Month: April 2014

Reflexiones sobre los usos del #Poder.

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El Poder siempre se ha visto como medio de dominio sobre los demás-PFM-Google Images.

“… las personas con conflictos internos -sin resolver o no identificados- terminan siendo los menos idóneos para otorgarles Poder.”

                                                                        Pedro Felipe Marcano Salazar.

Todo proceso civilizatorio conlleva a establecer una relación particular entre los miembros de una sociedad. La cultura adoptada modela la visión de las relaciones sociales, y marca las pautas para el progreso -o retroceso- de una nación, eso incluye en como especificar el uso del Poder: Su propósito, definición y resultados dependerán en como la cultura construye la imagen que se tenga de algo tan delicado; no es para menos que la sociología y la psicología preste especial atención a determinar porque ciertos impulsos vitales relacionados al Poder pueden tener consecuencias nefastas en el devenir histórico humano. Y es que toda sociedad organizada que supere el modelo tribal, depende de un centro que rija el delicado equilibrio interno para su buen funcionamiento, pero cumplirá su propósito escogiendo un individuo que acepte dirigir ese centro y ponerlo en funcionamiento.

Aunque la imagen más común del Poder en casi todas las sociedades a empezado ha tener tintes negativos, lo cierto es que la ciudadanía olvida con rapidez que el Poder no es un arma ni un instrumento de dominio, fue concebido como un elemento dentro del entramado social que busca mantener el equilibrio interno del sistema. Las complejidad humana y sus múltiples contrastes sobre su existencia ha hecho que el Poder pase de ser una pieza del sistema a ser un peligroso “trofeo” por el cuál todos se disputan; muchas personas malgastan sus vidas buscando ese elemento que los haga poderosos y relevantes, con miras a ganar la aprobación de los otros o satisfacer alguna carencia interna. Nuestra cultura de consumo, ha deformado la imagen del Poder con tal de impulsar su funcionamiento.

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La sociedad actual crea visiones erradas sobre el Poder mediante el consumo-PFM-Google Images.

Muy pocas cosas se proyectan con miras a satisfacer una necesidad concreta, sino que convence al consumidor que determinado objeto o servicio lo hará superior, le dará Poder. Cada vez se hace más difícil localizar este mensaje en los anuncios, pero un concienzudo análisis y el ver el resultado en la conducta ajena nos revela que muchos creen en este concepto. El tener algo o pertenecer a un grupo define una falsa ilusión de superioridad que fácilmente puede aspirar a imponerse, hostilizando con otros individuos o grupos que no tengan relación con los que están convencidos de esa visión. Lo mismo aplica al campo político, cuando ciertos aspirantes a un cargo hablan de darle poder al pueblo a sabiendas de que no es posible en sociedades organizadas y numerosas como las actuales que la misma ciudadanía se autogobierne. Eso es sistemáticamente imposible a gran escala, porque una sociedad tecnificada establece roles con funciones especificas que el individuo debe desempeñar dentro de sus aspiraciones y talentos, además, el autogobierno es algo reducido al ámbito de lo tribal o comunitario donde los individuos no son numerosos y espontáneamente se asocian por afinidad o por acuerdos. Evidentemente, los aspirantes recurren a ese argumento para obtener el Poder aunque la mayoría nunca cumple con esa promesa cuando la realidad lo confronta. El violento derrumbe de ciertos modelos utópicos de sociedad evidencia lo anterior.

No obstante, las flaquezas humanas ante el Poder demuestran que no todas las personas están diáfanos sobre sus aspiraciones en la vida, cayendo fácilmente en la ilusión de que el Poder podría aliviar sus carencias internas, empeorando, si estas adolecen de algún resentimiento hacia la sociedad. En tales individuos han puesto su atención todo el saber humano para identificar las causas por las cuáles describen “síntomas” como experimentar el estar ajenos o diferentes al resto, no sentirse dueños de su cuerpo y verse a sí mismo desde lejos, tener impulsos autodestructivos que desencadenan en episodios conflictivos porque actúan los mecanismos represivos internos -enseñados por la misma sociedad-. Otras veces dicen sentirse solos, como aislados, creen que el mundo a su alrededor es falso lo que puede producir manías persecutorias, en casos extremos dicen sentirse atrapados en una inercia que les convencen que no son dueños de su destino ni de sí mismos.

