La distorsión de la identidad.

 

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La vida moderna esta llena de símbolos con los que identificarse. Las opciones se multiplican constantemente y queda poco tiempo para considerar su significado, o el valor que tienen para el individuo. El aceleramiento de la dinámica moderna, asfixia toda consideración reflexiva de nuestra identidad.

La animación Serial Experiments Lain (Ryūtarō Nakamura, 1998), plantea las consecuencias  de la falta de identidad propia en el individuo. En esta historia, la búsqueda de una se produce a través del ciberespacio considerándose a la tecnología, como la fuente vital de toda la vida humana. A diferencia de épocas pretéritas, la iniciación de quien desea conocer los arcanos del ser no depende de la benevolencia de seres maravillosos, sino de una empresa soliaria. Lain, la protagonista, es víctima de un entorno familiar ajeno, carente de comunicación y de sentimientos auténticos.

La sociedad que la rodea le parece extraña, irreal y desea inconscientemente encontrar su identidad. El ciberespacio se presenta ante ella como el camino para hallarla, a costa de perder todo contacto con el mundo físico. Sus pesquisas iniciales le permiten saciar algunas carencias afectivas, pero estas se tornan pasajeras porque no revelan quien es realmente.

La virtualidad se adueña de su alma y le provoca un conflicto al dividirla en dos partes irreconciliables: una aferrada al mundo físico (de carácter inseguro, ignorante de su identidad) y otra arrogante (dominante, con un egoísmo notable). Ambas posiciones tratan de poseer su cuerpo, el único referente de la chica entre el mundo físico y el mundo virtual.

En cierto punto de la trama, Lain trata de armonizar ambas posiciones recurriendo a la resolución de algunos enigmas sobre su origen. Se establece múltiples explicaciones, cada una relacionada con ella sin que ninguna satisfaga su inquietud principal: ¿Quién es Lain?

Disconforme, decide entregarse totalmente al ciberespacio. Un acto egoísta porque pierde todo contacto con el mundo físico con desastrosas consecuencias, arrasando con su presencia en él y adueñandose del lugar que cree suyo dentro del ciberespacio. Tal decisión la hace irremediablemente obsesa del mundo virtual.

Al desapegarse del mundo físico, Lain entra en contacto con el rostro divino del ciberespacio. Este parece calmar su aflicción, resuelve parte de sus dudas y le otorga habilidades propias de una deidad. Sin embargo, lo encuentra falso porque le exige “morir” (en un sentido simbólico) si desea morar definitivamente en el mundo virtual.

Para Lain, un Dios no concibe la muerte. Eso es propio de alguien profano, próximo a la vida mortal. La vida divina consiste en la inmortalidad, en librarse del miedo a perecer, de controlar todas las posibilidades infinitas del Universo. Comprende que no sabría quien es realmente, si no es capaz de armonizar el mundo físico con el mundo virtual.

Toda su búsqueda consistió en tratar de renunciar a pertenecer a un mundo para habitar en otro, cuando su verdadero fin era encontrar su escencia, sin que provocara su destrucción como ser. Siendo una deidad, consciente de su verdadera naturaleza, decide crear una nueva realidad respetuosa del equilibrio que destruyó.

Prescindiendo de sus apegos profanos, puede habitar en una morada digna de un Dios. Ya obtuvo una conciencia sagrada, permitiéndole viajar por múltiples realidades y alterarlas a su antojo, otorgánle a la obra diversas interpretaciones.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El cine de nostalgia.

 

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En la dilatada historia del cine, hay momentos claves que definieron la forma como este arte se desarrollaría en el futuro. Producciones memorables que sirven de inspiración a las mentes creativas, deseosas de impresionar al público. Son ocasiones especiales, imposibles de replicar en épocas posteriores, dado que la mentalidad artística de ese tiempo proporcionó las ideas adecuadas para su materialización.

