular los llamados monstruos son seres proscritos, a los cuales, las personas les temen. El miedo a que una criatura opuesta a todo lo conocido trastoque la vida diaria, alimenta el mito de su existencia, así es como se crea los arquetipos necesarios donde ubicar a aquellos individuos con comportamientos destructivos que representan una amenaza para la seguridad de una comunidad, y deben ser reprendidos por sus actos; aunque, infortunadamente, también se usa el término de manera despectiva hacia aquellos individuos que por su apariencia o modo de comportarse son vistos como “transgresores”. Lo cierto, es que la figura del monstruo representa el temor nativo del ser humano a aquello que teme, o no es capaz de comprender.

No obstante, la figura del monstruo puede usarse erróneamente como símbolo de subversión por individuos que se sienten marginados por la sociedad o que tienen una identificación destructiva con él, para así justificar un comportamiento hostil hacia su entorno. Esto último también aplica a ciertas individualidades que, siendo incapaces de lograr comunicarse sanamente con sus semejantes o con fuertes conflictos internos, terminan sintiendo gran fascinación por comportarse de una manera “monstruosa”. Si bien, actualmente existe una tendencia a mostrar al monstruo de forma más amistosa, casi inocente, rozando en lo ingenuo como si fuera un acto de benevolencia social, persiste la interpretación de que éste personaje es un ser incomprendido y proscrito.

Dentro de la mentalidad juvenil contemporánea, especialmente en las tribus urbanas, los monstruos terminan siendo objetos de identificación por aquellos que se perciben “diferentes”, no comparten los mismo gustos que los demás o están incómodos con los grupos denominados “populares”. Es evidente que el mayor problema de que exista una identificación con ellos, se debe a que algo está fallando en el proceso de integración de muchos jóvenes, algo impide que estos jóvenes y sus pares puedan tener una relación armónica.

Quizá la causa del problema la podamos encontrar en el complejo mundo de la adopción de un rol, este concepto que parte del mundo adulto no termina de convencer a los jóvenes, quienes están disconformes con la presión temprana de adoptar uno, de los conceptos adultos que les tratan de definir para qué se es un hombre -o mujer- y para qué no, y la frustrante sensación que tienen de que el mundo es más inseguro e injusto. No tienen un ideal o un referente más optimista y positivo que les impulse a enfrentar la vida, sino que optan por el desencanto. Un claro síntoma de la incapacidad del mundo adulto-juvenil por comunicarse armónicamente y puede motivar a que los adultos tiendan a ser flexibles o permisivos en exceso con catastróficas consecuencias, porque el mundo depende de reglas que son impuestas por los adultos, pero que los jóvenes desean cambiar o destruir, según sea el caso, para modelar una realidad acorde a sus gustos.

Lo cierto, es que el monstruo representa la ineficiencia de la represión en el proceso formativo del individuo cuando debe integrarse a la sociedad, entiéndase, aceptar una apariencia de normalidad, una pautas de comportamiento, una definición de igualdad -que no necesariamente se cumple tal cual- adoptar un rol según sus capacidades e intereses -que pueden ser diferentes a lo que todos aceptan-, y aceptar un modelo de vida que una mayoría define como “perfecta”. Dado que la subjetividad y las contradicciones humanas no aceptan modelos permanentes dentro del orden social, el temor hacia el cambio termina siendo absorbido por el monstruo como metáfora de ese miedo a la incertidumbre que genera un cambio -recordemos que los monstruos no toleran que su modo de vida sea perturbado-, una muestra de que aunque se predique “ideas liberales y progresistas” podría ocultarse visiones opuestas, más dogmáticas y conservadoras que las propuestas.

