Month: July 2014

El caudillismo no ha sido superado.

 

 

lencinas-caudillo
El caudillo ha logrado sobrevivir hasta el presente-PFMS-Google Images.

“Todas las cosas son ya dichas; pero como nadie escucha, hay que volver a empezar siempre”

                                                         Andre Gide, escritor francés.

 

El caudillo no ha desaparecido del todo, solamente ha aprendido a adaptarse al presente siglo. Ingenuamente se puede creer que el caudillo contemporáneo es el mismo que todos conocen. En realidad ha sufrido una metamorfosis notable que hace difícil descubrirlo; no ha abandonado ciertas prácticas típicas del caudillismo, más ha evolucionado lo suficiente como para no hacer uso habitual de ellas. Este resurgir del caudillismo es consecuencia del desgaste de los grupos políticos tradicionales, la falta de consolidación de alternativas convincentes y el avance irrefrenable de la corrupción. Estos caudillos aparecen de forma más silenciosa, aprovechando la falta de cohesión de los miembros de la sociedad donde se desarrollan.

Han aprendido a prescindir de la fuerza para tomar el Poder, ahora emplean con habilidad la palabra y la propaganda en su avance hacia la conquista de la supremacía política. Logran manipular emocionalmente a quienes no pueden rechazar su influencia, son menos intransigentes en realizar alianzas de conveniencia, pero se tornan implacables en deshacerse de ellas cuando no les son útiles. Son calculadores, meticulosos y maliciosos pueden jugar proyectando una imagen de ser menos inteligentes de lo que muchos creen para lograr que sus adversarios y críticos se confíen. Van apoderándose cuidadosamente de las estructuras del gobierno sin necesidad de destruirlas, saben que constituir un modelo utópico sin un control institucional férreo terminaría con sus planes. Conquistado todo el aparato gubernamental, simplemente deben dar una orden.

Algunos políticos no se ciegan con la idea de permanecer inamovibles en el Poder sin embargo, usan la imagen del caudillo con fines egoístas concentrando la atención hacia su persona al mismo tiempo que enarbolan un discurso de ser “imprescindibles para el engrandecimiento del país”. Ese simple argumento y usando una cuidadosa campaña mediática les permite engañar a muchos, otros por el contrario aparentan ser “amantes de la democracia y la libertad” para después gobernar con poderes absolutos. Siembran la discordia deliberadamente con fines distraccionistas, nunca defienden su posición de forma frontal.

Los pocos que lo hacen terminan apelando a la contradicción. Siempre se rodean de equipos de gobierno que puedan someterse a un extraño código de lealtad absoluta, por encima de la eficiencia o la experiencia. Quizá sean abandonados -en algunas ocasiones- por algún colaborador, empero siempre encuentran una forma de cubrir la falta, quienes deciden no cooperan con ellos pueden ser atacados públicamente acusados de “traición” o “falto de amor al pueblo” (¿?); son amantes de acondicionar las leyes en beneficio de sus intereses políticos pasando por encima del respeto a los derechos ciudadanos. Unas contadas excepciones no ven necesario llegar a ese punto, dado que no necesitan provocar un conflicto tan grave para dominar. No obstante nunca descartan esta posibilidad.

Aprecian mucho el construir utopías virtuales, de medios, más que en conseguir establecer un auténtico orden social justo y equitativo. Las idealizaciones son un medio de convencimiento para cohesionar a sus adeptos y mantenerlos atados a su movimiento político, no son metas reales, es una táctica destinada ha mantener ocupados a sus simpatizantes mientras él avanza cómodamente en el dominio de otros sectores no convencidos. Mientras no poseen el Poder, resaltan con adulancia lo benéfico de los procesos electorales como medio de transformación política, la situación cambia cuando pasan un tiempo en el cargo que ganan; usan la maquinaria electoral nada más como vía rápida para rodearse de colaboradores de la tendencia que defienden y constituir una mayoría inamovible.

El caudillo ha visto la importancia de un reemplazo, de un individuo que actúe como prolongación de su propia persona, incluso más allá del tiempo inmediato. Ya dejó esa vanidosa idea de que sólo él debe gobernar, hasta la eternidad, es necesario pensar en el futuro. Escogen a un individuo de su equipo -de preferencia el más fiel- que debe tomarse el tiempo de aprender del caudillo todo sus oscuras artes antes de concluir su período. Debe decidir en función a lo que el caudillo cree correcto, omitiendo los juicios propios o la conveniencia de determinadas decisiones. No puede prescindir de la línea impuesta por el caudillo.

