La humanidad de un cyborg.

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En la miríada de futuros hipotéticos que contempla la ciencia ficción, el debate sobre el cuerpo humano es uno de los más complejos. Mediante técnicas muy avanzadas, el cuerpo humano es alterado a niveles insospechados hasta el punto de desvirtuarse su significado para el individuo.

El cyborg, es un individuo producto de un progreso indetenible pero de valoraciones éticas difusas. Originalmente, su existencia responde a una necesidad social de cubrir funciones extremas; sin embargo las contradicciones humanas terminan por convertilo en una quimera.

Para una sociedad tecnológicamente avanzada, el cuerpo no es referente de distinción, no es evidencia irrefutable de humanidad, sino una máquina más que puede mejorarse o desecharse. Siendo interpretado de esta forma, las alteraciones que sufra amplificarían nuestras habilidades nativas o la sensibilidad hacia el entorno, aunque a costa de perder una fracción de nuestro Ser.

Empero, nunca está definido lo que se pierde. Un cyborg puede tornarse distante, ajeno a pasiones o deseos humanos volviéndose impersonal o vanidoso. Podría sucumbir a delirios de grandeza no emocionales, demasiado lógicos, que rechaza la fragilidad humana y considere más relevante la funcionalidad, la uniformidad, para salvaguardar el sistema.

A pesar de ello, el cyborg sabe que siempre será un forastero porque no sabe lo qué es. No es un humano escencialmente, empero, tampoco es una máquina porque su personalidad, única e irrepetible le hace preservar la humanidad que teme perder. Ese miedo a perderla, le hace preguntarse: ¿qué nos hace humanos?

La mayoría de los cyborgs que nos presenta la ciencia ficción, viven en sociedades marcadas por la violencia, la criminalidad desbordada y altos índices de marginación social. Son ambientes conflictivos que requieren medidas drásticas, aun cuando no sean respetuosas de los derechos ciudadanos.

El ambiente aviva permanentemente la desconfianza por lo que el cyborg, decide proteger “sus sentimientos” de la brutalidad, bajo una aparente frialdad y autocontrol inalterable. No comprende las causas que motiva las conductas destructivas humanas, de las cuales se desarraiga.

Al no estar identificado con las pasiones desordenadas del medio social, empieza a sentirse ajeno. El ambiente que le rodea es extraño, ilógico, sumergido en un desorden incomprensible para su entendimiento. Duda entre continuar o cambiar, entre liberar su sensibilidad o protegerla en su coraza cibernética.

Como no está aclarado cual es el rumbo que tomará la especie humana, el cyborg opta por emprender su propia búsqueda de respuestas sobre su identidad. Es un acto valiente en un medio negativizado, una hazaña cuando las respuestas están encriptadas y lejanas para una colectividad indolente.

La empresa puede llevarlo a descubrir muchas miserias y decepciones, encontrará la verdad a costa de renunciar a sus preconceptos, aunque tendrá que preservarla en su interior.

Los descubrimientos que realiza, son difíciles de comprender para una colectividad alejada de una consciencia receptiva, por eso el cyborg prefiere resguardarla a la espera de un momento más adecuado para compartirlos.

 

Saque usted sus conclusiones.

Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Los imperios galácticos.

 

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La conquista del espacio, todavía una empresa primitiva para la humanidad, inspira la imaginación recreando la posibilidad de formar una enorme estructura de mundos regida por una autoridad única, de jurisdicción universal.

La literatura de ciencia ficción, constituye hipotéticos imperios, compuesto por una asociación voluntaria o forzada de mundos dominados por los hombres que buscan proteger intereses comunes. Forman una nación galáctica, avasallante, cuyo objetivo es la expanción continua para satisfacer la curiosidad humana o por el deseo de dominar otra realidad compleja.

Es un futuro casi mágico, donde la tecnología y la ciencia han roto todos los límites, conduciendo a la humanidad a una utopía densa. A veces tanta maravilla provoca confusión, porque el individuo no sabe donde establecerse o que escoger ante tantas opciones.