El monstruo representa la imposibilidad de los miembros de la comunidad de evaluar la realidad individual más allá de sus propias creencias, muchos de estos personajes han “fracasado” tratando de adaptarse al medio social, empero poseen una peculiaridad individual que los hace diferentes al resto, quienes pueden sentirse maravillados o temerosos; como el miedo predomina en todo orden social estos individuos son rechazados sutilmente o de forma directa. El monstruo ve en este caso dos contradicciones: la comunidad predica igualdad para todos sin excepción, pero está limitada a los que considere como “individuos normales”.

A pesar de que haya nacido y crecido en la comunidad, no es aceptado por ella debido a su condición “especial” -no ser “normal”- Lo otro que nota el monstruo, es que los motivos para no ser aceptado parten del miedo que se amalgama con una interpretación demasiado rígida de las normas sociales y la falta de interés de sus miembros en estudiar los límites de su propio sistema de convivencia. Así, de forma “legal” el monstruo no es considerado un individuo reconocido y termina apartándose voluntariamente o es expulsado de la comunidad. El dolor más grande que sufre un individuo, es no verse reflejado en sus semejantes ni formar parte de una comunidad en la que su identidad pueda desarrollarse, encontrando en la soledad un consuelo pasajero o en la venganza una forma de obligar a la comunidad a resarcirle.

La compleja relación del individuo con la comunidad queda reflejada metafóricamente en esta situación. En una época como la actual, donde los individuos tienden a tribalizarse, a tornarse individualista e inconformes y con una arremetida violenta de la intolerancia, la desconfianza hacia el futuro hace dudar de que la sociedad respete íntegramente a los ciudadanos tal como son por lo que no resulta extraño que reviva los temores a la pérdida de la libertad y el surgimiento de formas más autoritarias de gobierno. La angustia del individuo es la misma del monstruo: vivir en un ambiente incomunicado, irreflexivo, que no es capaz de escuchar y comprender, pero si de reprimir y perseguir. Sin embargo, la desesperante situación social puede inducir al monstruo a tomar acciones, para demostrar, inconscientemente, la fragilidad de la comunidad como una manera de burla, de rebeldía y de reafirmar su identidad mediante el terror.

El auge de grupos criminales diversos es un vivo ejemplo de ellos, individuos inadaptados que terminan siendo amenazas para la sociedad, sólo quieren con sus actos reafirmar su identidad ante una comunidad que, a su entender, le margina. Puede que en ciertas sociedades existan factores que marginen al individuo, pero en otras no es ésta la causa sino los antivalores, la falta de confianza en los valores universales y el pesimismo o el deseo de probar placeres prohibidos fruto de una conflicto moral no resuelto.

Los monstruos al habituarse a su condición terminan resignados a una existencia renegada y de supervivencia, ya que sabe que no será aceptado nunca por la comunidad ni dejará de estar en conflicto con su entorno, tan desolador panorama lo hace sucumbir en una irracionalidad incurable que degenera en conductas destructivas y excéntricas. Aún cuando las causas de su condición sean conocidas, los monstruos siempre serán unos proscritos, porque son opuestos a lo que la humanidad puede “aceptar” de si misma, es decir la humanidad descubre que ellos son una parte de si misma -oscura, tenebrosa y prodigiosa-, mas no es capaz de comprenderlo porque sigue ignorando quién es. Esta ignorancia tan terrible condena al monstruo y a la comunidad a vivir en conflicto.

También es destacable que el monstruo es un símbolo de lo subconsciente, lo que permanece oculto en el interior de cada persona hasta que surgen las condiciones para que aflore al exterior. Como seres pensantes todos tenemos una parte interna que ignoramos, aunque intuimos que existe y que no podemos controlar, a menos que se haga un intenso ejercicio de introspección para “iluminar” esa zona oscura de nuestro ser. Los monstruos, son seres que han sido dominados por esa parte oscura de su ser, que no siempre resulta buena pero tampoco quiere decir que no haya algo que refleje su humanidad, o una causa que explique el por qué de su comportamiento.

