El panoptismo como instrumento de castigo.

 

 

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Nuestra vida virtual y real están tan unidas que pueden ser modeladas por el juicio de otros-PFMS-Google Images

El poder de la tecnología nos brinda la posibilidad de acercarnos a otras realidades sin grandes esfuerzos; podemos “comprender” mucho mejor lo que sucede a nuestro alrededor y del mismo modo incidir en la realidad. Los efectos de esa influencia pueden variar según nuestras intenciones, pero la sobreexposición a la que estamos sujetos actualmente hace que sea imposible determinar si dichos efectos parten de algo real o falso; la compleja maraña del origen de las informaciones puede confundir al más acucioso al mismo tiempo que la libertad personal se encuentra bastante vulnerada si tal vorágine informativa escoge como objetivo a un individuo. Las personas y las autoridades pueden fácilmente definir nuestro rol con tan sólo un estímulo concreto.

La maquinaria que mueve al llamado Social Web -en parte- es completamente lúdica. Aunque convergen otros intereses más serios, la frivolidad alimenta esta maquinaria; compartimos demasiado de nosotros en este ambiente sin medir las consecuencias… todos sus miembros tienen preconceptos arraigados de quienes podrimos ser por ese ambiente y sin darnos cuenta nuestra identidad real ya está harto mezclada con la virtual. Si algo rompe con esa rutina veremos el rostro no muy agradable de esa maquinaria. Los “otros” juzgan en tiempo real lo que somos y que decidimos afectando nuestro modo de ser, constantemente nuestra cotidianidad esta evaluada por terceros que buscan satisfacer algún interés, gracias a que hemos cedido parte de lo que somos.

Y también está el caso contrario de que algunos prefieren alimentar sus egos con ese juicio en tiempo real. La provocación, las ansias de ser reconocidos y el escándalo así como la deliberada “exposición de los trofeos” para buscar en la aprobación de los otros un sentido -reflejo de una incapacidad en encontrar un equilibrio en sus vidas- termina siendo objeto de evaluaciones nimias de los demás. El ambiente social pareciera no tener limites, la creatividad para captar la atención y propagarlo se convierte en un juego donde buscamos atención como sea… hasta que ese juicio en tiempo real termina dando un veredicto. La última palabra que puede aprobar o desaprobar puede ser muy dañina.

Cuando el veredicto desaprueba nuestros actos vemos como quedamos definidos ante los demás. Sin importar la naturaleza de los hechos, todos pueden decirnos qué somos y recordárnoslos por qué la red no olvida. La “fama” no la podemos controlar llegando a límites insospechados. Argumentar contra ese veredicto termina siendo inútil porque ya todos creen tener definido cómo somos por nuestra acciones y nada podrá cambiar el rumbo de esa estampida de opiniones. Así la libertad de ser como se desee queda destruida, el individuo no podrá tomar una decisión con seguridad porque el juicio ajeno condicionará su actuación en la vida; quizá por prudencia prefiera esperar hasta “que se olvide el asunto” más no podrá tener una certeza de que al pasar toda ese escándalo no será señalada por los hechos pasados.

Nuestra identidad en estos tiempos -si aceptamos formar parte del ambiente social- estaría más expuesta que nunca a los demás. La presión que ejerce el mal uso de la tecnología social sobre el individuo socava su derecho de ser como desee y hasta podría coartar la libertad de expresión misma, porque los otros con el poder del número serían aliciente para abstenerse de hacer comentarios si este es identificado. Nos damos cuenta que el ambiente social está -en parte- compuesta por una mentalidad depredadora que siempre se encuentra dispuesta a arremeter contra quien sea por motivos pueriles.

Esta estructura represiva no lo constituye un sistema ni un grupo, un simple estímulo basta para que una multitud se autoorganice y exponga lo peor de si mismo. Todo un ejército de “eruditos” procede a subemplear el poder de la palabra en ofender a quien sea y a quien quiera, a definir los hechos por la voluntad de una mayoría desenfrenada que no conoce de objetividad. Sobre todo es una mayoría donde no necesariamente caben comentarios edificantes sino frívolos, destructivos y hasta grotescos. La vida individual no pertenece a una persona, sino a la mayoría enloquecida que espera de ella un comportamiento determinado ¿pero cual conducta es la socialmente aceptable para esa mayoría? ninguna porque todo es objeto de juicio, todo puede ser cuestionado y sometido al escarnio público.

Estas mayorías que se formaron en esta era de la información, simplemente, representa lo opuesto a una sociedad del conocimiento: es un colectivo que erróneamente cree poseer una libertad ilimitada por dominar ciertas tecnologías sociales, no le interesa la objetividad sino actuar, cree siempre poseer la razón aunque se le demuestre lo contrario, le causa placer el despedazar la imagen de los demás y ni le interesa desentrañar la verosimilitud de las tendencias más populares sino participar en esa suerte de “barahúnda” en abierta actitud pendenciera. Lejos de opinar para generar un debate equilibrado sobre los hechos que le conciernen, prefieren el alboroto, el insulto, y la imposición.

Nuevamente es necesario que cada quien reflexione cómo debe proceder en el uso de la tecnología social de forma responsable. Es fácil culpar al servicio por no hacer lo suficiente en impedir que sea objeto de burlas, pero nunca pensamos en nuestras propias acciones, evitar hacerse cómplice de los frecuentes escarnios públicos, podría ir sofocando la conformación de esas mayorías que saturan las redes de comentarios inapropiados. Sobre todo hay que estar más consciente de lo sencillo que resulta sacar de contexto un hecho, sólo para terminar siendo objeto de grotesca diversión de esas mayorías perturbadoras.

Nuestra identidad está todos los días expuesta al acecho de éstas mayorías depredadoras, hay que evitar convertirnos en uno de ellos o ser próximas sus víctimas.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

 

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