Month: December 2013

¿Por qué América no logra unirse?

 Imagen extraída de  Bing.com
Imagen extraída de Bing.com

“Quisiera un gobierno de señores y no uno de hampones, no se me ocurre ninguna otra solución.”

                                                           Jorge Luis Borges, escritor argentino.

La mayor aspiración de todos los pueblos de América, es consolidar una unidad lo suficiente sólida que le permita lograr un desarrollo sostenible y “uniforme”, sin embargo dicha unidad no termina de materializar. Cada país del continente permite que el concepto de unidad sólo se quede en un buen discurso, pero en la práctica todo continúa igual. Los pueblos y sus gobiernos no resaltan lo que los une, sino lo que los diferencia para terminar culpando al vecino o “alguna exótica circunstancia” de perturbar la unidad. Ya para muchos ciudadanos americanos, la promesa de un proyecto de unidad es una utopía  ideada por los próceres más que una meta realizable,  de allí que se evidencie una visión pesimista del tema.

Habría que empezar por resaltar en que los pueblos americanos deben desprenderse de esa mentalidad de vivir en la mutua desconfianza, que alimenta esa falsa ilusión de que “determinado bloque garantiza la unidad” aún cuando se deje por fuera algún “país hermano”, más por motivo seudo ideológicos que por diferencias racionales. La posibilidad de una negociación siempre se ve truncada porque no se apoya en buscar resolver las diferencias sino en imponer la voluntad “de la mayoría” sobre el otro y si fracasa definitivamente empiezan violentos ataques de una parte hacia la otra donde los epítetos condicionan la opinión pública. El respeto al que tenga una posición opuesta y la exclusión sistemática se vuelve en factor de atraso en alcanzar una unidad concreta.

La envidia hacia el éxito ajeno, que encarna algunos desafortunados líderes americanos condiciona las relaciones. Sus discursos intolerantes alimentan el clima de confrontación, que actualmente, no permiten avanzar a América por lo que la hostilidad termina siendo el medio más recurrente para “relacionarse”. A pesar de que nadie desee esto, esos lideres suelen tener adeptos tan radicales como ellos, quienes se valen de buscar culpables, el clientelismo, la complicidad y el denigrar “del otro” para imponer su voluntad; la voluntad de un sólo individuo que dice ser el mejor camino para consolidar la unidad americana. Y si no es la figura caudillesca la que trastorna la convivencia, las alianzas de conveniencia para atacar, y supuestamente, demostrar la ineficiencia de algún modelo de desarrollo alejan a las buenas voluntades de cooperar en engrandecer a América, si bien esta práctica no todo el tiempo prospera, hay que admitir que resulta dañina, cosa que satisface más a los conspiradores que el lograr el éxito en su “causa”.

Sobra decir que a muchos pueblos americanos le han “enseñado muy bien” el aferrarse a algo, en parte, por lo volátil de nuestra situación social. Nos acostumbramos a vivir en una crisis interminable y si las circunstancias son favorables no lo creemos. Esa mentalidad de “prepararse para la crisis inminente”  nos hace obcecados e indiferentes, tendientes a burlarnos de los visionarios y optimistas, a temer a los cambios e inflexibles con quienes buscan sinceramente el “bien común”. Nos quejamos de todo, sin argumentos concretos y creemos que no tenemos un rumbo claro. Esta mentalidad, sin dificultad alguna, mantiene lejana la posibilidad de unirnos.

Hemos confundido “unión” con oportunismo o complicidad, en el peor de los casos creemos que los “demás colaboran con nosotros por lástima” u otra necedad que aceptamos como verdad. No nos permitimos en vernos como pueblos capaces de lograr lo que creemos imposible, adoptamos la típica posición derrotista y aceptamos que detrás de toda campaña para levantarnos la moral hay alguna manipulación de proporciones enormes, que buscan destruirnos. Esto último es un argumento recurrente, sobre todo, en los discursos ultranacionalista y fanáticos que construye una realidad de pesadilla, en la que solo los “nacionales unidos”; afiliados a una “resistencia”  vencerá cualquier conspiración contra el pueblo y sus aliados cercanos, si los tiene. Cambiar este discurso, por uno que promueva el progreso pacifico, desprovistos de “visiones conspiranoicas” es algo de románticos. Los resultados de toda esta campaña, como siempre, nunca resultan bien.