Sin embargo, esta nación galáctica no esta exenta de falencias. Los peligros abundan y las amenazas cobra otra forma, menos evidente, poniendo a prueba la estabilidad del sistema.

Así como la humanidad tiende a asociarse, también aspira a procurarse una autonomía. En un imperio galáctico, tal posibilidad es detonante de conflictos, porque la autoridad rectora no acepta individualismos o iniciativas que entiende contraria a las normas del imperio.

Este escenario puede provocar enfrentamientos bélicos, el resquebrajamiento del imperio, o podría reafirmar su autoridad. El dilema de lograr un ambiente armónico entre una autoridad universal y elementos autonómos, es la constante causa de inestabilidad política en estos hipotéticos escenarios futuros.

Al ser una época de tanta incertidumbre, los grupos humanos menos influyentes, optan por tribalizarse para cumplir sus metas. Esta tendencia hace más compleja la administración del orden, puesto que las tribus tratan de dominar un especio físico e imponer sus normas.

El tipo de autoridad es objeto de frecuentes controversias, siendo dominante la lucha entre un modelo republicano y otro monárquico. El primero tiende a la unión formando confederaciones, con representatividad por parte de sus miembros y posiblidad de voto. La diplomacia es su principal herramienta para la resolución de conflictos.

En cambio, la monarquía, depende de un caudillo todopoderoso. De carácter intransigente y calculador, privilegia la supervivencia del imperio antes que el bienestar común. No es una autoridad flexible sino imponente, tendiente al uso de la fuerza y la diplomacia mezquina.

Ambos modelos, según la visión del autor, pueden sufrir alteraciones diversas para darles una identidad. Pero esencialmente están inspirados en alguno de ellos.

A parte de las controversias internas, un imperio galáctico tiene que lidiar con su geometría. La necesidad de expandirse constantemente, puede agotar el modelo de autoridad aceptado al no ser capaz de establecer sus leyes en tantos lugares nuevos, aun con el apoyo de una tecnología fantástica.

Ese hábito expansionista, parte de un irrefrenable comportamiento depredador que sugestiona a la humanidad con la idea de temer a la escasez de recursos. Uniéndose a ello, el intéres científico impulsa el espíritu aventurero que invita a conocer otras posibilidades.

Empero, la motivación individual de construir un mundo ideal, lleva a los humanos a buscar otros planetas para vertebrar su proyecto personal de sociedad perfecta. Aunque es una empresa no libre de tropiezos y rivalidades; la humanidad siempre tratará de modelar la realidad conforme a sus creencias.

 

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Cuando la oscuridad acecha.

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Las sociedades han conjurado en torno a la oscuridad, una representación del mal. Al imperar su dominio, la irracionalidad se adueña de las voluntades, las pasiones más violentas inician un período de anarquía, desembocando en una inevitable decadencia.

La oscuridad también representa lo oculto, aquello que esta reservado en nuestro interior e ignoramos su existencia. Es una forma de retratar la subconsciencia, sus aspectos reprimidos o rechazados por los individuos.

La subconsciencia, es el depositario de todos aquellos sentimientos o deseos profundos, incapaces de externalizarse. La animación Night Warriors: Darkstalkers’ Revenge (Masashi Ikeda, 1997-1998), nos lleva a un lóbrego mundo, dominado por la barbarie y la supervivencia. Un escenario donde la civilización va languideciendo a causa de la violencia.

En esta realidad, los seres inteligentes son incapaces de coexistir en armonía, rivalizando por el dominio del planeta sin reparar en el daño que se ocasionan. El odio profesado entre las distintas facciones, condena a muerte la vida en la Tierra. La ausencia de luz solar mostrada al inicio de la producción, es una metáfora del alejamiento del hombre de la consciencia espiritual, para aceptar una realidad sometida por el materialismo.

