Month: May 2014

¿Se esta desvinculando el hombre contemporáneo de la historia?

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La historia refleja el carácter universal de la humanidad-PFMS-Google Images.

“La historia debe dejar de ser esa señora que enseña mucho, pero de quien la humanidad aprende poco…”

                                                           Pedro Felipe Marcano Salazar.

La historia es un elemento común en todos los pueblos del mundo. No existe ningún grupo humano que no tenga una memoria colectiva recopilada que heredar o compartir; simplemente es, en la historia, donde se refleja el aprendizaje y evolución de los integrantes de una comunidad, así como el alma humana. No obstante, la permanencia de los males en el presente nos indica que desde el pasado hay una lección histórica que no ha sido aprendida, es decir que aún permanecen, dentro de la mentalidad popular, creencias perniciosas que comprometen su estabilidad y que de no ser asimilada se caerá en nefastos círculos viciosos que -a largo plazo- arrastrará a todos los miembros de la comunidad.

Pero los hombres modernos no parecieran entender eso. Incontables sabios han advertido que la historia enseña lo que es mejor evitar si se quiere un mundo civilizado y armónico; han definido los hechos históricos como etapas que se superan o heredan hasta que sean resueltas por alguna generación prodigiosa. Es por eso que, siempre se ha exigido objetividad en el estudio de la historia; la deformación de la misma termina siendo más perjudicial que el desconocimiento de ella. Se está tomando interpretaciones erróneas de los sucesos pasados, con el único objetivo de justificar las más banales y grotescas decisiones a nivel político y económico, obteniendo de éstos resultados perjudiciales para la sociedad. Hemos permitido -al disminuir el peso de nuestras decisiones ciudadanas- que los males del pasado tomen forma en el presente.

La historia es una entidad neutral, no es partidaria de ninguna posición porque su función es narrar los hechos tal cual como ocurrieron. De ella los humanos debemos tomar lo más elevado para avanzar y evitar repetir los errores pasados. Llegó un tiempo en que la humanidad minimizó la historia y sus enseñanzas considerándola mera información; el individuo cedió su deber supremo de ser el protagonista de los acontecimientos, entregando a otros las aspiraciones sociales. Entes supraestructurales aparentemente resuelven todo. Los ciudadanos prefirieron recluirse en la cotidianidad, en la búsqueda de las satisfacciones materiales y en adoptar como suyas las tendencias banales que ofrece la dinámica actual. La realidad fue reduciéndose a extravagantes individualismos, descartando una visión global de la existencia.

Hemos depositado las aspiraciones colectivas en figuras populares, carismáticas y dispuestas a conquistar la identificación del individuo con ella. Un espantoso error que, como vemos actualmente, trajo lamentables consecuencias: al volvernos dependientes de esas figuras, no nos dimos cuenta que la mayoría de ella no poseen la suficiente capacidad para enfrentar los desafíos de una sociedad tan voluble como la del presente siglo y para cuando reaccionamos, estamos encarando bizarras demagogias difíciles de vencer. El poder los ha vueltos indolentes, prefiriendo sacrificar la sociedad entera para salvar sus intereses. Ahora tenemos múltiples retos que exigen unión ciudadana, más que una simple reacción política para modificar un estado temporal de disminución de calidad de vida, debemos darnos cuenta de la necesidad de prestar más atención a nuestro entorno.

Increíblemente nada de esto representa una novedad, la historia lo ha expuesto en incontables ejemplos, pero nos hemos confiado demasiado. El progreso tan prometedor del principio de éste siglo ha sido traicionado, las personas ya no confían en él porque los principales baluartes del mismo se redujeron al ostracismo de cuidar sus intereses, muy al margen de las aspiraciones colectivas. Existen abismos, cada vez más grandes, entre quienes viven en una sociedad estable con medios “civilizados” de resolución de conflictos y quienes deben pelear para sobrevivir, como si fueran bestias salvajes. Cabe preguntarse: ¿está condicionado el derecho a vivir como un ser civilizado? Pareciera que el precio de vivir en civilización es inmolar a unos cuantos a costa de que permanezcan unos pocos, cuya herencia es un tanto incierta.