En muchas historias, los protagonistas tratan de buscar la causa en el pasado del monstruo, de esa manera pueden liberarse del temor que le tienen y comprenderse a sí mismo, pero ese conocimiento lo usan para destruir al monstruo no para liberarlo de su condición, quedando sin resolver el conflicto entre la parte consciente e inconsciente del ser humano, aunque depende en gran medida de la intención del autor. La negativa de no liberar al monstruo de su lamentable situación es una lectura pesimista del ser humano, quien a pesar de poder liberarse del sufrimiento, decide lo contrario porque no desea renunciar a sus ilusiones interiores. Clara metáfora del triunfo de la represión sobre la comprensión, alejándole de la sabiduría.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La ciencia y la filosofía deben reconciliarse.

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Imagen vista en Start Page Images.

Aunque estas dos ramas del saber tienen una historia común y un nexo irrenunciable, con el pasar del tiempo se han distanciado. El enorme progreso científico hace pensar que no existen otras realidades que no se puedan comprobar y cuantificar, al mismo tiempo la dinámica social ha focalizado la atención de las personas en otros aspectos de la cotidianidad más triviales e individuales. Las grandes interrogantes parecen estar relegadas a areópagos de sabios aislados que quieren desentrañar los misterios del Universo, pero parecen olvidar aquellos relacionados al hombre, al papel trascendente de su existencia y su futuro no únicamente como ser inteligente, sino como espíritu. La humanidad frecuentemente olvida su naturaleza espiritual al sucumbir ante la vorágine del materialismo contemporáneo, lo que acarrea dolorosos aprendizajes.

La filosofía es una forma de desentrañar en los misterios del Ser, de mantener a la humanidad centrada en que su esencia es infinita, por lo que debe comprender que el mundo material es un reflejo de esa infinitud. Mientras que la realidad social es fruto del empleo que le da ha dado a dicha infinitud; el ser humano enfrenta el dilema de no ser una criatura perfecta, para que lo sea debe realizar grandes esfuerzos que incluso pueden llevar mucho tiempo. La construcción de sociedades más complejas y difíciles de entender nos ha llevado a reducir nuestra conciencia a completar metas finitas, en tanto consideramos la existencia como angustiosa porque hemos atrofiado nuestro interés por saber más de nosotros mismos. Siempre creemos que conocerlo es ponernos a superar pruebas, cuando lo único que tenemos que hacer es preguntar.

La ciencia nos ha servido para resolver muchos enigmas, ha permitido vencer la ignorancia y ha ampliado nuestros horizontes. Ya estamos en un momento donde podemos afirmar con seguridad todo es posible; sin embargo los descubrimientos científicos han deslumbrado a la humanidad y la han obligado a confrontar con su propia naturaleza infinita pero imperfecta. Ese todo es posible puede tener un trasfondo aterrador, porque la humanidad atrapada en el materialismo no dará un uso trascendente a ese saber, sino que se perderá en la alienación y la ilusión.

No sería culpa del conocimiento -sea filosófico o científico- tal situación, al contrario sería a la tendencia del ser humano de considerar que lo que descubre es una verdad absoluta cuando es un camino para llegar a la naturaleza de un enigma. Es cuando confronta la innovación y los dogmas, lucha que no está exenta de dolorosos episodios, incluso pudiendo evitar el dolor los individuos se dejan arrastrar por las pasiones más violentas. Las mezquindades humanas nos confrontan con nosotros mismos, situación que podría ser utilizada para superarnos como especie más no siempre se mira así, preferimos creer que es un mal causado por las tentaciones de un Demiurgo maléfico. En este punto la filosofía y la ciencia rivalizan ferozmente, cuando se trata de resolver el por qué la humanidad sucumbe a la tentación de la ilusión, siendo necesario que trabajen juntas en resolver tan complejo acertijo.

