La fauna urbana: víctimas silenciosas.

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                           Imagen de Manejo Humanitario de Fauna Callejera.

Ya es demasiado frecuente en las grandes urbes, escuchar las escalofriantes noticias sobre las atrocidades que comenten las personas contra los animales domésticos. Si bien no es novedosa esta realidad, lo que preocupa en los actuales momentos es la percepción absurda de considerar a los animales como objetos que puedes usar y tirar.  Creemos erróneamente que los animales como no poseen facultades racionales deben estar en absoluta dependencia del ser humano que si piensa y razona, sin embargo, olvidamos que ellos pueden sentir y “comunicar”, de manera distinta, las mismas necesidades básicas que podría requerir un ser humano. Esta evidenciado por medio de la ciencia, que los animales desarrollan capacidades complejas que no los alejan mucho de los humanos y no esta demás decir que ellos pueden desarrollar habilidades increíbles en beneficio del hombre, por eso surge la interrogante: ¿Por qué los subestimamos?

Los animales domésticos, los adoptamos desde tiempos ancestrales para servirnos de compañía y apoyarnos en sus facultades, a protegernos de amenazas comunes, no obstante han tenido que soportar en silencio las irracionalidades humanas, son irrespetados por la gente quienes los ven como un “foco de infección”, las autoridades corruptas quienes prefieren abandonarlos a su suerte o asesinarlos en masa cuál genocidio urbano, a parte de lidiar con el abandono. Muchas ciudades se vuelven en auténticos  “zoológicos públicos” donde los animales luchan para sobrevivir, sorteando las dificultades de un ambiente lleno de peligros ante la perplejidad e indiferencia de la gente.

 Si no es la vejación pública lo que tienen que soportar, esta la que sucede en la vida privada. Algunos dueños los toman para desahogar sus frustraciones dejándolos en un estado deplorable, las más bárbaras prácticas se realizan sobre sus cuerpos sin poder siquiera protestar estando a merced de la insensatez de mentes enfermas. Aquellos que tienen hijos, son más brutales todavía pues tienden a convertirlos en cómplices y participes del maltrato hacia al animal que posean, hasta el punto que estos terminan viéndolo como “un juego” macabro, pero gratificante. No es entonces descabellado pensar que nuestra sociedad incuba monstruos que más adelante harán lo mismo con todos los demás, sin importar las consecuencias. Nadie puede negar que eso sea fascismo.

 Será entonces ¿qué tenemos una sociedad que odia a los animales?, más bien odia la naturaleza y a sus creaciones, inclúyase los animales domésticos, estamos tan habituados a creer que ellos provienen del mundo del hombre y no que son fruto de la naturaleza, ella nos dio la responsabilidad de cuidarlos y quererlos, pero nosotros con nuestro egoísmo hemos fallado. Estamos demasiado convencidos de que somos la especie más relevante por el simple hecho de pensar y razonar, le arrebatamos a las demás especies su dignidad en “nombre de la satisfacción de nuestras necesidades”, porque si no experimentamos en los animales el progreso médico no sería posible o porque nuestra soledad es tan abrumadora, que debe ser curada con la compañía de algo externo aún cuando no podemos comprenderlo, sufriendo los animales las consecuencias de nuestras carencias existenciales.

 Hemos aceptado una premisa fascista* de que los animales son inferiores, los vemos como estorbos en nuestra vorágine de acaparar más de lo que necesitamos, cosa que en una urbe se refuerza eficientemente más aún si esta regida por valores morales laxos y autoridades indolentes. La competencia desmedida del ser humano por obtener placer o un espacio físico acorde a sus necesidades priva a los animales domésticos de sosiego: la contaminación, el ruido, el hacinamiento de los espacios públicos, el auge de la distracción por la electrónica de consumo, la reducción del espacio físico y la deshumanización de la ciudades deja vulnerables a los animales a peligros indirectos creados por el crecimiento desmedido de las urbes. Cuando esto pasa nadie presta atención a los animales, solo a los seres humanos que ignoran de la suerte fatal de ellos.  La excusa predilecta para ocultar esta lamentable realidad es: “bueno, si ellos no viven bien, que se consuelen con saber que nosotros vivimos peor”.

 No vamos a cambiar nada solamente con leyes más severas a quienes maltratan a los animales, aplicando controles más estrictos a quienes poseen mascotas o tratando como criminales, por ejemplo, a ciertas razas de perros quienes por motivos genéticos pueden ser peligrosos. Eso sólo solventa temporalmente un problema externo, más no a los animales ni a los seres humanos. Craso error. Debemos dejar atrás nuestra patética creencia que somos una raza superior, el seguir negando que parte de nosotros provenga del reino animal y por eso respetar a la naturaleza con sus creaciones. Haciendo un esfuerzo en modificar nuestra civilización, hostil a la naturaleza, por una empatica hacia ella podría solucionar tantos conflictos.

 Aceptando que ella es parte también de nosotros podríamos remediar nuestra triste condición de bárbaros intelectualmente evolucionados. Todas las escuelas de pensamiento coinciden en que el daño que les hacemos a los animales también nos los hacemos a nosotros además, refleja como somos interiormente. No es posible ni justo que siendo tan evidente que el hombre depende de la naturaleza y sus hijos para existir; pretenda renegar de ella queriendo esclavizarla para los más banales propósitos, y el maltrato de los animales es un llamado de alerta para que se detenga de lo contrario, aunque colonicemos otro planeta, la humanidad como especie se terminará marchitando.

 Renunciando a maltratar a los animales domésticos, también curamos el dolor de la madre naturaleza…

Recomiendo unirse a estos dos grupos en Facebook si quieren cambiar la situación de los animales.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

@C1udadan0x.

Nota: Se aplica el término fascista en este caso, a la mentalidad supremacista del ser humano de creer que es el más evolucionado del reino animal y amparándose en eso, abusar de las demás especies con las cuáles comparte el mundo.

 

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