Llegamos al punto de “normalizar” el ataque verbal entre gobiernos con el repetido discurso culpabilizando al “otro” de querer imponer su modelo a través de tácticas sucias, atribuyéndole el ser autor de todos los problemas que enfrenta el régimen de turno. O sólo por hacer enfadar al “otro”, aunque suene increíble, se toma desafortunadas decisiones diplomáticas que dañan la sana convivencia entre las naciones y si por alguna desventurada situación, puede comprobarse dichas acusaciones, se magnifica y desvirtúa la causa de toda esa intriga, apelándose al más grotesco y cursi nacionalismo e invocando una falsa hermandad americana que dura en función al escándalo creado. Nada de lo anterior aspira al entendimiento, a la negociación meditada, en evitar confundir las intenciones del gobernante con las de sus ciudadanos…eso no interesa, lo importante es el presentar el alboroto más bizarro posible que demuestre la verdad de nuestras patéticas paranoias.

Tampoco queremos asumir como comunes nuestro problemas, aunque haya buena disposición en cooperar para solventarlos, nuestra indiferencia hacia el “otro” (que con hipocresía llamamos “hermano”) no nos permite tomar decisiones en función a dar el mayor bienestar social posible, lo que interesa es que los gobernantes de turno proyecten la sensación de que la unidad americana se esta gestando, no es una utopía. Sin embargo, la historia siempre prueba a los hombres y sólo unos pocos han salido bien librados; mientras el resto nos prueba que es menester un considerable esfuerzo interior para comprender que solo una voluntad de servicio, no de complicidad, podrá ayudarnos a respetarnos y tratarnos como “hermanos”, como seres cooperantes a pesar de nuestras diferencias.

¿Qué se puede hacer para no seguir en este ciclo?, Cambiando de mentalidad, no es un acto de fe ni un consejo del tipo “New Age”, es un paso necesario para que los americanos dejemos de antipatizar entre nosotros; los pueblos deben relacionarse y aceptarse como son pero manteniendo buena disposición de ayudarse mutuamente ha avanzar, no esperar un Mesías que nos “salve del mal” y nos modele la unidad perfecta. Hay que librarnos de las hipocresías, de los pensamientos derrotistas que nos hacen perder oportunidades brillantes, abandonar esa errónea creencia de que el “otro” o el modelo económico imperante es el culpable de nuestros problemas. Hay que apostar por los líderes más capaces, por su humildad y experiencia, no por los charlatanes de costumbre.

Debemos revalorizarnos como ciudadanos, desterrando la mentalidad “colectivista” que necesita depender excesivamente de un líder que los guié con falsas promesas, a pesar de que todos los sepan.

Superando todo lo negativo que nos atrasa, podremos crecer y unirnos… de lo contrario, América seguirá estando dividida y estancada.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

No es la religión, son los hombres.

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La religión es un camino hacia Dios- Google Images

Desde que la ciencia y la apertura del conocimiento llegaron a toda la población; la controversia sobre el papel de la religión en la sociedad ha dividido aun más a la humanidad. El pensamiento más predominante, es considerar a la religión como un factor de atraso causante de incontables sufrimientos que sólo la razón puede resolver; la figura de Dios es sólo un mito ideado desde el pasado por una “cofradía” de hombres cuyo único interés era el poder. Es decir, se interpreta de forma simplista que la religión es un instrumento de dominio; que lucha contra otros “factores de poder” para evitar perder su influencia en la gente. Sin embargo, unas pocas individualidades se han atrevido a refutar este y otros puntos de vistas, manifestando, que la religión es una expresión de los impulsos trascendentalistas del hombre pero se ha corrompido su significado original por causa de los mezquindades humanas.

Algo en lo que coinciden todas las corrientes de pensamiento, sean religiosas o no, es que forma parte de la naturaleza humana el creer en “algo” superior a su propia existencia. La finitud del pensamiento no ha podido resolver las dudas sobre nuestro origen en este plano y es allí donde el espíritu surge como respuesta a nuestras preguntas. La visión del espíritu, nos dice que somos seres infinitos, dueños de un inmenso potencial, desafortunadamente nuestros conflictos y negaciones nos han hecho “olvidar” nuestra naturaleza ilimitada. Nos hemos convencido -por causa del materialismo principalmente- que son factores externos los responsable de nuestras desgracias y la religión ha sido el blanco predilecto de esta “repartición de culpas” en vez de admitir que hemos fallado al interpretar exclusivamente de forma mental el mundo. La religión, más que culpable, es una víctima de esta visión restrictiva de la realidad.

Las religiones en su esencia nos hablan de tolerancia, amor, paz, entrega, de hacer el bien… a pesar de ello, los hombres han contaminado su naturaleza con absurdos dogmatismo e interpretaciones personalistas; motivados por factores históricos y culturales que terminaron por limitar el libre albedrío de la gente y de destruir la identidad de los pueblos. Los daños causados, no se le puede atribuir a la religión por si misma, porque sin una voluntad humana sería simplemente una idea “flotando en el vacío”, el responsable es el hombre que vio en ella un medio para conquistar y reprimir a los demás. Este irrefrenable impulso de dominación, terminó corrompiendo a la religión y polarizando a los opositores a ella, quienes abrazan el radicalismo para enfrentarla. Por eso, las personas ajenas a estos enfrentamientos terminan hastiadas, confundidas o tratan de contrarrestar los focos de conflicto apelando a los postulados positivos de la fe religiosa. Lamentablemente, esta empresa no suele tener mucho éxito porque todo el mundo quiere imponer su punto de vista.