Ambos saberes reclaman un papel protagónico, en la que cada una ofrece una visión razonable de la realidad sin embargo, tal rivalidad no necesariamente busca crear nuevos paradigmas para comprender y resolver los acertijos de la existencia humana; al contrario algunos de sus protagonistas parecieran aspirar en imponer un punto de vista, y dominar a los demás -situación que nos devuelve al escenario del dogma-. La pluralidad hace al mundo, porque la creatividad humana no es limitable. La imposición de dogmas no se reduce al pensamiento, también comprende el modo de vida de los individuos que inevitablemente provocan enfrentamientos y disconformidades violentas; ya que estamos demasiados convencidos de que nuestro existencia es exclusivamente mental y material, omitiendo la espiritual.

En este último aspecto han surgidos dogmas que se apoderan del necesario debate sobre el espíritu: la creencia excesivamente religiosa sobre su naturaleza, la visión mesiánica que la define como signo de audacia y valentía y la concepción contracultural que la mayoría de las veces deviene en charlatanería. Dichas tendencias, si bien muy opuestas, coinciden en que el espíritu esta en abierta confrontación con el excesivo dominio de la razón y la técnica, siendo su autoatribuida tarea “despertarlo”, pero inevitablemente sucumben a la falacia de concebir de que no pueden existir una armonía entre razón, técnica y espíritu, sino que es necesario confrontar con el orden establecido.

Es aquí cuando la filosofía termina siendo mal utilizada por intereses mezquinos y mercenarios que aprovechan tal controversia para vender una utopía, que como ha demostrado la experiencia, degenera en tiranía. Por ello, es lógico pensar que la humanidad prefiera una vida acomodada y segura -renuncia de la profundidad de su pensamiento-, mientras aumenta sus posibilidades creativas con la ciencia, sin embargo esta consideración responde al miedo de perder su libertad personal. Paradójicamente son muchos los individuos que sienten su entorno agobiante, contradictorio y hostil, aunque se tengan amplias libertades, es curioso que la humanidad tenga una visión pesimista de su propia existencia, que no recae nada más sobre su propio destino, también sobre si realmente es lo suficientemente sabia para asumirlo.

Ante este desafío, la humanidad tiene una gran desazón, siente que sus posibilidades para reconciliarse con el mundo y su interior son finitas, alejándose más del espíritu que contiene las posibilidades de lo infinito. En este escenario, el ser humano termina comprendiendo la necesidad de encontrar una nueva inspiración que le devuelva la profundidad a su pensamiento, conduciéndolo a la senda del espíritu que le llevará a la infinitud. El alcanzar esta cima es una de las tareas pendientes de la humanidad.

La sensación de vaciedad y disconformidad que poseen muchos individuos hacia el mundo, no será resulta ni con el placer estrictamente material -esto nos lleva a la ilusión- ni entregándose a la irracionalidad más grotesca, tales opciones tan comunes en el mundo moderno, son meros consuelos pasajeros -muy lucrativos para ciertos intereses- que terminaran destruyendo la identidad del individuo y alejándolo del Ser.

Resulta necesario alejarnos de los elementos que nos llevan a la corrupción del espíritu y nos hacen sucumbir en la ignorancia. La ignorancia de quienes somos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La interpretación epopéyica de la historia.

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La historia no debe ser tomada como excusa para mezquindades políticas-PFMS-Start Page Images

La historia no es una recopilación idílica de acontecimientos comprobables, es una fuente de aprendizaje que requiere un estudio cuidadoso en el que debe imperar la objetividad en su análisis. Para la humanidad actual, la historia se anexa a las disciplinas científicas, lo que significa que la lógica de los acontecimientos y el respeto a los contextos de cada etapa que vivió el género humano impera, a fines de obtener una correcta estructuración de nuestro pasado. Lógicamente, el conocimiento de la historia permite saber cuáles son las causas que han conducido a experimentar los acontecimientos del presente, los cuales no son ciclos que les corresponde enfrentar con formulas pasadas, sino aplicando soluciones adecuadas al tiempo que transcurre.