Actualmente, el séptimo arte pareciera estar en un estancamiento creativo. A pesar de contar con medios más sofisticados, otras prioridades se consideran en una producción. Una de ellas es mantener al público «entretenido» no con una trama ingeniosa, sino con un sobreestimulo constante que inhibe la apreciación objetiva de la obra.

Permea el reutilizar recursos y argumentos arquetípicos o muy presentes en el imaginario colectivo, pero sin tomar un punto de vista nuevo sino cautivar al espectador con imágenes atractivas, disparadoras de emociones explosivas. Esa exitación constante deja un agotamiento marcado en el espectador, quien recurre al pasado en busca de una obra que narre una historia atractiva sin cansarlo y le haga sentir ese momento especial, ese instante mágico producido por el cine.

La nostalgia se adueña del espectador, empieza a realizar comparaciones entre épocas y producciones anteriores con las actuales, dejándole una sensación de insatisfacción porque no siente un nexo con lo que ve. Para él, son imágenes sin significado o lógica sólida aunque puede estar estableciendo un juicio demasiado drástico, ya que debe entender que los recursos creativos e inquietudes son disímiles entre épocas.

Por esa necesidad de revivir ese nexo, las grandes productoras cinematográficas apuestan a recrear esos sentimientos, esas experiencias gratificantes que reposan en la mente del público. Casi no existen producciones propias, guiones pensados para el cine, sino adaptaciones o continuaciones de historias muy queridas por el público.

La originalidad propia del séptimo arte, cede ante el empuje de asegurar la atención del espectador, con aparentes nuevos puntos de vista de tramas ya narradas o adaptaciones de historias exitosas en otros medios. Y aunque el espectador sepa que esta viendo una prolongación de algo ya visto, no puede resistir el embrujo de la nostalgia que le reaviva en la mente los buenos recuerdos de su primer contacto con esa historia.

La creatividad cede a encajar el discurso narrativo de la obra con el tiempo actual, de manera que una a todas las generaciones en un mismo espectáculo colectivo. No hay esfuerzos encaminados a crear nuevos mundos, universos y tramas electrizantes.

Se apuesta a la aparente seguridad de un universo preexistente, del que se extrae todo el beneficio posible. Van rastreandose cualquier vacío de la trama original o se construye una, a partir de algún personaje o hecho memorable con miras a mantener cautivado al espectador, porque parte de una inquietud que pensó o imaginó.

Esas subtramas y continuaciones alimentan la vida de la obra. Permite que trascienda y garantice su permanencia en la memoria del público, a costa de perder originalidad.

La temeridad característica del arte, que busca un nuevo camino para expresarse, construir un mundo único que le permita manifestar las posiblidades creativas del ser humano, es sustituida por una seguridad narrativa sustentada en los sobreestimulos y el sentimiento.

Esa búsqueda de contactar al público con una realidad diferente, se atrofia, reemplazándola por la reproducción y mejora de un universo ya existente.

 

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El gran olvido de Venezuela.

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La gran contrariedad que enfrentamos, no radica en sí tenemos un mal gobierno, sino en la clase de ciudadanos que somos. Nos hemos habituado a aceptar sin reparo, que lo opuesto al bienestar se considere “normal” y relegamos el buen uso de nuestros potenciales a tareas nimias.

Nos amoldamos al deterioro y caemos en la autosugestión de: “siempre fuimos así”. Convertimos nuestros desacuerdos en un acto circense, en vez de tomar con la seriedad merecida cada uno de ellos. El ciudadano venezolano, lejos de sentirse integrante de un orden social estable, funcional, en el cual puede confiar, se encuentra rodeado de una estructura corroída a causa de su desinterés.

Ha tomado como bandera la queja, la chanza y el insulto. Ha relegado a otros las responsabilidades que son exclusivamente suyas para, posteriormente, lamentarse. Tanto se ha arraigado el deterioro en su alma que ve lejano una patria opuesta a la actual, no por falta de talento, sino de una voluntad diáfana comprometida con la grandeza, con tener arraigado el objetivo de conquistar un país superior.