Es curioso que en la actualidad ciertos políticos tiendan a apoyarse de un colaborar cercano que actúa como “delfín” o “heredero” de su causa. No es una coincidencia, más no necesariamente indica que ese político sea un caudillo, sin embargo ve benéfico tener preparado ese colaborador para continuar “su gestión” mientras no esté presente. El caudillo no soporta la crítica o puntos de vista divergentes, siempre va a desestimar cualquier opinión contraria mediante la disminución de la gravedad de las apreciaciones ajenas, las respuestas ambiguas, las sonrisas prefabricadas, la empatía o en el peor de los casos empleara el insulto, los gestos y discursos violentos, la represión directa o la censura más severa.

A veces aparentará estar arrepentido de los males que ocasionó, vendrá con palabras lisonjeras a convencer a quienes ha ofendido, todo por interés. Posteriormente contraatacara con virulencia apenas vea una oportunidad. Conocen muy bien el poder de los medios de comunicación, con los que se apoya firmemente para influir y gobernar. Es la rama de su gobierno que más aprecia, porque a través de ella siempre será más fácil incubar el culto a su persona y la destrucción de los adversarios políticos, gracias a ello no necesita dirigirse directamente hacia alguien en específico, basta con “blindarse mediaticamente” y convertir el medio en un “coliseo” en donde dispone como le plazca. Prefiere adversarios divididos e incapaces de constituir una estrategia efectiva que neutralice su influencia, es por ello que privilegian el tener el dominio absoluto del espectro mediático.

Ha pasado de ser un simple hombre violento a convertirse en un depredador ingenioso, que busca a los más débiles para beneficiarse de ellos, los manipula cuanto sea necesario jugando con sus necesidades, deseos, aspiraciones, y lo que es peor con sus sentimientos. Frecuentemente usa el resentimiento para atraer a quienes están en una situación desfavorable, negocia su fidelidad a cambio de saciar su odio hacia el resto de la sociedad. Posteriormente, terminará por abandonarlos, humillarlos o privarlos de los privilegios con los cuales él los atrajo. Dicen interesarse por los desheredados del mundo, más sólo les sirve como medio para conquistar el Poder.

Éste caudillismo no se le puede clasificar de “neocaudillismo” o de “caudillismo del siglo XXI”, más bien podríamos llamarlo “caudillismo adaptativo”: es el mismo demagogo violento y territorial que aprendió a adecuarse al mundo actual para sobrevivir y continuar azotando a las naciones. Siguen siendo personajes sin un plan de gobierno, que establecen alianzas que satisfagan sus ansias de poder, amantes de la polémica y el conflicto, y practicantes de una política exterior errática e inconveniente. El caudillismo tradicional pervive en aquellas naciones cuya situación interna es demasiado inestable, es propensa a terminar en guerra o están en una estado de atraso social muy marcado. Aún así hay síntomas de que los caudillos de esas naciones también han aprendido a adaptarse, sin embargo, eso es algo que el tiempo y el estudio determinará.

Nuevamente hay que recordar que el caudillo es un reflejo de un individualismo excluyente, desinteresado del prójimo. Encarna los sentimientos e ideas más oscuras de la sociedad y es una negación misma de la naturaleza solidaria y gregaria del ser humano. Para este tipo de personajes la única persona que cuenta es él, los demás no. En algunas naciones quizá su ingenio y talento los haga avanzar, pero a costa de renunciar a sus derechos, libertades y paz, ya que el caudillo es intrigante por naturaleza, no soporta el sosiego porque lo ve como una debilidad y una contradicción a su violencia interna.

Sin embargo, depende de los ciudadanos decidir que desea para su propio futuro, porque el caudillo es un problema interno de una nación y ella misma debe saber como superarlo, si realmente quiere surgir…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La inutilidad de la antipolítica.

 

politica
La política suele estar plagada de absurdos prejuicios-PFMS-Start Page Images.