Así pues, los acontecimientos actuales nos ofrecen una lección que debemos aprender si así lo escogemos: no podemos delegar exclusivamente en otros lo que también es nuestra responsabilidad. Es compromiso de todos los ciudadanos del mundo conquistar definitivamente una sociedad en que todos sus miembros puedan desarrollar sus potenciales, sin temer al futuro ni a los reveses del presente, prescindiendo de los atajos políticos como son el radicalismo, los caracteres mesiánicos, la violencia…

Evidentemente no es sencillo que los ciudadanos reconquisten su papel central como modeladores de los cambios sociales, porque desde que el mundo adoptó modelos de instituciones supranacionales y la delegación de funciones en cuerpos políticos, a modo de intermediarios, la omnipotencia del funcionario como representante del pueblo -aún cuando se le rechacé-, tiene más valor que la autorepresentación del ciudadano. Las decisiones políticas, prestan demasiada atención a la “buena fe” del funcionario, en vez de existir un trato equitativo entre este último y los ciudadanos organizados. Otra lección que la historia nos repite, porque no la aprendimos: el ciudadano no debe distraerse, debe seguir cuidadosamente los movimientos de sus representantes.

Del mismo modo que, el ciudadano debe organizarse para lidiar con las dificultades, también debe reflexionar sobre su naturaleza moral y ética. Vemos pésimos ejemplos en nuestra cotidianidad que atentan contra los valores supremos de la humanidad, con los que adoptamos una actitud reactiva efímera. Dicha posición lo que provoca es el crecimiento de esos malos ejemplos que contraatacarán con argumentos simplistas, pero atractivos para quienes se identifican con ellos. Está claro que esa actitud indiferente hacia las consecuencias de los actos individuales tiende a imitarse -sobre todo en los jóvenes-, sin embargo debemos enfrentarlos con argumentos sólidos que hagan a las personas críticas y observadoras de lo que aprueba o rechazan. Hacerles constructores de razonamientos más que de insultos o complicidades, es otra lección que debemos repasar hasta superar.

El ser ciudadano no es nada más una condición sustentada en una documentación otorgada por el Estado, ni muchos menos en la simplista idea que se tiene esa condición, porque se vive en una sociedad organizada y compleja. El ser ciudadano implica que todos nuestros actos deben ser cónsonos con nuestras ideas dentro de la sociedad en la que formamos parte. El ser ciudadano es tener visión a largo plazo, aprender de los errores y los aciertos; asunto planteado en innumerables hechos históricos de los cuales se extrae una valiosa lección: solo los ciudadanos despiertos, prudentes y concientes, trascienden. La mejor recompensa que tiene cualquier ciudadano, es ser recordado como alguien benéfico del cual se habrá de erigir los más excelsos proyectos orientados al bien común.

Para lograr una sociedad más equilibrada, sin caer en los dogmas utópicos, debemos rescatar nuestro nexo con la historia. Evaluar cada acontecimiento, decisión y protagonistas como nuestros, no como fruto de meras causalidades de un tiempo anterior, de esa manera los ciudadanos entenderán que todo lo que hagan -por insignificante que parezca- tiene un significado social, una consecuencia a largo plazo.

La historia debe dejar de ser esa señora que enseña mucho, pero de quien la humanidad aprende poco…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x

El analfabetismo científico.

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El desconocimiento es muy común cuando se habla de ciencia-PFM-Google Images.

Es la gran contradicción del presente siglo. Si bien la innovación científica no es una novedad, lo asombroso es que se sigue subestimando la influencia de la ciencia en la sociedad y sus implicaciones en nuestra vida diaria. Todavía pervive la falsa creencia de que la ciencia es competencia de especialistas; mientras que el resto de las personas sólo espera los beneficios o explicaciones sucintas sobre el tema sin que ello lo motive a participar. No con esto estamos estableciendo una distinción discriminadora, sino cuestionando el juzgar los descubrimientos científicos como ajenos. En el peor de los casos se trata el tema con los prejuicios más absurdos.