La enajenación social producto de la necesidad de tener y poseer o la despersonalización del mundo actual siempre han sido señaladas como causas de tales aflicciones internas, desde los tiempos de la Revolución Industrial. Erróneamente, se creyó que cambiando los objetivos de la sociedad por modelos alternativos apoyados en dogmas ideológicos, morales, políticos y científicos “superiores” todos esos problemas serian erradicados. Sin embargo, el avance científico y los reveses sufridos por esos modelos alternativos así como las insatisfacciones surgidas de las transformaciones radicales que experimenta el mundo, demostraron que el ser humano civilizado ha desarrollado una complejidad interior que no se satisface solo con más bienes o nuevos ideales. En vista de eso, ciertos grupos políticos y sociales incapaces de comprender dicho laberinto interno recurren a cultivar el culto al Poder como remedio, lograr cohesionar a masas de individuos sin identidad ni respuestas sobre quienes son realmente. Fáciles de impresionar y desesperados por lograr calmar sus angustias, los militantes que encajan en este perfil terminan siendo atrapados en una espiral de rivalidades, traiciones y paranoias. El Poder se convierte en una droga con la cual se autoengañan dirigiendo sus impulsos dominantes en destruir posibles rivales.

Van quedándose solos en el proceso, cada vez más deseosos de encontrar un enemigo con quién justificar su insaciable deseo de conquistar, de no tener un conflicto el Poder no tiene sentido porque el militante esta convencido que debe combatir contra una fuerza externa que amenaza ese Poder que detenta con tanto celo. Asimismo, ese Poder esta sustentado en emociones desequilibradas no en planes metódicos que surgirían de mentes lúcidas. Los ideales se pierden, el ser adorado como un ídolo y el enfermizo culto a un mundo fantástico donde solo exista una sola forma de pensamiento que se acepta como verdad suprema despedaza las “buenas intenciones” de dicha iniciativa política. En pocas palabras, las personas con conflictos internos -sin resolver o no identificados- terminan siendo los menos idóneos para otorgarles Poder.

Pero creemos que porque una época fue superada estamos cada vez más lejos de repetir el error. En realidad el Poder en el presente siglo, ya no depende de un eje central: se ha dispersado. Los grupos sociales “excluidos”, mueven los acontecimientos históricos porque se han hecho concientes de su Poder. Contradictoriamente, también rivalizan en su interior por el dominio absoluto de ese Poder llevando a un aparente estado de conflictividad sin fin. Los mal llamados “débiles” se han fortalecido, con pocos recursos, ponen en dificultades las relaciones mundiales. El conocimiento fluye, gracias a la red, haciendo atractivo que grupos revoltosos crean posible impulsar un cambio social mundial apelando a su entendimiento del Ciberespacio. Los medios no son propiedad exclusiva de un grupo centralizado, lo cual aprovechan dichos grupos revoltosos para tejer redes de solidaridad con los cuales apoyarse para luchar contra intereses que consideran opresivos. En otros escenarios, las redes sociales y los juegos en línea alimentan la conformación de tribus digitales que rivalizan entre sí, pero que pueden destruir la imagen de cualquier persona si encuentran un motivo: el rumor, el chisme, la falsa creencia de poseer la razón o una simple reacción emocional mal dirigida pueden provocar conflictos que se vuelven de dominio público, arrastrando a muchos aunque no tenga idea de la causas originales. El excesivo panoptismo de las actuales tecnologías digitales ha construido una peligrosa dictadura de la mayoría, que dispone a su antojo como será percibido y aceptado por los demás una persona.

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The Truman Show, el panoptismo de la tecnología digital puede socavar la voluntad individual-PFM- Google Images

Vemos que el concepto de Poder -a pesar de los cambios sociales- se apoya en una cosa: el conflicto. El ser humano aspira a la paz universal, pero no renuncia a la perniciosa costumbre de hostilizar con sus semejantes por tener más de lo que necesita o porque lo mueve el despreciable deseo de imponer su dominio sobre los demás. Las naciones combaten o rivalizan entre sí por una supremacía que no existe y que nadie podrá conquistar de forma absoluta. El frenético impulso por escapar de realidades dolorosas, hace que muchos ciberadictos encuentren en el Ciberespacio -sobre todo en los videojuegos en línea- una falsa manera de sentir que tienen el Poder sobre algo, sobre un mundo irreal cuyo funcionamiento es muy sencillo de entender y resulta más placentero que la realidad misma. Un mundo que se ha fusionado con la realidad física.

