La arremetida del anti-intelectualismo.

willwardy
Sin riqueza intelectual auténtica, el individuo puede ser manipulado-PFMS-Start Page Images.

La intelectualidad ha tenido que soportar las presiones de una sociedad cada vez más mediatizada y reactiva; una sociedad que muestra desinterés por los hechos objetivos y más por las explicaciones superficiales. El estudio metódico de la realidad nunca se podrá considerar auténtico sino hay una adecuada preparación intelectual; ésta garantiza que el individuo podrá contar con herramientas variadas para comprender su entorno y evitar ser manipulado. Pero, el tener un alto desarrollo intelectual, a veces es visto como una amenaza para ciertas personas que consideran incómodo las capacidades de otros ya sea por envidia, intolerancia o porque la banalización de la realidad es dominante. Es una etiqueta absurda el considerar a los individuos más notables como “paranoicos” o “arcaicos” por expresar opiniones contrarias a aquellas tendencias socialmente aceptadas.

Sobre todo, en momentos de grandes tensiones políticas en donde es muy necesario el consejo de las personas más capaces, porque ellas son las garantes de que la mesura -no la barbarie- podrá encontrar las soluciones más sabias. No obstante, sus observaciones tienen que soportar el asedio de críticas sin fundamento cuyo único “argumento” es el insulto, la sistemática exclusión por desaprobar la violencia, disminuir sus capacidades porque se prefiere a los “valientes”, antes que a las personas inteligentes que propongan acciones menos arriesgadas, considerándolos “débil” o “miedoso” porque prefieran el diálogo y la diplomacia para la resolución de cualquier conflicto.

El presente siglo vive contradiciéndose, porque al hablarse de una sociedad del conocimiento, entonces es necesaria más intelectualidad, sin embargo al ciudadano se le satura de estímulos que despiertan su bestialidad, las más bajas pasiones, para que se convierta en un ser reactivo y no ejercite la reflexión, que apruebe el escándalo en vez de la objetividad, que odie la sensibilidad y prefiera la carnalidad, que desprecie el buen uso de la palabra y opte por la fuerza para obtener lo que quiera.

Reducir al individuo a ser un guiñapo moral para después reprimirlo. La intelectualidad no busca soluciones pasajeras sino definitivas, no necesita de discursos simplistas sino coherentes y sinceros, tampoco niega la complejidad que entraña la existencia humana decantándose por emplear los medios más didácticos para comunicar sus ideas, en vez de los efectistas. Por ello el intelectual, nunca va a ser una persona “obvia” porque ha trabajado su conciencia y evita los factores que la empobrece. Ser intelectual no es una profesión ni un privilegio, es una capacidad que se desarrolla por interés sincero del individuo. Quienes rechazan la intelectualidad y la reflexión representan la mediocridad, el primitivismo mental, porque nunca han hecho un esfuerzo por comprender la realidad sino viven conformados, siendo parte de una masa amorfa carente de creatividad.

La intelectualidad no busca el camino fácil, sino el más didáctico el que eleve al hombre por encima de sus propias miserias algo incompresible para quienes atacan a quienes dedican su vida a ello con argumentos como “los intelectuales son aburridos”, “no les gusta disfrutar de la vida”, “de tanto pensar se van a volver locos”, “hablan con palabras que ni ellos mismos entienden”… falacias propias de individuos alienados por una sociedad que no termina de sincerarse a enfrentar las causas de su propia indigencia moral, porque prefiere continuar en un mundo donde impere la polarización social, la atrofia mental, la chabacanería, el ansia de fama por encima de la profesionalización. Prefiere que sigamos inmersos en un mundo que imposibilite la transformación colectiva de la ciudadanía alegando que es una utopía porque el ser humano es imperfecto.

La realidad es que somos imperfectos porque nos dejamos convencer con eso, si renunciáramos a dicha convicción nos daríamos cuenta de nuestras autenticas posibilidades. La intelectualidad conlleva a renunciar a dichas convicciones, a cambiar de formas de pensamientos, vivir de un constante aprendizaje y hacer un gran ejercicio de humildad atributos que distingue a una persona bien ilustrada.

