El caudillismo no ha sido superado.

 

 

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El caudillo ha logrado sobrevivir hasta el presente-PFMS-Google Images.

“Todas las cosas son ya dichas; pero como nadie escucha, hay que volver a empezar siempre”

                                                         Andre Gide, escritor francés.

 

El caudillo no ha desaparecido del todo, solamente ha aprendido a adaptarse al presente siglo. Ingenuamente se puede creer que el caudillo contemporáneo es el mismo que todos conocen. En realidad ha sufrido una metamorfosis notable que hace difícil descubrirlo; no ha abandonado ciertas prácticas típicas del caudillismo, más ha evolucionado lo suficiente como para no hacer uso habitual de ellas. Este resurgir del caudillismo es consecuencia del desgaste de los grupos políticos tradicionales, la falta de consolidación de alternativas convincentes y el avance irrefrenable de la corrupción. Estos caudillos aparecen de forma más silenciosa, aprovechando la falta de cohesión de los miembros de la sociedad donde se desarrollan.

Han aprendido a prescindir de la fuerza para tomar el Poder, ahora emplean con habilidad la palabra y la propaganda en su avance hacia la conquista de la supremacía política. Logran manipular emocionalmente a quienes no pueden rechazar su influencia, son menos intransigentes en realizar alianzas de conveniencia, pero se tornan implacables en deshacerse de ellas cuando no les son útiles. Son calculadores, meticulosos y maliciosos pueden jugar proyectando una imagen de ser menos inteligentes de lo que muchos creen para lograr que sus adversarios y críticos se confíen. Van apoderándose cuidadosamente de las estructuras del gobierno sin necesidad de destruirlas, saben que constituir un modelo utópico sin un control institucional férreo terminaría con sus planes. Conquistado todo el aparato gubernamental, simplemente deben dar una orden.

Algunos políticos no se ciegan con la idea de permanecer inamovibles en el Poder sin embargo, usan la imagen del caudillo con fines egoístas concentrando la atención hacia su persona al mismo tiempo que enarbolan un discurso de ser “imprescindibles para el engrandecimiento del país”. Ese simple argumento y usando una cuidadosa campaña mediática les permite engañar a muchos, otros por el contrario aparentan ser “amantes de la democracia y la libertad” para después gobernar con poderes absolutos. Siembran la discordia deliberadamente con fines distraccionistas, nunca defienden su posición de forma frontal.

Los pocos que lo hacen terminan apelando a la contradicción. Siempre se rodean de equipos de gobierno que puedan someterse a un extraño código de lealtad absoluta, por encima de la eficiencia o la experiencia. Quizá sean abandonados -en algunas ocasiones- por algún colaborador, empero siempre encuentran una forma de cubrir la falta, quienes deciden no cooperan con ellos pueden ser atacados públicamente acusados de “traición” o “falto de amor al pueblo” (¿?); son amantes de acondicionar las leyes en beneficio de sus intereses políticos pasando por encima del respeto a los derechos ciudadanos. Unas contadas excepciones no ven necesario llegar a ese punto, dado que no necesitan provocar un conflicto tan grave para dominar. No obstante nunca descartan esta posibilidad.

Aprecian mucho el construir utopías virtuales, de medios, más que en conseguir establecer un auténtico orden social justo y equitativo. Las idealizaciones son un medio de convencimiento para cohesionar a sus adeptos y mantenerlos atados a su movimiento político, no son metas reales, es una táctica destinada ha mantener ocupados a sus simpatizantes mientras él avanza cómodamente en el dominio de otros sectores no convencidos. Mientras no poseen el Poder, resaltan con adulancia lo benéfico de los procesos electorales como medio de transformación política, la situación cambia cuando pasan un tiempo en el cargo que ganan; usan la maquinaria electoral nada más como vía rápida para rodearse de colaboradores de la tendencia que defienden y constituir una mayoría inamovible.

