La necesidad de cuidar el lenguaje.

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El correcto uso del lenguaje, garantiza una sana convivencia social-PFMS-Start Page Images

El buen uso del lenguaje es una virtud que suele subestimarse, no muchos toman en cuenta que su correcto uso puede ser determinante en las relaciones sociales y la modelación de la cultura. Suele estratificarse a los individuos en función a como lo emplean, aún cuando compartan una cultura común las distancias entre los grupos aumentan por eso; esto es un proceso inevitable en la naturaleza gregaria del ser humano que dispone con quien se asocia. El problema es que el uso del lenguaje adoptado por cada grupo, puede volverse críptico para otros quienes se sienten confundidos o tienden ha hostilizar a las agrupaciones que considera “extrañas” y es en este punto donde el mal uso del lenguaje puede convertirse en un arma letal.

Es reduccionista pensar que el mal uso del lenguaje es atribuible a grupos concretos, cuando las jergas -por ejemplo- se extienden en todos los demás miembros y no existe una distinción entre grupos por ellas, dichas expresiones pierden su significado original, amoldándose a la interpretación de cada quién. Comienza creándose una forma de expresarse global que puede empobrecer la comunicación de los miembros de una comunidad; porque adoptar formas exóticas de expresión resulta extrañamente atractivo y hasta transgresor cuando se piensa que las reglas formales del idioma son “opresivas” o “caducas”, peor aun, que se le atribuya su correcto uso como algo perteneciente a élites lejanas y extranjeras.

Tristemente, la raíz original del idioma termina por corromperse porque urge catalogar y significar estas nuevos expresiones, sin advertirse que aunque estén clasificadas los individuos deben respetar el correcto uso del lenguaje, no debería desplazar las formas correcta por otras que resultan alienantes y confusas que a la larga alejan a las miembros de la sociedad dado a que no pueden entenderse. La educación es el remedio para preservar las formas correctas del lenguaje pero se enfrenta con el reto de inculcarlo y convencer a los futuros ciudadanos de no permitir las corrupciones del lenguaje, cuando vivimos constantemente influenciados por la actual vorágine mediática.

El medio moderno siempre está en búsqueda de nuevas formas de expresión que le permita conquistar nuevas audiencias, por lo que no tienen ningún reparo en adoptar formas extrañas e incorrectas del lenguaje con tal de lograr dicho fin. Esas extrañas expresiones nos llegan como algo “bueno”, novedoso, que haga sentir al espectador que está incluido en “algo increíble” y debe desdeñar a quienes se oponen a esta “manifestación de la modernidad”. Por ellos vemos como el argot del mundo criminal, de ciertas subculturas, de grupos étnicos y religiosos, de ciertas agrupaciones juveniles o de asociaciones políticas poco conocidas, terminan llegando a nosotros sin una explicación coherente sobre su uso real y origen.

Solamente porque como no es conocida, es fácil de memorizar y el medio focaliza su significado en algo en concreto que todos pueden asociar para reconocerlo. El mejor ejemplo de ello está, en el mundo político cuando ciertos dirigentes emplean metáforas que identifican con algún término pertenecientes a algún argot específico, creyendo que así puede explicarle mejor al público qué significa una situación en concreto o conquistar la simpatía de una parte de ese público a influenciar, pero el efecto a largo plazo es devastador: la sociedad -por esa mala expresión- se polariza y recrudece la exclusión social, aumenta la incomunicación entre grupos, porque se acusan mutuamente de “expresarse mal”, el respeto se pierde, no existe una interpretación objetiva de los hechos cotidianos y el empobrecimiento del lenguaje de acepta como normal (¿?).

Lo más lamentable es que la mentes infantiles tienden a terminar confundiéndose, sobre todo cuando descubren que para comunicarse con ciertos grupos no puede hacerlo sin “aprender” su forma de expresión particular, es decir en vez de conservarse y respetarse las formas correctas de del lenguaje que actúan como un “canal común” para que todos puedan comunicarse y entenderse, la misma sociedad promueve expresiones autoexcluyentes que apartan a los individuos, que terminan creyendo que son “ajenos a los demás”.

El individuo termina por alienarse debido a esa confusión porque siempre tendrá presente la duda sobre a cuál grupo pertenece o con quiénes puede asociarse, sin que vea menoscaba su educación e identidad. También está en que empieza ha crearse absurdas jerarquías entre grupos que inevitablemente devienen en conflictos o complejos de superioridad, así la estatificación social por causa del lenguaje nos entrega una sociedad más dividida, unos ciudadanos temerosos de relacionarse y poco cooperativos y una cultura empobrecida. No hay que olvidar que el lenguaje también afecta la identidad nacional, una absurda jerarquización por su mal uso termina confundiendo sobre cómo definir la cultura autóctona, que a veces se le vincula con lo peor y actúa como vector en promover los antivalores.

Esa promoción de los antivalores por el mal uso del lenguajes que a su vez trata de definir cómo son los miembros de una sociedad termina por destruir el orgullo ciudadano, desmoralizándolo para que manifieste lo más bajo de sí mismo, convencerlo de que no vale la pena esforzarse por mejorar como persona “porque somos así, un pueblo anárquico” y engañarlo con esta identidad de mediocre. Por ello tenemos tantos talentos desperdiciados, personas desempeñando funciones que en realidad no le interesan pero que el mal uso del lenguaje le convenció de que “para eso era bueno”, individuos trastornados que terminan sucumbiendo al resentimiento o la más grotesca chabacanería, porque un pésimo uso de la palabra le dijo que pertenecía a un grupo especifico y de allí no puede salir ni aspirar a superarse.

Detrás de todo mal uso del lenguaje se esconde determinismos sociales que incomunican y destruyen el progreso social, facilitan la penetración de la mediocridad y el odio hacia la cultura que da el saber, para sobrevalorar una la vulgaridad, lo profano, las historia prosaicas, la más patética banalidad… pero sobre todo desprecia la educación, para ser más exacto, aquella educación que nos inculca que siendo cordiales y corteses con todos se puede garantizar una correcta convivencia social.

La sociedad no puede ampararse en excusas para disminuir la urgente necesidad de respetar la pureza del buen uso del lenguaje, no puede permitirse el que siga consintiendo que términos vulgares y extraños destruyan la comunicación entre sus miembros, ni mucho menos debe consentir que sus más altos representantes sucumban a la tentación de expresarse mal en público y premiarse tanta falta de educación.

La palabra es un instrumento poderoso, como tal debemos ser cuidadosos en su buen uso.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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