El problema de esta forma de analfabetismo, es que nuestra educación -a veces- ha propiciado la idea de que la ciencia sólo es información “olvidable” para quienes no tienen intereses profesionales en ella, reduciéndola a ser un simple requisito académico. De ella se estudia lo que el alumno es capaz de aceptar y dominar, pero aspectos más profundos de la materia no son tomados en cuenta. A los alumnos se les maravilla con el progreso más no se les invita a tener una opinión propia sobre ello, quienes sí la tienen saben bien que la civilización posee limites en su crecimiento, cuyos intentos violentos por superarlos provocan conflictos. Promover un progreso sin ética puede producir conciencias irresponsables.

Por supuesto a esta brecha entre los individuos y la ciencia se suman prejuicios increíbles, que son alimentados por la cultura popular, los más comunes se pueden reducir en frases como “la ciencia es muy difícil”, “no soy un genio”, “y eso ¿qué tiene que ver conmigo?, “únicamente me importa que funcione, para eso los científicos inventan cosas ¿no?”… así podemos encontrar incontables ideas erradas que desvinculan al individuo del avance científico, desconociendo más de lo que cree. Nadie obligatoriamente debe volverse a corto plazo en un erudito científico, empero no debe olvidar que la ciencia al igual -por ejemplo- que la política forma parte de nuestra cotidianidad, por lo que formarse un criterio propio hace ciudadanos críticos que podrán aportar valiosas opiniones que promuevan una ciencia participativa y vinculada al bienestar social, no nada exclusivamente en hacer nuestra vida fácil, sin ningún límite.

Irónicamente cuando surge una controversia sobre la ciencia, las personas se involucran, pero durante el tiempo que dure dicha polémica. Tanto es así que muchos no recuerdan las causas de porqué la decodificación del Genoma Humano provocó serios debates éticos, el porqué la clonación fue prohibida, más allá del hecho de crear dos personas iguales, o porqué el Calentamiento Global compromete el futuro de la civilización. Temas todavía latentes que se toman en cuenta cuando nuestra “memoria mediática” encuentra algo de interés para discutir, sin embargo lo olvida al “desgastarse” el tema. La ciencia no es asunto que dependa de una audiencia televisiva, sino de un riguroso estudio que dura toda la vida.

Nunca falta el que juzga a la ciencia como la culpable de todo. La descomposición moral presente en la actualidad siempre se la atribuyen a los cambios producidos por el progreso científico, proponiendo controles extremos a la ciencia que no parte de criterios sensatos y que incluso atentan contra el avance mismo de la sociedad. Quienes defienden este punto de vista, muy probablemente se limitan a ver lo exterior sin aceptar que el ser humano -no la ciencia- es quien escoge abusar o no de los beneficios de la civilización. Él es el único responsable de todo lo bueno o malo que hay en el mundo. No obstante, para algunos es más fácil culpar de todo al conocimiento que trabajar en remediar los males que puedan surgir.

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Akira, el mal uso de la ciencia puede producir conflictos sociales-PFM-Google Images

En ocasiones la dirigencia política también colabora a mantener el analfabetismo científico despilfarrando los recursos nacionales en herramientas que no están al servicio del ciudadano -ni del conocimiento-, sino de aumentar su poder. Con discursos enrevesados promueven mitos que refuerzan ideas erróneas, para no tener puntos de vistas críticos que impongan límites. Prefieren mantener la educación al margen del progreso mundial con crueles objetivos políticos. Algunos dirigentes no ven beneficioso que surjan ciudadanos hábiles, porque sienten que ellos amenazan su posición dominante.

Sabido es que, los dirigentes más retrógrados siempre verán a la ciencia en su país como un peligro, porque todo progreso para bien implica mejoras en la calidad de vida; un país débil sin posibilidad de avanzar con la dirección de buenas mentes científicas y de ciudadanos bien ilustrados, es más provechoso para ellos. Y si no son los dirigentes retrógrados el problema, están los fanáticos quienes creen que la ciencia es del país, no de la humanidad, obligando a sus talentos científicos a mantener herméticas sus investigaciones rechazando la cooperación internacional. Tampoco faltan los dirigentes quienes encausan los avances científicos en direcciones equivocadas, como son los militaristas o los que tratan de poner obstáculos a beneficios de grupos de poder. Con la creciente rivalidad corporativa, algunos de estos grupos se beneficien de tan desafortunadas decisiones.