No obstante, todavía existe la absurda tendencia en darle a la historia una interpretación epopéyica, donde se justifica la necesidad de evocar héroes a cuya voluntad hay que someterse -voluntad harto caprichosa y repetida-, al mismo tiempo se cree que los avatares que enfrenta una nación, no son fruto de causas comprobables, sino de una conspiración fraguada por actores externos con cómplices internos. También están los que creen en estériles etiquetas que establecen que por una “herencia gloriosa” comprometida con la libertad, los ciudadanos deben “realizar sacrificios necesarios” para vencer los males del presente, aun cuando estos sean causados por desatención o a causa de una inadecuada aplicación de medidas destinadas a solventarlos.

Evidentemente, la humanidad contemporánea enfrenta dificultades cuyas causas son acumulaciones de errores e inacciones que han desbordado los mecanismo de control existentes, sin embargo, no quiere decir esto que debemos actuar igual que en tiempos pasados, ni invocar a un ungido que milagrosamente salve el mundo. Esa mentalidad es un remanente arcaico de épocas pasadas que no tienen cabida en este siglo, porque las contrariedades presentes se resuelven con la estructuración de organizaciones efectivas y la necesaria renovación de los mecanismos de cooperación internacional.

Si bien, los líderes deben coordinarse con las organizaciones, no deben apoderarse de forma déspota del cargo que desempeñen, ya que perjudican al tejido social que garantiza la estabilidad del orden establecido porque sin él, se corre el riesgo de un colapso absoluto. Los lideres con mentalidad autocrática, que quieren apoderarse de toda la voluntad ciudadana, proyectándose como la única solución en tiempos de incertidumbre, son individuos desfasados que nunca podrán comprender la complejidad del tiempo presente, porque apelan a la manipulación emocional para convencer, no tienen un plan sino un discurso “atractivo”, pero vacío e incoherente que seduce la insatisfacción ciudadana.

Paralelamente, encontramos individuos que han construido una imagen heroica a costa de la influencia mediática en vez de destacarse su trayectoria, éxitos y aprendizajes. Este requisito se omite deliberadamente porque el objetivo es aprovecharse, ya sea del desconocimiento o de circunstancias adversas, para que estos personajes satisfagan una necesidad personal, que nunca se van a presentar al público como tal, sino como correspondiente de los deseos colectivos. El trasfondo de sus motivaciones suelen ser típicos: el ser tomado en cuenta -así haga mal- el querer proteger intereses oscuros, practicar el arribismo, destruir el debate para imponer la confrontación y una desmesurada sed de poder.

La historia así interpretada nos entrega un individuo autoengañado que siempre querrá llamar la atención, un narcisista que vivirá de la imagen más que de presentar resultados concretos y que fácilmente estará involucrado en oscuras conjuras. Tenderá a autodenominarse como depositario de los grandes ideales nacionales y utilizará un falso sentimiento de carencia para conquistar el resentimiento latente en la sociedad, premiará y se rodeará de los individuos más hipócritas que terminarán por adularlo o utilizarle para conquistar su propia cuota de poder, siendo lo más lamentable que nunca querrá conciliar con otros grupos sino que quiere imponer su voluntad y dividir a la ciudadanía. Obviamente una sociedad desunida nunca alcanzará un nivel de bienestar aceptable con este tipo de individuos, vivirá en permanente conflicto.

La gran interrogante que surge entre los estudiosos de la historia es: ¿qué alimenta la interpretación epopéyica? Las causas son muy variadas y dependen de la mentalidad de cada nación pero existen algunos elementos comunes: las sociedades actuales dependen de organizaciones automáticas más que de individuos protagónicos; dichas organizaciones, son pragmáticas por lo que deciden en función a lo que conviene y es necesario, incluso cuando no sea moralmente correcto.

El individuo cuestiona su entorno político, por ello no puede reemplazar dichas organizaciones porque las utopías no tienen posibilidades de apoyo, esto le causa un gran desazón porque interpreta que la moral aceptada es falsa cuando trata de aplicarse coherentemente.

