La paranoia vírica.

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Los virus, son las principales amenazas para salud humana- Google Images.

La salud, es considerada una de las condiciones más esenciales de la vida humana, sin ella nadie puede desarrollarse normalmente. Pero el hecho mismo de apreciar la salud también nos hace conscientes de los factores que la perjudican, por ello la medicina moderna prefiere hacer énfasis en la prevención que espera r a actuar cuando exista una contingencia. No obstante, en el mundo actual, la excesiva propensión a fantasear nos hace desarrollar un irracional morbo o temor hacia las enfermedades. Especialmente las que son producto de agentes virales, cuya letalidad, es sorprendente. La vorágine de información con la cual contamos, el inexplicable interés del cine de catástrofe, las rivalidades políticos-bélicas actuales y el imparable avance en biotecnología nos puede dar pistas de tales temores.

Es bien conocido que la biotecnología no ha contado con una buena imagen ante el público, a pesar de lograr grandes avances para entender el funcionamiento del cuerpo humano -por ejemplo-, para muchos el uso de esta herramienta es sinónimo de maldad. La gente se ha quedado tan impactada de cuanto podemos hacer con ella que pensar de forma negativa sobre su uso se ha vuelto una rutina. Afloran nuestros temores, pero pocos son los argumentos que podemos considerar como “razonables” sobre la materia. Quizás el gran conspirador que mantiene a la gente temerosa, es la misma maldad humana. Las personas tienen el derecho de mostrarse cautas ante el progreso, más prefiere ver las novedades desde el temor y no desde la razón, es por ello que la molestia de muchos científicos radica en que las personas piensan que ellos no evalúan tanto lo bueno como lo malo del progreso, especialmente, en lo que compete a los mundos microscópicos.

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El regreso del Doctor X, el científico loco es un errado arquetipo creado por los temores de la cultura popular- Capricornio-uno.blogspot.com/

La cultura popular siempre juega un papel modelador de la percepción, en paralelo con la influencia de los medios de comunicación. En ella se ha construido -de forma burlesca- la imagen del científico loco quién usa su genio para destruir o dominar a la sociedad por motivos megalomaniacos. Especialmente, son recurrentes de estos villanos el crear gérmenes crípticos para desatar modernos Apocalipsis ante los cuáles –aparentemente- no hay salvación, así nos hemos convencido que todo científico guarda en su interior una parte maléfica que pronto saldrá a manifestarse como sí el resto de las personas no fueran capaces de cometer un crimen abominable con menos recursos. Los gremios científicos, hacen titánicos esfuerzos más para convencer al público de que su percepción fantasiosa es errada, que encontrar soluciones a los problemas de la humanidad.

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La infame Unidad 731 realizó experimentos con armas biológicas durante la Segunda Guerra Mundial- Google Images

Paralelamente, el pánico de la gente se apoya en la opacidad gubernamental en materia científica. Los estudios rigurosos de los regimenes totalitarios participantes en la Segunda Guerra Mundial, revelan terroríficos programas de investigación de armas biológicas e investigaciones sin ética que han causado el estupor en la ciudadanía y no ha hecho sino reforzar la desconfianza hacia la ciencia. Situación que empeoro con la desclasificación -o filtración- de documentos oficiales que revelan proyectos de desarrollo de letales gérmenes y vectores para su propagación durante la Guerra Fría. Algunos de los participantes de ambos bandos en el conflicto, han revelado sus experiencias colaborando en dichos proyectos, así como el oscuro manejo gubernamental de ellos. Nadie en este aspecto se puede declarar neutral y mucho menos ampararse en el manido argumento de la estar “protegiendo a su país de…”

