El papel del “valiente” en la sociedad.

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En la política, es frecuente confundir un agitador con un valiente- Google Images

 

“…durante siglos se ha considerado que el valor esta asociado con tomar las armas, y la cobardía con dejarlas a un lado…”

                                                           Mitch Albom, escritor estadounidense.

El valiente, ese individuo que encarna la temeridad humana es objeto de culto de muchas generaciones, según el contexto social de una época marcaron la diferencia en la historia del mundo. Sus epopeyas y hazañas son recordadas por los historiadores, dedicándoles himnos, poemas y relatos cargados de un aura magnificante. Su carácter extraordinario representa el apoyo existencial de la identidad de un pueblo, al mismo tiempo que ejemplifica el talante moral de sus miembros. Pero ante los cambios sufridos por la humanidad pareciera que el valiente no fuera necesario, ahora el protagonismo de los cambios sociales radica en individuos autoorganizados o en la influencia de institución supranacionales. La acción solitaria y renovadora de un sólo individuo parece liquidada…

Tal vez sea así, sin embargo el valiente no ha desaparecido como tal. Únicamente ha “invernado” un tiempo, siendo, por esa razón, objeto de controversia su papel. Para nadie es un secreto que las epopeyas individualistas y caudillescas, han sido reducidas a los relatos de aventura o al repaso histórico de las grandes civilizaciones antiguas. No obstante el culto al valiente arremete en el presente siglo ante el desgaste de la representación política, la corrupción de los dirigentes… Los ciudadanos agotados invocan a un campeón moral que mediante sus habilidades casi sobrehumanas los dirija, les dé la confianza para luchar y sobre todo la justificación ética con la cual vencer la corrupción (en su amplitud de interpretaciones) reinante.

La figura caudillesca que encarna el valiente contemporáneo -para sobrevivir- decidió fusionarse con la masa descontenta; ahora él y la gente son uno, la jerarquía se desvanece “durante el combate”. Todos son él, y serán capaces de descentralizar su influencia acometiendo una hazaña, una acción heroica que tenga repercusión estimulante del tejido de la masa en rebeldía. Él dirige a partir de estímulos, no de planes meticulosos de largo plazo, su acción es directa. Confronta el orden con acciones radicales e impactantes, premiando a su vez a quienes luchan siguiendo sus palabras. No necesariamente está en el lugar de los hechos, empero como la masa se ha fusionado con él, esté se encuentra en todas partes.

Es así como ya algunos analistas no ven en la actualidad movimientos contestatarios jerarquizados, sino un organismo que parte de un centro común que se denomina líder, pero que se descentraliza simbólicamente en los demás. Por eso su presencia no se desvanece. Esto da pie a que los elementos clásicos de la figura del valiente, también sean agregados al organismo, no obstante nadie toma en cuenta que la percepción de los sucesos políticos en la actualidad nunca se muestran a favor de un valiente.

La racionalidad de un líder equilibrado y carismático, siempre pesará más que la temeridad de un valiente; además el liderazgo contemporáneo no busca diluir la identidad del pueblo ni la de sus dirigentes. El valiente se opone por naturaleza a la mesura; es un arquetipo que llama a la acción, no le interesan las reglas ni los protocolos mucho menos lo que digan las circunstancias políticas. Quiere demostrar que puede lograr acciones extraordinarias, imponiéndose a la adversidad con astucia en vez de lograrlo con planificación. Siendo irreverente, desenfrenado tiene que recibir el favor del pueblo-víctima consciente que él es depositario de las aspiraciones colectivas. No está libre su figura de cierto narcisismo. Contrario al líder mesurado que prefiere que el pueblo sea consciente de su propio poder; en vez de esperar a un cabecilla. Desafortunadamente, el valiente evoluciona de ser un individuo excepcional a convertirse en un ente colectivo con personalidad propia propenso a la mutabilidad de objetivos.

El valiente no negocia, se impone empleando los recursos más contundentes que tenga a su disposición –incluida la violencia- siempre está en rebeldía y es propenso a la reactividad. Al descentralizarse, queda libre el adepto a sus ideas, el cómo actuar siempre enmarcando a que su acción debe ser impactante e imitable, aunque perjudique en muchos casos. Su ideal es lograr soluciones a corto plazo de forma inmediata, a pesar de que los hechos obliguen a ser evaluaciones antes de tomar decisiones. El apasionamiento, la supuesta “entrega” a su causa le hace caer en el drama, elemento esencial para empatizar con el pueblo.

Tampoco se puede dejar de lado, que el valiente se alimenta de la figura del mártir con discursos que hablan de sacrificio. No necesariamente su vida esta en peligro, sin embargo al ser un ente colectivo, la pérdida de un simpatizante no se interpreta como hecho lamentable, sino como un tributo y una motivación por la cual continuar la lucha sin descanso, a realizar más acciones contundentes contra el poder corrupto. En este punto, se evidencia la despersonalización del valiente y la ausencia de humanidad de la masa que acepta que él encarne en ella, porque no se toma al fallecido como una víctima de una circunstancia fatal, sino se le da el -irrespetuoso- papel de inmolado, por el bien colectivo, aún cuando ese simpatizante ni siquiera tenia pensado interpretar ese rol. La voluntad de la masa, impelida por el fanatismo del valiente, lo convierte en mártir.