El por qué el Poder sigue siendo visto de esta errada forma, en parte, es porque los seres humanos no se conocen así mismos. El autoconocimiento, un tema ampliamente tratado por diversas corrientes filosóficas y espirituales es la clave para que cada persona sepa quién es. Pero las exigencias del mundo civilizado, junto con la imparable necesidad de progreso sin medida han distraído la mente humana convirtiéndonos en seres vacíos e irreales. Vulnerables al autoengaño que fácilmente nos conduce a la tragedia. El simplismo discursivo de la sociedad actual produce un desinterés por tener ciudadanos con una visión histórica comprometida, estando más interesado por lo inmediato que aspirar lo trascendente.

Es menester que el concepto de Poder sea rescatado y restituida su función real: el ser un componente que impele voluntad a los elementos centrales que dirigen una sociedad, para salvaguardar su equilibrio interno. Que este se encuentra subordinado para hacer el bien y servir a los hombres sin importar la jerarquía de poderes que se establezca en la sociedad. Sobre todo fijar una ética y moral sobre su uso que tenga como principio máximo el no perjudicar la vida del ser humano, sin importar la esfera social y técnica donde este se desenvuelva.

De no hacerlo, evidentemente tendremos un mundo más inestable…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

La paranoia vírica.

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Los virus, son las principales amenazas para salud humana- Google Images.

La salud, es considerada una de las condiciones más esenciales de la vida humana, sin ella nadie puede desarrollarse normalmente. Pero el hecho mismo de apreciar la salud también nos hace conscientes de los factores que la perjudican, por ello la medicina moderna prefiere hacer énfasis en la prevención que espera r a actuar cuando exista una contingencia. No obstante, en el mundo actual, la excesiva propensión a fantasear nos hace desarrollar un irracional morbo o temor hacia las enfermedades. Especialmente las que son producto de agentes virales, cuya letalidad, es sorprendente. La vorágine de información con la cual contamos, el inexplicable interés del cine de catástrofe, las rivalidades políticos-bélicas actuales y el imparable avance en biotecnología nos puede dar pistas de tales temores.

Es bien conocido que la biotecnología no ha contado con una buena imagen ante el público, a pesar de lograr grandes avances para entender el funcionamiento del cuerpo humano -por ejemplo-, para muchos el uso de esta herramienta es sinónimo de maldad. La gente se ha quedado tan impactada de cuanto podemos hacer con ella que pensar de forma negativa sobre su uso se ha vuelto una rutina. Afloran nuestros temores, pero pocos son los argumentos que podemos considerar como “razonables” sobre la materia. Quizás el gran conspirador que mantiene a la gente temerosa, es la misma maldad humana. Las personas tienen el derecho de mostrarse cautas ante el progreso, más prefiere ver las novedades desde el temor y no desde la razón, es por ello que la molestia de muchos científicos radica en que las personas piensan que ellos no evalúan tanto lo bueno como lo malo del progreso, especialmente, en lo que compete a los mundos microscópicos.

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El regreso del Doctor X, el científico loco es un errado arquetipo creado por los temores de la cultura popular- Capricornio-uno.blogspot.com/

La cultura popular siempre juega un papel modelador de la percepción, en paralelo con la influencia de los medios de comunicación. En ella se ha construido -de forma burlesca- la imagen del científico loco quién usa su genio para destruir o dominar a la sociedad por motivos megalomaniacos. Especialmente, son recurrentes de estos villanos el crear gérmenes crípticos para desatar modernos Apocalipsis ante los cuáles –aparentemente- no hay salvación, así nos hemos convencido que todo científico guarda en su interior una parte maléfica que pronto saldrá a manifestarse como sí el resto de las personas no fueran capaces de cometer un crimen abominable con menos recursos. Los gremios científicos, hacen titánicos esfuerzos más para convencer al público de que su percepción fantasiosa es errada, que encontrar soluciones a los problemas de la humanidad.

