Reflexiones sobre la tecnología militar.

 

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Keloid, otorgar excesivas responsabilidades en materia bélica a un autómata, podría tener consecuencias éticas desastrosas- PFM-Bing Images-

 

“…no pensamos siquiera que todas las batallas de hoy, son causas de las omisiones de ayer. Peleamos por excusas pasadas, creyendo que son nuevas.”

” Principalmente, debemos dejar de estar aprobando que se nos niegue el legítimo derecho de resolver los conflictos sin violencia.”

                                                            Pedro Felipe Marcano Salazar.

En los tiempos actuales pareciera que se avecina una “nueva Guerra Fría”. Los imparables avances técnicos también son considerados como medio para mantener el delicado equilibrio de poderes existentes entre las naciones. Cada vez son más los ejércitos que entienden que su poder ya no sólo radica en alianzas estratégicas y buena organización, ahora es necesario producir y entender la tecnología para poder estar a nivel de potenciales enemigos y rivales, si no se quiere perder la ventaja. Sobre todo, las viejas contiendas entre las potencias occidentales con Rusia y China han sido retomadas con claras demostraciones de su respectivo poderío bélico con fines disuasivos y propagandísticos. El temor de una Tercera Guerra Mundial empieza a tomar formas dramáticas.

Pero, mientras los temores de un nuevo enfrentamiento mundial están reducidos a un sentimiento colectivo otra preocupante realidad empieza a aparecer: la urgente necesidad de establecer límites contundentes a la misma tecnología que nos facilita la vida. Entre científicos y activistas son más frecuentes la exigencia de establecer controles a los sistemas de armas actuales, los cuales se quieren que posean mayor autonomía. Otorgar un poder omnipotente a una máquina es una forma demasiado peligrosa de eximirse de la responsabilidad de actos reprochables, actos que nacen de las complejas decisiones políticas que toma la humanidad. Bien sea para debilitar o destruir totalmente a un enemigo, una máquina podría ser el soldado perfecto si nadie le delimita sus acciones.

Nadie se opone al legítimo derecho de cada nación de tener los recursos más avanzados para protegerse así misma; empero es notorio que dentro de la gente empieza a prosperar un rechazo hacia la letalidad y sofisticación de las armas utilizadas en este siglo. Sí la guerra es considerada como algo antinatural, también esta incluido en esta consideración los medios empleados para hacerla. A medida que transcurre la historia humana, dichos medios han borrado al hombre como responsable absoluto de las tragedias producidas por la guerra.

Las armas son cada vez menos complejas de usar, se han vuelto impersonales y los ejércitos ya no requieren enfrentarse directamente, hasta el Ciberespacio ya es un arma y al mismo tiempo un campo de batalla que cumple con esta última condición. No obstante la ganancia de mejores medios diplomáticos para resolver los conflictos, así como el auge del activismo ciudadano que promueve la lucha no violenta, terminan de convencer de lo innecesario de la violencia, a parte de que los avances técnicos implican una mejora de la calidad de vida, privilegio que nadie quiere perder por inmolar su conciencia en destruir a los demás. Sobre todo, la sociedad civil ya se convenció que la tecnología en manos de los grupos de poder -político, militar y científico- no garantiza la neutralidad que requiere para un correcto uso, es decir, no está comprometida con la PAZ.

En pocas palabras, el rechazo hacia las acciones bélicas por parte de la sociedad civil complica un accionar holgado por parte de las Fuerzas Armadas, aún cuando la Guerra contra el Terrorismo justifica el empleo de medios más directos y sigilosos, ya que se combate contra organizaciones impredecibles; la ciudadanía ha tenido que pagar unas consecuencias intolerables por ello, la más relevante es la merma del respeto de los Derechos Humanos. Ante éste reto los poderes políticos han tenido que realizar dos movimientos fundamentales para cubrir los movimientos de sus pares militares: el primero, justificar el hermetismo más absoluto sobre ciertas operaciones, llegando al límite de la complicidad y el segundo consentir que dichas operaciones se hagan sobre terrenos donde la ciudadanía no puede influir.

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La ciudadanía rechaza el uso de “drones” para la guerra-PFM-Google Images-

No obstante las actuales convulsiones sociales han puesto al descubierto tales movimientos, con lo cual la simple disconformidad hacia la autoridad evoluciona a un desprecio frontal hacia el sistema imperante. La falta de fe en las instituciones va de la mano con la desconfianza creciente hacia los usos de la tecnología. El progreso esta siendo recelado, y quienes tienen la difícil responsabilidad de la defensa militar de su país ven más complejo hacer su trabajo sin enfrentar el juicio moral y ético de la ciudadanía. Aunque muchos conflictos pudieran resolverse por vías civilizadas, hay -lamentablemente- que admitir que no todos los bandos quieren negociar sino imponerse por la armas.

