No es la religión, son los hombres.

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La religión es un camino hacia Dios- Google Images

Desde que la ciencia y la apertura del conocimiento llegaron a toda la población; la controversia sobre el papel de la religión en la sociedad ha dividido aun más a la humanidad. El pensamiento más predominante, es considerar a la religión como un factor de atraso causante de incontables sufrimientos que sólo la razón puede resolver; la figura de Dios es sólo un mito ideado desde el pasado por una “cofradía” de hombres cuyo único interés era el poder. Es decir, se interpreta de forma simplista que la religión es un instrumento de dominio; que lucha contra otros “factores de poder” para evitar perder su influencia en la gente. Sin embargo, unas pocas individualidades se han atrevido a refutar este y otros puntos de vistas, manifestando, que la religión es una expresión de los impulsos trascendentalistas del hombre pero se ha corrompido su significado original por causa de los mezquindades humanas.

Algo en lo que coinciden todas las corrientes de pensamiento, sean religiosas o no, es que forma parte de la naturaleza humana el creer en “algo” superior a su propia existencia. La finitud del pensamiento no ha podido resolver las dudas sobre nuestro origen en este plano y es allí donde el espíritu surge como respuesta a nuestras preguntas. La visión del espíritu, nos dice que somos seres infinitos, dueños de un inmenso potencial, desafortunadamente nuestros conflictos y negaciones nos han hecho “olvidar” nuestra naturaleza ilimitada. Nos hemos convencido -por causa del materialismo principalmente- que son factores externos los responsable de nuestras desgracias y la religión ha sido el blanco predilecto de esta “repartición de culpas” en vez de admitir que hemos fallado al interpretar exclusivamente de forma mental el mundo. La religión, más que culpable, es una víctima de esta visión restrictiva de la realidad.

Las religiones en su esencia nos hablan de tolerancia, amor, paz, entrega, de hacer el bien… a pesar de ello, los hombres han contaminado su naturaleza con absurdos dogmatismo e interpretaciones personalistas; motivados por factores históricos y culturales que terminaron por limitar el libre albedrío de la gente y de destruir la identidad de los pueblos. Los daños causados, no se le puede atribuir a la religión por si misma, porque sin una voluntad humana sería simplemente una idea “flotando en el vacío”, el responsable es el hombre que vio en ella un medio para conquistar y reprimir a los demás. Este irrefrenable impulso de dominación, terminó corrompiendo a la religión y polarizando a los opositores a ella, quienes abrazan el radicalismo para enfrentarla. Por eso, las personas ajenas a estos enfrentamientos terminan hastiadas, confundidas o tratan de contrarrestar los focos de conflicto apelando a los postulados positivos de la fe religiosa. Lamentablemente, esta empresa no suele tener mucho éxito porque todo el mundo quiere imponer su punto de vista.

Es por ello que los opositores a la religión y sus acérrimos defensores; terminan hundiéndose en el fanatismo más recalcitrante: el de creer que determinada idea es mejor que la contraria. Irónicamente, ambas posiciones, incurren en todos los errores que se atribuyen mutuamente; sólo basta hacer un repaso de la historia humana para ver los desafortunados resultados de estos choques violentos de visiones distintas y nos daremos cuenta de que el gran perdedor no ha sido la fe sino la humanidad. De estos enfrentamientos, prosperan los disidentes o los oportunistas quienes coinciden en que deben formar una tercera vía de pensamiento superior a las que están en conflicto, pero divergen en fines. Los primeros, abogan por la reconciliación y la unión de la fe y la razón, mientras los segundos no pasan de ser otra forma más hostil de dominio que únicamente busca destruir todos los puntos de vistas distintos al suyo.

No obstante, en esta patética competencia han surgido nuevos actores que amenazan por complicar el escenario: el primero de ellos es el nuevo materialismo impulsado por la sociedad de consumo globalizada, donde se descarta la necesidad de juicios religiosos o morales en la promoción y adquisición de los bienes más apremiantes. El segundo, es el progreso arrollador de la ciencia que no da espacios para dogmas ni concepciones ideológicas inmovilistas, porque estos entorpecen el “iluminismo” intelectual  alcanzado por la sociedad con cada nuevo descubrimiento. Por último, el crecimiento desmesurado de sectas, grupos esotéricos y alternativos…  eufemísticamente catalogados de pertenecer a la “Nueva Era”, son expresiones de la búsqueda de alternativas flexibles a las ideas sociales y religiosas aceptadas. Estos actores, mal interpretados, por representantes de la religión y sus opositores sirven de excusa para no aceptar la necesidad de efectuar cambios en sus organizaciones, trasladando a otro terreno los conflictos.

Ante un panorama tan desolador, ¿qué puede hacer el creyente que no está de acuerdo con estos conflictos?, ¿cómo pueden los hombres lograr una armonía perfecta entre tantos antagonismos?, el primer paso es admitir que se han cometido muchos errores en nombre de la fe y colaborar en remediarlos. Es menester que los representantes de la religión comprendan que no pueden asumir un papel paternalista sobre los creyentes, sino en ser un apoyo ante la incertidumbre de las forma de vida actual. Debe asumir el reto de reivindicar, con actos sinceros, la naturaleza benigna de la humanidad que parte de un origen divino y por consiguiente ilimitado muy lejos de los dogmas. Hay que lograr que se deje de emplear la religión como instrumento de dominio; depurándola de concepciones intolerantes dañinas para la humanidad. Abandonar el pensamiento fanático de la “creencia superior” por una de cooperación.

Es necesario que los hombres comprendamos que la fe no se puede reducir a un acto mental desprovisto de la gracia divina ni puede seguir usándose argumentos religiosos para “combatir” a quienes no son adeptos a una determinada creencia. La pluralidad es lo que hace este mundo maravilloso, y no es coincidencia que los déspotas intentos de uniformar a los hombres han fracasado, porque no corresponde a la naturaleza de los hombres ni de su aspecto divino. Si los hombres resaltaran las coincidencias de sus creencias más que sus diferencias entonces daremos un paso importante en alcanzar una evolución social que nos una en vez de dividirnos.

Quienes detentan la representación de la religión deben aceptar que Dios les otorgó esa responsabilidad para guiar a los creyentes hacia el bien y  que no  olviden su naturaleza divina. Han de prescindir de seguir imponiendo hábitos, practicas y acciones que sólo atrasan a la gente y subestiman su inteligencia. Si no logran renunciar a estos hábitos dominantes, porque suponen que eso les “haría ver débiles ante los demás” entonces, será la naturaleza mutable del universo –una muestra de la presencia de Dios en este plano- quienes “los arrasará” para sentar las bases de un pensamiento más equilibrado.

La naturaleza dinámica del universo es una expresión de Dios y nunca se ha visto que el mismo permanezca igual todo el tiempo; por eso el hombre debe hacer evolucionar la religión a un equilibrio próximo al del universo. Así podremos liberarnos de tan pesadas cargas…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

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