Los venezolanos han dejado de creer en si mismos y ven con sorna, cualquier voluntad que cuestione su situación interna. Han preferido rendirse al fatuo brillo de aquello que brinde poder sobre los demás, no para servir, sino para esclavizar.

Parece que nos hemos convencido que el único rol merecedor de todos los beneficios es el ser prepontente, es decir, un individuo obsesionado con el poder absoluto que dilapida en lo efímero.

Habría de realizar un hercúleo ejercicio mnenotécnico, para considerar que la grandeza de una nación está en la calidad moral de sus ciudadanos, porque de ellos depende hacia donde se dirige un país. El ciudadano no puede aceptar el deterioro, debe superarlo con una voluntad implacable. No huir de él o dejárselo a otro.

El ciudadano debe recordar que ni mártires ni héroes salvan de la destrucción a un país. Sólo su determinación de rechazar la degradación moral allana el camino al bienestar. Debe ser indiferente a los charlatanes, despreciar a los arribistas que obstaculizan el progreso.

Evitar identificarse con lo mediocre, con modelos que encarnan la miseria moral. Ha de aspirar siempre a lo superior e identificarse con ello. Abandonar toda destructiva creencia de “sacrificios” o de “baños de sangre” para renovar a la nación, porque es injusta con los inocentes y ensombrece su futuro.

Dejar de aprobar los hábitos perniciosos, de admitirlos como parte de nuestra identidad. Somos aquello que aceptamos y si nuestro mayor deseo es un destino magnífico, es menester prescindir de aquello que nos debilita.

 

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Cuando el abuso se convierte en un derecho.

 

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En toda sociedad organizada, existen normas de convivencia previamente aceptadas, destinadas a garantizar la armonía entre sus miembros. Incluso las sanciones que reprimen el incumplimiento de dichas normas o de aquellas conductas consideradas inadecuadas, son vertebradas para su cumplimiento.

El conflicto más complejo que enfrenta las normas, es el lograr imponerse a los aspectos negativos de la mentalidad imperante en la comunidad. Ellos podrían dejar impráctica su aplicación y crear un ambiente ambiguo, donde los excesos sean normalizados.

La ley, en ambientes tolerantes al abuso, termina siendo decorativa o funcionando según ciertas conveniencias insólitamente “reglamentadas”, para beneficio de algunos caracteres muy particulares. De permanecer esta situación, las leyes terminan siendo “negociadas»” y dirigidas a proteger los intereses más notables.

Va dejando pasar las infracciones que deben castigarse, materializando un estado anárquico, no de destrucción física sino de mengua moral. La cultura popular suele alimentar mitos sobre el funcionamiento de una sociedad, formando prejuicios y arquetipos en los roles importantes cuya función es la preservación del equilibrio social.

Esa cultura popular deliberadamente deforma la misión original de esos roles, otorgándole características maléficas, pero creando una morbosa simpatía a esa imagen negativa. Va aprobandose los excesos cometidos por quienes deben velar por el cumplimiento de las leyes, considerándose (para algunos) ejemplos a seguir.

El modelado de un servidor público, si está corrupto desde su origen, resultará en un individuo ávido de poder, indiferente a cualquier límite legal. Empleará la manipulación para proteger sus intereses y procurará cuidar de su exclusiva existencia.

Los ciudadanos son responsables de sus acciones, incluyendo sobre que aceptan, siendo una notable contradicción querer el cumplimiento de la ley y en paralelo, confabularse para infringirla. En la cotidianidad, las personas enfrentan pequeñas pruebas cuyas consecuencias determinan su calidad moral. Si se toma el pernicioso hábito de tolerar la corrupción moral, de nada servirá exigir protección de la ley aceptando algún delito

O se condena toda forma de delito o se sucumbe a él. No existe infracciones “cómodas”, “aprobables” ni picardía inocente, menos aun justificable. Toda omisión y aprobación de actividades dañinas, terminará perjudicando hasta el que cree estar inmune a ella porque la practica.

