¿Se esta desvinculando el hombre contemporáneo de la historia?

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La historia refleja el carácter universal de la humanidad-PFMS-Google Images.

“La historia debe dejar de ser esa señora que enseña mucho, pero de quien la humanidad aprende poco…”

                                                           Pedro Felipe Marcano Salazar.

La historia es un elemento común en todos los pueblos del mundo. No existe ningún grupo humano que no tenga una memoria colectiva recopilada que heredar o compartir; simplemente es, en la historia, donde se refleja el aprendizaje y evolución de los integrantes de una comunidad, así como el alma humana. No obstante, la permanencia de los males en el presente nos indica que desde el pasado hay una lección histórica que no ha sido aprendida, es decir que aún permanecen, dentro de la mentalidad popular, creencias perniciosas que comprometen su estabilidad y que de no ser asimilada se caerá en nefastos círculos viciosos que -a largo plazo- arrastrará a todos los miembros de la comunidad.

Pero los hombres modernos no parecieran entender eso. Incontables sabios han advertido que la historia enseña lo que es mejor evitar si se quiere un mundo civilizado y armónico; han definido los hechos históricos como etapas que se superan o heredan hasta que sean resueltas por alguna generación prodigiosa. Es por eso que, siempre se ha exigido objetividad en el estudio de la historia; la deformación de la misma termina siendo más perjudicial que el desconocimiento de ella. Se está tomando interpretaciones erróneas de los sucesos pasados, con el único objetivo de justificar las más banales y grotescas decisiones a nivel político y económico, obteniendo de éstos resultados perjudiciales para la sociedad. Hemos permitido -al disminuir el peso de nuestras decisiones ciudadanas- que los males del pasado tomen forma en el presente.

La historia es una entidad neutral, no es partidaria de ninguna posición porque su función es narrar los hechos tal cual como ocurrieron. De ella los humanos debemos tomar lo más elevado para avanzar y evitar repetir los errores pasados. Llegó un tiempo en que la humanidad minimizó la historia y sus enseñanzas considerándola mera información; el individuo cedió su deber supremo de ser el protagonista de los acontecimientos, entregando a otros las aspiraciones sociales. Entes supraestructurales aparentemente resuelven todo. Los ciudadanos prefirieron recluirse en la cotidianidad, en la búsqueda de las satisfacciones materiales y en adoptar como suyas las tendencias banales que ofrece la dinámica actual. La realidad fue reduciéndose a extravagantes individualismos, descartando una visión global de la existencia.

Hemos depositado las aspiraciones colectivas en figuras populares, carismáticas y dispuestas a conquistar la identificación del individuo con ella. Un espantoso error que, como vemos actualmente, trajo lamentables consecuencias: al volvernos dependientes de esas figuras, no nos dimos cuenta que la mayoría de ella no poseen la suficiente capacidad para enfrentar los desafíos de una sociedad tan voluble como la del presente siglo y para cuando reaccionamos, estamos encarando bizarras demagogias difíciles de vencer. El poder los ha vueltos indolentes, prefiriendo sacrificar la sociedad entera para salvar sus intereses. Ahora tenemos múltiples retos que exigen unión ciudadana, más que una simple reacción política para modificar un estado temporal de disminución de calidad de vida, debemos darnos cuenta de la necesidad de prestar más atención a nuestro entorno.

Increíblemente nada de esto representa una novedad, la historia lo ha expuesto en incontables ejemplos, pero nos hemos confiado demasiado. El progreso tan prometedor del principio de éste siglo ha sido traicionado, las personas ya no confían en él porque los principales baluartes del mismo se redujeron al ostracismo de cuidar sus intereses, muy al margen de las aspiraciones colectivas. Existen abismos, cada vez más grandes, entre quienes viven en una sociedad estable con medios “civilizados” de resolución de conflictos y quienes deben pelear para sobrevivir, como si fueran bestias salvajes. Cabe preguntarse: ¿está condicionado el derecho a vivir como un ser civilizado? Pareciera que el precio de vivir en civilización es inmolar a unos cuantos a costa de que permanezcan unos pocos, cuya herencia es un tanto incierta.

Así pues, los acontecimientos actuales nos ofrecen una lección que debemos aprender si así lo escogemos: no podemos delegar exclusivamente en otros lo que también es nuestra responsabilidad. Es compromiso de todos los ciudadanos del mundo conquistar definitivamente una sociedad en que todos sus miembros puedan desarrollar sus potenciales, sin temer al futuro ni a los reveses del presente, prescindiendo de los atajos políticos como son el radicalismo, los caracteres mesiánicos, la violencia…

Evidentemente no es sencillo que los ciudadanos reconquisten su papel central como modeladores de los cambios sociales, porque desde que el mundo adoptó modelos de instituciones supranacionales y la delegación de funciones en cuerpos políticos, a modo de intermediarios, la omnipotencia del funcionario como representante del pueblo -aún cuando se le rechacé-, tiene más valor que la autorepresentación del ciudadano. Las decisiones políticas, prestan demasiada atención a la “buena fe” del funcionario, en vez de existir un trato equitativo entre este último y los ciudadanos organizados. Otra lección que la historia nos repite, porque no la aprendimos: el ciudadano no debe distraerse, debe seguir cuidadosamente los movimientos de sus representantes.

Del mismo modo que, el ciudadano debe organizarse para lidiar con las dificultades, también debe reflexionar sobre su naturaleza moral y ética. Vemos pésimos ejemplos en nuestra cotidianidad que atentan contra los valores supremos de la humanidad, con los que adoptamos una actitud reactiva efímera. Dicha posición lo que provoca es el crecimiento de esos malos ejemplos que contraatacarán con argumentos simplistas, pero atractivos para quienes se identifican con ellos. Está claro que esa actitud indiferente hacia las consecuencias de los actos individuales tiende a imitarse -sobre todo en los jóvenes-, sin embargo debemos enfrentarlos con argumentos sólidos que hagan a las personas críticas y observadoras de lo que aprueba o rechazan. Hacerles constructores de razonamientos más que de insultos o complicidades, es otra lección que debemos repasar hasta superar.

El ser ciudadano no es nada más una condición sustentada en una documentación otorgada por el Estado, ni muchos menos en la simplista idea que se tiene esa condición, porque se vive en una sociedad organizada y compleja. El ser ciudadano implica que todos nuestros actos deben ser cónsonos con nuestras ideas dentro de la sociedad en la que formamos parte. El ser ciudadano es tener visión a largo plazo, aprender de los errores y los aciertos; asunto planteado en innumerables hechos históricos de los cuales se extrae una valiosa lección: solo los ciudadanos despiertos, prudentes y concientes, trascienden. La mejor recompensa que tiene cualquier ciudadano, es ser recordado como alguien benéfico del cual se habrá de erigir los más excelsos proyectos orientados al bien común.

Para lograr una sociedad más equilibrada, sin caer en los dogmas utópicos, debemos rescatar nuestro nexo con la historia. Evaluar cada acontecimiento, decisión y protagonistas como nuestros, no como fruto de meras causalidades de un tiempo anterior, de esa manera los ciudadanos entenderán que todo lo que hagan -por insignificante que parezca- tiene un significado social, una consecuencia a largo plazo.

La historia debe dejar de ser esa señora que enseña mucho, pero de quien la humanidad aprende poco…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

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