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La infame Unidad 731 realizó experimentos con armas biológicas durante la Segunda Guerra Mundial- Google Images

Paralelamente, el pánico de la gente se apoya en la opacidad gubernamental en materia científica. Los estudios rigurosos de los regimenes totalitarios participantes en la Segunda Guerra Mundial, revelan terroríficos programas de investigación de armas biológicas e investigaciones sin ética que han causado el estupor en la ciudadanía y no ha hecho sino reforzar la desconfianza hacia la ciencia. Situación que empeoro con la desclasificación -o filtración- de documentos oficiales que revelan proyectos de desarrollo de letales gérmenes y vectores para su propagación durante la Guerra Fría. Algunos de los participantes de ambos bandos en el conflicto, han revelado sus experiencias colaborando en dichos proyectos, así como el oscuro manejo gubernamental de ellos. Nadie en este aspecto se puede declarar neutral y mucho menos ampararse en el manido argumento de la estar “protegiendo a su país de…”

Evidentemente, la ciudadanía está presionada por dos poderosas fuerzas: la cultura del miedo y la del poco transparente manejo de la ciencia por parte de las autoridades. Así, ante el temor, la gente reacciona de forma precipitada, mientras los científicos serios y honestos tienen que lidiar con los temores ajenos. Algunos quizá vean con escepticismo este punto, pero la vida real tiene un par de casos puntuales que lo reflejan: el primero es la reacción de desasosiego del público cuando se proyecto la película 28 Days After (Danny Boyle, 2002) cuya proyección coincidió cuando existía una de las peores epidemias de Encefalopatía espongiforme bovina o “Vacas Locas”, aparte de que el mundo no se recuperaba todavía del impacto de los ataques con Ántrax en los EE UU, días después del atentado del 11 de septiembre. El otro es el caso del llamado “Caníbal de Miami” ocurrido en el 2012, este hecho coincidió con la emisión en la televisión de la adaptación del cómic The Walking Dead y la efervescencia de las Profecía Maya lo que provoco que la gente creyera que estaban ante el primer ataque de un zombie real (¿?).

Rápidamente, la red se saturo de informaciones sensacionalistas de supuestos ataques similares en otras partes de los EE UU, de conspiraciones gubernamentales de ocultar la existencia de un “virus zombificador” y -no podía faltar- la difusión de manuales de supervivencia en caso de que los imaginarios zombies empezaran a multiplicarse. Como vemos, la cultura popular del miedo termina siendo muy influyente, eclipsando las explicaciones racionales de los hechos, sobre todo, si estos guardan relación con la salud. En esta era, la ciencia se presenta como el medio más fiable para resolver nuestros enigmas, pero el siglo pasado nos dejo una paranoica desconfianza hacia ella por los excesos cometidos en su nombre, es por ello que habría que hacer incontables esfuerzos para erradicar ese temor.

La globalización también revelo al público otras realidades nada gratificantes a nivel moral y ético: la inequidad del acceso a un buen servicio de salud -que bien podría prevenir la propagación de enfermedades tratables o curables- cuyas consecuencias han propiciado la presencia de padecimientos desconocidos para la inmunología de los ciudadanos de países donde no existe. Los viajes constantes, la presencia de nuevos actores en el mercado mundial y el aumento de la inmigración facilitan el desplazamiento de enfermedades exóticas, factor que aumenta el recelo de ciertos individuos susceptibles a atemorizarse ante una epidemia.

Junto a ello, está el contraataque de enfermedades que se creían controladas o erradicadas. La causa de ello se debe al uso abusivo de antibióticos, la falta de adecuadas medidas sanitarias, la escasez de personal médico calificado y -sobre todo- de mantener a los grupos vulnerables de la sociedad desinformados. Es obvio, que ante esta arremetida de nuevas amenazas para la salud sea necesario programas de cooperación global, así como el desarrollo de nuevas investigaciones que permitan controlar estas enfermedades. La ciencia en si, debe construir las herramientas para poder equilibrar la situación, sin embargo, la mentalidad temerosa de la gente puede ser un obstáculo para lograr tener esas herramientas, porque vivimos cuestionando todo de forma reactiva y nos hemos convencido que la sociedad humana no tendrá un grado de equidad adecuado, para curar las dolencias físicas de todos.

La ciudadanía y los científicos, así como las autoridades, parecen olvidar que el temor -si no se supera a tiempo- puede ser tan letal como cualquier germen. Y ese es quizás el mayor problema del hombre del siglo actual: el lidiar con su genio, conciente de que puede lograr la mayor suma de felicidad posible en contraste, también, puede traer la mayor calamidad a todos los seres del planeta. Los errores del siglo pasado han actuado en muchos casos como un freno para prevenir decisiones equivocadas, pero también han sido un factor mortificante para quienes, de buena fe, trabajan en el campo científico con miras a alcanzar una mejor calidad de vida en beneficio de todos. Esa excesiva presión sobre la ciencia, sobre todo propicia la falsa creencia que el progreso está dominado por el mal.

