Las distopías no son un manual de política

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Las distopias plantean posibles escenarios del futuro-PFMS-DuckDuckGo Images

Aunque los relatos distópicos tienen una finalidad crítica con el entorno social que rodea al autor, es un absurdo considerarlo como una guía para entender la política contemporánea; porque una narración de este tipo no está limitada a una parte especifica de la sociedad, incluso su visión integral permite profundizar en el subconsciente de ella y conocer sus aspectos más complejos; aspectos que suelen magnificarse dentro de una óptica fantástica, pero nunca lejana de la realidad, siempre buscando acercar al lector a confrontar con su propia naturaleza ciudadana.

La mayoría de las distopías prefieren partir de una crítica hacia los excesos científicos, pero terminan tocando todos los aspectos -incluyendo los más incómodos- de la sociedad porque sus componentes guardan estrecha dependencia entre sí y su actividad afecta a todo su entramado. La política es la más relevante, porque en ella las decisiones que se tomen determinarán el funcionamiento de la sociedad, además de que expone cuán correctos son los valores o deseos de progresar en paz. No obstante, las contradicciones de la naturaleza humana hacen difícil determinar hacia donde va realmente la humanidad y que desea para sí misma.

Por ello la literatura recurre a la distopía, para saber hacia dónde vamos, a qué atenernos si seguimos una tendencia social y qué futuro modelamos, todo dentro de una visión oscura, enigmática y crítica. A veces pesimista, pero sincera. Nos recuerda del peligro latente de aspirar a una utopía social -y sobre todo moral- si seguimos siendo criaturas que no se han librado de sus contradicciones internas, porque si no las consecuencias serian desastrosas. Paralelo a ello el género distópico trata de recoger y exponer los temores humanos para que el lector reflexione críticamente sobre ellos, temores que pueden ser fruto del progreso técnico y científico, la política, la incertidumbre cotidiana, la moral y ética adoptada por la sociedad y sobre el rol del ciudadano en el presente.

Tantas aristas presenta éste género que condensarlo es pernicioso para el mismo, porque pierde el sentido critico y analítico, exponiéndose a ser un relato estéril con fines esteticistas más que auténticamente literarios. Actualmente, los convulsos tiempos que vivimos reavivó el interés en conocer hacia dónde nos dirigimos, empero muchas obras distópicas han cometido el error de no ser agudos en su visión critica del presente, si no que terminan siendo meros panfletos seudo políticos que invitan a la “rebelión” sin aclarar por qué o hacia qué, a simplificar burdamente tramas románticas mezcladas con gobiernos opresores que deben “derrocar porque cuartan la libertad” sin presentar una alternativa política a la existente.

Son historia que se inspiran en fórmulas orwellianas sin llegar a ahondar en sus propios argumentos. Su único cometido es utilizar futuros desesperanzadores para introducir la manida hostilidad entre héroes y villanos, donde estos últimos se caracterizan por sus excentricidades, torpeza y maldad. El héroe es tratado como “el remedio” para liberar a la sociedad de sus opresores, algo absurdo en este género, sin embargo, forzosamente este personaje están involucrado en situaciones extremas en donde no hay espacio para reflexionar si no para actuar, es un sujeto de acción no de ideas y su atractivo radica en sus “hazañas” destructivas para “derrocar un sistema corrupto y opresor”.

Historias que nunca van a explorar la esencia de por qué la sociedad ha perdido la libertad o por qué las personas aceptaron ese modelo social. Peor aún es que nunca exploran el perfil psicológico de los personajes, cómo el entorno les influye o por qué toman las decisiones que desarrollan la trama. Estos relatos también son muy limitados, porque sus autores creen que una distopía es solamente un futuro terrible con políticos opresores, cuando eso apenas es uno de los miles temas que se pueden tratar en este género. Las historias distópicas tienden a tratar de reflejar la complejidad social del ser humano moderno a través de personajes que actúan como metáforas de nuestras ideas y reflexiones acerca del entorno, no limitarnos a identificarnos con ellos por mera circunstancia.

Estos relatos no plantean visiones criticas ni analíticas, perpetúan la conflictividad entre seres humanos con el argumento simplón de que algunos desean poder y otros ser libres. Sin embargo, ¿cuál concepto de libertad tienen los opositores?, ¿es viable esa libertad que proponen?, ¿no se trata de un “malestar juvenil” que empuja a los opositores a rebelarse, una mera disconformidad mal encausada que parte de la emoción en vez de la razón?, ¿por qué los personajes principales no dan una explicación coherente de sus motivaciones políticas? Responder a estas preguntas requeriría replantear la trama, para evitarlo, entonces se propone que el protagonista es una “víctima de las circunstancias” incapaz de tomar partido por algo o de interpretar como le afecta dichos acontecimientos.