Ante el exceso, se debe tener una feroz contundencia para aplacarlo, eso incluye aquellos factores culturales que alientan el aprobar hábitos inmorales, dañinos para el bienestar social.

 

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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La nefasta influencia del mártir.

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Históricamente se ha concebido al mártir como un individuo de extraordinaria capacidad de entrega. Un personaje capaz de despreciar su propia vida, con tal de inmortalizar sus ideas y redimir a un colectivo deprimido. Pareciera albergar un convencimiento absoluto de que su sacrificio, trastocará las bases de la historia y la voluntad del ser humano.

Desafortunadamente, este peculiar personaje termina siendo una figura dañina para moldear la identidad de un colectivo. El mártir proyecta la idea de que sometido a incontables suplicios, el hombre alcanzará la libertad espiritual y la inmortalidad moral para regenerarse y hacer prosperar su causa. Niega rotundamente que el genio humano, pueda vertebrar una voluntad altruista, sin caer en conflictos.

El mártir aparece en ambientes de pasiones agitadas, de evidente falta de voluntad de conciliación, siéndole fácil influir en las personas para fanatizarlas. Predica la idea de que la muerte y los tormentos son necesarios para la supervivencia de un ideal, e inspirar a sus adeptos. Crea una enfermiza dependencia con el colectivo, porque este no se siente capaz de actuar o pensar sin su influencia, ya que se entendería como “traición” (¿?)

Nunca establece la conquista de sus objetivos en el presente sino en un futuro idílico, lejano, con aires utópicos. Jámas llegará al éxito porque el futuro es algo mutable, pero prefiere mantener en el inmovilismo mental de sus adeptos antes que claudicar.

Es un chantajista que sugestiona a sus simpatizantes con una deuda impagable que mantiene con ellos. De esta forma mortifica a sus adeptos y previene cualquier tentativa de cuestionamiento, inculcando un sentimiento de culpa si tratan de rechazar sus ideas.

Recurre con frecuencia al papel de víctima para ocultar sus propias debilidades, justificando la miseria material de sus adeptos como consecuencia de factores externos o causado por “comportamientos desviados” dentro de la comunidad. Prefiere la pasión, nunca la mesura. Los instintos son su ambiente natural, las emociones agitadas son su instrumento predilecto de control.

No busca el engrandecimiento de la comunidad, sino su propia gloria, porque él gozará de una “recompensa ulterior a la vida terrenal”, mientras la comunidad esta “obligada” a perpetuar su legado en unas condiciones desfavorables.

La comunidad adepta al mártir deja de concebir la vida como un regalo, interpretándola como un perpetúo suplicio que concluirá con un “acto de contrición” colectivo. No acepta un equilibrio entre el placer y el dolor, sino que debe resignarse a períodos de grandes torturas y tragedias para llegar a un inalcanzable estado de perfección.

En ocasiones, los mártires son creados deliberadamente por la comunidad para ocultar sus propios descuidos e irresponsabilidades. Interpreta las circunstancias difíciles como “castigos” que concluirán con la presencia de una figura redentora, no porque deba cambiar la forma de dirigir sus acciones. Confunde fácilmente a una víctima con un mártir, evidenciando sus contradicciones internas.

El mártir abunda en el verbo incendiario de arribistas con ínfulas de “salvadores”, autoatribuyéndose el papel de redentores. Predican el sacrificio, la renuncia a toda comodidad y la vergüenza a quien apoye la prudencia.

Están firmemente convencidos de que entregarse en la defensa de un ideal, es sinónimo de inmolación. Se contentan con predicar la infausta idea de que bañando de sangre una nación, se podrá reivindicarla. Rechazan las vías pacifícas para la resolución de un conflicto, le satisface el martirio colectivo.