El caudillo ha visto la importancia de un reemplazo, de un individuo que actúe como prolongación de su propia persona, incluso más allá del tiempo inmediato. Ya dejó esa vanidosa idea de que sólo él debe gobernar, hasta la eternidad, es necesario pensar en el futuro. Escogen a un individuo de su equipo -de preferencia el más fiel- que debe tomarse el tiempo de aprender del caudillo todo sus oscuras artes antes de concluir su período. Debe decidir en función a lo que el caudillo cree correcto, omitiendo los juicios propios o la conveniencia de determinadas decisiones. No puede prescindir de la línea impuesta por el caudillo.

Es curioso que en la actualidad ciertos políticos tiendan a apoyarse de un colaborar cercano que actúa como “delfín” o “heredero” de su causa. No es una coincidencia, más no necesariamente indica que ese político sea un caudillo, sin embargo ve benéfico tener preparado ese colaborador para continuar “su gestión” mientras no esté presente. El caudillo no soporta la crítica o puntos de vista divergentes, siempre va a desestimar cualquier opinión contraria mediante la disminución de la gravedad de las apreciaciones ajenas, las respuestas ambiguas, las sonrisas prefabricadas, la empatía o en el peor de los casos empleara el insulto, los gestos y discursos violentos, la represión directa o la censura más severa.

A veces aparentará estar arrepentido de los males que ocasionó, vendrá con palabras lisonjeras a convencer a quienes ha ofendido, todo por interés. Posteriormente contraatacara con virulencia apenas vea una oportunidad. Conocen muy bien el poder de los medios de comunicación, con los que se apoya firmemente para influir y gobernar. Es la rama de su gobierno que más aprecia, porque a través de ella siempre será más fácil incubar el culto a su persona y la destrucción de los adversarios políticos, gracias a ello no necesita dirigirse directamente hacia alguien en específico, basta con “blindarse mediaticamente” y convertir el medio en un “coliseo” en donde dispone como le plazca. Prefiere adversarios divididos e incapaces de constituir una estrategia efectiva que neutralice su influencia, es por ello que privilegian el tener el dominio absoluto del espectro mediático.

Ha pasado de ser un simple hombre violento a convertirse en un depredador ingenioso, que busca a los más débiles para beneficiarse de ellos, los manipula cuanto sea necesario jugando con sus necesidades, deseos, aspiraciones, y lo que es peor con sus sentimientos. Frecuentemente usa el resentimiento para atraer a quienes están en una situación desfavorable, negocia su fidelidad a cambio de saciar su odio hacia el resto de la sociedad. Posteriormente, terminará por abandonarlos, humillarlos o privarlos de los privilegios con los cuales él los atrajo. Dicen interesarse por los desheredados del mundo, más sólo les sirve como medio para conquistar el Poder.

Éste caudillismo no se le puede clasificar de “neocaudillismo” o de “caudillismo del siglo XXI”, más bien podríamos llamarlo “caudillismo adaptativo”: es el mismo demagogo violento y territorial que aprendió a adecuarse al mundo actual para sobrevivir y continuar azotando a las naciones. Siguen siendo personajes sin un plan de gobierno, que establecen alianzas que satisfagan sus ansias de poder, amantes de la polémica y el conflicto, y practicantes de una política exterior errática e inconveniente. El caudillismo tradicional pervive en aquellas naciones cuya situación interna es demasiado inestable, es propensa a terminar en guerra o están en una estado de atraso social muy marcado. Aún así hay síntomas de que los caudillos de esas naciones también han aprendido a adaptarse, sin embargo, eso es algo que el tiempo y el estudio determinará.

Nuevamente hay que recordar que el caudillo es un reflejo de un individualismo excluyente, desinteresado del prójimo. Encarna los sentimientos e ideas más oscuras de la sociedad y es una negación misma de la naturaleza solidaria y gregaria del ser humano. Para este tipo de personajes la única persona que cuenta es él, los demás no. En algunas naciones quizá su ingenio y talento los haga avanzar, pero a costa de renunciar a sus derechos, libertades y paz, ya que el caudillo es intrigante por naturaleza, no soporta el sosiego porque lo ve como una debilidad y una contradicción a su violencia interna.

Sin embargo, depende de los ciudadanos decidir que desea para su propio futuro, porque el caudillo es un problema interno de una nación y ella misma debe saber como superarlo, si realmente quiere surgir…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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