Más que protegernos de virus letales, deberíamos curarnos de esa enfermedad llamada miedo que puede desembocar en el más grotesco morbo o la más absurda paranoia. El progreso humano -para usarse en beneficio de todos- debe contar con un ambiente social respetuoso del trabajo científico y tener mentes equilibradas que manejen con responsabilidad el saber humano, caso contrario, estaremos propensos a repetir tragedias más terribles que las vistas en el siglo pasado…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

 

 

El papel del “valiente” en la sociedad.

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En la política, es frecuente confundir un agitador con un valiente- Google Images

 

“…durante siglos se ha considerado que el valor esta asociado con tomar las armas, y la cobardía con dejarlas a un lado…”

                                                           Mitch Albom, escritor estadounidense.

El valiente, ese individuo que encarna la temeridad humana es objeto de culto de muchas generaciones, según el contexto social de una época marcaron la diferencia en la historia del mundo. Sus epopeyas y hazañas son recordadas por los historiadores, dedicándoles himnos, poemas y relatos cargados de un aura magnificante. Su carácter extraordinario representa el apoyo existencial de la identidad de un pueblo, al mismo tiempo que ejemplifica el talante moral de sus miembros. Pero ante los cambios sufridos por la humanidad pareciera que el valiente no fuera necesario, ahora el protagonismo de los cambios sociales radica en individuos autoorganizados o en la influencia de institución supranacionales. La acción solitaria y renovadora de un sólo individuo parece liquidada…

Tal vez sea así, sin embargo el valiente no ha desaparecido como tal. Únicamente ha “invernado” un tiempo, siendo, por esa razón, objeto de controversia su papel. Para nadie es un secreto que las epopeyas individualistas y caudillescas, han sido reducidas a los relatos de aventura o al repaso histórico de las grandes civilizaciones antiguas. No obstante el culto al valiente arremete en el presente siglo ante el desgaste de la representación política, la corrupción de los dirigentes… Los ciudadanos agotados invocan a un campeón moral que mediante sus habilidades casi sobrehumanas los dirija, les dé la confianza para luchar y sobre todo la justificación ética con la cual vencer la corrupción (en su amplitud de interpretaciones) reinante.

La figura caudillesca que encarna el valiente contemporáneo -para sobrevivir- decidió fusionarse con la masa descontenta; ahora él y la gente son uno, la jerarquía se desvanece “durante el combate”. Todos son él, y serán capaces de descentralizar su influencia acometiendo una hazaña, una acción heroica que tenga repercusión estimulante del tejido de la masa en rebeldía. Él dirige a partir de estímulos, no de planes meticulosos de largo plazo, su acción es directa. Confronta el orden con acciones radicales e impactantes, premiando a su vez a quienes luchan siguiendo sus palabras. No necesariamente está en el lugar de los hechos, empero como la masa se ha fusionado con él, esté se encuentra en todas partes.

Es así como ya algunos analistas no ven en la actualidad movimientos contestatarios jerarquizados, sino un organismo que parte de un centro común que se denomina líder, pero que se descentraliza simbólicamente en los demás. Por eso su presencia no se desvanece. Esto da pie a que los elementos clásicos de la figura del valiente, también sean agregados al organismo, no obstante nadie toma en cuenta que la percepción de los sucesos políticos en la actualidad nunca se muestran a favor de un valiente.

La racionalidad de un líder equilibrado y carismático, siempre pesará más que la temeridad de un valiente; además el liderazgo contemporáneo no busca diluir la identidad del pueblo ni la de sus dirigentes. El valiente se opone por naturaleza a la mesura; es un arquetipo que llama a la acción, no le interesan las reglas ni los protocolos mucho menos lo que digan las circunstancias políticas. Quiere demostrar que puede lograr acciones extraordinarias, imponiéndose a la adversidad con astucia en vez de lograrlo con planificación. Siendo irreverente, desenfrenado tiene que recibir el favor del pueblo-víctima consciente que él es depositario de las aspiraciones colectivas. No está libre su figura de cierto narcisismo. Contrario al líder mesurado que prefiere que el pueblo sea consciente de su propio poder; en vez de esperar a un cabecilla. Desafortunadamente, el valiente evoluciona de ser un individuo excepcional a convertirse en un ente colectivo con personalidad propia propenso a la mutabilidad de objetivos.