Lo que más perjudica a una valoración correcta del progreso científico es el miedo. Nuestra sociedad esta atrapada en una contradicción en donde no puede vivir sin el progreso, pero vive denostando de él. Ha cultivado una visión tan destructiva del ser humano que nada se escapa de ser evaluado sin un contraste pesimista, nuestra naturaleza incomprensible pareciera dirigir la evolución de la sociedad. Dicha naturaleza -infinita de irracionalidad- ha llevado a reducir el saber científico como algo inalcanzable para todos y que debe estar catalogado como ajeno al saber humano. No creemos que la ciencia sea también cultura -transcendente y universal-, sino un objeto disputado por una cofradía de ególatras y excéntricos. Lo más penoso es que privamos a las nuevas generaciones de conquistar más posibilidades de tener un mayor iluminismo mental.

Probablemente, las naciones más atrasadas se confunden sobre el rumbo ha tomar con tan paradójicos planteamientos; se preguntaran si avanzar implica contraer las capacidades mentales de los ciudadanos en asuntos de su interés o propiciar un ambiente cooperativo que facilite la participación ciudadana, sin liquidar la individualidad ni el espíritu comunitario. El camino más lógico que han de seguir es omitir las ideas erróneas y tomar aquello que reporte bienestar social así como mayores ganancias intelectuales que se traducen en engrandecer la cultura universal, la única a la que realmente pertenece el ser humano.

Hay que hacer considerables esfuerzos para que la ciencia no siga siendo un extraño ni un simple sirviente, sino una herramienta provechosa, que empleada de forma responsable puede ser beneficiosa. Es necesario aclarar y erradicar aquellos mitos perniciosos que existe sobre la ciencia e incentivar una cultura lucida sobre el saber científico, sobre todo la educación debe ser la primera promotora de la ciencia como herramienta del progreso humano vinculante a todas las esferas de la sociedad. Debemos prescindir de las visiones limitantes e indiferentes del conocimiento científico.

No podemos subestimar lo sugestivo que puede ser, la mentalidad anticientífica que pervive en la sociedad, la cual conspira contra el buen juicio. Tampoco podemos consentir que el mal uso de la ciencia se le atribuya a ella, es menester hacer énfasis que los malos resultados que se obtenga es exclusiva responsabilidad del ser humano.

Solamente participando, podemos darnos cuenta que la realidad es más interesante de lo que nuestros prejuicios nos niega.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

Los drones, ¿amenaza o avance tecnológico?

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Los drones son más conocido por su uso militar-PFM-Google Images

La tecnología hace poderoso al hombre”

                                      Gendo Ikari, Neo Genesis Evangelion

Los célebres drones se han vuelto la tecnología predilecta para labores difíciles y que conllevarían grandes esfuerzos. También han podido agilizar muchas labores de vigilancia de sectores claves que en otras épocas resultaban complejas por la logística que requería, lo cual provocaba que algunos detalles pasaran desapercibidos. No obstante, cada día vemos que estos artilugios van dominando demasiado la cotidianidad de las ciudades y crece la preocupación de los ciudadanos ante la posibilidad de estar siendo vigilados todo el día por ellos. Aunque muchas de las unidades que sobrevuelan los cielos no necesariamente tienen como fin dar seguimiento a alguien específico, es comprensible que exista entre las personas una sensación de angustia ante una máquina cuyas funciones reales pueden ser desconocidas.

El principal problema que esta tecnología enfrenta es el prejuicio. Debido a las múltiples guerras y operaciones antiterroristas que se han ejecutado a lo largo de este siglo hay un pleno convencimiento de que dichos aparatos no pueden tener nada bueno. La ciudadanía esta convencida de que son máquinas exclusivas para militares, fuerzas policiales o grupos privados de seguridad por lo que si no se usan para “neutralizar una amenaza”, entonces se le destinará para facilitar el mantenimiento del orden o la protección de grupos socialmente importantes. Es decir, existe una interpretación de que quienes se benefician de esta tecnología son los grupos de poder que podrían ser objetivos de elementos hostiles, por lo tanto, la gente ve en éste punto el típico conflicto entre quienes tienen poder y quienes no.