Y como todo mártir se le recuerda por su hazaña -aunque esta no exista- se resalta su coraje, le construyen altares simbólicos e improvisados y por si fuera poco, todos los que lo recuerdan -incluidos quienes no lo conocieron- no valoran su personalidad individual, sino la colectiva, la otorgada por la masa que permite la encarnación del valiente en su interior, pasando de ser una victima lamentable a ser -irónicamente- un heroico luchador o lo que es lo mismo un valiente. La pérdida trágica de miembros no afecta a la masa, actúan como un enjambre seguros de que por cada caído siempre habrá un sustituto inspirado, espontáneo y dispuesto a sacrificarse. El premio prometido a los caídos, es una futura patria libre de maldad y villanía.

Los divergentes de la propuesta de lucha del valiente no se salvan de ser atacados por sus adeptos considerándolos cobardes e ilusos si proponen soluciones racionales. Son convertidos en enemigos, junto con el gobierno contra el que luchan, tornándose irreflexivos e intolerantes. Lo único que consiguen con esa actitud es alimentar la confrontación y la represión; mientras que las propuestas de buscar soluciones de forma civilizada son para el valiente y sus adeptos una ofensa… aquí cabe la pregunta: ¿cómo se alcanza una solución, si nadie quiere conversar, ni escuchar y mucho menos aceptar que una sociedad en conflicto no logrará alcanzar la paz sin mesura?

Por supuesto, a muchos dirigentes políticos en el poder les conviene la negación de los valientes a negociar porque así justifican su represión, alegando que el orden público está siendo alterado. Ni hablar de que se emplearán los más infames eufemismos para justificar los métodos empleados en restablecer el orden, mismo aplica para los que luchan con el apoyo del valiente contra la autoridad envilecida, quienes también usaran sus propios eufemismos para confrontar reactivamente contra la autoridad que juzgan de corrupta. Nadie condena el derecho legítimo a protestar que tiene un ciudadano, pero es cuestionable que se ignore la racionalidad y el diálogo en momentos de crisis políticas. Precisamente, la historia humana esta muy teñida de sangre porque muchos conflictos sociales que exigían mesura, fueron manejados con la fuerza, sufriendo terribles guerras cuyas consecuencias, incluso, se pueden sentir actualmente.

Algo que olvida la gente, es que el valiente a nivel histórico no tiene nada que ver con el agitador político actual. Este arquetipo está emparentado con el hombre de acción, armado y dispuesto a realizar todo lo necesario para conquistar a un enemigo o vencer una amenaza. Su imagen está idealizada al extremo y a sido deformada a propósito para garantizar la fidelidad del pueblo a su gobierno, en caso contrario, el pueblo, como en un acto de nigromancia lo invoca para que empuñe las armas en su defensa. Sobra decir que los valientes más aceptados son los vinculados al mundo militar, donde existen unos códigos estrictos que se necesitan mantener para lograr un ejército motivado y dispuesto a soportar con estoicismo los rigores de la guerra.

Este personaje tampoco está lejos de ser una figura de poder y el poder ejerce una extraña fascinación en quienes no lo tienen. Sobre todo si estos se consideran humillados y despreciados, necesitan un valiente que les permita tener ese poder. Como es un ser extraordinario para la gente, sus hazañas procuran resaltar, lo que interpretan son sus virtudes, lo asocian a la lucha de una causa que a veces nada tiene que ver con la realidad histórica -elemento explotado por demagogos para manipular-

El valiente es también un aventurero, nunca concibe la vida sedentaria porque no está en paz consigo mismo. Necesita el placer del combate, por lo que es una figura circunscrita a la clase guerrera de toda sociedad, nunca admite sus temores porque es sinónimo de debilidad, ya que ha sido adiestrado para poner la misión por encima de su miedo. Desafortunadamente, este personaje no posee equilibrio interno como para poder dirigir una nación de paz y progreso, vive atormentado por satisfacer las expectativas colectivas. Si fracasa se derrumba. No puede sobrellevar la vida cotidiana sin sentir deprecio por ella, porque su mundo gira en torno a conquistar y dominar lo cual hace que sea psíquicamente inestable.

Es pertinente recordar, que la humanidad actual ya está cansada de la violencia, las acciones temerarias y el fanatismo. Quizá ciertas acciones colectivas parecieran indicar lo contrario, pero son muchas las voces que exigen salidas racionales a los problemas de la humanidad antes que la fuerza y la reactividad. No se nos ha dotado de una excepcional inteligencia para despilfarrarla en actos primitivos.

En estos momentos convulsos conviene recordar el diálogo que sostuvo el entonces Presidente de Venezuela Dr. José María Vargas con el militar insurrecto Pedro Carujo durante la Revolución de las Reformas el día 8 de junio de 1835:

– “Señor Vargas, el mundo es de los valientes.
– “No, el mundo es del hombre justo. Es el hombre de bien, y no el valiente, el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro sobre su conciencia”.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

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