 

La participación política de la ciudadanía siempre ha sido objeto de discusión. Desde que el sistema democrático se adoptara como referente, se ha visto dos visiones opuestas: si existe una amplia calidad de vida, surge cierta apatía por parte de los ciudadanos; en cambio si se reduce, puede haber un incremento de la participación; no obstante este escenario no es común para todas las sociedades y las distintas visiones que tiene cada persona sobre la política hace innecesario interpretar el escenario político de esta forma. Sin embargo, dentro de la amplia variedad de corrientes de pensamiento político existe quienes creen en esta interpretación binaria y apuesta por una posición radical, con miras a oponerse a todo, aún cuando no renuncien del todo al sistema de gobierno existente.

Éstas corrientes cuestionan todo lo que tengan que ver con política y pueden tener sus propios puntos de vistas, pero están enfocados a mantener una postura intransigente. Carecen de una base sólida para respetar que en la política es necesario la paciencia y la mayor mesura posible; prefieren precipitarse apelando a la presión frontal hacia el sistema, que organizar un plan de largo plazo. Aunque algunas corrientes solo buscan “vías alternas” para conquistar el poder –antidemocráticas, en muchos casos- e imponer un modelo utópico, otros prefieren aceptar, hasta cierto punto, las opciones que ofrezca el sistema pero sin renunciar a su posición hostil. El extremismo en ambos casos no cambia, a pesar de que varíe la vía para acceder al poder.

Sea como fuere, las corrientes de pensamiento político que mantienen una actitud intransigente y nunca renuncian a ella, son adeptos a: la antipolítica, que no es otra cosa que el rechazo de la política como medio civilizado de dirigir la sociedad. Es cierto que históricamente los representantes políticos han tomado decisiones impopulares, desafortunadas o hasta injustas, pero eso es obra de algunos hombres, no de la política como tal. La política tampoco está reducida a escoger al gobernante y evaluar sus medidas, también abarca el cómo la ciudadanía decide su destino como sociedad, lo cual involucra su papel histórico.

Los conflictos empiezan cuando toda la estructura social y política entra en un irreversible período de deterioro moral. En ese estado pueden surgir grupos reaccionarios que se alimentan de las frustraciones de la ciudadanía, mientras buscan polarizar cuanto se pueda el ambiente social para formar una posición poderosa. Dependiendo de las circunstancias, estos grupos pueden tomar el Poder o si no lo logran, dejan en su camino una sociedad dividida y desconfiada, que prefiere abstenerse de creer en cualquier opción política, situación que puede facilitar el fortalecimiento de agrupaciones todavía más radicales e incluso violentas. La antipolítica apuesta al engaño para avanzar aún cuando no tiene un plan para renovar los cimientos sociales, usa la improvisación y el cortoplacismo como herramientas de acción.

italia_disturbios_iii_1
La antipolítica cree necesario la violencia para enfrentar al sistema-PFMS-Start Page Images.

Asimismo, no creen en soluciones negociadas con sus opuestos. El dialogo, el principal medio conquistado por la democracia para solventar inteligentemente los divergencias, es una opción inútil para ellos. Prefieren imponerse, invertir enormes esfuerzos en lograr una “fuerza superior” que presione al sistema con el fin de liquidarlo porque están convencidos que es allí de donde parte todo lo negativo que corrompe a la sociedad, incluso si pertenecen a una coalición que no coincida con su opinión, lucharan contra sus aliados para dominarlos o destruirlos porque interpretan su desacuerdo como una cobardía. Los “valientes” -según su visión- son los que apuestan por caminos arriesgados, contrarios a las reglas democráticas, los que están dispuestas al sacrifico, por una causa que ellos consideran superior.

Todos sus discursos están contaminados del fanatismo más recalcitrante, vacío de ideas renovadoras y conciliadoras, prefieren confrontar, dividir y excluir. Son expertos en interpretar el patético papel de la víctima -recurso predilecto de una mentalidad fascista- para manipular y en el fondo sirven a los intereses más crípticos. Como no conciben que la reconciliación social pacífica pero aplicada con equilibrado sentido de la justicia, logre armonizar las relaciones humanas; apelan al revanchismo. “Respetan” a quien crea ciegamente en ellos, en cambio quienes son objeto de sus odios serán severamente castigados, los ajustes de cuentas y las venganzas personales pueden encontrarse solapados en sus acciones, decisiones y hasta en los objetivos de su organización.