El mártir surge de un estado delirante, de irracionalidad, que nubla el juicio e impide evaluar los hechos de forma objetiva.

Este personaje prefiere someter al género humano, a un horroroso sufrimiento, antes de permitirle alcanzar un bienestar sin dolor.

 

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El héroe corrompido.

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En el camino del héroe, siempre hay tentaciones destinadas a intentar desviarlo de su objetivo. Son desafíos para probar su fortaleza espiritual y compromiso con la noble causa que defiende. Del éxito obtenido venciéndolas, solidifica sus convicciones, volviéndose invencible.

Sin embargo, puede ocurrir que el héroe sea seducido por dichas tentaciones, cayendo en desgracia y transformándose en un ser vil. O que su falta de previción lo haga sucumbir al mal que combate. Al dejarse vencer por sus propias flaquezas termina manipulando la causa que defiende.

La comunidad que cree en él, entra en conflicto porque puede caer en un estado de negación colectiva que insista en apoyarle aun cuando el camino sea errado, siendo pervertidos los principios de la causa. Otra reacción de la comunidad es el rechazo hacia el héroe y sus ideales porque no se consideran sinceros; conduciéndola a la anarquía. El héroe termina siendo un enemigo.

Demuestra que no es un ser «bendecido» ni «ungido por una divinidad piadosa», que envía a una campeón  para cambiar su desdicha. Se reduce a ser un personaje odioso, vulgar, sin gloria, quien prefiere llevar una vida descarriada. Es vulnerable a la adulancia, a entregarse a los vicios más mundanos, y al abuso de poder.

Cuando pierde toda posición privilegiada en la comunidad y es proscrito, ni los más malvados desean su servicio. Disfrutan viendo como el héroe se arrastra suplicando una «oportunidad» o sumiéndose en una nostalgia alienante.

El héroe queda en el olvido, debilita la unidad de la comunidad y es cómplice del declive moral de los ciudadanos. El mal encuentra en este personaje, no un aliado, sino un arma con la cual destruye toda oposición.

Hay ocasiones, que el héroe y sus ideales son víctimas de las flaquezas de la comunidad. El héroe es una construcción colectiva y su imagen determinará el rumbo de la comunidad, así como la supervivencia de la integridad de sus ideales. Al contarse su gesta, la memoria colectiva lo hará trascender como un modelo a seguir de ciudadano ejemplar.

Si la comunidad se envilece, usará su imagen para ganarse la cohesión de sus miembros, pero a costa de perder su honestidad y libertad de consciencia. Condenará a las futuras generaciones, a vivir con ideas contradictorias porque el modelo que poseen del héroe esta corrompido, alejado de su auténtica imagen.

Por ello, las sociedades demasiado dependientes del héroe, cuando contaminan sus ideales, son vulnerables a períodos prolongados de conflictos. Son ambientes fértiles en que caudillos y arribistas, emplean sus ideas como móvil para cometer toda clase de crímenes. Nunca les interesará el bien de la comunidad, sino usar su fuerza para conquistar su exclusivo bienestar.

En ese estado, los ciudadanos son personas tránsfugas, insinceras, y faltos de voluntad para emprender una empresa noble. Vivirán de relaciones basadas en intereses, dependencias enfermizas o constantes cambios de opinión. No son firmes en una posición en la vida.

El héroe corrompido será un destructor de la comunidad y su herencia dañada, impedirá el progreso.

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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EL héroe y la locura.

 

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Tradicionalmente, los héroes son encarnaciones extraordinarias del bien supremo y de valores morales excelsos;  son quienes deben inspirar a una comunidad a luchar por alcanzar su perfección espiritual, son una suerte de tótem, cuya función es motivar al individuo común a abrazar lo bueno y rechazar lo malo con la finalidad de lograr un equilibrio.