El materialismo crea la noción de escasez, de finitud de recursos; alimentando el combate. La lucha ya no es por sobrevivir o vencer la opresión, sino por el placer de destruir. La oscuridad sojuzga la consciencia espiritual, contituyendo un mundo exclusivamente mental, de pensamientos disonantes.

Los héroes en la trama, son individuos que desean desterrar a la oscuridad, vagan solitarios, sin apoyo ni convocatoria de la gente. Regidos por su propio código de conducta, que contempla un desapego a la riqueza material y rechazo a ceder a bajas pasiones. Toman esta cruzada como una vía de autoconocimiento para vencer su propia oscuridad, y alcanzar la luz que servirá de revelación.

La intervención de seres extraordinarios, a la vez terribles y sanquinarios, son símbolos de esos sentimientos desconocidos ocultos en el interior del ser humano. Cada uno representa una emoción trastornada que aviva el poder de la oscuridad.

Al mismo tiempo, inhibe a los seres inocentes a manifestar sus afectos. La inocencia no puede expresarse por temor a ser corrompida, ocultándose en una aparente indiferencia para sobrevivir. La oscuridad no sólo corrompe, también reprime manifestaciones luminosas del alma para imponerse.

En el desenlance de la historia, las distintas facciones en conflicto junto a interese ocultos, empujan los acontecimientos a una etapa de destrucción definitiva. Todos los impulsos agresivos, son externalizados, trayendo el caos.

Los combatientes son derrotados por un solo interés (Pyron); este personaje encarna la consciencia material sacralizada inspiradora de una falsa luz que proclama el espíritu del combate como próposito fundamental del individuo. Pero cada victoria que conquista, lo deja insatisfecho, tornándose vanidoso.

Los héroes entablan combate con la criatura, pero no consiguen derrotarla porque todavía no han purgado definitivamente sus almas de la influencia de la oscuridad.

Cuando la inocencia descubre su poder, abandona su indiferencia, para manifestarse en el mundo. Este acontecimiento le da un propósito a los héroes, les muestra el camino hacia la paz interior y permite el acceso al mundo de la auténtica luz: la luz del alma.

 

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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Recuperemos la decencia.

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En los tiempos actuales, estamos siendo testigos de conductas miserables que se imponen como “normas”. Son aceptadas o convertidas en medio de dominación mental, para subyugar la honradez en los actos individuales.

Ha surgido una corriente censuradora de la honestidad, que trata de sugestionarnos con la idea de aceptar comportamientos dañinos como si éstos fueran “postivos” o como medios legítimos para alcanzar un placer pasajero, efímero.

Son fuerzas reaccionarias, encubiertas hábilmente, que desprecian la diafanidad de los ciudadanos probos. Para estas fuerzas, la solicitud de decencia es una petición “arcaica”, evocadora de posturas “conservadoras” que impiden la búsqueda del placer.

Tratan de distorsionar la realidad, condenando el decoro y haciéndolo ver como “debilidad” o incapacidad para “disfrutar de la vida”. Odian la mesura, el apasionamiento es su hábito, están interesados en que despilfarremos nuestra vitalidad en dolorosas disputas que nunca aspiran a un acuerdo justo.

La putrefacción moral que horroriza al ciudadano actual, es por una marcada ausencia de límites que impidan replicar malos ejemplos. Esos límites no deben ocultar la realidad, sino revelarla y orientar los esfuerzos en educar para comprender su naturaleza dañina.

Hay que evitar caer en el engaño de que ser decoroso, equilibrado o no aceptar determinadas tendencias es sinónimo de ser “anticuado”. Porque la falta de autoobservación ha provocado un ambiente desarmonioso en el presente siglo.

Ha soliviantado a los seres más mediocres, vulgares personalidades, a atribuirse el patético rol de redentores o ejemplos a seguir, siendo evidente su falta de genio y desprecio por la probidad.

Hay que recordar que la decencia no es ser anticuado, conformista, o peor aún, reprimido. Decencia implica ser transpararente en nuestros actos, no replicar la discordia sino la armonía, saber establecer límites a aquello que no está bien y expresar nuestra opinión de manera respetuosa.