El valiente no negocia, se impone empleando los recursos más contundentes que tenga a su disposición –incluida la violencia- siempre está en rebeldía y es propenso a la reactividad. Al descentralizarse, queda libre el adepto a sus ideas, el cómo actuar siempre enmarcando a que su acción debe ser impactante e imitable, aunque perjudique en muchos casos. Su ideal es lograr soluciones a corto plazo de forma inmediata, a pesar de que los hechos obliguen a ser evaluaciones antes de tomar decisiones. El apasionamiento, la supuesta “entrega” a su causa le hace caer en el drama, elemento esencial para empatizar con el pueblo.

Tampoco se puede dejar de lado, que el valiente se alimenta de la figura del mártir con discursos que hablan de sacrificio. No necesariamente su vida esta en peligro, sin embargo al ser un ente colectivo, la pérdida de un simpatizante no se interpreta como hecho lamentable, sino como un tributo y una motivación por la cual continuar la lucha sin descanso, a realizar más acciones contundentes contra el poder corrupto. En este punto, se evidencia la despersonalización del valiente y la ausencia de humanidad de la masa que acepta que él encarne en ella, porque no se toma al fallecido como una víctima de una circunstancia fatal, sino se le da el -irrespetuoso- papel de inmolado, por el bien colectivo, aún cuando ese simpatizante ni siquiera tenia pensado interpretar ese rol. La voluntad de la masa, impelida por el fanatismo del valiente, lo convierte en mártir.

Y como todo mártir se le recuerda por su hazaña -aunque esta no exista- se resalta su coraje, le construyen altares simbólicos e improvisados y por si fuera poco, todos los que lo recuerdan -incluidos quienes no lo conocieron- no valoran su personalidad individual, sino la colectiva, la otorgada por la masa que permite la encarnación del valiente en su interior, pasando de ser una victima lamentable a ser -irónicamente- un heroico luchador o lo que es lo mismo un valiente. La pérdida trágica de miembros no afecta a la masa, actúan como un enjambre seguros de que por cada caído siempre habrá un sustituto inspirado, espontáneo y dispuesto a sacrificarse. El premio prometido a los caídos, es una futura patria libre de maldad y villanía.

Los divergentes de la propuesta de lucha del valiente no se salvan de ser atacados por sus adeptos considerándolos cobardes e ilusos si proponen soluciones racionales. Son convertidos en enemigos, junto con el gobierno contra el que luchan, tornándose irreflexivos e intolerantes. Lo único que consiguen con esa actitud es alimentar la confrontación y la represión; mientras que las propuestas de buscar soluciones de forma civilizada son para el valiente y sus adeptos una ofensa… aquí cabe la pregunta: ¿cómo se alcanza una solución, si nadie quiere conversar, ni escuchar y mucho menos aceptar que una sociedad en conflicto no logrará alcanzar la paz sin mesura?

Por supuesto, a muchos dirigentes políticos en el poder les conviene la negación de los valientes a negociar porque así justifican su represión, alegando que el orden público está siendo alterado. Ni hablar de que se emplearán los más infames eufemismos para justificar los métodos empleados en restablecer el orden, mismo aplica para los que luchan con el apoyo del valiente contra la autoridad envilecida, quienes también usaran sus propios eufemismos para confrontar reactivamente contra la autoridad que juzgan de corrupta. Nadie condena el derecho legítimo a protestar que tiene un ciudadano, pero es cuestionable que se ignore la racionalidad y el diálogo en momentos de crisis políticas. Precisamente, la historia humana esta muy teñida de sangre porque muchos conflictos sociales que exigían mesura, fueron manejados con la fuerza, sufriendo terribles guerras cuyas consecuencias, incluso, se pueden sentir actualmente.

Algo que olvida la gente, es que el valiente a nivel histórico no tiene nada que ver con el agitador político actual. Este arquetipo está emparentado con el hombre de acción, armado y dispuesto a realizar todo lo necesario para conquistar a un enemigo o vencer una amenaza. Su imagen está idealizada al extremo y a sido deformada a propósito para garantizar la fidelidad del pueblo a su gobierno, en caso contrario, el pueblo, como en un acto de nigromancia lo invoca para que empuñe las armas en su defensa. Sobra decir que los valientes más aceptados son los vinculados al mundo militar, donde existen unos códigos estrictos que se necesitan mantener para lograr un ejército motivado y dispuesto a soportar con estoicismo los rigores de la guerra.