Desgraciadamente, y aunque los poderes militares tuvieran razón, el radicalismo de la ciudadanía hace caso omiso de sus argumentos. La opacidad gubernamental no es algo perdonable y las causas de la guerra están en duda constante, los más extremos ya hasta predican que todos los conflictos son culpa del gobierno que enseña a matar. En parte se admiten que los grupos de poder provocan las guerras, estén o no dentro del gobierno, pero también existen momentos donde la gente cegada consiente la guerra haciéndose cómplice de ella, bien lo ejemplifica la tenebrosa colaboración del pueblo alemán durante el régimen de Adolfo Hitler, así como de las brillantes mentes científicas de la época quienes concibieron la maquinaria militar nazi. Viéndolo así, habría que autoexaminarse antes de condenar al gobierno cuando de conflictos bélicos se trata.

La ciencia es arrastrada a una encrucijada, se le plantea el más intrincado de los retos: si trabaja para el mayor bienestar posible o colaborar con la destrucción de vidas humanas. Las voces conscientes se levantan -no exentas de polémicas- sobre la urgente necesidad de detener el mal uso de la tecnología. Es necesario debatir, analizar los escenarios posibles. Mantener fuera los apasionamientos, y buscar resoluciones justas que eviten la autodestrucción de la humanidad por sus invenciones. Para muchos científicos, la ciencia ficción bélica ya es realidad, por ello hay que buscar caminos éticos que aborten el desplazamiento de la responsabilidad humana hacia entidades artificiales cuando hay que tomar decisiones en casos de guerra. El consentir que sean las máquinas las que dispongan ante la complacencia de una dirigencia militar insensible, seria una cruel forma de “lavarse las manos” que pondría en duda los supremos valores humanos y el mismo equilibrio social.

El otro temor derivado del desarrollo de la tecnología militar son las consecuencias que tendría para la paz, si algo fallara. En el siglo pasado, los misiles nucleares sembraron el terror, una simple provocación terminaría en catástrofe y se cometieron muchos errores que afortunadamente no tuvieron grandes consecuencias. La mesura salvo al mundo, se comprobó que los aparentemente infalibles sistemas de defensa podrían fallar.

Pero, si una máquina puede tener falencias, ¿cuán dañina seria la situación sí fuera el ser humano el que falla, interpretando erradamente la realidad? Hemos vistos como los mejores hombres -los más capacitados- se equivocan fatalmente en momentos críticos, el precio a pagar por ello ha sido alto. La civilización todavía sufre las consecuencias. Por ello, podríamos decir que es un error grave disponer tan holgados recursos en desarrollar máquinas cada vez más conscientes para destruir. Desafortunadamente el irrenunciable deseo de pocos de luchar justifica medios más letales, quedamos en un dilema de difícil resolución. De algo podemos estar seguros: resulta más aterrador construir engendros bélicos automatizados para matar a otros seres humanos, que una rebelión de estos en contra de sus creadores.

En ambos casos el hombre sigue siendo culpable de las vidas que se pierdan y los daños que sufra el planeta. La guerra es un medio de incompresible adopción que en etapas de adelantos técnicos como los actuales debería ser, la última prioridad. Desgraciadamente la enfermiza rivalidad entre naciones, las paranoias de facinerosos fanatizados y la poca voluntad de grupos antagónicos por encontrar maneras adecuadas para convivir pacíficamente parecen la excusa predilecta que justifica más inútiles derramamientos de sangre. Y si nadie lo hace, empezamos a transitar por una temporada de aparente calma no aprovechamos para prolongarla, sino para perturbarla con más enfrentamientos, no pensamos siquiera que todas las batallas de hoy, son causas de las omisiones de ayer. Peleamos por excusas pasadas, creyendo que son nuevas.

La humanidad debe entender que cada instrumento que crea, tiene que ser sometido a los dictámenes del bien común y el respeto ciudadano. Ninguna nación puede ampararse en excusas nacionalistas, para desarrollar engendros bélicos que tarde o temprano le arrebatará la vida al más inocente, por muy sofisticados que sean, el inocente es quién termina sufriendo más. Hay que entender que los grupos irregulares que hoy abrazan la lucha armada, fueron víctimas del odio y la indiferencia de los líderes. Perdieron la paciencia…

Para prevenir que otros inocentes, terminen enfermos de odio es menester que los esfuerzos colectivos estén al servicio de la PAZ. Hay que hacer grandes esfuerzos para convencer a todos los pueblos de la Tierra, -especialmente los más belicosos- de lo fútil de la guerra, sobre todo tenemos que convencernos que las máquinas que creamos debemos usarlas para brindar bienestar a quienes más sufren. No podemos quedarnos en el buscar culpables, es necesario actuar en favor de la paz. Debemos renunciar culturalmente, a esa costumbre de rendir culto a los héroes de guerra, en exaltar las “virtudes” guerreras que se desvanecen cuando la sangría de un conflicto se torna inocultable. Principalmente, debemos dejar de estar aprobando que se nos niegue el legítimo derecho de resolver los conflictos sin violencia.

Quienes cumplieron con su país, se les reconoce sus servicios en su tiempo y su generación, sin embargo cada época enseña que es necesario superar la violencia a favor de la diplomacia justa y los acuerdos mesurados. Cada héroe de guerra -en el fondo- no desea matar, quiere “regresar a casa” y olvidar la lucha.

De algo podemos estar convencidos, es que la Madre Tierra no desea seguir recibiendo más cadáveres en sus entrañas producto de la violencia…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

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