Month: October 2014

El mito de Robin Hood.

Robin Hood
El mito de Robin Hood sigue vigente, a pesar de la modernidad-PFMS-StartPage Images

Resulta curioso que todavía este personaje siga siendo tan imitado e idolatrado por muchos, un personaje cuya existencia causa fascinación y encarna -para algunos- el “ideal a seguir de héroe del pueblo”. Sin embargo, hay que considerar que dicho paladín no pasa de ser una leyenda creada por las gentes de una época pasada, sujeta a un contexto social radicalmente distinto al actual y cuya concepción de héroe también era opuesta a nuestro tiempo. Desafortunadamente las sociedades no parecen dispuestas a aceptar que el culto a los héroes degenera en demagogia, porque su abyecta adoración terminará dando paso a la dependencia de su figura y la destrucción del protagonismo ciudadano, es decir la ciudadanía renuncia a su propia voluntad para actuar espontáneamente, cediendo a los intereses del héroe, y atribuyéndole al mismo un poder sobrehumano. La desfiguración de la humanidad del héroe termina por convertirlo en un dios.

Como todo ser humano puede errar o confundir el bien con el mal en su accionar pero si tiene la complicidad de una masa fanática; entonces el considerará todas sus acciones como correctas y necesarias. En este punto, donde más es necesaria la reflexión moral y ética de las decisiones del héroe, la sociedad recurre a la negación e inutiliza el buen juicio porque necesita con premura a este personaje para “liberarse” de los males que ella misma incuba. El héroe lucha contra una maldad que nunca podrá ser derrotada definitivamente; porque sería confrontar contra la propia naturaleza dual de la especie humana y la sociedad necesita la confrontación entre el bien y el mal para justificar la existencia de un organismo de control, que no es otra cosa que la represión. Un héroe -quiérase o no- es sólo un mecanismo de control.

Al ser un mecanismo de control que actúa en circunstancias extraordinarias -cuando el sistema social esta corrompido y no puede funcionar de forma óptima- su misión consiste en encarnar la voluntad colectiva -la gente debe creer en él- con el fin de restablecer el equilibrio del sistema y tiene que trascender en el tiempo mediante el recuerdo -leyendas, mitos, historias, canciones populares- para mantenerse integrado al sistema y ser invocado nuevamente, si así se requiere. No obstante, la humanidad tiene valores contrapuestos por la mentalidad única de cada cultura. Dicha mentalidad es quien le atribuye al héroe los ideales que enarbolará para su causa. Teóricamente deben ser ideales inspirados en el bien común y lucha constante contra la injusticia, pero la ciudadanía esta limitada ha trabajar en torno a la herencia del héroe -una sociedad libre del mal-.

Aquí es cuando el héroe enfrenta la realidad, las necesidades humanas interiormente no son uniformes y casi todo el mundo piensa en si mismo dando paso al egoísmo. La humanidad si bien, aceptará esa herencia puede corromperla por ese egoísmo, cuando el héroe se da cuenta de ello utiliza el recurso del “sacrificio”, el martirio o la “muerte trágica” para intentar mantener la unidad de los ciudadanos. Lógicamente, la mayoría de las sociedades que atienden este “llamado” del héroe aceptan, más por conveniencia que por un gesto sincero, lo necesario de la unidad. Pero quienes dirijan la sociedad después del héroe lo harán conforme a sus intereses, muy opuestos a los de él. La razón es muy sencilla: las circunstancias son otras -ya no hay lucha, el mal ha sido derrotado- la gente clama porque sus necesidades sean satisfechas diligentemente.

Como el héroe no fue hecho para dirigir en la paz, sino en la lucha su función se limita a los tiempos donde impera la villanía. Después de ello, es necesario los líderes quienes deben dirigir la sociedad y eso es un proceso racional. La inspiración, la emotividad, la agitación de los corazones oprimidos, la entrega… todos esos recursos heroicos para inspirar a la gente, son útiles “en batalla” posteriormente surge la mesura y quienes deben emplearla son los líderes, no los héroes. Ambos son opuestos, porque el líder dirige y planifica cuando el equilibrio del sistema es absoluto, no es necesario esfuerzos extraordinarios porque los ciudadanos saben cual es su función y la cumplen, según su rol y condición social. El héroe, aunque dirige, no es mesurado porque debe empatizar con sus seguidores para recuperar el Poder e imponer el orden.

