¿Por qué América no logra unirse?

 Imagen extraída de  Bing.com
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“Quisiera un gobierno de señores y no uno de hampones, no se me ocurre ninguna otra solución.”

                                                           Jorge Luis Borges, escritor argentino.

La mayor aspiración de todos los pueblos de América, es consolidar una unidad lo suficiente sólida que le permita lograr un desarrollo sostenible y “uniforme”, sin embargo dicha unidad no termina de materializar. Cada país del continente permite que el concepto de unidad sólo se quede en un buen discurso, pero en la práctica todo continúa igual. Los pueblos y sus gobiernos no resaltan lo que los une, sino lo que los diferencia para terminar culpando al vecino o “alguna exótica circunstancia” de perturbar la unidad. Ya para muchos ciudadanos americanos, la promesa de un proyecto de unidad es una utopía  ideada por los próceres más que una meta realizable,  de allí que se evidencie una visión pesimista del tema.

Habría que empezar por resaltar en que los pueblos americanos deben desprenderse de esa mentalidad de vivir en la mutua desconfianza, que alimenta esa falsa ilusión de que “determinado bloque garantiza la unidad” aún cuando se deje por fuera algún “país hermano”, más por motivo seudo ideológicos que por diferencias racionales. La posibilidad de una negociación siempre se ve truncada porque no se apoya en buscar resolver las diferencias sino en imponer la voluntad “de la mayoría” sobre el otro y si fracasa definitivamente empiezan violentos ataques de una parte hacia la otra donde los epítetos condicionan la opinión pública. El respeto al que tenga una posición opuesta y la exclusión sistemática se vuelve en factor de atraso en alcanzar una unidad concreta.

La envidia hacia el éxito ajeno, que encarna algunos desafortunados líderes americanos condiciona las relaciones. Sus discursos intolerantes alimentan el clima de confrontación, que actualmente, no permiten avanzar a América por lo que la hostilidad termina siendo el medio más recurrente para “relacionarse”. A pesar de que nadie desee esto, esos lideres suelen tener adeptos tan radicales como ellos, quienes se valen de buscar culpables, el clientelismo, la complicidad y el denigrar “del otro” para imponer su voluntad; la voluntad de un sólo individuo que dice ser el mejor camino para consolidar la unidad americana. Y si no es la figura caudillesca la que trastorna la convivencia, las alianzas de conveniencia para atacar, y supuestamente, demostrar la ineficiencia de algún modelo de desarrollo alejan a las buenas voluntades de cooperar en engrandecer a América, si bien esta práctica no todo el tiempo prospera, hay que admitir que resulta dañina, cosa que satisface más a los conspiradores que el lograr el éxito en su “causa”.

Sobra decir que a muchos pueblos americanos le han “enseñado muy bien” el aferrarse a algo, en parte, por lo volátil de nuestra situación social. Nos acostumbramos a vivir en una crisis interminable y si las circunstancias son favorables no lo creemos. Esa mentalidad de “prepararse para la crisis inminente”  nos hace obcecados e indiferentes, tendientes a burlarnos de los visionarios y optimistas, a temer a los cambios e inflexibles con quienes buscan sinceramente el “bien común”. Nos quejamos de todo, sin argumentos concretos y creemos que no tenemos un rumbo claro. Esta mentalidad, sin dificultad alguna, mantiene lejana la posibilidad de unirnos.

Hemos confundido “unión” con oportunismo o complicidad, en el peor de los casos creemos que los “demás colaboran con nosotros por lástima” u otra necedad que aceptamos como verdad. No nos permitimos en vernos como pueblos capaces de lograr lo que creemos imposible, adoptamos la típica posición derrotista y aceptamos que detrás de toda campaña para levantarnos la moral hay alguna manipulación de proporciones enormes, que buscan destruirnos. Esto último es un argumento recurrente, sobre todo, en los discursos ultranacionalista y fanáticos que construye una realidad de pesadilla, en la que solo los “nacionales unidos”; afiliados a una “resistencia”  vencerá cualquier conspiración contra el pueblo y sus aliados cercanos, si los tiene. Cambiar este discurso, por uno que promueva el progreso pacifico, desprovistos de “visiones conspiranoicas” es algo de románticos. Los resultados de toda esta campaña, como siempre, nunca resultan bien.

Llegamos al punto de “normalizar” el ataque verbal entre gobiernos con el repetido discurso culpabilizando al “otro” de querer imponer su modelo a través de tácticas sucias, atribuyéndole el ser autor de todos los problemas que enfrenta el régimen de turno. O sólo por hacer enfadar al “otro”, aunque suene increíble, se toma desafortunadas decisiones diplomáticas que dañan la sana convivencia entre las naciones y si por alguna desventurada situación, puede comprobarse dichas acusaciones, se magnifica y desvirtúa la causa de toda esa intriga, apelándose al más grotesco y cursi nacionalismo e invocando una falsa hermandad americana que dura en función al escándalo creado. Nada de lo anterior aspira al entendimiento, a la negociación meditada, en evitar confundir las intenciones del gobernante con las de sus ciudadanos…eso no interesa, lo importante es el presentar el alboroto más bizarro posible que demuestre la verdad de nuestras patéticas paranoias.

Tampoco queremos asumir como comunes nuestro problemas, aunque haya buena disposición en cooperar para solventarlos, nuestra indiferencia hacia el “otro” (que con hipocresía llamamos “hermano”) no nos permite tomar decisiones en función a dar el mayor bienestar social posible, lo que interesa es que los gobernantes de turno proyecten la sensación de que la unidad americana se esta gestando, no es una utopía. Sin embargo, la historia siempre prueba a los hombres y sólo unos pocos han salido bien librados; mientras el resto nos prueba que es menester un considerable esfuerzo interior para comprender que solo una voluntad de servicio, no de complicidad, podrá ayudarnos a respetarnos y tratarnos como “hermanos”, como seres cooperantes a pesar de nuestras diferencias.

¿Qué se puede hacer para no seguir en este ciclo?, Cambiando de mentalidad, no es un acto de fe ni un consejo del tipo “New Age”, es un paso necesario para que los americanos dejemos de antipatizar entre nosotros; los pueblos deben relacionarse y aceptarse como son pero manteniendo buena disposición de ayudarse mutuamente ha avanzar, no esperar un Mesías que nos “salve del mal” y nos modele la unidad perfecta. Hay que librarnos de las hipocresías, de los pensamientos derrotistas que nos hacen perder oportunidades brillantes, abandonar esa errónea creencia de que el “otro” o el modelo económico imperante es el culpable de nuestros problemas. Hay que apostar por los líderes más capaces, por su humildad y experiencia, no por los charlatanes de costumbre.

Debemos revalorizarnos como ciudadanos, desterrando la mentalidad “colectivista” que necesita depender excesivamente de un líder que los guié con falsas promesas, a pesar de que todos los sepan.

Superando todo lo negativo que nos atrasa, podremos crecer y unirnos… de lo contrario, América seguirá estando dividida y estancada.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

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