En esta interpretación las personas recelan, porque creen que los “poderosos” desean dominar aún más el mundo social circundante con un fin represivo. Paralelamente vemos en los años recientes como la relación de los grupos de poder y la ciudadanía se ha deteriorado considerablemente, reforzando la opinión de que los drones son un medio de vigilancia masivo que cuarta las libertades civiles porque con ellos puede identificarse a cualquier persona, sobre todo sí se tiene el apoyo de avanzados sistemas informáticos.

Pero la imagen negativa de estas máquinas se alimenta todavía más al hacerse públicos las operaciones militares que se realizan con ellos. La precisión y letalidad de estos aparatos, así como el hermetismo de dichas operaciones, avivan el temor entre los ciudadanos. Una máquina sigilosa, casi indetectable, como un drone puede destruir cualquier objetivo impunemente, sin que pueda reaccionarse a tiempo, arrastrando también a personas inocentes, como ha pasado en muchos ataques. Para los militares los fallecidos pueden ser bajas o daños colaterales, pero para el público, son personas independientemente de quienes sean. Muchos se preguntan si su gobierno -siempre que cuente con esta tecnología- no cedería a la tentación de eliminar a alguien “indeseable” mediante estas invenciones…

Podría parecer paranoico, pero el siglo pasado nos muestra como una amplia gama de máquinas destinadas a la “defensa de la nación” también fueron empleados contra sus propios ciudadanos, especialmente contra quienes piensan distinto o con personas inocentes -sin posturas políticas reconocibles- que accidentalmente terminan siendo envueltos por los acontecimientos. No se puede negar que existen elementos violentos cuya peligrosidad, y amparados por el apoyo de algunos grupos de poder, deben ser combatidos mediante la fuerza ante su negativa de abandonar las armas, empero no está demás establecer limites éticos, morales y legales a las invenciones destinadas a la defensa, principalmente cuando se lucha en ambientes donde es fácil eximirse de responsabilidades y protegerse con el silencio de ciertos políticos.

La ciencia es arrastrada -nuevamente- en esta polémica, se acusa a los inventores de asesinos o de cómplices en una siniestra conspiración para construir un estado totalitario, semejante al concebido en la novela 1984. La fe en la ciencia para mejorar el mundo está diluida y los pocos optimistas que quieren cambiar el ambiente se les catalogan de ingenuos. Mientras los científicos deliberan junto con los militares y políticos el cómo remediar este problema ético, la tecnología de los drones ya está disponible para todo el mundo, incluso para el que guste experimentar puede construirse uno y usarlo a su antojo, creándose otro escenario de controversia: las individualidades que emplean drones, ¿podrían cometer delitos con ellos?

Tenemos ejemplos de como personas talentosas, pero ociosas y malintencionadas usan la tecnología para incomodar a los demás. Con un drone cualquier persona indolente puede invadir la privacidad, sin necesidad de estar presente, y transmitir todo por la red o realizar un ataque para controlar otros drones o derribarlos. La imaginación no tiene límites, cada tecnología que se crea la tomamos como normal en nuestra cotidianidad y no muchos piensan que algo puede salir mal, nadie que siga con su rutina está creyendo que una máquina con quien comparte su espacio social podría estar manipulada para perjudicarle. Nuevamente entramos en el dilema del “como se usan las cosas será el juicio que le daremos”, quizá el problema no sea las máquinas como tal, sino la falta de sensatez de la humanidad actual.

Esa falta de sensatez es lo que incuba el miedo en la gente, que se transforma en reactividad generando una creencia equivocada del progreso: que éste está dominado por -y para- “el mal”. Muchos empiezan a buscar medios para defenderse de lo que interpretan como una amenaza puesta al servicio de nefastos intereses. Sin embargo, los drones no necesariamente deben usarse para hacer daño, existen muchos de estos aparatos destinados a labores altruistas y otros que buscan crear nuevos servicios. El cine es otro beneficiado por los drones porque con ellos se puede realizar tomas áreas impactantes que anteriormente eran imposibles de realizar. Las investigaciones científicas que se realizan en terrenos intricados pueden facilitarse con estos ingenios. Todo depende de cómo los seres humanos queremos usar la tecnología.