El líder no necesita de ello porque aparece en momentos donde la sociedad funciona correctamente, pudiendo solventar sus fallas y contener el mal mediante la fuerza de la ley y su cumplimiento. Muy distinto al héroe quién puede ser licencioso en cuanto a sus decisiones y acciones, porque se encuentra en momentos excepcionales. El héroe puede consentir el crimen, la violencia sin medida, el robo… si sirve para la causa, presionado por los acontecimientos, la falta de límites racionales o por el excesivo culto a su persona. Aunque resista recurrir a esa medida -por sus convicciones morales, por ejemplo- el héroe siempre tendrá a sentir remordimiento, o alguna culpa que cargar dado que sabe que la lucha no esta exenta de horrores y tragedias. Los lideres rechazan la necesidad de ello, por eso previenen las causas de las circunstancias difíciles.

Esto incluso aplica a los superhéroes, quienes existen porque la sociedad y sus mecanismos de control han sido rebasados por elementos hostiles extraordinarios. Como la misión del héroe es vencer esas amenazas, su presencia es estimada y aceptada, aun cuando entre en abierta contradicción con la ley, la moral y la ética social imperante. Pero ver a un superhéroe, viviendo períodos de sosiego infinitos o dirigiendo sabiamente una sociedad es algo contrario a su naturaleza que reclama acción, riesgo y aventura.

Si tienen poder político, fracasarán, porque están habituados al combate no al debate de las ideas o en el peor de los casos serán corrompidos. Más allá de las licencias de un guionista, un historiador o un simpatizante, el rol del héroe se limita a épocas de gran contrariedad en donde se ha perdido la fe en el bien, la justicia, la civilidad, e impera el barbarismo y la violencia. Él actúa conforme con lo que demanda la época y los recursos a su disposición, sin embargo su actuación no puede escapar de un juicio racional para constituir una moral superior y prevenir la barbarie. El rechazar la evaluación crítica a sus acciones, ha sido una de las causas de la actual crisis social, porque impera la confusión entre el líder y el héroe, dos roles muy opuestos que se desenvuelven en escenarios distintos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

El miedo se apodera de Internet.

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La sociedad contemporánea estimula el miedo-PFMS-StartPage Images.

Con lo intrincado del panorama mundial, no es de extrañar que exista temor hacia el futuro e incertidumbre sobre las consecuencias de las decisiones que se toman a nivel político. La confusión reinante pude paralizar a la ciudadanía y dar paso al pesimismo; el mismo ambiente social contradictorio y poco transparente hace pensar que vivimos en otra de esas “interminables” crisis de valores. En este escenario la red, lejos de convertirse en un medio para coordinar soluciones, se convierte en un instrumento para amenazar a los ciudadanos o en un poderoso medio de disuasión con miras a silenciar la verdad. No representa ninguna novedad el empleo del miedo como arma en los medios de comunicación, no obstante con Internet los esfuerzos para paralizar a una sociedad con ésta tecnología son menores por el “efecto contagio” donde los mismos internautas divulgan sus temores y otros empatizan con ellos.

El internauta sin darse cuenta termina siendo vector de aquello que no le agrada -sentir miedo-, pero buena parte de ese miedo es artificial y nuestras creencias pueden magnificarlos, o dar por sentado la materialización de escenarios negativos. Es cierto que el miedo forma parte de nuestra naturaleza emocional y difícilmente podremos desprendernos de él en momentos críticos no obstante, nuestra civilización suele inculcarlo a través de la cultura y la política –por ejemplo- teniendo como consecuencia que todos nos aferremos a lo que tenemos por temor a perderlo o que nos los quiten. Así hemos aceptado el miedo y a veces nuestras decisiones son producto de su influencia, los esfuerzos a nivel social por librarnos de él sólo se intensifican siempre que estos estén encarnados en personajes o situaciones amenazantes.

La red, desafortunadamente, termina siendo otra extensión del miedo. Los rumores, las teorías conspirativas y los infaltables timadores que aprovechan las circunstancias promueven un clima de inestabilidad que mortifican a los internautas si aceptan creerles. Valerse de un buen sentido crítico, sería el mejor medio para no caer en la trampa del miedo, sin embargo este valioso recurso se desestima a la hora de interpretar las informaciones y con el auge de las redes sociales es demasiado fácil que inmovilizar a los ciudadanos, viviendo todos una realidad distorsionada. Si a eso le sumamos el incremento de la desconfianza hacia la autoridad y el auge del crimen en línea, pasamos de estar en un ambiente virtual cooperativo a uno donde impera la suspicacia.

Ese temor puede inmovilizar y motivar a otros a tomar acción, siempre que fuera de manera organizada y pacífica en todos los casos, pero últimamente vemos que ese temor acumulado estalla y tiende hacia la reactividad, claro ejemplo de que la sociedad contemporánea sigue habituada a “dejar para después” las medidas más necesarias para garantizar la convivencia. Dado que dichas medidas ya no son prácticas porque el problema evolucionó, los más reactivos deciden actuar de forma directa, violenta y drástica. El ciberespacio es escenario de confrontaciones en donde los que incluso no tienen una postura definida puede salir afectados; la reactividad social que vemos actualmente no es sino otra forma de expresión del temor reinante.