El baluarte de todo intelectual es la cultura y un amor irrenunciable a ella, especialmente a una cultura que libere a la humanidad de su pobreza interior, una cultura que reconozca al espíritu humano como centro de su existencia. Liberado de tediosos dogmas, falacias y mentalidades supersticiosas. Una cultura que no se encuentre secuestrada por la mediatización ni el empobrecimiento de la misma que este disponible para todos teniendo como objetivo el hacernos avanzar y desarrollar nuestros auténticos talentos, que no promueva el odio, la rivalidad entre los seres humanos, ni la exclusión. Que la única riqueza por la cual valga la pena arriesgar todo sea el conocimiento al servicio del progreso humano. Hay que entender que el mundo moderno existe porque seres geniales comprendieron que el pensamiento transforma el mundo, y es una ingratitud de parte de la humanidad despreciar la intelectualidad porque no es incapaz de renunciar a sus hábitos perniciosos.

Hábitos que buscan satisfacer placeres pasajeros, que no conducen sino a la esclavitud mental, a vivir aferrados a dogmas inútiles y a no prestar atención a lo que realmente importa; sobre todo la anti-intelectualidad ignora la meritocracia premiando a los peores individuos, los más mediocres que posteriormente serán los azotes de la humanidad. Más penoso son los individuos que dedicándose a las letras no tienen ningún reparo en promover la lujuria, los antivalores, la superchería y el odio para después autodenominarse intelectuales. Individuos que gozan de fama, reconocimiento y ser sus obras “grandes bestsellers” pero carecen de sustancia, de un estilo innovador que enriquezca la cultura, que realmente se sienta en cada página un sincero interés por compartir una experiencia o una visión de la realidad que amplié los horizontes del pensamiento.

Son plumas frágiles y pasajeras, porque con rapidez se popularizan pero –irónicamente- se desvanecen con la misma velocidad. No permanecen en la memoria colectiva, dependen de todo un entramado mediático para existir y de interminables secuelas. Sus objetivos como escritores son los mismos que promueven los factores alienantes de la sociedad: vivir de los placeres pasajeros, no de enriquecer la cultura.

Resulta lamentable que viendo los potenciales que poseemos para promover una intelectualidad mejor preparada y comunicada, preferimos tener mentes trocadas que viven presionadas por el “exceso de velocidad” de la sociedad contemporánea. Los medios técnicos destinados para mejorar la educación –paralelamente- enferman el ambiente social con intereses mezquinos. Pareciera que premiar la banalidad y la vulgaridad es el objetivo, deshumanizar cuanto se pueda con tal de no permitir ni pensar ni vivir. Reprimir el esfuerzo intelectual porque -a los ojos de algunos- es un acto criminal el pensar de forma crítica e independiente de los dogmas y grupos dominantes, aquí cabe preguntarse: ¿y como podemos hablar de libertad si tememos a nuestro propio pensamiento?, ¿para que se lucha por la libertad si se tiene ocultos grilletes peores que los que ya aprisionan?, ¿por que nos autodenominamos “ser una especie civilizada” si nos comportamos como bestias asesinas?…

Ninguna excusa vale para que incluso en este siglo los esfuerzos colectivos estén dirigidos a la destrucción moral de la humanidad, a menospreciar las enseñanzas de la historia y tergiversar los hechos que deben ser evaluados objetivamente porque se trata a los ciudadanos como memos, no como seres pensantes.

La lucha social que protagoniza un verdadero intelectual –casi en solitario, y no exento de amarguras- es tener una ciudadanía más ilustrada, capaz de reconocer el verdadero arte, que promueva las transformaciones sociales dentro de un camino realmente pacífico y que renuncie definitivamente a prestar atención a mensajes destructivos y esclavizantes.

Conveniente citar las palabras de la escritora libanesa Joumana Haddad (diario venezolano El Universal ).

“La literatura “enriquece la conciencia y, cuando la conciencia se vuelve fuerte, (…) se puede aspirar a una vida mejor”.

“Necesitamos aprender y conocer las opciones y sin literatura no las podemos conocer como seres humanos” aseveró.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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