Reflexiones sobre la mentalidad catastrofista.

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Fantasear con la destrucción de la civilización no es una solición- DeviantArt.com

Desde tiempos inmemoriales, algunos grupos humanos han creído que el mundo tal como se conoce tendrá un final. Tarde o temprano, cumpliendo un ciclo vital predestinado, la realidad que conocemos desaparecerá sin dejar rastro alguno, es por ello que muchos concluyeron que dicho final sería producto de una calamidad de proporciones universales. Las principales religiones monoteístas, algunas sectas, cultos o creencias populares arraigadas dan cuenta de un suceso de esa naturaleza; ubicando algunos, este suceso como el fin de una era y el surgimiento de otra llena de esplendor. No obstante, para diversos investigadores, todos estos cataclismos no pasan de ser expresiones simbólicas de la fe o de los estados que el creyente experimenta para alcanzar una dimensión superior de espiritualidad.

En pocas palabras, si nos atenemos al aspecto simbólico es descartable que los hechos calamitosos que sustentan estas creencias pueden tratarse de sucesos físicos. Estos se apoyan, en los datos de investigaciones científicas que descartan una catástrofe global, como las descritas en los textos religiosos y espirituales, por lo que tomar como posible este escenario de forma ciega, no tiene sentido. Lamentablemente, y en parte por los excesos del hombre del siglo pasado y el presente, para muchas personas ya estamos próximos a padecer los efectos de un Apocalipsis. Y este acontecimiento, según ha constituido la cultura popular, será ocasionado por el hombre descartando cualquier explicación sobrenatural.

La sociedad contemporánea no se caracteriza por tener un panorama fácil de entender. La supervivencia del hombre cada día depende más de su disposición a enmendarse o perecer. Sin embargo, los esfuerzos titánicos por cambiar las cosas a veces parecieran no tener efecto alguno. La insatisfacción y la incertidumbre crean una atmósfera de pesimismo que hace sentir al ser humano indefenso ante circunstancias que parecieran rebasarle. El mundo dejó de ser un lugar idílico para todos y nadie parece estar feliz ni sabe cómo serlo.

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La depredación del medio ambiente y la soledad individual alimentan el pesimismo social- DeviantArt.com

Tal clima de hastío, termina por empujar a algunas personas a formar parte de cultos del fin del mundo -organizaciones seudoreligiosas que proclaman el fin de la humanidad y la civilización- o estimular morbosamente, a través del cine y los telefilmes, la idea de que pronto todo acabará. Se explotan catástrofes, magnificadas en las pantallas, sin respaldo científico serio, amparándose de argumentos simbólicos y milenaristas, extraídos de textos religiosos casi en un ejercicio profano y burlesco hacia nuestras propias creencias. Ciertamente, los últimos desastres naturales se han visto potenciados por la acción depredadora del hombre; nadie niega que nuestro desarrollo técnico también ha desquiciado la mente humana, pero el argumento polemista que apoya el “fin del mundo” no pasa de ser una reacción de temor ante la imposibilidad de saber cuál será nuestra suerte.

Nuestra cultura popular se ha convertido en adicta al sobrestímulo, que podría considerarse como fruto de los medios de comunicación y el morbo quién todos los días alimenta delirantes escenarios de destrucción total, como una forma de culpabilizar a todo el mundo del mal estado en que se encuentra el planeta. Pareciera que pasamos de estar depresivos a encontrar placer en el autocastigo. Muchos de los adeptos al catastrofismo ven con beneplácito cualquier infortunio porque reafirma su punto de vista, indiferentes al dolor humano y están convencidos que aferrase a las creencias socialmente establecidas es una “perdida de tiempo, porque todo terminará y muy mal”.

No es desconocido para nadie que acontecimientos reales, pero manejados de forma alarmista, como el error informático Y2K o las supuestas profecías mayas del 2012, fueron exagerados con falacias fabricadas por individuos ansiosos de notoriedad y faltos de orientación que amparados en información poco fiable se atribuyeron el papel de profetas o medidores ante fuerzas celestiales. Paralelo a esto, los más desinhibidos utilizaron estos hechos para entregarse al vicio y los placeres más extremos convencidos de que “todo terminaría”. A la luz de la razón, estos comportamientos no pasan de ser síntomas de alguna disconformidad social mal encausada y una desconfianza extrema hacia las instituciones científicas y religiosas.

Es también muy cierto, que en el presente siglo los valores supremos que nos han permitido avanzar parecen agotados, al igual que sus instituciones. La corrupción de un puñado de individuos mermó la confianza hacia ellos al mismo tiempo que la poca transparencia en la toma de decisiones políticas relevantes; han soliviantado a la ciudadanía, que ya perdió la fe en la representatividad política. Ni hablar de que nuestro materialismo e individualismo egocentrista, así como la falta de reconciliación con la naturaleza, han socavado la sensibilidad espiritual de la humanidad. Tendemos a creer que ser “espiritual” es convertirse en un ermitaño, pero con sólo ser mejores personas nos basta para superarnos como individuos trascendentes.

El creer en el catastrofismo, no es igual a tener una religión, es una negación hacia la posibilidad que cada uno posee de hacer el bien desinteresadamente y admitir sin miedo sus errores. Es buscar una excusa seudo sustentada para seguir ensimismados y obcecados, en la creencia de que no se es capaz de cambiar su destino.

La humanidad no se caracteriza, por entregarse pasivamente ante la adversidad, siempre dentro de ella misma han surgido temerarios personajes que nos han dicho: “ven que sí se puede”. Pero es costumbre de la gente el no ser provisorios y confiarse demasiado de la suerte, llamamos pesimista a quién advierte sobre ello… hasta que sucede una calamidad. Lejos de volcar nuestra atención en consultar con ese personaje previsor, nos rendimos y nos desviamos hacia la autodestrucción, dándole poder a quién satisface nuestros delirios.

Los acontecimientos actuales, a pesar de su tinte apocalíptico, no son otra cosa que fuertes síntomas de que debemos cambiar de rumbo como civilización -como miembros y como individuos-. No lograremos ese cambio pensado que estamos separados de los demás ni alimentando las diferencias; tampoco lo lograremos creyendo que con la destrucción de todo lo conocido nos libraremos de la incertidumbre reinante, es muy probable que si todos los seres humanos nos viéramos de otra manera nos daríamos cuenta que tenemos mucho en común. Es cuestión de cambiar nuestras convicciones erradas y poner en práctica mentalidades más constructivas, las que nos salvará de la catástrofe.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar

@C1udadan0x.

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