Evidentemente, la ciudadanía está presionada por dos poderosas fuerzas: la cultura del miedo y la del poco transparente manejo de la ciencia por parte de las autoridades. Así, ante el temor, la gente reacciona de forma precipitada, mientras los científicos serios y honestos tienen que lidiar con los temores ajenos. Algunos quizá vean con escepticismo este punto, pero la vida real tiene un par de casos puntuales que lo reflejan: el primero es la reacción de desasosiego del público cuando se proyecto la película 28 Days After (Danny Boyle, 2002) cuya proyección coincidió cuando existía una de las peores epidemias de Encefalopatía espongiforme bovina o “Vacas Locas”, aparte de que el mundo no se recuperaba todavía del impacto de los ataques con Ántrax en los EE UU, días después del atentado del 11 de septiembre. El otro es el caso del llamado “Caníbal de Miami” ocurrido en el 2012, este hecho coincidió con la emisión en la televisión de la adaptación del cómic The Walking Dead y la efervescencia de las Profecía Maya lo que provoco que la gente creyera que estaban ante el primer ataque de un zombie real (¿?).

Rápidamente, la red se saturo de informaciones sensacionalistas de supuestos ataques similares en otras partes de los EE UU, de conspiraciones gubernamentales de ocultar la existencia de un “virus zombificador” y -no podía faltar- la difusión de manuales de supervivencia en caso de que los imaginarios zombies empezaran a multiplicarse. Como vemos, la cultura popular del miedo termina siendo muy influyente, eclipsando las explicaciones racionales de los hechos, sobre todo, si estos guardan relación con la salud. En esta era, la ciencia se presenta como el medio más fiable para resolver nuestros enigmas, pero el siglo pasado nos dejo una paranoica desconfianza hacia ella por los excesos cometidos en su nombre, es por ello que habría que hacer incontables esfuerzos para erradicar ese temor.

La globalización también revelo al público otras realidades nada gratificantes a nivel moral y ético: la inequidad del acceso a un buen servicio de salud -que bien podría prevenir la propagación de enfermedades tratables o curables- cuyas consecuencias han propiciado la presencia de padecimientos desconocidos para la inmunología de los ciudadanos de países donde no existe. Los viajes constantes, la presencia de nuevos actores en el mercado mundial y el aumento de la inmigración facilitan el desplazamiento de enfermedades exóticas, factor que aumenta el recelo de ciertos individuos susceptibles a atemorizarse ante una epidemia.

Junto a ello, está el contraataque de enfermedades que se creían controladas o erradicadas. La causa de ello se debe al uso abusivo de antibióticos, la falta de adecuadas medidas sanitarias, la escasez de personal médico calificado y -sobre todo- de mantener a los grupos vulnerables de la sociedad desinformados. Es obvio, que ante esta arremetida de nuevas amenazas para la salud sea necesario programas de cooperación global, así como el desarrollo de nuevas investigaciones que permitan controlar estas enfermedades. La ciencia en si, debe construir las herramientas para poder equilibrar la situación, sin embargo, la mentalidad temerosa de la gente puede ser un obstáculo para lograr tener esas herramientas, porque vivimos cuestionando todo de forma reactiva y nos hemos convencido que la sociedad humana no tendrá un grado de equidad adecuado, para curar las dolencias físicas de todos.

La ciudadanía y los científicos, así como las autoridades, parecen olvidar que el temor -si no se supera a tiempo- puede ser tan letal como cualquier germen. Y ese es quizás el mayor problema del hombre del siglo actual: el lidiar con su genio, conciente de que puede lograr la mayor suma de felicidad posible en contraste, también, puede traer la mayor calamidad a todos los seres del planeta. Los errores del siglo pasado han actuado en muchos casos como un freno para prevenir decisiones equivocadas, pero también han sido un factor mortificante para quienes, de buena fe, trabajan en el campo científico con miras a alcanzar una mejor calidad de vida en beneficio de todos. Esa excesiva presión sobre la ciencia, sobre todo propicia la falsa creencia que el progreso está dominado por el mal.

Más que protegernos de virus letales, deberíamos curarnos de esa enfermedad llamada miedo que puede desembocar en el más grotesco morbo o la más absurda paranoia. El progreso humano -para usarse en beneficio de todos- debe contar con un ambiente social respetuoso del trabajo científico y tener mentes equilibradas que manejen con responsabilidad el saber humano, caso contrario, estaremos propensos a repetir tragedias más terribles que las vistas en el siglo pasado…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

 

 

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