Así mismo, el individuo siente identificación con las figuras que le atribuyen cualidades heroicas y están al margen de la ley. Aquellos personajes que terminan siendo más efectivos que las autoridades y presentan una imagen integra e incorruptible goza del apoyo de muchos ciudadanos. El cine aprovecha las actuales circunstancias para mostrarnos héroes de esta categoría, porque para algunos ciudadanos descontentos la sociedad actual esta inmersa en un grave ciclo de inmoralidad, falta de voluntad para enfrentar la corrupción e ineptitud que provoca el rechazo hacia las figuras de autoridad. El individuo siente que el mundo es más inseguro y esta sugestionado con la idea de que hay una amenaza oculta que le intimida sintiéndose vulnerable.

Al no encontrar ninguna garantía de que las cosas puedan cambiar para bien, siente que su libertad está siendo menoscaba por el medio y las presiones sociales. Incluso aunque viva en una sociedad con amplias libertades, el ambiente conflictivo del presente siglo le hace pensar que sin importar cuanto se esfuerce por mejorar y mantener una conducta recta, siempre el mundo sucumbirá a ciclos de barbarie e incivilidad que no deja espacios para la mesura y las soluciones pacíficas. No obstante, esta percepción es sólo una forma pesimista de ver el mundo que desafortunadamente apelan los arribistas y demagogos, amantes de soluciones heroicas de los conflictos.

Hay que aclarar que la historia no es un objeto que podemos manejar de forma caprichosa. Ella es el receptáculo de la conciencia de la humanidad que exige pulcritud en su estudio, de lo contrario estaría atentándose contra la esencia de la paz y del conocimiento objetivo de la realidad. Los hechos históricos demuestran que las sociedades cambian incluso en circunstancias muy violentas, mientras que las experiencias pasadas sean asimiladas como un aprendizaje para avanzar hacia un futuro mejor. Caso contrario, las naciones sucumben en la anarquía y la tiranía. Si bien, en ello hay ciudadanos destacados y brillantes no podemos cultivar la adulancia hacia su imagen porque no son infalibles.

La tendencia de volver una epopeya la historia, niega la humanidad de los protagonistas de la misma en un afán por resucitar glorias pasadas que no tienen cabida en el presente ni se corresponde con la realidad. Tampoco es fiable quien ve la historia como una lucha épica entre el bien y el mal que juzga a los individuos según el bando que le asignan, no sus ideas o decisiones. Tal interpretación promueve la exclusión social, y alimenta los conflictos, a la vez que falsifica la autenticidad de los hechos e impone un dogma deformante de la identidad ciudadana. Tampoco es aceptable que se tome de la historia una excusa para imponer una forma de liderazgo o de medidas que exijan sacrificios a la ciudadanía, porque eso corresponde al afán egoísta de algunos.

Si algo que enseña, con toda seguridad, la historia es que hay ciudadanos probos para las circunstancias más difíciles pero eso no significa que sean imprescindibles ni es justo que fracciones oscuras impongan un liderazgo acorde a sus intereses, amparándose en que son necesarios, depositarios de la herencia de los grandes héroes de la patria o porque tienen un ficticio linaje con algún personaje histórico específico. Nada de eso se ajusta a la realidad, sino a la mezquindad de esos intereses que creen merecer más de lo que pueden tener aunque no les corresponda, porque no tienen la preparación debida, un apoyo real de la ciudadanía o porque tengan un plan coherente. La historia también es una ciencia, como tal su único interés es mostrar la verdad con evidencias sustentadas, no con ficticios linajes o fantasías heroicas.

Es menester que la historia no sea usada como excusa para la demagogia de algunos, sino como un vehículo donde los ciudadanos encuentren su propia identidad y el aprendizaje necesario que los lleve a futuros provechosos, que enriquezca su sabiduría.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x