La decencia siempre dará voz a quienes poseen autoridad moral y callará a las voluntades corrompidas.

Los ciudadanos decentes son los únicos que destacará la historia y pueden determinar un buen destino.

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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El Dios destructor.

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Tienden a ser llamativos aquellos individuos, inclinados a atribuirse el ser una manifestación de la voluntad de Dios. Peculiares personajes que creen tener un contacto “privilegiado” con al divinidad, quien les autoriza actuar en su nombre.

La raíz de este comportamiento puede hallarse en una interpretación errada de Dios, porque prefieren quedarse con la imagen de una divinidad castigadora, vengativa, que posee una autoridad absoluta sobre el Universo y puede disponer a su antojo de él.

Estos carácteres desechan una cara opuesta de Dios, y concluyen ser portadores de su voluntad, ante el envilecimiento del ser humano. Por ello, entienden el Poder como un medio purificador, empleado para arrasar con lo existente, y construir “un mundo integro.”

Este razonamiento no admite cambios específicos, no cree en reformas puntuales en el orden de las cosas. Se toma para sí, el deber de ejecutar una voluntad suprema que debe salvaguardar la integridad del mundo, aniquilando estructuras consideradas “corruptas” para heredarlo a una selecta casta de ungidos.

Esos ungidos se presumen incorruptibles y merecen un espacio vital “libre de amenazas”. No se trata de un acto megalómano aislado, hay toda una estructura mental que establece un peculiar maniqueísmo de, si se considera corrupto debe ser “castigado” con su destrucción (no hay opción de arrepentimientos o de modificación voluntaria de la conducta). En cambio, si se es “puro”, se le premia con un mundo límpido pero sin libertad, regido por el temor a descarriarse.

Ni siquiera la sumisión es garantía de supervivencia en un mundo así, ésta podría entenderse como debilidad y facilitaría el acceso al mal. Tampoco la esclavitud, porque existirá siempre el temor a la rebelión, que también es daniña para la pureza que se exige.

El error no sería admitir a Dios en la vida del hombre, si no emplear su inspiración para edificar una perfección dependiente de una voluntad inflexible y poco fiable, que basa sus decisiones en un juicio moral extremista. Eso es un acto de arrogancia.

El hombre es una expresión de Dios, pero la corrupción es una abominación humana que se contiene con entereza moral superior. El hombre justo para oponerse a ella, puede recurrir a Dios, evitando decaer. Sin embargo, no está facultado para que en su nombre modele un mundo utópico, sometido al capricho de la amenaza constante de aniquilación.

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El miedo como mecanismo de control.

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Las sociedades caen en un abismo cuando emplean el miedo para mantener su equilibrio interno; esta emoción al volverse un pernicioso hábito, construye una narrativa colectiva capaz de anular la apreciación objetiva de la realidad. Va exacerbando el pensamiento mágico y magnificando fenómenos carentes de solidez física, pero creíbles para quien acepta su influencia.

La película The village, (M. Night Shyamalan, 2004) nos lleva a una comunidad aparentemente perfecta, donde los males y hábitos dañinos presentes en la sociedad han sido desterrados. Todos sus miembros viven en un mundo ideal, una reproducción de un período pasado inmerso en una atmósfera idílica. Ninguno de sus miembros tiene interés ni curiosidad por conocer el mundo más allá de lo conocido.

Tras ese aparente orden, existe un fuerte mecanismo represor constituido para preservar el equilibrio de la comunidad a costa de anular a los individuos. Los líderes recurren al mito, configuran su imagen y apelan a la sugestión, para que los miembros de la comunidad lo hagan parten de él. Toda iniciativa de cambiar este orden es frustrado, mediante el chantaje y la repetición constante de una amenaza externa retratada en la ciudad o en los misteriosos seres que acechan a sus integrantes.