Dicha emoción tan arraigada y explotada mediáticamente está destrozando la convivencia ciudadana, por eso en Internet prospera con rapidez el fanatismo, la amenaza, el odio, la imposición y sobre todo la intolerancia. Con tantos peligros virtuales no es descartable que los ciudadanos concluyan que estos terminarán materializándose en la cotidianidad, de hecho, ha sucedido con nefastas consecuencias. Por supuesto, creemos que con más leyes, más presencia policial y reclamos públicos solucionamos todo más eso es reducir el problema, es nuestra cultura del miedo la que debe ser superada pues por ella estamos a un paso de perder nuestras libertades y el progreso obtenido en este siglo.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La responsabilidad individual en Internet.

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Responsabilidad, algo muy necesario en la red-PFMS-DuckDuckGo Images.

Lamentablemente, se está volviendo común el no evaluar las consecuencias de lo que se dice o hace en Internet. Muchos piensan que su uso irresponsable es una forma de ejercer su libertad de expresión, creen que las distancias físicas y el aparente anonimato es una inmunidad a cualquier secuela producto de sus actos. No obstante, la realidad demuestra lo contrario. Una sociedad tan mediatizable como la actual, lo que se expresa tiene efectos en la realidad física, puede moldear la opinión y más delicado aún, determinar el curso de los acontecimientos. Lo cotidiano es también parte del mundo virtual, lo que parece rutinario y simple termina siendo tema de conversación de millones de individuos. Rápidamente lo banal y profano se difunde por todo el mundo; muchos ni saben qué pasa realmente, pero igual participan. Es el tema en el tapete digital.

El asunto más penoso es que en medio de esa vorágine de disquisiciones, existe el morbo, el insano deseo de participar en tendencias improductivas que menoscaban el respeto y engrandecen la discriminación. Así como se defiende la necesidad de expresarse, otros están refugiados en la autocensura por la simple razón de que la falta de autocontrol de los demás le hace considerar más seguro el silencio y la cautela. Puede que opinen miles empero resta preguntarse ¿qué valoración puede dársele a quienes saturan la red de infamias?, ¿realmente todos los internautas tienen bien definido lo qué es crítica e insulto?, ¿por qué es constante la queja de que pasamos de tener una Internet colaborativa a una destructiva?

Obviamente, subyace una errada práctica de considerar la red como un objeto de Poder. Ya sabemos que tenemos un concepto equivocado de esta palabra –salvo honrosas excepciones- siendo la tendencia el abusar de ese supuesto Poder. También sabemos que la red acorta distancias, aunque ha creado otras, no por el invento en sí, sino porque los mismos internautas las forman: nos alejamos de quienes juzgamos “distintos”, de quienes no son fanáticos en momentos de crisis, de encontrar un entendimiento con las autoridades o de quienes ejercen su derecho a expresarse en el marco del respeto mutuo.

Distancias que a la larga perjudican la convivencia social, porque la exclusión no basta para quienes presumen de tener razón absoluta, llevarán más lejos su deseo de imponer su punto de vista: la violencia cotidiana aumenta por eso, los disturbios y la postura antiautoridad -tan común en estos momentos- es aprobado como medio de lucha política, el acoso y la humillación… todo comienza por la red para prolongarse en la realidad física. No es tampoco sensato culpar a Internet como la incubadora de todos los males de la sociedad; sino a aquellos internautas que multiplican los mismos por su falta de autocontrol. Urge educar en lo ético y lo moral, a todos los internautas, no como un castigo sino como una solución. Debemos entender que aunque sepamos utilizar la red, también hay que comprometernos a evitar comportamientos destructivos a través de ella.

La mejor manera de prevenir los males que imperan en la sociedad, es haciendo consciente a los ciudadanos de su existencia y brindarles las herramientas morales para rechazarlos. También hay que vencer esa mentalidad narcisista que dicta que tecnología digital es domino de los jóvenes y los profesionales. Eso es un error. Vivimos en una sociedad que depende casi exclusivamente de ella para poder funcionar, los procesos sociales son cada vez más automatizados y la participación humana en ellos es menor. De alguna manera nuestra rutina la moldea la tecnología, así que escudarse en un papel pasivo no es más que una excusa; especialmente los padres que creen estar en desventaja frente a sus hijos en esta materia.

Los jóvenes pueden ser hábiles con la tecnología, pero carecen de experiencia de vida suficiente como para diferenciar el bien y del mal. Son todavía mentes en formación por lo que dejarlos a su suerte puede tener consecuencias nefastas, esto obliga a los padres a supervisar, a involucrarse con el entendimiento de la tecnología y compartir experiencias con sus hijos. Así como el adulto debe tener noción de que como es ejemplo en el mundo físico para las nuevas generaciones, también es tomado del mismo modo en el mundo digital, por ende su responsabilidad es aún mayor.