Este personaje tampoco está lejos de ser una figura de poder y el poder ejerce una extraña fascinación en quienes no lo tienen. Sobre todo si estos se consideran humillados y despreciados, necesitan un valiente que les permita tener ese poder. Como es un ser extraordinario para la gente, sus hazañas procuran resaltar, lo que interpretan son sus virtudes, lo asocian a la lucha de una causa que a veces nada tiene que ver con la realidad histórica -elemento explotado por demagogos para manipular-

El valiente es también un aventurero, nunca concibe la vida sedentaria porque no está en paz consigo mismo. Necesita el placer del combate, por lo que es una figura circunscrita a la clase guerrera de toda sociedad, nunca admite sus temores porque es sinónimo de debilidad, ya que ha sido adiestrado para poner la misión por encima de su miedo. Desafortunadamente, este personaje no posee equilibrio interno como para poder dirigir una nación de paz y progreso, vive atormentado por satisfacer las expectativas colectivas. Si fracasa se derrumba. No puede sobrellevar la vida cotidiana sin sentir deprecio por ella, porque su mundo gira en torno a conquistar y dominar lo cual hace que sea psíquicamente inestable.

Es pertinente recordar, que la humanidad actual ya está cansada de la violencia, las acciones temerarias y el fanatismo. Quizá ciertas acciones colectivas parecieran indicar lo contrario, pero son muchas las voces que exigen salidas racionales a los problemas de la humanidad antes que la fuerza y la reactividad. No se nos ha dotado de una excepcional inteligencia para despilfarrarla en actos primitivos.

En estos momentos convulsos conviene recordar el diálogo que sostuvo el entonces Presidente de Venezuela Dr. José María Vargas con el militar insurrecto Pedro Carujo durante la Revolución de las Reformas el día 8 de junio de 1835:

– “Señor Vargas, el mundo es de los valientes.
– “No, el mundo es del hombre justo. Es el hombre de bien, y no el valiente, el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro sobre su conciencia”.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

Reflexiones sobre la mentalidad catastrofista.

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Fantasear con la destrucción de la civilización no es una solición- DeviantArt.com

Desde tiempos inmemoriales, algunos grupos humanos han creído que el mundo tal como se conoce tendrá un final. Tarde o temprano, cumpliendo un ciclo vital predestinado, la realidad que conocemos desaparecerá sin dejar rastro alguno, es por ello que muchos concluyeron que dicho final sería producto de una calamidad de proporciones universales. Las principales religiones monoteístas, algunas sectas, cultos o creencias populares arraigadas dan cuenta de un suceso de esa naturaleza; ubicando algunos, este suceso como el fin de una era y el surgimiento de otra llena de esplendor. No obstante, para diversos investigadores, todos estos cataclismos no pasan de ser expresiones simbólicas de la fe o de los estados que el creyente experimenta para alcanzar una dimensión superior de espiritualidad.

En pocas palabras, si nos atenemos al aspecto simbólico es descartable que los hechos calamitosos que sustentan estas creencias pueden tratarse de sucesos físicos. Estos se apoyan, en los datos de investigaciones científicas que descartan una catástrofe global, como las descritas en los textos religiosos y espirituales, por lo que tomar como posible este escenario de forma ciega, no tiene sentido. Lamentablemente, y en parte por los excesos del hombre del siglo pasado y el presente, para muchas personas ya estamos próximos a padecer los efectos de un Apocalipsis. Y este acontecimiento, según ha constituido la cultura popular, será ocasionado por el hombre descartando cualquier explicación sobrenatural.

La sociedad contemporánea no se caracteriza por tener un panorama fácil de entender. La supervivencia del hombre cada día depende más de su disposición a enmendarse o perecer. Sin embargo, los esfuerzos titánicos por cambiar las cosas a veces parecieran no tener efecto alguno. La insatisfacción y la incertidumbre crean una atmósfera de pesimismo que hace sentir al ser humano indefenso ante circunstancias que parecieran rebasarle. El mundo dejó de ser un lugar idílico para todos y nadie parece estar feliz ni sabe cómo serlo.