Los drones, como cualquier máquina de alto impacto social, no estarán lejos de las controversias, serán denostados por muchos y apreciados por otros. No obstante, el rechazo que hoy se le tiene es parte de la descomposición moral que tenemos actualmente; que enfrenta a ciudadanos y grupos de poder. La brecha creciente entre ambos provoca que la tecnología se parcialice, ya que se interpreta como si ella estuviera escapando del control de la sociedad, y poniéndose de parte de intereses poco transparentes. Aparte de eso todavía persiste un asombro paralizante entre las personas ante los acelerados cambios de la tecnología que simplemente les impide opinar.

Pero existe los individuos opacos quienes no sienten que el progreso deba ser sometido a un análisis ético, porque subestiman los efectos que tienen en sus vidas o se limitan a beneficiarse de ello… hasta que es demasiado tarde para reaccionar. En este grupo se incluye aquellos demagógicos personajes políticos que creen que la tecnología esta limitada a funciones concretas, descartando cualquier estudio profundo del tema. Esta visión simplista es proclive a ser incapaz de solucionar eficazmente cualquier conflicto ético producto del avance tecnológico, lo que contraria, aún más, a las personas.

No podemos seguir creyendo que la tecnología -especialmente los drones- es un fenómeno aislado, que sólo puede ser entendido por una casta de especialistas, si todos los días nos beneficiamos de ella de alguna manera. Tampoco podemos creer que sólo los países más avanzados pueden exclusivamente opinar sobre ella porque la crean y la venden a los demás, es necesario prepararse más sobre la materia, dejando a un lado los prejuicios e ideas erróneas. Los drones no son nada más máquinas para destruir. Pueden ser útiles elementos para el desarrollo social de la humanidad, pero es la misma humanidad la que debe aclarar el cómo desea progresar con sus inventos: si en un progreso a costa de inmolar vidas humanas o en un que promueva la cooperación entre los ciudadanos…

Solo el tiempo lo dirá.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

Reflexiones sobre la tecnología militar.

 

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Keloid, otorgar excesivas responsabilidades en materia bélica a un autómata, podría tener consecuencias éticas desastrosas- PFM-Bing Images-

 

“…no pensamos siquiera que todas las batallas de hoy, son causas de las omisiones de ayer. Peleamos por excusas pasadas, creyendo que son nuevas.”

” Principalmente, debemos dejar de estar aprobando que se nos niegue el legítimo derecho de resolver los conflictos sin violencia.”

                                                            Pedro Felipe Marcano Salazar.

En los tiempos actuales pareciera que se avecina una “nueva Guerra Fría”. Los imparables avances técnicos también son considerados como medio para mantener el delicado equilibrio de poderes existentes entre las naciones. Cada vez son más los ejércitos que entienden que su poder ya no sólo radica en alianzas estratégicas y buena organización, ahora es necesario producir y entender la tecnología para poder estar a nivel de potenciales enemigos y rivales, si no se quiere perder la ventaja. Sobre todo, las viejas contiendas entre las potencias occidentales con Rusia y China han sido retomadas con claras demostraciones de su respectivo poderío bélico con fines disuasivos y propagandísticos. El temor de una Tercera Guerra Mundial empieza a tomar formas dramáticas.

Pero, mientras los temores de un nuevo enfrentamiento mundial están reducidos a un sentimiento colectivo otra preocupante realidad empieza a aparecer: la urgente necesidad de establecer límites contundentes a la misma tecnología que nos facilita la vida. Entre científicos y activistas son más frecuentes la exigencia de establecer controles a los sistemas de armas actuales, los cuales se quieren que posean mayor autonomía. Otorgar un poder omnipotente a una máquina es una forma demasiado peligrosa de eximirse de la responsabilidad de actos reprochables, actos que nacen de las complejas decisiones políticas que toma la humanidad. Bien sea para debilitar o destruir totalmente a un enemigo, una máquina podría ser el soldado perfecto si nadie le delimita sus acciones.