No puede faltar en un grupo antipolítico la figura de un Mesías, aunque tratan de proyectarlo como un Líder siempre será lo primero, especialmente, si los niveles de apasionamiento político son elevados, lo pueden convertir en un mártir redentor al que adorar. Sus palabras son contradictorias, se dirigen a los ciudadanos subestimando su inteligencia, los hechos los juzgan de forma discordantes aunque evitando ser obvios y directos. Tienen un abierto desprecio por las opiniones de los demás, tratan de aparentar que no, empero sucumben a su naturaleza intolerante, están a gusto en un ambiente donde impere la sumisión antes que la crítica. No obstante, como no todos los grupos políticos se intimidan, construyen sofisticados aparatos de guerra mediática para despedazar a quienes ven como rivales.

Es por ello que son partidarios de sacar el máximo provecho a los Medios Sociales para crear la imagen más negativa de sus rivales popularizando el etiquetado simplista como pueden ser el de: traidor, cobarde, blandengue, cómplice del gobierno, no tienes valor para decir… todo un abanico de términos despectivos que buscan mermar la voluntad de los grupos adversos hasta el punto de que estos dejen de ser una opción influyente o que se abstengan a seguir participando en el escenario político, suprimiendo su legitimo derecho humano de pensar como desee. Afirman ser demócratas, mas no creen en la democracia, porque el primer requisito para serlo es respetar hasta sus últimas consecuencias los puntos de vista divergentes.

Sí por desatinos colectivos algunos de estos grupos obtiene el Poder, repetirán los errores de los anteriores, nunca lograran satisfacer las exigencias ciudadanas porque no son su prioridad de fondo. Buscaran medios más peligrosos para reprimir cualquier signo de descontento, instrumentalizaran el revanchismo estatal, serán privilegiados los mismos grupos minúsculos que dicen haber sido colaboradores activos de la causa o en el peor de los casos primará la fuerza por encima de la inteligencia en la resolución de los conflictos sociales. Nunca van a desmantelar los instrumentos autoritarios que existían en el gobierno anterior. Por supuesto, ensancharan la brecha entre ellos y los demás miembros de la sociedad, serán indiferentes a las necesidades ciudadanas.

En la política quien permanece no es el que presume de más fuerza, malicia o astucia, sino el que realmente está comprometido con el progreso social y el respeto ciudadano. Es cierto que la política nunca ha gozado de buena reputación en la ciudadanía por las bajas ambiciones humanas, hemos tolerado al político “como un mal necesario” más que verlo como una profesión de gran responsabilidad que requiere de lo mejor para dirigir a la sociedad. Desafortunadamente los prejuicios hacia el político, la cada vez más diluida relación entre los ciudadanos y sus gobernantes, el descreimiento hacia modelos sociales alternativos así como la celeridad de la dinámica social contemporánea hacen que los antipolíticos avancen con rapidez en terminar de destruir las esperanzas colectivas.

El adoptar tan drástica opción no tan sólo es dañina para la supervivencia del equilibrio social sino que cierra por completo las vías para soluciones pacificas. La antipolítica es contraria a la diafanidad de la evolución histórica de la democracia: En los comienzos de este modelo de gobierno la humanidad todavía pensaba en figuras autoritarias y en la violencia para imponer una idea, por lo que hubo que hacer grandes esfuerzos para superar esa mentalidad con un sistema mejorable y flexible como el democrático. Con el pasar del tiempo los grupos políticos vieron lo inútil de ambas posturas, prefiriendo la palabra y sometiéndose a las normas democráticas, la complejidad de las sociedades se hizo mayor por lo que los gobiernos tuvieron que transformar sus estructuras, medida que todavía se esta aplicando en la actualidad.

Los creyentes en figuras autoritarias y en la violencia, habían sido reducidos, mas no desaparecieron del todo, conforme la realidad nacional pasó de ser un hecho cotidiano a un suceso mundial -producto de la globalización y la adopción de medios de comunicación más modernos- las organizaciones políticas fueron sobrepasadas por factores transnacionales, más que locales. El aislamiento nacional ya no existe. Esto provocó conflictos de poder entre las corrientes políticas tradicionales -incapaces de adaptarse y renovarse- con lo que prosperó la ineficiencia, la corrupción y el dominio del Poder por organizaciones delictivas.