La trama así es “resuelta” y el autor se libra de la necesidad de explicar por qué el personaje se ve enredado en esos acontecimientos. Tampoco hay que ignorar que el discurso político empleado resulta curioso: un discurso que llama a rebelarse porque “esto está mal”, a la confrontación entre los ciudadanos y el sistema sin opción a diálogo ni de proponer vías democráticas, una completa ausencia de civilidad o de reconciliación de la memoria histórica de la sociedad, y una aceptación simplista de la violencia como único medio para conquistar el Poder. Por eso cabe preguntarse: ¿por qué los opositores creen que defienden ideales superiores a los del sistema, si precisamente hacen lo que el sistema espera, es decir, que alguien lo ataque violentamente?, ¿por qué nunca se toma en cuenta la opinión de los adeptos al sistema?, ¿es que están tan esclavizados que les es indiferente quien gobierne y se resignan a cumplir un rol establecido?

Esta visión simplista de las distopías no es buena literatura, son relatos para entretenerse y olvidarse, no hay interés por proponer ideas que aspiren a una sociedad mejor ni mucho menos a inspirar una reflexión del entorno social y trata de evadir las críticas hacia su falta de profundidad argumental con discursos seudo políticos, sin dar muestras sinceras de conciencia social o se decantan por un vacío discurso filosófico que carece de un origen interno, de una preocupación individual honesta. Además ¿por qué se limita éste género a una inevitable guerra entre un gobierno opresor y una fracción de ciudadanos descontentos? La mejor manera de escribir sobre éste género es inspirándose en la realidad, en las preocupaciones humanas del presente.

Los relatos así planteados terminan siendo vacuos, sin aportes valiosos a la literatura contemporánea, explotan argumentos repetidos sin darles ningún aire novedoso, pareciera que buscan un fin propagandístico y subversivo a costa de estimular una disconformidad sin forma ni discurso, terminan siendo historias improvisadas que deforman la realidad crítica de una distopía. Ni siquiera los relatos plantean qué pasará después, porque no tienen ideales con visión hacia el futuro sino inmediatista. Aspiran a ser un baluarte político sin sinceridad ni ejercicio intelectual convirtiéndose en un mero objeto mediático rentable, pero que deforma la capacidad de pensamiento objetivo y correlacionarlo con la realidad social del lector, es decir, dejar que el lector ajuste la obra a sus parámetros culturales para descubrir una nueva dimensión de la realidad.

La causa de estas distopías banales, la podemos hallar en varias contradicciones graves de la sociedad contemporánea: tenemos facilidades para acceder al conocimiento, la cultura y la información, pero tememos a enfrentar la complejidad de nuestra propia existencia, creemos que la profundidad del pensamiento humano es obra de prodigios incomprendidos que adulamos y cuyas ideas las recitamos como un monótono ejercicio de mnemotecnia, estamos convencidos que ser diferentes es sinónimo de marginación o de rebeldía optando a escondernos en la monotonía y el uniformismo.

Estamos disconformes, pero no sabemos por qué ni trabajamos en nuestro interior para descubrir la causa, admiramos más a quienes promueven el hedonismo y las acciones irresponsables, somos apáticos en trabajar en nuestro intelecto -que enriquece nuestra alma- prefiriendo rendirle culto a una imagen que no nos dice nada valioso, que no nos aporta herramientas para aspirar a la grandeza creativa si no para satisfacer placeres inmediatos. La realidad humana es demasiado rica e interesante como para caer en falacias reduccionistas. Creemos que no somos capaces de entender fronteras más amplias de nuestro entendimiento; eso nos vuelve inseguros y vulnerables. Presas fáciles de falsos mensajes grandilocuentes al que apelan los arribistas.

El objetivo principal de toda obra literaria que aspire a la transcendencia y que desee exponer las complejidades del ser humano contemporáneo, es buscar que el individuo conozca esas realidades que se oculta en esa vorágine de mensajes e imágenes en que se ha convertido el mundo actual. Hay que brindarle herramientas al lector para poder comprender la realidad que le rodea y verla de manera distinta, sobre todo debe buscarse que se interese en pensar, en reclamar para sí una cultura que valore el intelecto y la solidez de argumentos, una cultura que parta de la profundidad del pensamiento humano, pero que ésta sea comprensible y cercana al lector.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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