La mejor manera de evitar que Internet siga siendo tema de controversia, es enseñando su buen uso y comprometernos -como internautas- en crear las condiciones ideales para que todos puedan participar en este ambiente virtual, sin miedo y principalmente con respeto mutuo.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

El odio se apodera de Internet.

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El mal uso de la red, la hace propagadora del odio-PFMS-Ixquick Images.

A pesar de que Internet es una gran herramienta para el progreso social, no está libre de tan pernicioso sentimiento. La tecnología más importante del presente siglo, convertida en un instrumento de cosificación masivo. Una extraña mentalidad se adueña de una parte de la comunidad de internautas que considera “correcto” el verter sus rencores en el ciberespacio; ni siquiera podemos hablar de un momento en donde se pierde la compostura y después se rectifica por el yerro, no, estamos ante una práctica desenfrenada de desprecio hacia el otro, de burla bizarra ante la tragedia ajena o de imponer mediante el insulto y la amenaza un punto de vista. La cortesía practicada en el mundo real desaparece en la red dando paso a la irracionalidad.

Si bien existen mecanismos para limitar la acción de éste venenoso sentimiento, no deja de ser sorprendente que la auto observación de los actos individuales esté ausente en la red. Pareciera “aprobable” el tomar una actitud desinhibida en Internet, que la irracionalidad hace más atractivo el uso de tan fantástica tecnología; sobre todo que sea tan fácil -en apariencia- el aceptar confundir la libertad de expresión con libertinaje de expresión, cosas muy opuestas. Lo más lamentable de todo es, que se confirma que existe una equivocada creencia de que el ciberespacio es una realidad en sí misma, cuando resulta ser una extensión de la sociedad para funcionar. El que refleje parte de lo que somos como miembros de la sociedad es algo accidental.

Sin embargo, es irreversible que dicha interpretación sea modificada inmediatamente. Casi toda nuestra rutina depende de la red y pasamos más tiempo en ella resolviendo nuestros quehaceres por este medio que por otra vía. El hábito nos ha trastocado nuestra interpretación de la red al mismo tiempo que incuba una masa de individuos problemáticos –muchos sin oficio definido- incapaces de canalizar su disconformidad de forma coherente y que no resisten las ganas de participar en cualquier acontecimiento que coincidan con su rencor.

Más penoso es que delante de ellos está un número exponencial de “anónimos” que coinciden con ese sentimiento y quienes no desaprovechan la oportunidad para exponer lo peor de si mismo, sin ese apoyo estas personas serían seres aislados, lo que significa que en la sociedad prospera una adicción a los sentimientos negativos. De alguna manera ese estímulo hacia la negatividad está presente en la cultura, los medios de comunicación y hasta en el discurso político influyendo considerablemente, no obstante en el ciberespacio la instrumentalización del odio es el resultado de esa excitación de los sentimientos negativos.

Para comprobar lo anterior es conveniente citar una investigación llevada a cabo por científicos de la Universidad de Wolverhampton sobre las emociones en Internet:

“Enfocados a determinar el papel que las emociones humanas tienen dentro de la interacción en línea, los científicos emplearon un algoritmo denominado análisis de sentimientos para identificar palabras claves, emoticones, marcadores lingüísticos y fallos de ortografía, que permitieron valorar, en términos negativo o positivo, el contenido de más de 2.5 millones de comentarios en los foros de discusión online de la BBC de Londres y de la página de noticias digg.com. Los resultados fueron: los mensajes cuyo contenido emocional tiende a ser negativo son mucho más extensos comparados con aquellos que muestren actitudes positivas. ”

“Notaron que también existe una tendencia en cuanto a la autoorganización de grupos. Mike Thelwall, líder del equipo de investigación, explicó que las emociones negativas aceleran el número de mensajes enviados por los usuarios, y pareciera que de la nada llegan a surgir grupos sociales. Es decir, los miembros de las comunidades online forman alianzas contra aquello que perciben como un ataque.”

En pocas palabras, a pesar de nuestro iluminismo intelectual somos incompetentes para lograr equilibrar nuestra emotividad y aconsejar el domeñar las emociones es visto por muchos como una forma de “esclavitud” o de querer anular su individualidad; todo lo contrario, el lograr balancear nuestras emociones para permitir una expresión consciente de ellas impediría que el odio prosperara, sobre todo el cesar, por parte de la sociedad, de alimentar este sentimiento permitiría formar ciudadanos menos conflictivos y capaces de tener pensamientos productivos.

No obstante, tal posibilidad no se subordina exclusivamente en modelar una sociedad de polaridades equilibradas, también depende de que sus miembros deseen renunciar a tanto “consumo” de emociones nocivas.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x