Nadie se opone al legítimo derecho de cada nación de tener los recursos más avanzados para protegerse así misma; empero es notorio que dentro de la gente empieza a prosperar un rechazo hacia la letalidad y sofisticación de las armas utilizadas en este siglo. Sí la guerra es considerada como algo antinatural, también esta incluido en esta consideración los medios empleados para hacerla. A medida que transcurre la historia humana, dichos medios han borrado al hombre como responsable absoluto de las tragedias producidas por la guerra.

Las armas son cada vez menos complejas de usar, se han vuelto impersonales y los ejércitos ya no requieren enfrentarse directamente, hasta el Ciberespacio ya es un arma y al mismo tiempo un campo de batalla que cumple con esta última condición. No obstante la ganancia de mejores medios diplomáticos para resolver los conflictos, así como el auge del activismo ciudadano que promueve la lucha no violenta, terminan de convencer de lo innecesario de la violencia, a parte de que los avances técnicos implican una mejora de la calidad de vida, privilegio que nadie quiere perder por inmolar su conciencia en destruir a los demás. Sobre todo, la sociedad civil ya se convenció que la tecnología en manos de los grupos de poder -político, militar y científico- no garantiza la neutralidad que requiere para un correcto uso, es decir, no está comprometida con la PAZ.

En pocas palabras, el rechazo hacia las acciones bélicas por parte de la sociedad civil complica un accionar holgado por parte de las Fuerzas Armadas, aún cuando la Guerra contra el Terrorismo justifica el empleo de medios más directos y sigilosos, ya que se combate contra organizaciones impredecibles; la ciudadanía ha tenido que pagar unas consecuencias intolerables por ello, la más relevante es la merma del respeto de los Derechos Humanos. Ante éste reto los poderes políticos han tenido que realizar dos movimientos fundamentales para cubrir los movimientos de sus pares militares: el primero, justificar el hermetismo más absoluto sobre ciertas operaciones, llegando al límite de la complicidad y el segundo consentir que dichas operaciones se hagan sobre terrenos donde la ciudadanía no puede influir.

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La ciudadanía rechaza el uso de “drones” para la guerra-PFM-Google Images-

No obstante las actuales convulsiones sociales han puesto al descubierto tales movimientos, con lo cual la simple disconformidad hacia la autoridad evoluciona a un desprecio frontal hacia el sistema imperante. La falta de fe en las instituciones va de la mano con la desconfianza creciente hacia los usos de la tecnología. El progreso esta siendo recelado, y quienes tienen la difícil responsabilidad de la defensa militar de su país ven más complejo hacer su trabajo sin enfrentar el juicio moral y ético de la ciudadanía. Aunque muchos conflictos pudieran resolverse por vías civilizadas, hay -lamentablemente- que admitir que no todos los bandos quieren negociar sino imponerse por la armas.

Desgraciadamente, y aunque los poderes militares tuvieran razón, el radicalismo de la ciudadanía hace caso omiso de sus argumentos. La opacidad gubernamental no es algo perdonable y las causas de la guerra están en duda constante, los más extremos ya hasta predican que todos los conflictos son culpa del gobierno que enseña a matar. En parte se admiten que los grupos de poder provocan las guerras, estén o no dentro del gobierno, pero también existen momentos donde la gente cegada consiente la guerra haciéndose cómplice de ella, bien lo ejemplifica la tenebrosa colaboración del pueblo alemán durante el régimen de Adolfo Hitler, así como de las brillantes mentes científicas de la época quienes concibieron la maquinaria militar nazi. Viéndolo así, habría que autoexaminarse antes de condenar al gobierno cuando de conflictos bélicos se trata.

La ciencia es arrastrada a una encrucijada, se le plantea el más intrincado de los retos: si trabaja para el mayor bienestar posible o colaborar con la destrucción de vidas humanas. Las voces conscientes se levantan -no exentas de polémicas- sobre la urgente necesidad de detener el mal uso de la tecnología. Es necesario debatir, analizar los escenarios posibles. Mantener fuera los apasionamientos, y buscar resoluciones justas que eviten la autodestrucción de la humanidad por sus invenciones. Para muchos científicos, la ciencia ficción bélica ya es realidad, por ello hay que buscar caminos éticos que aborten el desplazamiento de la responsabilidad humana hacia entidades artificiales cuando hay que tomar decisiones en casos de guerra. El consentir que sean las máquinas las que dispongan ante la complacencia de una dirigencia militar insensible, seria una cruel forma de “lavarse las manos” que pondría en duda los supremos valores humanos y el mismo equilibrio social.

