La humanidad no está para utopías.

distopia Armando SM
El utopismo no es garantía de solución a los problemas humanos-PFMS-Google Images

“El capitalismo conservador o neoliberal y el marxismo son conceptos clásicos obsoletos y periclitados”.

“Estamos viviendo dentro de una revolución, la revolución científica que transforma en conceptos periclitados y obsoletos -para recordar una frase que amablemente se me ha criticado- tanto en las concepciones clásicas del capitalismo, sea conservador o neoliberal, como las concepciones del marxismo”.

                  Don Rómulo Betancourt, político y expresidente venezolano.

Toda la humanidad comparte el ideal común de un mundo libre de conflictos, de paz universal, justicia y abundancia. Este ideal está -por el momento- muy lejos de cumplirse, pero no se puede negar que muchas voluntades trabajan silenciosamente en llegar a esa meta. El querer aspirar a materializar esta posibilidad es un deseo colectivo que tiene que estar orientando para el bien común, sin caer en falacias o arribismos que degeneren en demagogias, debe estar sujeto a los dictámenes de la razón más equilibrada posible; es en éste punto donde la humanidad pierde el rumbo e incurre en terribles desatinos, porque todos aspiran a ese ideal sin tomar en cuenta a los otros.

La intolerancia se adueña de los grandes proyectos que posiblemente podrían mejorar la vida de miles de personas, así como encauzar los esfuerzos colectivos para labores constructivas, prescindiendo de la violencia. Cometemos la equivocación de que nuestras ideas sociales son superiores y terminando por tergiversarse e imponer la voluntad de unos pocos, olvidamos que todas las ideas -distintas entre sí- tienen nexos comunes, que si fueran relacionadas nos demostraría que no somos tan diferentes como pensamos, solo vivimos en ambientes distintos. Esas particularidades de nuestro entorno hacen más peso que cualquier ideología.

Lamentablemente en el presente siglo las sociedades parecen tener la tendencia a colectivizarse y uniformarse con bastante rapidez, facilitando el surgimiento de “pensamientos únicos” que son harto explotados por unas minorías políticas sedientas de poder, en vez de poner su genio al servicio del ciudadano. Cuando éstos individuos toman la dirección de la sociedad empiezan a construir un ideario social ajeno a la realidad, con tintes autoritarios camuflados dentro de las mismas instituciones, sin necesidad de desmantelar las estructuras sociales existentes. La táctica del Caballo de Troya, goza de una eficiencia casi absoluta a causa de la propensión ciudadana de no pensar por sí mismo, si no arrojarse, de forma suicida, en alcanzar una satisfacción inmediata que prometen esas minorías.

Si bien los dogmas ideológicos, ultrarreligiosos, económicos y nacionalistas pierden lentamente su efectividad debido a la descentralización del Poder, estos males no están lejos de desaparecer. Todavía se explotan convenientemente cuando se quiere alcanzar un objetivo político, sin necesidad de una toma violenta del Poder Central, el instrumento predilecto contemporáneo para conquistarlo es la manipulación, más que el discurso directo e intimidante de abierto desprecio “al otro”, resulta práctico -en ciertos grupos de poder- dirigir la maquinaria colectiva hacia una meta imposible bajo la promesa de un “futuro brillante para la nación”. Lejos de cumplirse ese objetivo nos damos cuenta que el atraso termina por socavar todos los cimientos de la sociedad, gracias a esa eficiente manipulación que no es otra cosa que una distracción.

Lo mismo aplica a quienes aspiran ser la “solución real” para los problemas existentes. Legiones de arribistas surgen haciendo “activismo de medios”, en vez de presentar planes concretos y alternativas de eficiencia comprobable. Su propuesta es activar el más recalcitrante radicalismo confrontando abiertamente con el sistema sin visión a largo plazo, sin análisis de sus posibilidades de éxito o fracaso, ajustando una moral de conveniencia según el momento, apostar por la antipolítica como discurso -irónicamente- político. Promueven que la ciudadanía arremeta inmisericorde contra el sistema -incluso usando la violencia- sin aclarar que lo correcto no es destruir el sistema, si no transformarlo. Si hemos heredado y aceptado vivir en sociedad es, porque nos consideramos “civilizados”. No es aceptable sustituir la opción de un liderazgo visionario por otro cortoplacista y radical.

La política contemporánea esta alejándose de la mesura, prefiere explotar los descontentos colectivos repitiendo los errores de generaciones anteriores. Apuestan por la antipolítica para desmovilizar a los ciudadanos y contenerlos en la queja constante, pero sin presentar alternativas ni objetivos concretos, así avanzan impunemente en la conquista del Poder. Los ciudadanos estancados en la mera protesta terminan siendo sofocados por la represión, porque están negados a emplear otros medios ingeniosos para comunicar su descontento al mismo tiempo que creen que optar por otra opción política es “caer en lo mismo”.

Nadie parece darse cuenta que eso forma parte del oscuro juego de manipulación: sin formar alternativas políticas, rechazando la participación electoral, omitiendo a los políticos en el cambio social porque consideramos que “todos son unos ladrones”, excluyendo a otros sectores clave de la sociedad para aspirar a una verdadera transformación, apostando exclusivamente a la presión popular, no hacemos sino afianzar a quienes detenta el poder o facilitarle el acceso a arribistas quienes no lo harán mejor. Es necesario organizarse en torno a un proyecto colectivo -sin exclusión ni hipocresías- que presente soluciones cuidadosamente elaboradas acordes con la realidad. Debe seleccionarse aquellas propuestas que garanticen resolver eficientemente los problemas presentes en la sociedad.

Las posiciones tipo “desencanto de todo”, el activismo antisistema o la postura individualista de “yo solo contra el mundo”, no pasa de ser un desahogo, liberar las tensiones emocionales que no se pueden reprimir. Nada de eso promueve un cambio, es caer en la trampa de una utopía basada en que si desaparece “el otro” que es el origen de mi descontento, entonces estaré satisfecho, viviré en un mundo perfecto porque él no está. Tal postura es excluyente e irrespetuosa de los derechos de los demás -incluidos quienes detentan el Poder- y querer convertirse en los próximos fascistas que escribirán con sangre un capítulo de la historia. Es necesario hacer cuantiosos esfuerzos por contener las pasiones más bajas, permitiendo que la cordura sea quien dirija los acontecimientos. Ninguna propuesta de cambio social sustentada en la violencia y el radicalismo ha permitido que prospere una nación, en cambio la ha condenado al más grotesco atraso…

El precio de una utopía siempre ha sido el sacrificio de muchos para beneficiar a unos pocos, el imponer la tesis de que algunos miembros de la sociedad deben ser una ofrenda en la conquista de un mayor bienestar colectivo. Todos lo proyectos utópicos han fracasado porque no renuncian de la necesidad de una inmolación que facilite el cumplimiento de sus objetivos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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