Ante el evidente decaimiento, reaparecen los autócratas y los violentos para tomar el Poder, muy a diferencia de sus predecesores, estos personajes carecen de ideales, de ideologías o de un plan meticuloso para desarrollar a la nación. Lo único que ofrecen es un discurso barato, el apoyar la violencia, el rechazo a la democracia y la supresión de los derechos de todos. Lamentablemente la falta de capacidad de los ciudadanos de dominar su emotividad exacerbada permite que ellos se apoderen de su voluntad, a cambio de una ilusión de una mejor calidad de vida.

Esto último no es nada más un empleo seguro, dinero suficiente, facilidades para obtener bienes y servicios… es también vivir en un ambiente social estable, que respete todas las ideas, donde no exista la exclusión solapada o por decreto de una parte de la ciudadanía, que se garantice el desarrollo de todos los potenciales de sus miembros… Estas condiciones también forman parte de la calidad de vida y no se podrán conquistar mediante el apasionamiento, el radicalismo, o la violencia. Todo ello se materializará si los miembros de una sociedad aceptan que es necesario mucha paciencia, dedicación, aprender de los errores, no imitar sino estudiar el cómo progresan otras naciones y sobre todo, confiar solamente a los mejores talentos el desarrollo de su educación.

La misma fórmula aplica a la política, si la ciudadanía no rescata los aspectos positivos de la política ni externaliza sus aspiraciones benignas a engrandecer en paz y respeto su propia nación, vendrán toda una corte de arribistas a destruir y buscar su propio beneficio. La ciudadanía debe unirse y organizarse para expulsar de la política los factores que la corrompen, crear una sólida base de ciudadanos sensibles con la sociedad y con sus valores destinados a dirigir con sabiduría un país.

Hay que tener constancia en lograr este objetivo, sino todo seguirá igual.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

La humanidad no está para utopías.

distopia Armando SM
El utopismo no es garantía de solución a los problemas humanos-PFMS-Google Images

“El capitalismo conservador o neoliberal y el marxismo son conceptos clásicos obsoletos y periclitados”.

“Estamos viviendo dentro de una revolución, la revolución científica que transforma en conceptos periclitados y obsoletos -para recordar una frase que amablemente se me ha criticado- tanto en las concepciones clásicas del capitalismo, sea conservador o neoliberal, como las concepciones del marxismo”.

                  Don Rómulo Betancourt, político y expresidente venezolano.

Toda la humanidad comparte el ideal común de un mundo libre de conflictos, de paz universal, justicia y abundancia. Este ideal está -por el momento- muy lejos de cumplirse, pero no se puede negar que muchas voluntades trabajan silenciosamente en llegar a esa meta. El querer aspirar a materializar esta posibilidad es un deseo colectivo que tiene que estar orientando para el bien común, sin caer en falacias o arribismos que degeneren en demagogias, debe estar sujeto a los dictámenes de la razón más equilibrada posible; es en éste punto donde la humanidad pierde el rumbo e incurre en terribles desatinos, porque todos aspiran a ese ideal sin tomar en cuenta a los otros.

La intolerancia se adueña de los grandes proyectos que posiblemente podrían mejorar la vida de miles de personas, así como encauzar los esfuerzos colectivos para labores constructivas, prescindiendo de la violencia. Cometemos la equivocación de que nuestras ideas sociales son superiores y terminando por tergiversarse e imponer la voluntad de unos pocos, olvidamos que todas las ideas -distintas entre sí- tienen nexos comunes, que si fueran relacionadas nos demostraría que no somos tan diferentes como pensamos, solo vivimos en ambientes distintos. Esas particularidades de nuestro entorno hacen más peso que cualquier ideología.

Lamentablemente en el presente siglo las sociedades parecen tener la tendencia a colectivizarse y uniformarse con bastante rapidez, facilitando el surgimiento de “pensamientos únicos” que son harto explotados por unas minorías políticas sedientas de poder, en vez de poner su genio al servicio del ciudadano. Cuando éstos individuos toman la dirección de la sociedad empiezan a construir un ideario social ajeno a la realidad, con tintes autoritarios camuflados dentro de las mismas instituciones, sin necesidad de desmantelar las estructuras sociales existentes. La táctica del Caballo de Troya, goza de una eficiencia casi absoluta a causa de la propensión ciudadana de no pensar por sí mismo, si no arrojarse, de forma suicida, en alcanzar una satisfacción inmediata que prometen esas minorías.