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La depredación del medio ambiente y la soledad individual alimentan el pesimismo social- DeviantArt.com

Tal clima de hastío, termina por empujar a algunas personas a formar parte de cultos del fin del mundo -organizaciones seudoreligiosas que proclaman el fin de la humanidad y la civilización- o estimular morbosamente, a través del cine y los telefilmes, la idea de que pronto todo acabará. Se explotan catástrofes, magnificadas en las pantallas, sin respaldo científico serio, amparándose de argumentos simbólicos y milenaristas, extraídos de textos religiosos casi en un ejercicio profano y burlesco hacia nuestras propias creencias. Ciertamente, los últimos desastres naturales se han visto potenciados por la acción depredadora del hombre; nadie niega que nuestro desarrollo técnico también ha desquiciado la mente humana, pero el argumento polemista que apoya el “fin del mundo” no pasa de ser una reacción de temor ante la imposibilidad de saber cuál será nuestra suerte.

Nuestra cultura popular se ha convertido en adicta al sobrestímulo, que podría considerarse como fruto de los medios de comunicación y el morbo quién todos los días alimenta delirantes escenarios de destrucción total, como una forma de culpabilizar a todo el mundo del mal estado en que se encuentra el planeta. Pareciera que pasamos de estar depresivos a encontrar placer en el autocastigo. Muchos de los adeptos al catastrofismo ven con beneplácito cualquier infortunio porque reafirma su punto de vista, indiferentes al dolor humano y están convencidos que aferrase a las creencias socialmente establecidas es una “perdida de tiempo, porque todo terminará y muy mal”.

No es desconocido para nadie que acontecimientos reales, pero manejados de forma alarmista, como el error informático Y2K o las supuestas profecías mayas del 2012, fueron exagerados con falacias fabricadas por individuos ansiosos de notoriedad y faltos de orientación que amparados en información poco fiable se atribuyeron el papel de profetas o medidores ante fuerzas celestiales. Paralelo a esto, los más desinhibidos utilizaron estos hechos para entregarse al vicio y los placeres más extremos convencidos de que “todo terminaría”. A la luz de la razón, estos comportamientos no pasan de ser síntomas de alguna disconformidad social mal encausada y una desconfianza extrema hacia las instituciones científicas y religiosas.

Es también muy cierto, que en el presente siglo los valores supremos que nos han permitido avanzar parecen agotados, al igual que sus instituciones. La corrupción de un puñado de individuos mermó la confianza hacia ellos al mismo tiempo que la poca transparencia en la toma de decisiones políticas relevantes; han soliviantado a la ciudadanía, que ya perdió la fe en la representatividad política. Ni hablar de que nuestro materialismo e individualismo egocentrista, así como la falta de reconciliación con la naturaleza, han socavado la sensibilidad espiritual de la humanidad. Tendemos a creer que ser “espiritual” es convertirse en un ermitaño, pero con sólo ser mejores personas nos basta para superarnos como individuos trascendentes.

El creer en el catastrofismo, no es igual a tener una religión, es una negación hacia la posibilidad que cada uno posee de hacer el bien desinteresadamente y admitir sin miedo sus errores. Es buscar una excusa seudo sustentada para seguir ensimismados y obcecados, en la creencia de que no se es capaz de cambiar su destino.

La humanidad no se caracteriza, por entregarse pasivamente ante la adversidad, siempre dentro de ella misma han surgido temerarios personajes que nos han dicho: “ven que sí se puede”. Pero es costumbre de la gente el no ser provisorios y confiarse demasiado de la suerte, llamamos pesimista a quién advierte sobre ello… hasta que sucede una calamidad. Lejos de volcar nuestra atención en consultar con ese personaje previsor, nos rendimos y nos desviamos hacia la autodestrucción, dándole poder a quién satisface nuestros delirios.

Los acontecimientos actuales, a pesar de su tinte apocalíptico, no son otra cosa que fuertes síntomas de que debemos cambiar de rumbo como civilización -como miembros y como individuos-. No lograremos ese cambio pensado que estamos separados de los demás ni alimentando las diferencias; tampoco lo lograremos creyendo que con la destrucción de todo lo conocido nos libraremos de la incertidumbre reinante, es muy probable que si todos los seres humanos nos viéramos de otra manera nos daríamos cuenta que tenemos mucho en común. Es cuestión de cambiar nuestras convicciones erradas y poner en práctica mentalidades más constructivas, las que nos salvará de la catástrofe.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar

@C1udadan0x.