Para la comunidad, su mundo es único y su preservación depende de la entrega ciega de sus miembros al dogma del miedo impuesto. Este dogma es confundido con sumisión a una providencia magnánima, que promete protegerles siempre que se respete el trato realizado con los seres que los amenazan.

El costo de este dogma es, una vida sumida en la ignorancia de la auténtica realidad, la reproducción de una estructura que impone el aferrarse a un microcosmo irreal y frágil. Esta estructura niega el mal en vez de iluminarlo, creyéndose que con el temor puede anularse su influencia.

En la trama, el equilibrio se desbarata cuando una serie de acontecimientos insólitos, obligan a los líderes de la comunidad, a tener que enfrentar las causas que condujeron a la construcción de este microcosmos. La razón radica en la negación de cada uno de superar hechos trágicos en sus vidas y su desencanto ante la descomposición de la sociedad. Esos acontecimientos, marcan a cada uno, haciéndoles sentirse perdidos, sin lugar en un mundo cada vez más hostil.

Sin embargo, aunque su interés de tratar de regenerar al hombre con un mundo simple y sometido a un aislamiento ficticio, parte de buenas intenciones, estas terminan contradiciéndose cuando el mal manifiesta su presencia a través de la violencia.

En los momentos finales de la película, se admite la presencia del amor como único medio para vencer al mal; diluyendo las brumas del miedo impuesto por la comunidad.

El amor es depositado en un individuo capaz de aceptarlo, transmitiendo al resto de la comunidad su esencia para liberarla.

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Los monstruos espaciales.

 

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Desde que la humanidad se hizo consciente de la existencia de otros mundos, lejos de las fronteras de la Tierra, la inquietud sobre la existencia de vida en dichos mundos ha tomado otra vertiente bastante curiosa.

La fértil imaginación humana, plantea un desastroso contacto, no con seres inteligentes, sino con criaturas primitivas y salvajes próximas al reino animal. Son engendros cuyo único propósito es destruir o alimentarse de la humanidad. En el peor de los escenarios, aprovecharse de nuestra especie para su evolución mediante el parasitismo.

Estas curiosas criaturas, a pesar de su falta de inteligencia superior, logran rebazar fácilmente nuestra racionalidad y herramientas, como si conocieran previamente nuestras debilidades. Otras veces se le atribuyen “poderes” sobrenaturales capaces de inutilizar los conocimientos científicos.

Cual sea su génesis, estos seres podrían clasificarse como especies invasoras porque constituyen una amenaza para otras formas de vida y desequilibran ecosistemas ajenos a los que conocen. Sin embargo, la febril fantasía popular los entiende como azotes de la humanidad, abominaciones de una naturaleza retorcida enviada por una providencia maligna para desbaratar nuestra confianza.

Podríamos considerarlos como un remanente de esos vetustos temores a seres extraños, abundantes en épocas anteriores de la civilización, sustentado en los logros obtenidos por la ciencia. El mundo moderno, parece agotar a los individuos con su inseguridad y volubilidad quienes recrean en estas morbosas criaturas, algún deseo destructivo. Hasta podría ser una forma de autocastigo, motivado por sentimientos reprimidos o una catarsis para recuperar el intéres en la vida.

Pero los monstruos provenientes del espacio, representan un temor más evidente: el miedo al extranjero, a aquel desconocido, carente de referencias en el entorno receptor. Ese temor vuelve incapaz nuestra inteligencia, que cede ante los instintos e inutiliza cualquier tentativa ingeniosa de resolver el conflicto.

Las sombras de la naturaleza humana emergen, impelidas por la presencia de la extraña criatura. Cada individuo encuentra una forma de externalizar, sentimientos reprimidos que afloran de manera inevitable, planteando dudas sobre la solidez de nuestras creencias cuando estas parecen diluirse ante “amenzas” extraordinarias.

El monstruo, en la mayoría de los casos, es derrotado por la temeridad de unos pocos pero deja una sensación de desconfianza, de vacuidad que consume la fe y expone la fragilidad del ser.

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Pedro Felipe Marcano Salazar.

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