Sin embargo, en los tiempos modernos, los héroes han tenido una imagen intrincada. Escapan de las posiciones maniqueas, alejándolos del modelo idílico, para convertirse en seres ordinarios. Son personas comunes, vulnerables, atrapadas en el tedio de la vida urbana. Independientemente de su origen saben que para luchar contra el mal, deben construirse un código y un símbolo único, compartible con la comunidad.

En el universo de Batman, el bien y el mal no existen en un sentido estricto, persiste una interpretación psicoanalítica del entorno social. El lado subconsciente revela un mundo interior caracterizado por la pérdida y el deseo vano de llenar un vacío con una praxis moral difusa.

Bruce Wayne, es un niño solitario, único en su tipo a quien la tragedia le arrebata a sus padres,  junto con su inocencia. Comprende abruptamente el peligro que representa no reprimir el mal, aunque no tiene las herramientas morales para enfrentarlo sin sucumbir a él. El mal le acecha a través de la culpa, la soledad, y el deseo de venganza. Necesita moldear una figura ética y moral, incorruptible, cuyos principios sean inamovibles.

Es allí donde aparece un héroe atípico; Bruce Wayne acepta a su alter ego como un medio para llenar ese espacio incompleto de su identidad, producto de la pérdida de sus padres. Abraza a Batman como una figura familiar que lo protege del mal y las amenazas del entorno. Es el consuelo del infante indefenso ante un entorno hostil.

Ciudad Gótica es una metáfora sobre los temores humanos en las urbes modernas: Para el ciudadano corriente, la violencia cotidiana del crimen y la corrupción e ineficiencia gubernamental son las peores amenazas. Sumado a lo anterior, una enorme degeneración moral que desgasta la estabilidad mental de las personas. Mentes perturbadas, corroídas interiormente, crean un ambiente de sosobra que vuelve insoportable estar en Ciudad Gótica.

La locura cobra un protagonismo especial en la trama, ya que actúa como una plaga incontenible. Corrompe hasta a quienes presumen ser muy estables mentalmente. Es el principal móvil del mundo criminal, volviendo ineficaz las acciones exclusivamente represivas para contenerlo.

El mayor reto es mantenerse incólume ante la locura. Sus productos tienden a expulsar lo peor de cada persona, incluso las más justas. El “mal” de Ciudad Gótica es, la enajenación y el temor de volverse loco. Lograr una estabilidad mental invulnerable, es propio de alguien extraordinario.

Bruce Wayne, sabe que es incapaz de enloquecer, porque no posee apegos ni motivos ordinarios. No es un hombre común. Es un actor que representa una efectiva ilusión ante los demás, da a los otros lo que pueden aceptar, siendo esto el mejor camuflaje. En cambio, Batman, es consciente de que los criminales al estar enajenados se vuelven supersticiosos.

Juega con su percepción, manipula su entendimiento de que lo representa ante ellos. Esto le permite engrandecer su imagen, magnificarla hasta inspirar terror en los criminales. Ellos tejen una leyenda de su personaje, que se transmite como un relato popular; formando parte del sustrato cultural de Ciudad Gótica.

Tal manejo de la psicología, permite comprender que los habitantes de Ciudad Gótica no son escencialmente maléficos, sino que están enfermos. Su psiquis esta trocada por un ambiente social y unas circunstancias personales extremas que facilitan la externalización de conductas destructivas.

Al estar enfermos, Batman no debe matarlos, porque no solucionaría nada. Prefiere darle a los criminales una nueva oportunidad de redimirse, enfrentandolos con la justicia y con las consecuencias de sus actos. Trata de hacerlos reflexionar.

Batman, es un personaje cuyas acciones son cuestionables, pero se toleran dado que las amenazas que enfrenta son complejas. Su naturaleza es difícil de discernir con medios convencionales siendo “necesarios” métodos demasiado flexibles para mentes ortodoxas.

Los enemigos de la paz de Ciudad Gótica no entienden el crimen como quebrantar la ley para obtener algo. Representa una vía para expresar todo la parte oculta, aterradora e incontrolable que se esconde en el inconsciente.

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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