El otro temor derivado del desarrollo de la tecnología militar son las consecuencias que tendría para la paz, si algo fallara. En el siglo pasado, los misiles nucleares sembraron el terror, una simple provocación terminaría en catástrofe y se cometieron muchos errores que afortunadamente no tuvieron grandes consecuencias. La mesura salvo al mundo, se comprobó que los aparentemente infalibles sistemas de defensa podrían fallar.

Pero, si una máquina puede tener falencias, ¿cuán dañina seria la situación sí fuera el ser humano el que falla, interpretando erradamente la realidad? Hemos vistos como los mejores hombres -los más capacitados- se equivocan fatalmente en momentos críticos, el precio a pagar por ello ha sido alto. La civilización todavía sufre las consecuencias. Por ello, podríamos decir que es un error grave disponer tan holgados recursos en desarrollar máquinas cada vez más conscientes para destruir. Desafortunadamente el irrenunciable deseo de pocos de luchar justifica medios más letales, quedamos en un dilema de difícil resolución. De algo podemos estar seguros: resulta más aterrador construir engendros bélicos automatizados para matar a otros seres humanos, que una rebelión de estos en contra de sus creadores.

En ambos casos el hombre sigue siendo culpable de las vidas que se pierdan y los daños que sufra el planeta. La guerra es un medio de incompresible adopción que en etapas de adelantos técnicos como los actuales debería ser, la última prioridad. Desgraciadamente la enfermiza rivalidad entre naciones, las paranoias de facinerosos fanatizados y la poca voluntad de grupos antagónicos por encontrar maneras adecuadas para convivir pacíficamente parecen la excusa predilecta que justifica más inútiles derramamientos de sangre. Y si nadie lo hace, empezamos a transitar por una temporada de aparente calma no aprovechamos para prolongarla, sino para perturbarla con más enfrentamientos, no pensamos siquiera que todas las batallas de hoy, son causas de las omisiones de ayer. Peleamos por excusas pasadas, creyendo que son nuevas.

La humanidad debe entender que cada instrumento que crea, tiene que ser sometido a los dictámenes del bien común y el respeto ciudadano. Ninguna nación puede ampararse en excusas nacionalistas, para desarrollar engendros bélicos que tarde o temprano le arrebatará la vida al más inocente, por muy sofisticados que sean, el inocente es quién termina sufriendo más. Hay que entender que los grupos irregulares que hoy abrazan la lucha armada, fueron víctimas del odio y la indiferencia de los líderes. Perdieron la paciencia…

Para prevenir que otros inocentes, terminen enfermos de odio es menester que los esfuerzos colectivos estén al servicio de la PAZ. Hay que hacer grandes esfuerzos para convencer a todos los pueblos de la Tierra, -especialmente los más belicosos- de lo fútil de la guerra, sobre todo tenemos que convencernos que las máquinas que creamos debemos usarlas para brindar bienestar a quienes más sufren. No podemos quedarnos en el buscar culpables, es necesario actuar en favor de la paz. Debemos renunciar culturalmente, a esa costumbre de rendir culto a los héroes de guerra, en exaltar las “virtudes” guerreras que se desvanecen cuando la sangría de un conflicto se torna inocultable. Principalmente, debemos dejar de estar aprobando que se nos niegue el legítimo derecho de resolver los conflictos sin violencia.

Quienes cumplieron con su país, se les reconoce sus servicios en su tiempo y su generación, sin embargo cada época enseña que es necesario superar la violencia a favor de la diplomacia justa y los acuerdos mesurados. Cada héroe de guerra -en el fondo- no desea matar, quiere “regresar a casa” y olvidar la lucha.

De algo podemos estar convencidos, es que la Madre Tierra no desea seguir recibiendo más cadáveres en sus entrañas producto de la violencia…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.