El mito de Robin Hood.

Robin Hood
El mito de Robin Hood sigue vigente, a pesar de la modernidad-PFMS-StartPage Images

Resulta curioso que todavía este personaje siga siendo tan imitado e idolatrado por muchos, un personaje cuya existencia causa fascinación y encarna -para algunos- el “ideal a seguir de héroe del pueblo”. Sin embargo, hay que considerar que dicho paladín no pasa de ser una leyenda creada por las gentes de una época pasada, sujeta a un contexto social radicalmente distinto al actual y cuya concepción de héroe también era opuesta a nuestro tiempo. Desafortunadamente las sociedades no parecen dispuestas a aceptar que el culto a los héroes degenera en demagogia, porque su abyecta adoración terminará dando paso a la dependencia de su figura y la destrucción del protagonismo ciudadano, es decir la ciudadanía renuncia a su propia voluntad para actuar espontáneamente, cediendo a los intereses del héroe, y atribuyéndole al mismo un poder sobrehumano. La desfiguración de la humanidad del héroe termina por convertirlo en un dios.

Como todo ser humano puede errar o confundir el bien con el mal en su accionar pero si tiene la complicidad de una masa fanática; entonces el considerará todas sus acciones como correctas y necesarias. En este punto, donde más es necesaria la reflexión moral y ética de las decisiones del héroe, la sociedad recurre a la negación e inutiliza el buen juicio porque necesita con premura a este personaje para “liberarse” de los males que ella misma incuba. El héroe lucha contra una maldad que nunca podrá ser derrotada definitivamente; porque sería confrontar contra la propia naturaleza dual de la especie humana y la sociedad necesita la confrontación entre el bien y el mal para justificar la existencia de un organismo de control, que no es otra cosa que la represión. Un héroe -quiérase o no- es sólo un mecanismo de control.

Al ser un mecanismo de control que actúa en circunstancias extraordinarias -cuando el sistema social esta corrompido y no puede funcionar de forma óptima- su misión consiste en encarnar la voluntad colectiva -la gente debe creer en él- con el fin de restablecer el equilibrio del sistema y tiene que trascender en el tiempo mediante el recuerdo -leyendas, mitos, historias, canciones populares- para mantenerse integrado al sistema y ser invocado nuevamente, si así se requiere. No obstante, la humanidad tiene valores contrapuestos por la mentalidad única de cada cultura. Dicha mentalidad es quien le atribuye al héroe los ideales que enarbolará para su causa. Teóricamente deben ser ideales inspirados en el bien común y lucha constante contra la injusticia, pero la ciudadanía esta limitada ha trabajar en torno a la herencia del héroe -una sociedad libre del mal-.

Aquí es cuando el héroe enfrenta la realidad, las necesidades humanas interiormente no son uniformes y casi todo el mundo piensa en si mismo dando paso al egoísmo. La humanidad si bien, aceptará esa herencia puede corromperla por ese egoísmo, cuando el héroe se da cuenta de ello utiliza el recurso del “sacrificio”, el martirio o la “muerte trágica” para intentar mantener la unidad de los ciudadanos. Lógicamente, la mayoría de las sociedades que atienden este “llamado” del héroe aceptan, más por conveniencia que por un gesto sincero, lo necesario de la unidad. Pero quienes dirijan la sociedad después del héroe lo harán conforme a sus intereses, muy opuestos a los de él. La razón es muy sencilla: las circunstancias son otras -ya no hay lucha, el mal ha sido derrotado- la gente clama porque sus necesidades sean satisfechas diligentemente.

Como el héroe no fue hecho para dirigir en la paz, sino en la lucha su función se limita a los tiempos donde impera la villanía. Después de ello, es necesario los líderes quienes deben dirigir la sociedad y eso es un proceso racional. La inspiración, la emotividad, la agitación de los corazones oprimidos, la entrega… todos esos recursos heroicos para inspirar a la gente, son útiles “en batalla” posteriormente surge la mesura y quienes deben emplearla son los líderes, no los héroes. Ambos son opuestos, porque el líder dirige y planifica cuando el equilibrio del sistema es absoluto, no es necesario esfuerzos extraordinarios porque los ciudadanos saben cual es su función y la cumplen, según su rol y condición social. El héroe, aunque dirige, no es mesurado porque debe empatizar con sus seguidores para recuperar el Poder e imponer el orden.

El líder no necesita de ello porque aparece en momentos donde la sociedad funciona correctamente, pudiendo solventar sus fallas y contener el mal mediante la fuerza de la ley y su cumplimiento. Muy distinto al héroe quién puede ser licencioso en cuanto a sus decisiones y acciones, porque se encuentra en momentos excepcionales. El héroe puede consentir el crimen, la violencia sin medida, el robo… si sirve para la causa, presionado por los acontecimientos, la falta de límites racionales o por el excesivo culto a su persona. Aunque resista recurrir a esa medida -por sus convicciones morales, por ejemplo- el héroe siempre tendrá a sentir remordimiento, o alguna culpa que cargar dado que sabe que la lucha no esta exenta de horrores y tragedias. Los lideres rechazan la necesidad de ello, por eso previenen las causas de las circunstancias difíciles.

Esto incluso aplica a los superhéroes, quienes existen porque la sociedad y sus mecanismos de control han sido rebasados por elementos hostiles extraordinarios. Como la misión del héroe es vencer esas amenazas, su presencia es estimada y aceptada, aun cuando entre en abierta contradicción con la ley, la moral y la ética social imperante. Pero ver a un superhéroe, viviendo períodos de sosiego infinitos o dirigiendo sabiamente una sociedad es algo contrario a su naturaleza que reclama acción, riesgo y aventura.

Si tienen poder político, fracasarán, porque están habituados al combate no al debate de las ideas o en el peor de los casos serán corrompidos. Más allá de las licencias de un guionista, un historiador o un simpatizante, el rol del héroe se limita a épocas de gran contrariedad en donde se ha perdido la fe en el bien, la justicia, la civilidad, e impera el barbarismo y la violencia. Él actúa conforme con lo que demanda la época y los recursos a su disposición, sin embargo su actuación no puede escapar de un juicio racional para constituir una moral superior y prevenir la barbarie. El rechazar la evaluación crítica a sus acciones, ha sido una de las causas de la actual crisis social, porque impera la confusión entre el líder y el héroe, dos roles muy opuestos que se desenvuelven en escenarios distintos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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