El auge del radicalismo político.

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                     El radicalismo puede ocultar la intolerancia-PFMS-Google Images.

El radicalismo político ha sido uno de los males más críticos de la humanidad. Parte de la sencilla premisa de que una posición cree tener la verdad absoluta, sin dejar espacio a la mesura y justificando cualquier acción contra el contrario para imponer su punto de vista. Los procesos históricos humanos, se han caracterizado por convulsos movimientos que han optado por la acción y el discurso apasionado para modificar condiciones sociales caducas o injustas, pero también para destruir de forma inmisericorde a millones de vidas humanas. En los tiempos actuales la mayoría de las sociedades prefieren solucionar sus conflictos por medios más racionales, aunque recientemente las diversas crisis han provocado que nuevas corrientes radicales tomen la dirección de los movimientos políticos.

Dicho auge del radicalismo, no desecha ni la emotividad más abyecta ni la acción frente a la prudencia. Resurgen los discursos con un falso nacionalismo, las “soluciones mágicas” y “el culpar al otro”, sean quien sea. Detrás de todas estas predicas no existe otra cosa que uno de los males más longevos de la humanidad: la intolerancia. Teóricamente la sociedad global impulsa a las culturas a relacionarse y conocerse, buscar vías comunes para el entendimiento, mismas que podrían despertar la cooperación y desechar las diferencias, sin embargo lo que se ha subestimado es la capacidad de todas las culturas de aceptarse e integrarse uniformemente. Los grupos más individualistas ven esto como una amenaza, creen que podría diluirse la identidad local de cada comunidad en una nueva forma de sociedad unidimensional.

Esta unidimensionalidad podría sustituir el carácter propio de cada comunidad, para formar un sincretismo cultural complejo que deformaría la identidad histórica de un país. A grandes rasgos existen síntomas de que éste proceso está ocurriendo, pero no es del todo cierto que la identidad ontológica de cada comunidad se está desvaneciendo, más bien, está reafirmándose como forma de cada individuo de comunicar a dónde pertenece y quién es. La cultura no es nada más tradiciones, fechas históricas, literatura… sino también una mentalidad, formas de sentir, pensar y ver la vida. Es una condición intransferible que existe en cada comunidad.

El radicalismo político no cree en ello, porque su apoyo se basa en la imposición de una idea; en su estructura podemos encontrar solapados factores de peligrosos uniformismos que no dejan paso al libre albedrío. El identificarse e integrarse con otros grupos distintos -sin dejar de ser quien es- no es algo aprobado por una posición radical. Lamentablemente las sociedades tienden a subestimar la venenosa predica radical, creemos que nuestros valores supremos son tan estables que podremos reaccionar con prontitud a cualquier amenaza. Nuevamente hemos sido puestos a prueba por medio de las recientes convulsiones sociales y hemos fallado, hay demasiados errores que corregir a la par de que debemos enfrentar renovados factores de intolerancia que buscan imponer sus ideas. La irracionalidad nos envolvió y la mesura fue descartada.

El funcionamiento de los predicadores de la intolerancia no cambio en absoluto, sigue el mismo patrón aunque ha aprendido a adaptarse. No desechan las vías democráticas, ni la conformación de grupos políticos, tampoco la violencia directa contra quien creen es su enemigo, mucho menos el manipular a los ciudadanos cuando están vulnerables. El escenario actual, con sus matices, los alimenta y dependerá de los grupos políticos opuestos, así como, de la ciudadanía reducirlos mediante el fortalecimiento de los instrumentos democráticos, la renovación de las bases de los partidos políticos y el prescindir de las “soluciones mágicas”. Hay que admitir que no son tiempos fáciles ni que podremos solucionar todos los problemas de inmediato, es menester tener paciencia y negarse a ceder a las pasiones creyendo que una alternativa radical nos devolverá el bienestar perdido.

Sobro todo hay que prestar atención a una de las tácticas predilectas del radicalismo: el arribismo; individuos que en medio de tiempos difíciles aparecen de la nada prometiendo “en nombre de la libertad” salvar al pueblo de sus carencias materiales -muy pocas veces se les escucha que lo liberara de sus carencias morales- como si fueran paladines. El formato seudoheroico puede convencer a gentes desesperadas, sin embargo también es útil para ocultar las verdaderas intenciones así como elaborar complejas tramas para tomar el Poder y con él reprimir directamente sobre aquellos a quienes son considerados “enemigos del pueblo”… recordemos que en nombre de la libertad se han puesto grilletes. El aprovechar las circunstancias adversas para actuar abiertamente y convencer a otros de ser el único remedio para los males de la nación, es síntoma de que está en curso una táctica arribista.

No se lo podemos atribuir exclusivamente a grupos deseosos de poder, también está presente en otras organizaciones políticas que buscan notoriedad para influir en los acontecimientos con tal de cumplir un objetivo concreto. Son agrupaciones disconformes, casi clandestinas, que dicen luchar contra los males de la sociedad, sin alejarse de la práctica de la acción directa contra el poder establecido. Entiéndase acción directa como todas las tácticas tanto físicas como virtuales que buscan crear un clima de inestabilidad perfecto para actuaciones secretas de cuya naturaleza nada conocemos. Desconfiar de actores políticos como éstos no es sinónimo de paranoia, sino una forma sensata de evitar caer en trampas que podrían conducirnos a escenarios terribles.

Éstos personajes hablan de “justicia social e igualdad”, más subrepticiamente introducen elementos intolerantes para reducir a quienes no estén de acuerdo con sus ideas. El discurso de “no negociar” con el contrario y etiquetar de “apático”, “indiferente” o “traidor” a quién prefiere otras opciones es evidencia que estamos ante otro intolerante mimetizado. Prestar atención a las palabras, los discursos y las acciones de sus simpatizantes en la cotidianidad nos responderá nuestras dudas sobre sus intenciones. Limitarnos exclusivamente a buscar información sobre ellos, ignorando sus palabras es estar vulnerables a su predica aunque se crea lo contrario, la política actual no juega con lo evidente sino que emplea ilusiones más elaboradas, lo que manejan muy bien los radicales para triunfar. El famoso “pequeño detalle” debe ser nuestra prioridad para descubrirlos.

Los tiempos que corren no son simples. La alternancia política ha dejado de ser la ruta segura para la transformación social, mientras que el desgaste de los partidos políticos, obligó a la creación de nuevos movimientos ciudadanos que prefieren la autorepresentación frente al Poder que un representante elegido por el voto. La insatisfacción social y el temor a que nuevos actores desplacen el Poder conocido pueden fácilmente polarizar a la población, siendo este el escenario más peligroso porque los radicales explotan con facilidad el sentimiento de carencia para avanzar. Los actores políticos deben ser sutiles a la hora de encauzar la disconformidad ciudadana siempre evitando la victimización y la repartición de culpas; se debe admitir los errores pero también promover soluciones conjuntas sin prescindir de un dialogo equilibrado.

Los ciudadanos por su parte, tienen que hacer grandes esfuerzos para domeñar las pasiones. Muy cierto es que los tiempos que corren son complicados, pero las decisiones políticas debemos tomarlas con serenidad, de lo contrario podríamos haber ocasionado un nuevo período de conflictividad más destructivo por no hacer caso a la razón. Ser cónsonos con nuestros valores y pensando en el bienestar de las nuevas generaciones, evitará que el futuro sea tenebroso…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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