Si bien los dogmas ideológicos, ultrarreligiosos, económicos y nacionalistas pierden lentamente su efectividad debido a la descentralización del Poder, estos males no están lejos de desaparecer. Todavía se explotan convenientemente cuando se quiere alcanzar un objetivo político, sin necesidad de una toma violenta del Poder Central, el instrumento predilecto contemporáneo para conquistarlo es la manipulación, más que el discurso directo e intimidante de abierto desprecio “al otro”, resulta práctico -en ciertos grupos de poder- dirigir la maquinaria colectiva hacia una meta imposible bajo la promesa de un “futuro brillante para la nación”. Lejos de cumplirse ese objetivo nos damos cuenta que el atraso termina por socavar todos los cimientos de la sociedad, gracias a esa eficiente manipulación que no es otra cosa que una distracción.

Lo mismo aplica a quienes aspiran ser la “solución real” para los problemas existentes. Legiones de arribistas surgen haciendo “activismo de medios”, en vez de presentar planes concretos y alternativas de eficiencia comprobable. Su propuesta es activar el más recalcitrante radicalismo confrontando abiertamente con el sistema sin visión a largo plazo, sin análisis de sus posibilidades de éxito o fracaso, ajustando una moral de conveniencia según el momento, apostar por la antipolítica como discurso -irónicamente- político. Promueven que la ciudadanía arremeta inmisericorde contra el sistema -incluso usando la violencia- sin aclarar que lo correcto no es destruir el sistema, si no transformarlo. Si hemos heredado y aceptado vivir en sociedad es, porque nos consideramos “civilizados”. No es aceptable sustituir la opción de un liderazgo visionario por otro cortoplacista y radical.

La política contemporánea esta alejándose de la mesura, prefiere explotar los descontentos colectivos repitiendo los errores de generaciones anteriores. Apuestan por la antipolítica para desmovilizar a los ciudadanos y contenerlos en la queja constante, pero sin presentar alternativas ni objetivos concretos, así avanzan impunemente en la conquista del Poder. Los ciudadanos estancados en la mera protesta terminan siendo sofocados por la represión, porque están negados a emplear otros medios ingeniosos para comunicar su descontento al mismo tiempo que creen que optar por otra opción política es “caer en lo mismo”.

Nadie parece darse cuenta que eso forma parte del oscuro juego de manipulación: sin formar alternativas políticas, rechazando la participación electoral, omitiendo a los políticos en el cambio social porque consideramos que “todos son unos ladrones”, excluyendo a otros sectores clave de la sociedad para aspirar a una verdadera transformación, apostando exclusivamente a la presión popular, no hacemos sino afianzar a quienes detenta el poder o facilitarle el acceso a arribistas quienes no lo harán mejor. Es necesario organizarse en torno a un proyecto colectivo -sin exclusión ni hipocresías- que presente soluciones cuidadosamente elaboradas acordes con la realidad. Debe seleccionarse aquellas propuestas que garanticen resolver eficientemente los problemas presentes en la sociedad.

Las posiciones tipo “desencanto de todo”, el activismo antisistema o la postura individualista de “yo solo contra el mundo”, no pasa de ser un desahogo, liberar las tensiones emocionales que no se pueden reprimir. Nada de eso promueve un cambio, es caer en la trampa de una utopía basada en que si desaparece “el otro” que es el origen de mi descontento, entonces estaré satisfecho, viviré en un mundo perfecto porque él no está. Tal postura es excluyente e irrespetuosa de los derechos de los demás -incluidos quienes detentan el Poder- y querer convertirse en los próximos fascistas que escribirán con sangre un capítulo de la historia. Es necesario hacer cuantiosos esfuerzos por contener las pasiones más bajas, permitiendo que la cordura sea quien dirija los acontecimientos. Ninguna propuesta de cambio social sustentada en la violencia y el radicalismo ha permitido que prospere una nación, en cambio la ha condenado al más grotesco atraso…

El precio de una utopía siempre ha sido el sacrificio de muchos para beneficiar a unos pocos, el imponer la tesis de que algunos miembros de la sociedad deben ser una ofrenda en la conquista de un mayor bienestar colectivo. Todos lo proyectos utópicos han fracasado porque no renuncian de la necesidad de una inmolación que facilite el cumplimiento de sus objetivos.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x