Es por ello que los opositores a la religión y sus acérrimos defensores; terminan hundiéndose en el fanatismo más recalcitrante: el de creer que determinada idea es mejor que la contraria. Irónicamente, ambas posiciones, incurren en todos los errores que se atribuyen mutuamente; sólo basta hacer un repaso de la historia humana para ver los desafortunados resultados de estos choques violentos de visiones distintas y nos daremos cuenta de que el gran perdedor no ha sido la fe sino la humanidad. De estos enfrentamientos, prosperan los disidentes o los oportunistas quienes coinciden en que deben formar una tercera vía de pensamiento superior a las que están en conflicto, pero divergen en fines. Los primeros, abogan por la reconciliación y la unión de la fe y la razón, mientras los segundos no pasan de ser otra forma más hostil de dominio que únicamente busca destruir todos los puntos de vistas distintos al suyo.

No obstante, en esta patética competencia han surgido nuevos actores que amenazan por complicar el escenario: el primero de ellos es el nuevo materialismo impulsado por la sociedad de consumo globalizada, donde se descarta la necesidad de juicios religiosos o morales en la promoción y adquisición de los bienes más apremiantes. El segundo, es el progreso arrollador de la ciencia que no da espacios para dogmas ni concepciones ideológicas inmovilistas, porque estos entorpecen el “iluminismo” intelectual  alcanzado por la sociedad con cada nuevo descubrimiento. Por último, el crecimiento desmesurado de sectas, grupos esotéricos y alternativos…  eufemísticamente catalogados de pertenecer a la “Nueva Era”, son expresiones de la búsqueda de alternativas flexibles a las ideas sociales y religiosas aceptadas. Estos actores, mal interpretados, por representantes de la religión y sus opositores sirven de excusa para no aceptar la necesidad de efectuar cambios en sus organizaciones, trasladando a otro terreno los conflictos.

Ante un panorama tan desolador, ¿qué puede hacer el creyente que no está de acuerdo con estos conflictos?, ¿cómo pueden los hombres lograr una armonía perfecta entre tantos antagonismos?, el primer paso es admitir que se han cometido muchos errores en nombre de la fe y colaborar en remediarlos. Es menester que los representantes de la religión comprendan que no pueden asumir un papel paternalista sobre los creyentes, sino en ser un apoyo ante la incertidumbre de las forma de vida actual. Debe asumir el reto de reivindicar, con actos sinceros, la naturaleza benigna de la humanidad que parte de un origen divino y por consiguiente ilimitado muy lejos de los dogmas. Hay que lograr que se deje de emplear la religión como instrumento de dominio; depurándola de concepciones intolerantes dañinas para la humanidad. Abandonar el pensamiento fanático de la “creencia superior” por una de cooperación.

Es necesario que los hombres comprendamos que la fe no se puede reducir a un acto mental desprovisto de la gracia divina ni puede seguir usándose argumentos religiosos para “combatir” a quienes no son adeptos a una determinada creencia. La pluralidad es lo que hace este mundo maravilloso, y no es coincidencia que los déspotas intentos de uniformar a los hombres han fracasado, porque no corresponde a la naturaleza de los hombres ni de su aspecto divino. Si los hombres resaltaran las coincidencias de sus creencias más que sus diferencias entonces daremos un paso importante en alcanzar una evolución social que nos una en vez de dividirnos.

Quienes detentan la representación de la religión deben aceptar que Dios les otorgó esa responsabilidad para guiar a los creyentes hacia el bien y  que no  olviden su naturaleza divina. Han de prescindir de seguir imponiendo hábitos, practicas y acciones que sólo atrasan a la gente y subestiman su inteligencia. Si no logran renunciar a estos hábitos dominantes, porque suponen que eso les “haría ver débiles ante los demás” entonces, será la naturaleza mutable del universo –una muestra de la presencia de Dios en este plano- quienes “los arrasará” para sentar las bases de un pensamiento más equilibrado.

La naturaleza dinámica del universo es una expresión de Dios y nunca se ha visto que el mismo permanezca igual todo el tiempo; por eso el hombre debe hacer evolucionar la religión a un equilibrio próximo al del universo. Así podremos liberarnos de tan pesadas cargas…

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.